DREDD
DREDD EE. UU., 2012
Título original: Dredd
Dirección: Pete Travis
Guión: John Wagner, Carlos Ezquerra
Producción: Alex Garland, Andrew Macdonald
Música: Paul Leonard-Morgan
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Duración: 95 min.
IMDb:
Reparto: Karl Urban (Judge Dredd); Rachel Wood (Control 1); Andile Mngadi (Pasajero); Porteus Xandau (Conductor); Jason Cope (Zwirner); Emma Breschi (Rehén); Olivia Thirlby (Anderson); Rakie Ayola (Juez); Lena Headey (Ma-Ma)
Comentarios de: Antonio Santos, Jonay Armas

Just another day

Para empezar, señalar que el título del filme de Pete Travis es ambiguo; no hace (opino) tanta referencia al personaje, Judge Joe Dredd, como al ambiente en que se desarrolla la trama: temible (dread).

Ha jugado con las palabras para mostrarnos el enésimo día de servicio en Mega City 1 de DREDD, expediente que abarca extenso delta de posibilidades. Nos recuerda que, en esencia, Dredd es un policía, y ha explotado la baza de la investigación hard boiled, muy habitual en los cómics del personaje creado por John Warner y Carlos Ezquerra. Y lo ha hecho confirmando algo evidente en esas historietas: JUDGE DREDD no es distópico: es la Distopía per se.

Mega City 1 arrancaba sus andanzas como una prometedora joya de las futuristas urbes de ciencia-ficción. Gigantesca, era una Theleme mecanizada donde los ciudadanos sólo tenían que entregarse al ocio y placeres varios sin preocupaciones. Poseía elementos perturbadores que requerían un cuerpo policial fuerte para garantizar la paz-y-prosperidad que, teóricamente, proporcionaba Mega City 1.

Pero rápidamente degenera; como condición ineludible e inexcusable del Hombre, corrompe todo lo hermoso y productivo. Los casos de Dredd, aun conservando su sesgo futurista y tecnológico avanzado, empiezan a hacerse más oscuros. La utopía centelleante de megabloques y megaautopistas se entenebrece, convirtiéndose en distopía. Mega City 1 acoge a ochocientos millones de ciudadanos, con un noventa por ciento de paro. Las comodidades escasean; la pobreza aumenta. La desesperación de iniciar otra semana sin empleo causa violentos disturbios los domingos noche.

El colmo de la terrible situación de Mega City 1 es Resyk (citado en esta película, y totalmente eludido en la deficiente de Danny Cannon —¿o Sylvester Stallone?—): los cadáveres de los ciudadanos son convertidos en alimento para los vivos. ¿Puede haber mayor ejemplo de qué antiutopía es JUDGE DREDD, miembro (pasivo) de una civilización caníbal?

Por ahí han trincado los autores de esta cinta la nueva entrega del hosco Juez de Mega City 1, por su aspecto más cavernoso, salpicándola de referencias a la saga tales como Drokk, Chopper, Kenny Who u Owen Krysler. Es inevitable la comparación con el JUDGE DREDD de 1995, un espectáculo que apeló a la vertiente más aventurera/heroica del personaje, desdeñando su faceta humana, que Karl Urban, conocedor de Dredd, ha logrado trasuntar con notable éxito y eficacia para esta ocasión.

Su Dredd importa semblanzas de Brian Bolland, Mike Mcmahon y Steve Dillon; ha puesto ese rostro dibujado por ellos. Incorpora la mímica habitual de las viñetas. Stallone entendió a Dredd como un icono literal de una Ley sin alma; estimó que estar constantemente rígido, en presunta pose marcial (aunque más parecía con un pedestal metido en el culo, cuya presión en los órganos nublaba su juicio), disparando la chorrada de Yo soy la Ley de forma automática/no justificada, era ser Dredd. (Para más inri, le cargaron con un imbécil de sidekick) Ignoro qué cómics leyó Stallone, si hurgó en su trayectoria, se entrevistó con Wagner o Pat Mills. No entendió nada.

Urban encarna a un hombre fosco y tenaz que se ha tomado como objetivo vital salvar Mega City 1 de sí misma. Sabe que es imposible. La entropía no sólo cunde: aumenta a diario. Lo fácil es, por tanto, abandonar, como los cuatro Jueces corruptos que intentan matarle a él y a la prometedora cadete mutante Cassandra Anderson (Olivia Thilby). No. Dredd no se rinde. Antes muerto, dice su tatuaje. (Y Judge Lex-Langley Kirwood — [interesante detalle: lex: ley] casi lo consigue).

