EL DORMILÓN
EL DORMILÓN EE.UU., Sleeper
Título original: Sleeper
Dirección: Woody Allen
Guión: Woody Allen, Marshall Brickman
Producción: Jack Rollins, Charles H. Joffe
Música: Woody Allen
Fotografía: David M. Walsh
IMDb:
Reparto: Woody Allen (Miles Monroe); Diane Keaton (Luna Schlosser); John Beck (Erno Windt); Mary Gregory (Doctor Melik); Don Keefer (Doctor Tryon); John McLiam (Doctor Agon); Bartlett Robinson (Doctor Orva); Chris Forbes (Rainer Krebs); Mews Small (Doctor Nero); Peter Hobbs (Doctor Dean); Susan Miller (Ellen Pogrebin)
Comentarios de: José Carlos Canalda

A estas alturas supongo que resultará innecesario resaltar que, dentro del cada vez más mediocre panorama del cine americano actual —del europeo y del español prefiero no hablar—, Woody Allen es uno de los pocos valores seguros que nos quedan a los aficionados al cine —que no cinéfilos— junto con un pequeño puñado más de directores tales como los hermanos Coen, Tim Burton —no siempre—, Clint Eastwood y no mucho más, salvo sorpresas inesperadas. Y en previsión de que algún cinéfilo de guardia pudiera rasgarse las vestiduras, añado que se trata de una apreciación personal, totalmente subjetiva y por supuesto totalmente cuestionable. Aclarado queda.

Así pues me gustan las películas de Woody Allen, aunque no todas no sólo por los inevitables altibajos de alguien tan prolífico —prácticamente viene a estrenar una película al año—, sino también porque algunas de las temáticas que aborda, verbigracia sus comeduras de tarro psicoanalíticas, o sus homenajes a Bergman, sinceramente no me interesan demasiado. Pero todavía queda mucho aprovechable en su filmografía, lo suficiente como para que su nombre resulte una garantía a la hora de ver una de sus películas.

Dentro de su filmografía y concretamente en la primera etapa de la misma, a la que podríamos denominar gamberra, aparece uno de sus títulos más conocidos, EL DORMILÓN, caracterizado por el hecho singular de que se trata, que yo sepa, de la única incursión alleniana en el campo de la ciencia-ficción, si hacemos abstracción del rejuego con los viajes por el tiempo que aparece en la mucho más reciente (de 2011) MEDIANOCHE EN PARÍS, aunque éstos se reducen a una mera excusa argumental para trasladar a la protagonista al vibrante París de la década de 1920, donde cumplirá su sueño de codearse con los grandes artistas e intelectuales de la época. Aunque el argumento es brillante, no se le puede considerar ciencia-ficción.

Ahora bien, ¿es ciencia-ficción EL DORMILÓN? Pues según se mire. Si hacemos una lectura aséptica de su argumento por supuesto que sí, ya que tenemos a un personaje que, tras ser hibernado en el presente (1973), despierta doscientos años después encontrándose con unos Estados Unidos sometidos a una férrea dictadura en los que los disidentes son brutalmente perseguidos, mientras la población es sometida a una alienación completa gozando, eso sí, de todo tipo de placeres materiales. El protagonista, un patoso Woody Allen, se verá inmerso muy a su pesar en la lucha entre los esbirros del dictador y la guerrilla que pretende derrocarlo y, cuando se descubre que éste ha sido víctima de un atentado del cual tan sólo se ha salvado su nariz, a partir de la cual pretenden clonarlo, conseguirá desbaratar los planes de quienes querían perpetuar de esta manera el régimen. En realidad la historia no es muy diferente a la de otras muchas distopías que figuran por derecho propio en los anales del género, incluyendo a la propia UN MUNDO FELIZ[N], y desde luego no se puede decir que la clonación no entrara de lleno, y todavía más entonces, dentro de la galería de tópicos de la ciencia-ficción.

