LOS CÓMICS DE SUPERHÉROES
por José Carlos Canalda
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Antes de nada, he de reconocer que jamás fui especialmente aficionado a los superhéroes, ni siquiera durante mi infancia y mi adolescencia en las que leía todo cuando caía literalmente en mis manos.

En realidad siempre he preferido el texto a los cómics, probablemente debido a que estos últimos, al igual que ocurre con el cine, carecen de la capacidad de transmitir ideas con la profundidad con que lo hace la literatura, dicho sea esto sin la menor pretensión de establecer comparaciones ni, mucho menos, de hacer juicios de valor. Se trata de géneros distintos, cada uno con sus propios méritos y, en mi caso particular, prefería estar entretenido durante varias horas leyendo un bolsilibro antes que ventilarme en un rato un tebeo. Además, teniendo en cuenta que soy de una generación cuya niñez estuvo económicamente limitada de modo que para leer dependía de los cambios de novelas, las librerías de saldo y los préstamos de los amigos, no era ésta una cuestión baladí.

Leerlos los leía, por supuesto, pero mis predilecciones iban dirigidas hacia los tebeos propiamente dichos, es decir, los de humor —en especial los de Bruguera— y hacia las historietas gráficas españolas —todavía no se las llamaba cómics — de las cuales mi favorita era, sin lugar a dudas, El Capitán Trueno. Pero en general prefería los textos sin dibujos ya que, como acabo de apuntar, los libros e incluso los bolsilibros me cundían mucho más, y para un devorador voraz como era yo entonces no era cuestión que quedarse sin materia prima careciendo además de dinero para renovarla.

En lo que respecta a la ciencia-ficción, mis primeros contactos con el género fueron, tal como era habitual entonces, a través de los bolsilibros, muy abundantes y baratos dado que los cambios de novelas, entonces numerosos, alargaban su vida hasta mucho después de haber sido publicados. La oferta de cómics de ciencia-ficción era por el contrario mucho menor, con el inconveniente añadido de que mientras los bolsilibros eran por lo general historias completas —excepto, claro está, la Saga de los Aznar y alguna otra serie corta—, los cómics solían ser cuadernillos serializados al estilo de El Capitán Trueno o, en ocasiones, episodios cortos incluidos en revistas o tebeos que abordaban diversos géneros. En resumen, me sabían a poco y me duraban todavía menos.

En el apartado anterior no incluyo a los cómics de superhéroes por una razón de peso: nunca he considerado que éstos puedan ser englobados dentro de la ciencia-ficción, ya que para mí son más bien un subgénero propio dentro del ámbito común del género fantástico. Probablemente habrá quienes discrepen conmigo, pero para mí los superhéroes no son ciencia-ficción debido a que incumplen uno de los postulados básicos de ésta, la —relativa— verosimilitud de sus escenarios.

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En realidad los superhéroes están mucho más cerca de la temática mitológica, y de hecho hay quienes afirman que constituyen el equivalente norteamericano a las antiguas mitologías clásicas tales como la grecorromana o la germánica. No voy a entrar en detalles sobre estas teorías, ni sobre los períodos históricos en los que éstos surgieron —la Gran Depresión— y posteriormente se asentaron —la Segunda Guerra Mundial primero y la Guerra Fría después— porque nos desviaríamos del tema, aunque evidentemente se podría hablar largo y tendido sobre estas circunstancias o sobre otras cosas curiosas tales como que los superhéroes, que yo sepa, nunca llegaron a dar el salto a la literatura escrita, al menos de forma significativa.

Volvamos, pues, a mi infancia y adolescencia, es decir, a la España de finales de los años sesenta y principios de los setenta. A las dificultades ya comentadas de la falta de dinero se unía, en el caso de los superhéroes, el hecho de que la oferta que llegaba a nuestro país era entonces escasa además de cara: Vértice publicaba personajes de MarvelLos Cuatro Fantásticos, Patrulla X, Spiderman, La Masa— y la mexicana Novaro lo hacía con los de DC, Superman y Batman. Vértice también editaba cómics británicos —en ocasiones dibujados por españoles— como Zarpa de acero, Kelly Ojo Mágico o Mytek el Poderoso, menos fantásticos— si se me permite la expresión— que sus coetáneos de allende el Atlántico y en algunos casos, tal como el de Mytek, sensiblemente más escorados hacia la ciencia-ficción; de hecho a mí me gustaban bastante más que los americanos, aunque mi opinión personal, evidentemente, no deja de ser un reflejo de mis particulares aficiones.

Recuerdo, eso sí, que la falta de coherencia —al menos esa sensación me daba entonces— de los cómics de superhéroes ya me exasperaba a mis doce o catorce años de edad, resultándome especialmente cargante, por encima de todos, el inefable —e infumable— Superman; la verdad es que a estas alturas sigo pensando que tanto la línea argumental como la ambientación de las historias de El hombre de acero son, hasta donde yo conozco, de lo más flojito de todo el género pero, vuelvo a repetirlo, se trata de una opinión propia sin la menor intención de sentar cátedra.

He de advertir, asimismo, que poco o nada puedo opinar acerca de las cualidades gráficas de los cómics de superhéroes, ya que en lo que me fijaba principalmente era en los argumentos y, si éstos no me gustaban, me desentendía automáticamente de ellos por muy artísticos que pudieran resultar los dibujos. Como me sigue pasando, dicho sea de paso, con las películas de cualquier tipo.