Acabará pereciendo (sabe) sin verse victorioso, pero la cuestión no es tanto ganar como aguantar. Dredd tiene amor propio. Y resistirá aunque el piélago de dificultades sea más abrumador que el planteado en el escenario del filme.

Eso no le invalida como persona; al contrario: lo realza. Demuestra coraje, constancia, fidelidad a un credo, a sí mismo. Lo fácil es buscarse excusas con fatuo tufo filosófico y dejarlo. Eso no hace a una persona, ni la dignifica: crea a un grosero saco de lloriqueos y pereza estéril, parasitaria.

Para compensar las carencias presupuestarias, que empiezan obligando a situar un solo escenario, Travis ha elegido a una implacable e ida enemiga, Ma (Lena Headey), en oposición al presunto villano del filme de Stallone: Pa Ángel (Scott Wilson). Pa, cabecilla de la inefable Familia Ángel, era otro estereotipo huero al que dieron falso empaque presentándolo como un fanático religioso, algo que, no obstante, tampoco oscureciese la rutilancia de Stallone, cosa que así pasó.

Ma gobierna Peache Trees, y a sus setenta y cinco mil ocupantes, con visceral violencia despótica. Ex prostituta, fabrica el alucinógeno Slo Mo (¿slow-motion?), que ayuda a sobrellevar la difícil cotidianeidad de Mega City 1, aprovechándose del limitado poder/alcance de los Jueces.

Es de remarcar (de nuevo) la actuación de Urban contrastándola con la de Stallone; su holgura y fluidez resalta cuando Dredd y Anderson lleganal bloque. Primero, da una advertencia (no lo encierra directamente, cosa que Stallone haría, por sus pelotas, no en obediencia al Código Penal) al homeless (Desmond Lai Lan) luego guillotinado por la pesada puerta; después, como un policía vet (a lo Vic Mckay de The Shield), examina los cadáveres tendidos en el patio. Stallone, tan rígido, jamás hubiera actuado con esa soltura, arropada por Anderson en su training day.

Cuando Anderson identifica al autor de los crímenes, afirmando merced a sus poderes mentales que está segura al noventa y nueve por ciento, Dredd afirma que no basta para ejecutar al sospechoso. Stallone lo habría hecho, pues sólo vio al ejecutor maquinal, no al hombre que sabe que la justicia impera sobre la Ley, como Urban.

Esta Mega City 1, aunque no del todo fiel a la de los tebeos, juega a favor, empero, del ambiente que Travis recrea: es temible, depauperada, frustrada, más que fracasada. Es lamentable saber que DREDD, pese a sus grandes aciertos, no haya funcionado en taquilla. Comprensible: DREDD es muy ácido para la mayoría de los paladares. Y lo que plantea, nos es tan corriente...

Entre sus virtudes consta el que este DREDD daría una paliza al BATMAN RISES sin problemas, lo cual es gratificante. Y tengo el deleite de haber visto el insano ambiente de RECALIBRADOS adaptado al cine, gracias a un personaje tan sólido como JUDGE DREDD. Gran película, gran adaptación, jugada completa.

© Antonio Santos,
(1.049 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 4 de marzo de 2013

Dredd no es un hombre. Es el símbolo de una causa perdida, el de la justicia en un mundo devastado. Como tal, no teme a las limitaciones físicas que imponen los cuerpos, y tiene una fe inquebrantable en su ley, que se empeña en defender como una utopía destinada a no ver jamás la luz. Por eso no es tanto un cuerpo como un simple uniforme. Y su rostro no existe, cubierto siempre por un casco. Su única identidad es la del juez, no existe la persona, ni el trasfondo. No es un personaje. No es un hombre. Es un símbolo.

Por esa razón, resulta muy curioso el hecho de que el cómic haya logrado llegar a su representación cinematográfica en dos ocasiones. En la primera, Sylvester Stallone se quitaba el casco a los cinco minutos de metraje. El único motivo por el que se había puesto en pie el proyecto del superhéroe británico era por suponer el enésimo escenario de acción para el lucimiento personal del actor. Lejos de su diseño de producción, aquel JUEZ DREDD tenía poco que ver con el material del cual provenía.