Sin embargo, si lo que analizamos es el enfoque que Woody Allen y Marshall Brickman dan al guión la cosa no está ya tan clara, puesto que en realidad lo que hacen es recurrir a un decorado futurista para hacer una crítica feroz de la sociedad americana de su época, unos años 70 sacudidos por los escándalos políticos de la presidencia de Richard Nixon y el descalabro de la guerra de Vietnam; aunque todavía les quedarán palos, y no pocos, para repartir entre los entonces pujantes colectivos nihilistas y hedonistas herederos directos del fenómeno hippie y también, tal como se hiciera dos años antes en BANANAS —con guión en esta ocasión de Woody Allen y Mickey Rose — contra los grupos revolucionarios que pululaban por numerosos países del Tercer Mundo, ingenuamente aplaudidos —claro está que desde la barrera— por amplios sectores izquierdistas, o que al menos creían que lo eran, de los prósperos países occidentales.

Así pues, la ciencia-ficción de EL DORMILÓN no es en realidad sino la cáscara que la recubre, ya que la sociedad que se nos presenta en ella no es otra, eso sí barnizada y satirizada, que aquella en la que vivía Woody Allen, faltando también todo tipo de la especulación o la extrapolación que tan inherentes son a la ciencia-ficción de verdad, y discúlpeseme el poco afortunado calificativo... aunque, ¿cuánto de esto último hay en LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, por poner un único y conocido ejemplo?

Evidentemente se me podrá objetar que el planteamiento seudofuturista de EL DORMILÓN no es muy diferente del de otras muchas críticas sociales; Orwell denunció en 1984[N] y en REBELIÓN EN LA GRANJA[N] a la dictadura estalinista, Swift hizo lo propio con la Inglaterra de su época en los VIAJES DE GULLIVER[N], y H. G. Wells denunció el lado oscuro de la sociedad victoriana en novelas tales como LA MÁQUINA DEL TIEMPO[N], LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU[N], EL HOMBRE INVISIBLE[N] o CUANDO EL DURMIENTE DESPIERTE, entre muchas otras... y no les faltará razón en sus críticas, aunque habría que ver —espinoso y bizantino asunto— si todas estas utopías y/o distopías entran o no dentro de la ciencia-ficción, algo que en el fondo carece realmente de importancia.

Huelga decir que esto no supone obstáculo alguno para disfrutar de una película que, pese a haber envejecido inevitablemente, sigue viéndose con agrado y, sobre todo, sigue manteniendo incólume su carga de dinamita; ya que, pese a haber transcurrido desde su estreno nada menos que cuarenta años, la verdad es que muchas de sus críticas continúan estando hoy vigentes y, si me apuran, todavía más que entonces. Esta intemporalidad podría resumirse en la tajante escena final, en la que los dos protagonistas principales, Woody Allen y Diane Keaton, se declaran mutuamente su amor —algo que en el siglo XXII, según se ha dicho anteriormente, había caído en desuso por anticuado— y, cuando ella manifiesta su satisfacción por el triunfo de la revolución —ojo, comunista, según ha sido explícitamente indicado en su momento—, él responde cínicamente que lo más probable será que dentro de no mucho tengan que robar también la nariz del nuevo líder... reflexión que mueve a recordar la famosa frase de Lampedusa de que todo cambia para que todo pueda seguir estando igual.

Por lo demás, la película está rodada en clave de comedia —para mí Woody Allen da mucho más de sí en este medio que cuando intenta ponerse trascendente—, eso sí corrosiva y con muy mala leche a poco que el espectador capte sus continuos guiños, que van desde un descarado homenaje —o copia— al slapstick —literalmente palo y bofetada, aunque puede ser traducible por payasada— del cine cómico mudo, a parodias del teatro de Shakespeare y Tennessee Williams, sin que falten tampoco elementos que recuerdan a películas míticas como FAHRENHEIT 451[P] e incluso, si se me apura, a LA NARANJA MECÁNICA[P]. Y no se pierdan, por último, los deliciosos decorados presuntamente futuristas, pero a estas alturas más bien tirando a camp, con los que Woody Allen nos regala, obra según la ficha IMDb de Gary Moreno y Robert de Vestel; impagables los coches supersónicos o los edificios de arquitecturas imposibles, aunque quizá estos últimos existieran en realidad ya que, cuando a un arquitecto le da un delirio, es capaz de perpetrar eso y mucho más.

En definitiva, EL DORMILÓN es una excelente película que, no sólo distrae y divierte —hay escenas en las que resulta imposible retener la carcajada—, sino que además tiene mucha, pero mucha, retranca. Y es que con Woody Allen casi siempre hay que quitarse el sombrero.

© José Carlos Canalda, (1.562 palabras) Créditos