LOS HOMBRES PARADÓJICOS
LOS HOMBRES PARADÓJICOS Charles L. Harnees
Título original: The paradox men
Año de publicación: 1953
Editorial: Edasha
Colección: Nebulae nº 20
Traducción: Edith Zilli
Edición: 1977
Páginas: 173
ISBN:
Precio: Descatalogado

Si conoces el ensayo El emperador de todas las cosas de Norman Spirand sabrás, al menos, la mitad del argumento de esta novela. Si has leído LA MÁQUINA DEL TIEMPO de H. G. Wells, tendrás otra cuarta parte del argumento. Lo que resta, se puede rastrear por una buena cantidad de obras de la literatura universal. ¿Estoy anticipando con esto que esta novela es un truño repetitivo y aburrido? No exactamente. Ciertamente la historia del príncipe destronado, del héroe que desconoce su propia identidad, a la vez que toda una serie de cualidades ocultas, hasta que las circunstancias se la revelan, está más que sobada. Es posible remontarse hasta Orestes en caso de querer dar una pincelada cultureta a la reseña. Tampoco son nuevas las sociedades en las que una élite, más o menos cruel, más o menos bienintencionada, mantiene sojuzgada por su propio bien a la masa de paletos y tuercebotas que constituye la gran parte de la población. Nuevamente el brochazo cultureta viene de aquello de Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, que en francés da mucho más lustre: Tout pour le peuple, rien par le peuple (aunque la traducción no sea exacta, ya lo se) Por fin, el robinhoodismo, la princesa ética que auxilia a su raptor en vez de denunciarlo, los viajes iniciáticos hacia ninguna parte...

El caso es que Charles L. Harnees reúne un montón de topicazos en esta novela, y con todo, consigue darle un aire fresco, incluso introduce algunas ideas que serían más tarde recogidas por otros autores.

Como ya he adelantado la historia no puede ser más simple. En un futuro indefinido el mundo está repartido entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada. La miseria hace que la gente se venda como esclavos a las elites con la esperanza de poder sobrevivir un poco más. Ante este injusto estado de cosas surge el movimiento de Los Ladrones, una asociación secreta que ¡sorpresa! roba a los ricos para dárselo a los pobres. En realidad es algo más elaborado, roban a los ricos para poder pagar la libertad de los esclavos que pueden.

El caso es que uno de estos ladrones, Alar, tiene un pasado oscuro; no sabe quien, recogido de entre los restos de una nave no identificada por un venerable profesor de universidad, lo educa para que acaba siendo otro venerable profesor de universidad, pero a la vez un Ladrón más que competente. Pero la Policía Imperial no es tonta, y además de descubrir su tapadera, sabe que se trata de un mutante con potenciales (y enormes) poderes físicos y mentales. Esto conlleva su persecución y una serie ininterrumpida de carreras, luchas, traiciones y conspiraciones, todas ellas llevadas con un ritmo ágil y sin respiro. Por desgracia Harnees termina por liarse al final, la novela funciona perfectamente como historia de aventuras, pero la introducción de ciertas paradojas temporales y el intento de explicar las habilidades de Alar frustan el desenlace final.

Además de la fluidez en la narración, tenemos una serie de personajes bien perfilados, ajustados a su rol, y no por esquemáticos menos vigorosos. Empezando por el propio Alar, héroe arquetípico donde los haya, y siguiendo por la ralea de malos que lo llevan a brillar aún más en ese papel. Haze-Gaunt, canciller supremo e intrigante a tiempo completo que ve como Alar puede representar una amenaza para el Imperio, Thurmond, Ministro de Policía, cruel y despiadado pero tenaz, que perseguirá a Alar hasta el Sol mismo, de ser necesario, y por último el conde Shey, psicólogo imperial, pero más centrado en su labor de torturador deseoso por dedicar sus atenciones a Alar. También está la chica, como no podía ser menos, Keiris, esclava muy personal de Haze-Gaunt que ayuda a Alar en todo lo que pueda, o el doctor Haven, que lo acogió y entrenó.

La novela también está llena de grandes hallazgos, como la armadura de Ladrón, un extraordinario artefacto capaz de detener proyectiles de una elevada velocidad pero inútil ante ataques de armas menos impetuosas, aunque no menos mortales, como cuchillos, espadas y armas de baja energía. Frank Herbert tomó la idea prestada en forma de campos Holtzman para DUNE, donde convirtió la lucha a navajazo limpio en uno de los santos y señas de la serie, a mayor gloria de Duncan Idaho y Gurney Halleck. Impresionantes son también las naves solares capaces de llegar a la fotosfera para recolectar energía.

En resumen, una novela emocionante y dinámica, llena de personajes memorables pero que pierde fuelle en las páginas finales cuando el autor retuerce el espacio y el tiempo de forma poco convincente.

© Francisco José Súñer Iglesias, (774 palabras) Créditos