LA ÚLTIMA ASTRONAVE DE LA TIERRA
LA ÚLTIMA ASTRONAVE DE LA TIERRA John Boyd
Título original: The Last Starship from Earth
Año de publicación: 1968
Editorial: Martínez Roca
Colección: Super-ficción, número 89
Traducción: Amparo García Burgos
Edición: 1980
Páginas: 191
ISBN:
Precio: Descatalogado

La novela rosa no me atrae, precisamente, puede que cuando en el instituto me obligaron a leer culebrones como PEPITA JIMÉNEZ o LA REGENTA las encontrara extrañamente atractivas, o ya más mayorcito que me leí por cuenta propia CUMBRES BORRASCOSAS, también se me hizo fascinante. De normal esas novelas no se consideran novela rosa, aunque su eje principal sea el de las pasiones desatadas, son clásicos de la literatura a los que los pasteles de Corin Tellado o Daniele Steel no les hacen sombra, además, creo recordar, no acaban demasiado bien, justo al revés de lo que la novela rosa propugna, que el amor siempre triunfa y que los amantes acaban juntos, y si es arrebujados, mejor.

LA ÚLTIMA ASTRONAVE DE LA TIERRA, pese a su título, también es una historia de amor, amor imposible, que por supuesto son los más dramáticos. El mundo que imagina Boyd se divide en castas basadas en la profesión familiar. Si tus ascendientes ha sido matemáticos tu vas a ser matemático. Si te llamas Haldane IV es porque tu padre se llama Haldane III y tu abuelo Haldane II. Por supuesto, hay castas y castas, cuanto más cerca del centro de poder, más poder, valga la redundancia, si no tienes cualificación, o eres trabajador manual, mal asunto, puedes ascender en el escalafón, pero es difícil, por no decir imposible.

No hay gobierno como tal. El Papa, es el superordenador que dispone y organiza. Hasta los matrimonios están planificados. Los genetistas deciden como se debe emparejar la población e ignorar esa decisión es anatema. Hay otros grupos que ayudan a manejar las cosas, como los sociólogos y psicólogos, junto a los sacerdotes. No son los más listos, pero saben cómo manipular las situaciones y a la gente.

En ese estado de cosas Haldane IV, un joven matemático conoce a Helix, estudiante de poesía, se enamoran y se desatan los infiernos.

Quizá lo más curioso de toda la novela sea como precisamente un matemático, un sociólogo, un psicólogo y un sacerdote interrogan sucesivamente a Haldane IV intentando cada uno, con su estilo personal, hacer que el acusado les coja confianza para bucear en sus sentimientos y emociones para construir así un argumentario con la que condenarle. Es más bien una pantomima porque Helix se ha quedado embarazada y no hay duda de que ambos han transgredido la ley, pero esa necesidad de buscar una justificación más allá de los hechos obvios y demostrados deja claro que esa sociedad está ciertamente enferma.

Por otro lado, aunque está lleno de buenas ideas, muchas de ellas se plantean y olvidan con demasiada rapidez, la propia concepción de la sociedad como un escalafón superespecializado, donde los campos profesionales, y por lo que se entiende, todo lo demás están muy segregados, se apunta al principio para no volver a tener relevancia en el resto de la novela, otra cuestión es que la ciencia ha asumido protagonismo sobre la religión pero al ser El Papa un superordenador, ciencia y la religión acaban mezcladas de una forma un tanto extraña.

Por supuesto, es inevitable compararla con UN MUNDO FELIZ o 1984, al fin y al cabo también es una distopía, aunque no les puede hacer sombra en el sentido de que aunque Haldane IV lo pase francamente mal no existe esa sensación de desesperación y falta de futuro que tienen los protagonistas de las novelas de Huxley y Orwell, ni siquiera la pose vagamente existencial del Montag de FAHRENHEIT 451.

Como lectura rápida está bien, pero desde luego hay cosas mejores en la literatura universal.

© Luis del Barrio, (592 palabras) Créditos

No había leído buenos comentarios sobre LA ÚLTIMA ASTRONAVE DE LA TIERRA, de John Boyd, no porque fuera mala, sino sencillamente porque no hay mucho escrito en la red sobre esta novela. La única que encontré decente fue la de Juan Carlos Planells, publicada en el número 127 de Nueva Dimensión, del año 1980 (¡Casi ná!), en forma bastante elogiosa. Me resistí a leerla, aunque ahora no recuerdo el motivo. Boyd, seudónimo de Boyd Bradfield Upchurch, es uno de esos escritores que aparecieron en el panorama de la ciencia-ficción como un paracaidista: a los cincuenta años dio rienda suelta a su vocación oculta. Y aprovechó un tema que nunca pasa de moda, el sexo mezclado con la rebeldía light. A LA ÚLTIMA ASTRONAVE DE LA TIERRA (1968), le siguieron MERCADER DE INTELIGENCIA (1972) —sobre la potenciación de la inteligencia— y LOS POLINIZADORES DEL EDÉN (1979) —las flores utilizando a los humanos como fecundadores—.

