El steampunk es una corriente que, sin ser exactamente mayoritaria se mantiene pujante desde sus inicios. La fascinación por los bronces bruñidos, los artilugios a medio camino entre lo funcional y lo artístico, las antiparras de maquinista de tren y los artefactos imposibles, por no hablar de la educada flema de sus casi siempre británicos protagonistas, hacen que siempre esté ahí, sin hacer mucho ruido, sin estridencias.
No hay duda de que se trata de una idealización romántica de una época en la que tanto tecnología como comunicaciones estaban dando uno de esos saltos que marcan la historia. El vapor como fuerza fundamental de la industrialización impulsaba barcos, trenes, fábricas enteras, que junto al uso masivo del acero configuraban un panorama acelerado que aún no se ha detenido.
Paradójicamente, la literatura propia de la época a la que por analogía podríamos llamar techno-triller, con Julio Verne a la cabeza, no veía al vapor más que como una herramienta cotidiana. Carecía por completo de interés literario, más allá de alguna referencia de pasada a las locomotoras o vapores volanderos en los que se desplazaban los protagonistas, es decir, exactamente la misma importancia que en las novelas de hoy día se le da a un diesel o a un turbofan.
Lo que excitaba la imaginación de los autores eran los por entonces aún primitivos motores de combustión interna y las prodigiosas, y por el momento solo entrevistas, posibles aplicaciones de la electricidad. Y en cierto modo ese es el eje alrededor del que gira esta novela: tecnología fabulosa al servicio del bien y del mal.
El resumen de la novela no puede ser más simple, unos anarquistas malos malosos se conjuran para destruir la sociedad
, no se detendrán ante nada ni ante nadie y, además de una serie de terribles atentados, pergeñan un plan de una magnitud inimaginable, robar los artefactos más extraordinarios que el ingenio humano está a punto de producir. Así, se hacen con un rapidísimo barco de guerra, sin competencia alguna en los siete mares, y con un vehículo aéreo de formidables prestaciones. Con la ayuda de ambos robarán y acopiarán materiales para preparar la segunda parte de su plan: conquistar el mundo, o mejor dicho, dejar que el mundo se desmorone. Su contraparte, esto es, los buenos, harán todo lo humanamente posible por parar tan diabólico plan, equipándose a su vez con máquinas tanto o más fabulosas y enfrentándose a los malvados anarquistas en cuanta ocasión sea preciso.
No deja de ser curioso como en esta novela los bandos enfrentados tengan un tinte tan claramente político. Griffith prescinde de los típicos malos vocacionales, milmillonarios sociópatas cuya única intención manifiesta es dominar el mundo porque ellos lo valen. Son los anarquistas del Grupo Autónomo nº 7, liderados por el astuto Max Renault los que se embarcan en una cruzada de terror indiscriminado. A Renault y sus asociados (la pérfida femme fatale Lea Cassilis, el ingeniero loco Franz Hartog y los demás componentes del Grupo) nos les importa la fortuna ni la fama, aunque no le hacen ascos a las comodidades de la buena vida, su único afán es destruir esa sociedad que odian. Los buenos de la historia resultan ser, también curiosamente, un grupo variopinto de socialistas utopistas, aristócratas ociosos e industriales de la vieja guardia, liderados por el muy rentista sir Harry Milton y apoyados nada menos que por Hiram Stevens Maxim, inventor de la ametralladora. A todos y cada uno de ellos el caos anarquista les incomoda bastante y no dudan en asociarse, conformando el Sindicato de Navegación Aérea, para dar caza a los malos y acabar con ellos sin misericordia.
Puede que Griffith no fuera un fino estilista, pero sabía manejar las emociones de y el ritmo de la narración sin problemas. Por lo pronto lo primero que sabemos de Max Renault es que es capaz de descerrajar un tiro en la cabeza de cualquier traidor sin pestañear. Su inteligencia es tan aguda como su odio y su crueldad, todo ello queda perfectamente retratado en las descripciones que hace Griffith de las maldades sin fin que Renault lleva a cabo, y la ejecución sumaria es la más piadosa de todas. A la vez, le hace protagonista de gran parte de la narración, no convierte a Renault en un personaje frío y enigmático, todo lo contrario, tiene ambiciones secretas, pasiones desenfrenadas, su ideología es más un vehículo de su odio que la conclusión de una larga reflexión, resulta por tanto inevitable, pese a la locura de sus actos, sentir cierta empatía por él. Por otro lado, los buenos son desesperantes, caballerosos, amables, educados, no menos inteligentes que los malos, pero sin el mínimo de astucia. Los malos siempre se les adelantan, sus planes, aunque salen bien, se desbaratan finalmente a causa de un exceso de ingenuidad, no queda más que gritar como lo hacen los niños en los guiñoles cuando que las cosas se tuercen. Naturalmente esa torpeza es deliberada, con el único el fin de alargar la narración para que, sin hacerla excesiva, si colme en gran medida los deseos de más
y más
del lector.
Pero donde la novela da su verdadera talla es en el aspecto tecnológico. Los barcos ultrarrápidos y los ingenios volantes son la sal y la pimienta de la narración, permitiendo a los malvados anarquistas perpetrar sus viles acciones mientras que el Sindicato se vale de exactamente los mismos medios para combatirlos. Aunque Griffith da algunas descripciones más o menos detalladas de estos ingenios, no va más allá en lo que respecta a su funcionamiento. Vuelan, corren mucho, pero ¿cómo lo hacen? Muy bien. Con un par de discretas líneas hace que los ingenieros de uno y otro bando guarden silencio sobre la naturaleza de tan asombrosos motores. No obstante, queda claro que no es el vapor quien mueve estos ingenios, hace falta algo más ligero y potente que las pesadas y engorrosas calderas de vapor para desplazarlos, se intuye que pudieran ser motores de explosión, pero nada se concreta al respecto. En la literatura de la época en la que se ambienta el steampunk lo que menos relevancia tiene es el propio vapor. Ya había otras posibilidades como la citada y la muy presente electricidad, más atractivas y sugerentes.
Desde el punto de vista literario la novela tiene un interés relativo. El estilo es directo y sin alardes, ingenuo para los estándares del siglo XXI, pero sirve perfectamente al objetivo de la narración, al haberse publicado originalmente en forma de serial, el ritmo de la narración es vivo, el tempo se mantiene constante durante toda la novela y las alternativas entre buenos
y malos
están perfectamente medidas. Como no podía ser de otro modo, los buenos
son muy buenos y los malos
mejores, es decir, siguiendo la regla de oro de que son unos buenos malos
los que más aportan al éxito de cualquier obra, Griffith se esfuerza por darles relieve y protagonismo, haciéndoles llevar prácticamente el peso de la novela con sus retorcidos razonamientos y sus miserables acciones, mientras que con los buenos
le basta con decir que lo son. Ciertamente la novela ha envejecido, pero no hasta el punto de perder todo interés para el lector actual, se podría decir que más que rancia, es añeja.
En resumen, consuma productos originales, rechace imitaciones.
George Griffith