LA CARRERA DE LA MUERTE
LA CARRERA DE LA MUERTE EE. UU., 2008
Título original: Death Race
Dirección: Paul W. S. Anderson
Guión: Paul W.S. Anderson, Robert Thom, Ib Melchior
Producción: Paul W.S. Anderson, Jeremy Bolt
Música: Paul Haslinger
Fotografía: Scott Kevan
IMDb:
Reparto: Jason Statham (Jensen Ames); Joan Allen (Hennessey); Ian McShane (Coach); Tyrese Gibson (Machine Gun Joe); Natalie Martinez (Case); Max Ryan (Pachenko); Jason Clarke (Ulrich); Fred Koehler (Lists); Jacob Vargas (Gunner); Justin Mader (Travis Colt); Robert LaSardo (Grimm); Robin Shou (14K)
Comentarios de: Antonio Santos

Empiezo a sospechar que Paul W. S. Anderson en realidad pretendía adaptar EL FUGITIVO, de Stephen King, más que realizar el remake de LA CARRERA DE LA MUERTE DEL AÑO 2000, de su tocayo Paul Bartel, basada en el cuento de Ib Melchior. El conjunto de elementos esgrimidos para que el espectador simpatice con Jensen Ames ( Jason Strathan) apoyan esta intuición.

Así, el protagonista, un hierático cachas absolutamente refractario, se convierte en un inesperado luchador contra un orden social brutal e injusto que ha laminado la mayoría de los derechos civiles y laborales, sacrificados por mor de una Pax Corporativa que ahora gestiona un mundo en bancarrota, económica y moral, víctima de una salvaje crisis como la presente. Jensen pasa de implicarse en algo turbulento o político (sugiere su diálogo con su esposa, Suzy Janaya Stephens —), pero en la fábrica, cuando llegan los maderos para dar caña, reparte estopa como un Conan El Sindicalista del mejor pelaje.

El Ben Richards de la novela de King tenía semejante traza hasta que una situación límite lo empuja a otra extrema: apuesta su vida en el perverso espectáculo de EL FUGITIVO, cuya inhumanidad, como la DEATH RACE, se la bufa a Amnistía Internacional. Richards es un antisocial que pasa de relacionarse con nadie porque tiene mal carácter y tal. Le resbala la actualidad y la trapacería política; quizás porque su cultura le permite comprender que no puede hacer nada para cambiarlo. Peleará contra un tremebundo monolito inamovible e inconmensurable que se mofará de los golpes de Richards, seguro en su inmutabilidad.

Su mundo es un estofado de vapores cancerígenos. El de Jensen empieza a serlo, aunque más nos persuade Anderson, responsable del guión, de que la carcoma es más de índole social (la mutilación de derechos) que respiratoria.

Jensen vive al margen, pero una situación límite lo implica en lo más extremo y ante un violento piélago de dificultades sale victorioso imponiendo su propia vehemencia. Es el hombre tranquilo fastidiado en exceso. Y ahora lo van a pagar.

DEATH RACE no es mala película... ignorando su antecesora. Filmada con brío y sentido del espectáculo, se resiente en algunos aspectos, pero ¿qué obra humana es perfecta? Anderson sabe situar la cámara allá donde mejor rendimiento brinda; se aprovecha de ciertos golpes de efecto (como las cascadas de cartuchos quemados, cosa digna del THE MATRIX de los Hermanos Wachowski) y tiene instinto para la épica. Sus personajes, empero, son planos, con un fondo mínimo-nimio, lo justo de afectuosos para no provocar rechazo al espectador.

Más que personajes, Anderson parece trabajar con estereotipos: Hennesey ( Joan Allen) y su mano derecha, Ulrich ( Jason Clarke), son malos-sádicos porque toca; no es su auténtica naturaleza. Vienen a ser el Donald Sutherland de ENCERRADO (la de Sylvester Stallone) de este drama carcelario sui géneris que es DEATH RACE.

Terminal Island, sede/prisión de la carrera, es un vertedero; todo lo peor, lo más despiadado y tatuado del mundo, vive tras sus rejas. También estos reclusos reciben un tratamiento que podría definirse de tebeo. Tienen un metraje determinado y en función a estereotipos que hacen girar las ruedas de sus bólidos blindados y la bobina de la película en la cabina de proyección.

Cuando comparamos original con remake, DEATH RACE empieza a flojear. Se comenta que el filme está contaminado por la mano de Tom Cruise (el Papa dianético); es un extremo que no he podido verificar, pero de ser cierto, bien que ha mutilado el espíritu de la obra. Tanto que, en un mundo mucho más liberal que el de Bartel, donde ciertas cosas pueden decirse con mayor rotundidad y libertad, Anderson enmudece la producción. Hasta la hace sexista.

En la original, había dos corredoras y tres pilotos (Nero, El Héroe, se fue a hacer puñetas enseguida; ergo dejó la carrera en manos paritarias). En DEATH RACE, aun sin desnudarse como en la original, las copilotos son mera mercancía de exhibición, contoneo rap de caderas, como la copiloto de este remozado FRANKENSTEIN (sin leyenda, sin aureola) demuestra ( Natalie Martínez como Case).

Bartel no tenía dinero para tantas violencias como Anderson, pero las suplió con argumento, discurso, iconos con carisma, apasionados. Anderson difiere el protagonismo de los actores a las máquinas. Concretamente, a los potentes tiroteos que fecundan la cinta. ¿Ejemplo? El camión-fortaleza que Hennessey saca en el segundo día de la competición.

Este recurso atenta contra el mismo sentido de la carrera: se trata de ver matarse a un puñado de psicópatas al volante de armerías rodantes porque eso inflama las meninges de las conexiones de internet que enriquecen al negocio, ¿no? En cambio, en pocos momentos, el camión-fortaleza se apiola al grueso de participantes. ¡Hala! ¡Me cargado el negocio! ¿Qué dirán ahora mis jefes? A Hennessey y su cara de estreñida le da igual. No le importa matar a su gallina de los huevos de oro: Frankenstein, el inmortal, el que anima el espectáculo. ¿Cómo piensa energizarlo después, si Frankenstein es su piedra angular?

En la original, la rivalidad Frankenstein ( David Carradine) / Machine Gun Joe Viterbo (Stallone) era cosa aun tangible. En DEATH RACE, este Machine Gun ( Tyrese Gibson) expresa un deseo de triunfo insincero, sin garra. Tengo que ganar porque lo dice el guión, tío. No quiero vencer porque algo me quema las tripas. Stallone estaba enfermo de envidia y celos. Este Machine Gun está. Sólo está.

A destacar la interpretación de Ian Mcshane como Coach, el recluso veterano que logra tener suficiente respeto conseguido como para que nadie quiera matarlo. Su sabiduría lo hace el único humano de la cinta, porque Statham parece de teflón. Sólo casi a la mitad de la película recuerda que tiene una hija y, a modo, le preocupa. Entre tanto, fue un estoico mohai al que los carceleros propinan una paliza de bienvenida.

La cortedad de DEATH RACE se mide tanto en el escenario donde transcurre como en la carencia de impacto en la población. Mencionan millones de conexiones vía internet, pero en las calles, y al contrario de EL FUGITIVO o la otra CARRERA DE LA MUERTE, nadie habla de esta carcelaria competición, enésimo refrito del Coliseo romano.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos, (1.026 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 28 de octubre de 2011