La novela aborda tres cuestiones. Por un lado, la paradoja temporal; es decir, la posibilidad de alterar la Historia a través de un viaje en el tiempo, y que su resultado sea chocante. Boyd no aborda este tema hasta el final de la novela, aunque toda la trama se desarrolla en una Tierra que ha corrido una suerte distinta a la conocida porque Jesucristo no murió crucificado. En realidad, hasta el final la existencia de una Tierra paralela no es la clave. Y el desenlace que crea Boyd es una enorme broma que carece de lógica a tenor de la personalidad del protagonista: un chico de 20 años, estudiante de matemáticas, que pertenece a la casta de los profesionales; es decir, un burguesito. Aquí falla la novela porque le falta un poco de profundidad o de explicación de los motivos. Haldane V, el prota, es enviado al pasado como Judas Iscariote para provocar la crucifixión de Jesús y que su muerte liberara al Hombre —cogiendo la Historia, la de verdad, esto no se sostiene—. Pero Haldane, en lugar de esto, y de forma insospechada, coge a Jesús, lo mete en su nave (un taxi espacial, joeee) y lo manda al futuro en su lugar. Esto sólo funciona como broma, porque desde un punto de vista teológico es absurdo, y siguiendo la lógica del personaje más todavía.

El segundo tema que trata es el de la Iglesia, a la que pone a la misma altura que algunas ciencias, como la matemática, la sociología y la psicología. En la Tierra de Boyd el conflicto entre razón y fe se saldó con la construcción de un Papa computerizado. Fairweather, una mezcla de Washington y Edison, tradujo a las matemáticas los preceptos morales y construyó una máquina. La idea es buena, pero el motivo real, que se conoce al final, defrauda: que el hijo de Fairweather, un rebelde con causa, desterrado en el planeta Infierno, estuviera acompañado de gente similar. Boyd introduce el cristianismo como si solo fuera un decálogo moral, lo que es una reducción interesada. ¿Por qué? La razón es que el autor quiere que el lector ponga en tela de juicio las normas morales tradicionales. Sin embargo, la explotación del tema de la moralidad como algo cultural y predecible y, por tanto, reducible a un código al que se le pueden aplicar valores y medidas, es muy pobre. John Boyd lo reduce al tema sexual y de las relaciones amorosas, cuando en realidad es mucho más amplio. Por ejemplo; el que la sociedad esté dividida en proletarios, que curran, y profesionales, que desprecian y marginan a los primeros, parece que no importa. Aquí el autor peca de comercial; esto es, darle a los jóvenes lectores de 1968 lo que querían leer: sexo e inconformismo facilón.

El tercer tema es precisamente el generacional. Boyd escribe en plena rebeldía de la generación de los 60, pero se nota que llega un poco tarde. No tiene nada que ver con otros autores como Thomas M. Disch en LOS GENOCIDAS (1965) o Moorcock en HE AQUÍ EL HOMBRE (1966), que atacan con claridad los pilares de la sociedad de su tiempo. El Estado es totalitario, ya que controla la vida privada y pública de cada ciudadano. Está dirigido por clérigos, matemáticos, sociólogos y psicólogos —el dominio de estas dos profesiones está muy relacionado con se pusieron de moda desde finales de los 50, de hecho son un grupo importante en la FUNDACIÓN (1952) de Asimov —. Hoy, ninguno de esos cuatro grupos, sería director social en una novela sobre el futuro. La alternativa es Infierno un planeta que sirve de cárcel para los disidentes, pero que en realidad es un Edén: amor libre, naturaleza, educación científica y práctica, no hay especialistas sino gente autosuficiente, no hay jerarquías sociales, todo el mundo trabaja en varias cosas (como en las utopías de los socialistas franceses del siglo XIX). Sí; es una comuna hippie.

La paradoja de esta novela que aborda los viajes en el tiempo es precisamente lo mal que ha llevado el paso del tiempo. Los personajes son estereotipos de los cincuenta, con el toque rebeldillo de los sesenta. Las escenas sexuales no pasan de ser momentos picantes o subidos de tono, que no llegan a las formas sensuales y explícitas de P. J. Farmer en LOS AMANTES o A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS (1971); por ejemplo, el lector se entera de que Helix, la chica, se queda embarazada sin que la pareja haya pasado de los dos besos en un sofá. El sexismo abochorna, sinceramente; vamos, de tapar el ebook en el metro para que nadie vea qué lees debido a frases como esta: por primera vez en su vida había oído una respuesta ingeniosa en labios de una mujer. El tratamiento psicológico del protagonista no solo es chocante, sino que en ocasiones es involuntariamente cómico; por ejemplo, cuando cuenta muy serio que su madre murió al caerse por la ventana regando las plantas, o cuando Haldane le dice a Helix que para abortar se meta en una centrifugadora o que camine a cuatro patas. Las escenas románticas son impostadas y cursis: sus palabras debían sonar como el arrullo de dos tórtolas enloquecidas o nubes como senos de adolescentes. En fin, que esta novela ha envejecido muy mal.

No me arrepiento de haberla leído, aunque las cien primeras páginas me costaron —¿Cuándo terminará el romance adolescente y empezará lo interesante, por todos los dioses?—. Leeré LOS POLINIZADORES DEL EDÉN, que visto lo leído tiene que ser la bomba.

© Jorge Vilches, (1.075 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Imperio Futura el 21 de julio de 2013
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