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Y eso que sus rivales de entonces, en lo que a mí respecta, eran los bolsilibros, a los que tampoco se puede considerar precisamente un dechado de rigor científico o literario; pero pese a todos sus disparates, en ocasiones mayúsculos, yo encontraba en éstos y, sinceramente, sigo encontrando, unos ciertos niveles de coherencia interna, llamémosle así, inexistentes por completo en los surrealistas y desmesurados guiones de los superhéroes, que ya entonces me parecían totalmente pasados de rosca.

Porque, se mire como se mire, no es lo mismo imaginar un futuro con viajes interplanetarios —aun tomándose la licencia de saltarse a la torera los más elementales postulados de la física, la astronomía o la biología— que plantear un presente en el que los superhéroes, a cada cual más estrambótico, se pasean entre nosotros como Pedro por su casa, con tantos superhéroes por metro cuadrado además que yo me preguntaba si, de existir éstos realmente, habrían podido dejar sitio libre para los ciudadanos normales y corrientes como usted y como yo.

Llegó un momento, coincidente de forma aproximada con mi paso por la universidad —y encima por una facultad de ciencias— en el que, como cabía esperar, me desentendí por completo de todo lo relacionado con la literatura popular; pero, mientras mi afición a los bolsilibros de ciencia-ficción, adormecida pero no desaparecida, volvió a aflorar años más tarde ya desde otros planteamientos distintos, primero como material de coleccionismo y posteriormente como tema de interés sociológico y cultural, mi escasa afición por los superhéroes yanquis acabó extinguiéndose para siempre a pesar de que hubo unos años, dejada atrás mi adolescencia, en los que la oferta se multiplicó considerablemente al tiempo que los cómics, ya llamados así, se liberaban del corsé de la literatura juvenil convirtiéndose en un género para adultos... avalado además por ciertos sectores progresistas.

La verdad es que desde entonces, y han pasado ya varias décadas, mi interés por los cómics norteamericanos no sólo de superhéroes, sino también de otras temáticas más o menos afines, ha sido virtualmente nulo, y desde luego las noticias que me llegaban de vez en cuando acerca de los retorcimientos de sus hilos argumentales o sobre sus periódicos golpes de timón se encargaban de apagar la moderada curiosidad que podría haber sentido hacia ellos.

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Curiosamente el maridaje fecundo entre superhéroes y cine que todavía hoy continúa tuvo su inicio, si hacemos abstracción de algunos precedentes clásicos, justo en la época en la que me desentendí definitivamente de éstos, pudiéndose fijar como primera película moderna de superhéroes el SUPERMAN de 1978 protagonizado por el malogrado Christopher Reeve. No es casualidad, supongo, que su estreno tuviera lugar tan sólo un año después de la primera entrega de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, película que, como es sabido, no sólo revitalizó el cine de ciencia-ficción sino que también abrió la veda para el uso —y abuso— de los efectos especiales que constituyen desde entonces un ingrediente básico de las películas de superhéroes. A partir de ese momento ambos géneros cinematográficos, ciencia-ficción y superhéroes, fueron de la mano, pero mientras el primero parece haberse ido desinflando con el tiempo, las películas de superhéroes viven ahora una edad dorada de la que prefiero hablar en otro artículo.

Puesto que lo que estoy haciendo ahora es una reflexión sobre mi relación de amor-odio —en realidad indiferencia creciente— hacia los superhéroes, lo único que me queda por decir es que, al menos en un principio, mostré bastante más interés por las películas de superhéroes que el que siempre había tenido por los cómics, viéndome bastantes no sólo de aquellos personajes que conocía, sino también de otros muchos de los que tan sólo contaba con vagas nociones de su existencia o, incluso, desconocía por completo, tanto los procedentes de las dos editoriales clásicas —Marvel y DC— como los creados por otros sellos de los que no tenía ni la más remota idea.

Gracias al cine y sobre todo a sus pases por televisión, di una segunda oportunidad al género, esta vez con una mentalidad de adulto. Y qué quieren que les diga; algunas me gustaron, otras no tanto y en general —aunque esto me pasa siempre tanto en el cine como en la literatura— las sucesivas entregas de unos mismos personajes me acabaron cansando. Por lo general, y salvo excepciones, lo único que encuentro en estas películas, incluso en aquéllas basadas en cómics con argumentos más trascendentales, es mero entretenimiento, y eso no siempre; porque me temo que, dentro de la infantilización que padece por lo general el cine de aventuras actual, eso debe de ser precisamente lo que buscan sus productores.

En cualquier caso, y con independencia de los posibles motivos, lo cierto es que los superhéroes, en este caso cinematográficos, han vuelto a dejar de interesarme. Y qué quieren que les diga, si me apetece leer mitología prefiero dedicarme a la griega, que además de seguir resultando fascinante varios milenios después de ser pergeñada, cuenta con la pátina dorada que sólo es posible encontrar en los clásicos. Y, se mire donde se mire, prefiero Hércules a Superman o Ulises al Capitán América.

© José Carlos Canalda, (2.036 palabras) Créditos