AY, BABILONIA
AY, BABILONIA Pat Frank
Título original: Alas, Babylon
Año de publicación: 1959
Editorial: Vértice
Colección: Galaxia, nº 40
Traducción: Fernando M. Sesén
Edición: 1965
Páginas: 392
ISBN:
Precio: Descatalogado

Los relatos apocalípticos y postapocalípticos pivotando en el Holocausto Nuclear se pueden contar por cientos, por miles, afortunadamente todos son pura ficción y el grado de verosimilitud de lo que se relata resulta muy dispar. Desde aquellos que intentan describir como serían los momentos previos al Botonazo hasta los que se adentran centenares de años en el futuro para mostrar una Tierra convertida en una galería de criaturas mutantes que ya poco tienen que ver con sus ancestros humanos.

Naturalmente, durante la Guerra Fría (que se prolongó casi cuarenta años) este tipo de historias tuvieron su nacimiento y su auge. No obstante, la caída del Muro de Berlín, momento que se suele tomar como fecha del final de esta guerra de tensión y paranoia, no supuso que un tema tan atractivo como el postapocalíptico dejara de estar muy presente, aunque no tan centrado en un enfrentamiento atómico EE.UU.-URSS. Guerras biológicas, químicas, nucleares incluso, pero esta vez focalizadas en otros conflictos con actores de menor entidad pero igualmente capaces de extender la ruina por todo el mundo, siguen estando muy presentes.

En el caso de AY, BABILONIA estamos ante un relato clásico sobre el tema, escrito en lo más helado de la Guerra Fría. Se puede decir que es un intento honesto de explicar qué ocurriría en el caso de que se desataran las hostilidades. Pat Frank no intenta hacer de la novela un panfleto propagandístico sobre la superioridad moral yanki, de hecho, el detonante del intercambio de bombazos es el error de un piloto americano demasiado impulsivo. A los rusos no se les demoniza, son el enemigo, claramente, y arrasan todo lo arrasable de Nueva York a Los Ángeles, pero en ningún momento se les pinta como los malos de la película. Son la contraparte inevitablemente necesaria para que se produzca el conflicto.

El protagonista es Randy Bragg, veterano de la guerra de Corea, abogado de buena familia que realmente no necesita trabajar y que, tras una efímera carrera política, se dedica a transitar plácidamente por la vida en la turística población de Fort Repose, Florida. Una mañana recibe un telegrama de su hermano Mark, oficial de inteligencia de la USAF, donde le avisa que la tensión entre las grandes potencias se hace insoportable y la Guerra Nuclear es inminente. Las palabras clave que usa son Ay, Babilonia, sacadas de los sermones que de niños escuchaban al vecino reverendo Clarence Henri, pastor egregio de la Iglesia Bautista del Afro-Reposo.

Mark quiere enviar a su mujer y sus hijos a Fort Repose para alejarlos del amenazando Mando Aéreo, y encarga su cuidado a Randy. Antes de que suceda La Catástrofe éste compra todo lo que cree necesario, intenta avisar disimuladamente a quienes considera de confianza y espera impaciente la llegada de su cuñada y sobrinos. Cuando se desencadena el bombardeo no es una sorpresa total, pero si causa un profundo shock entre los habitantes de Fort Repose. Poco a poco todo se va desmoronando, las comunicaciones fallan, la electricidad falla, la civilización retrocede cien años de golpe.

Randy, un poco sin querer, acaba por organizar a sus vecinos, erigirse en líder de la pequeña comunidad y, al cabo y gracias a su condición de teniente en la reserva, convertirse en autoridad máxima de un Fort Repose milagrosamente a salvo de lo peor del bombardeo y las consecuencias subsiguientes gracias a una situación geográfica propicia, unos vientos dominantes favorables y el muy probable fallo del artefacto dirigido al objetivo estratégico más cercano.

Pat Frank desarrolla paso a paso cuales serían las consecuencias del colapso de la nación en un entorno aislado como Fort Repose y como los supervivientes se adaptarían a su nueva situación. Del optimismo inicial, más bien debido a la negación de la tragedia, al acaparamiento de bienes y alimentos, para acabar por retomar los pocos recursos naturales disponibles, sin olvidar la inevitable desintegración de casi cualquier convención social. Al contrario que otras obras de carácter más siniestro, AY, BABILONIA conserva durante todas sus páginas una cierta esperanza en el futuro, nadie espera realmente volver a la situación anterior, pero la mera supervivencia ya es un punto de partida más que importante.

Un aspecto interesante de la caída de las convenciones sociales es la aceptación de los Henri, descendientes de los antiguos esclavos de los antepasados de los Bragg, como miembros de la comunidad. Hasta entonces no eran más que jornaleros y asistentas a tiempo parcial. La bomba ha dejado a todo el mundo al mismo nivel y Randy, ya de por si amigo de los negros como le califican las viejas solteronas de Fort Repose, no duda en hacerles partícipes de pleno derecho del nuevo orden.

Al respecto resulta un poco chocante que se haya acusado a la novela de cuando menos tibia en lo que respecta al tratamiento que se le da a los Henri. Que en 1959 un autor americano propusiera que una familia negra estaba al mismo nivel que el resto de sus conciudadanos blancos era algo extraordinario, puede que no con la intensidad y compromiso que exige el siglo XXI, pero creo que para una época en la que negros y blancos bebían de fuentes distintas Pat Frank hizo al respecto una propuesta notable.

También se le ha acusado de machista, por cuanto los personajes femeninos, o bien son esas solterona, que sencillamente trabajan porque no tienen familia, o bien aguerridas amas de casa que no dejan tocar una escoba a macho alguno. Esa lectura también es superficial y se queda en la mera anécdota. Pat Frank también da pasos en la dirección correcta cuando hace de Peyton, la sobrina adolescente de Randy, una rebelde con causa cuando, indignada porque no se le ha dado el crédito que merecía por la proposición de varias inteligentes ideas, por su cuenta investiga y resuelve varios fenómenos que estaban poniendo en jaque a la comunidad. En 1959 el estereotipo de ama de casa amante de su marido, de sus hijos y su hogar, era el dominante, no correspondía a las mujeres adultas romperlo bruscamente sin más, Frank atribuye ese papel a las nuevas generaciones, las que formaran el nuevo mundo.

Por lo demás la novela goza de un estilo directo y sin grandes alardes, los episodios se van sucediendo con pausada celeridad y se lee con agrado, siempre y cuando no se olvide la época en la que se escribió.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.065 palabras) Créditos