Y esta segunda aproximación revela que, por mucho que el proyecto intente ser fiel a su punto de partida, parece casi imposible sortear la barrera de lo mediocre que impone la estética ciber-punk trasnochada y la representación distópica del futuro que aparecen en el relato original. En otras palabras, es imposible no concebir una película del Juez Dredd sin pasar por el filtro de la serie B. Un superhéroe sin apenas trasfondo, con métodos poco sofisticados para eliminar a los criminales, escenarios grotescos y argumentos macabros. Todo parece acotar sus posibilidades a una representación muy concreta que se aleja en demasía de los supuestos elementos que conforman un filme ejemplar.

Conviene pues, desde el principio, entender que el DREDD de Pete Travis no es una película de altos vuelos, pero su mayor virtud reside en que nunca pretende serlo. Dredd es consciente de su condición desde su descafeinado prólogo hasta el epílogo que repite las mismas constantes de su presentación. Entre medias se nos ofrece una muy interesante película de género que contiene más virtudes de las que un cinéfilo se atrevería a reconocer. En parte porque es fácil juzgar la película a la ligera con tan solo un vistazo: no hay ni en su dirección artística, ni en su diseño ni en sus efectos especiales un solo atisbo de belleza ni originalidad. Todo es oscuro y funcional, cubierto por muros sin personalidad alguna. Una estética desagradable, que invita a abandonarse a una valoración de la película como un proyecto mediocre.

Si uno logra mirar más allá de ese limitado planteamiento visual que se ve mutilado por las escasas posibilidades de un relato original al que intenta ceñirse de manera loable, encontramos un filme superior a los de su condición. El Juez Dredd y una novata a la que intenta instruir se introducen en un rascacielos que se convierte en trampa mortal cuando los criminales blindan el edificio desde el interior como si de una fortaleza infernal se tratase. Una película de acción en la que lo único que debería importar son el número de disparos y el tamaño de las explosiones de repente lucha por centrarse, con pulso firme, en construir una tensión generada por el camino silencioso por largos pasillos y en donde es más valiosa la inteligencia que la fuerza bruta.

En eso Pete Travis acierta con holgura. Sabe que si su película se convierte en un mata-mata sin atisbo alguno de dignidad su trabajo será con facilidad el hazmerreír de la industria. Pero de sus trabajos posteriores, aún escasos, pueden extraerse algunas constantes que defienden su intervención aquí. Cierto sabor inteligente en proyectos del todo indignos, películas menores que intentan al menos ofrecer un guiño de calidad al espectador. En ese sentido, Dredd encuentra un triunfo nada menor: el de devolverle la dignidad a un terreno cinematográfico largamente vilipendiado, de cómo una película de acción puede levantar la mirada por un segundo y reivindicar su derecho a tener la acción como única protagonista, pero esta vez otorgándole un necesario sentido que pasa por dejarla en un segundo plano cuando el combate psicológico entra en juego.

Porque después de todo la película es un reto de resistencia mental, de autocontrol, no solamente un crudo ejercicio de supervivencia. Una partida de ajedrez con desenlace fatal. El realizador encuentra la salvación divina para su propuesta estética en el guión de Alex Garland, que introduce una droga que paraliza el tiempo y aquello parece legitimar un festival de bullet-time que campe a sus anchas a lo largo del metraje.

Resulta reseñable que Karl Urban se prestara a protagonizar la película cuando el Juez Dredd no se quita su casco en ningún momento, tal y como ocurre en la historia original. Su rostro es un misterio, es el rostro de la ley. Urban únicamente puede ofrecer un amplio repertorio de muecas a través de una boca, la zona descubierta, que se convierte en su única oportunidad como recurso gestual. Conviene señalar, sin embargo, la presencia de Olivia Thirlby, que además de defender su papel como juez novata sustentada en una magnética presencia en pantalla, funciona como encantador contrapunto a todo cuanto tiene lugar a su alrededor. Interpretando a una mutante rechazada por la opinión pública representa, irónicamente, la humanidad que aún respira en el planeta. Nada hay agradable en la cinta salvo el rostro descubierto de la joven actriz, convertida en innegociable refugio para el espectador.

Si la serie B intenta encontrar una película abanderada que la represente y la colme de dignidad, sin duda tiene en DREDD una de esas cintas capaces de devolver la fe en el género. El filme encuentra siempre la manera de mantener la cabeza alta. Allá donde Stallone edificaba la impostura para luego huir de ella, esta nueva versión no sólo se adentra en las llamas de lo grotesco, sino que sabe sortearlas. Su gran conquista es la de haber salido con vida de un material en apariencia imposible de adaptar.

© Jonay Armas, (1.016 palabras) Créditos Créditos
Publicado originalmente en La butaca azul el 23 de septiembre de 2012