EL SER DEL PLANETA X
EL SER DEL PLANETA X EE. UU., 1951
Título original: The Man From The Planet X
Dirección: Edgar G. Ulmer
Guión: Aubrey Wisberg y Jack Pollexten
Producción: Aubrey Wisberg y Jack Pollexten
Música: Charles Koff
Fotografía: John L. Russell
IMDb:
Reparto: Robert Clarke (John Lawrence); Margaret Field (Enid Elliot); Raymond Bond (profesor Elliot); William Schallert (doctor Mears); Roy Engel (Tommy); Charles Davis (Georgie); Gilbert Fallman (doctor Blane); David Ormont (inspector Peters)

Sinopsis

Un ser alienígena, procedente del planeta X, llega a la Tierra en busca de ayuda para su helado mundo, contactando con un científico que estudia el anormal comportamiento de ese extraño astro. Las diferencias entre ambos estimulan la mutua curiosidad, pero las autoridades consideran al extraterrestre como una amenaza que debe ser destruida.

Edgard G. Ulmer fue uno de esos cineastas que, a pesar de poseer un talento extraordinario y el bagaje profesional suficiente para ser un director de primera línea, hubo de desarrollar su carrera en el marco de las productoras de serie B. Los mentideros oficiales de la Meca del Cine cuentan que Ulmer fue expurgado de las Majors hollywoodenses por un asunto de faldas. Según dicha versión, corría 1934 y Ulmer, que en aquel momento estaba dirigiendo SATANÁS ( THE BLACK CAT) para la Universal, mantenía una relación sentimental con una secretaria llamada Shirley Castle, cuyo esposo era el jefe de producción del Estudio, Max Alexander, que a su vez era sobrino de Carl Laemmle, el Gran Jefe de esa Major. Profundamente enamorada de Ulmer, Shirley se divorció de Alexander para unir su vida a la del director, lo que provocó las iras de Laemmle, quien, como la inmensa mayoría de los estadounidenses de la época, tenía un concepto bastante pacato, rígido e hipócrita de la moral. Como no hubo forma de convencer a Shirley para que siguiese junto a un hombre al que no amaba, Laemmle dirigió su insana furia puritana contra Ulmer, que nunca más volvería a trabajar para un gran Estudio. La vesania moralista de Laemmle, entusiásticamente compartida por sus colegas de otros Estudios, condujo a Edgard G. Ulmer al destierro de la serie B independiente. A partir de ese momento la producción fílmica de Ulmer se diseminaría por una pléyade de pequeñas compañías productoras, algunas de efímera existencia, para las que realizaría películas con escasos medios técnicos y presupuestos ridículos, que, sin embargo, con el paso del tiempo devendrían en obras de culto. Aunque nunca más volvería a pisar un gran Estudio, Ulmer lograría desarrollar una carrera notable, convirtiéndose para muchos críticos en el Rey de la serie B e incluso en el Capra de las producciones de bajo presupuesto. Su cinta más lograda y personal sería DETOUR (Idem, 1945), un impactante film noir rodado con cuatro dólares, considerado actualmente una de las cumbres del Cine Negro americano. Dotado de la rara habilidad de hacer de la necesidad virtud, Ulmer era capaz de componer una película con los materiales desechados por otros directores, obteniendo siempre unos resultados asombrosos. En su vasta filmografía domina siempre lo visual sobre lo narrativo, sin que ello implique que infravalorase la importancia del guión. Maestro de la narración en imágenes, Ulmer creó un universo estético propio y autosuficiente casi de la nada, cimentado en una personalísima concepción del Arte cinematográfico, una insólita destreza para trabajar en las condiciones más adversas y la férrea determinación de labrarse un nombre en el mundo del cine.

EL SER DEL PLANETA X es una muestra de lo que Ulmer era capaz de hacer con cuatro perras, un atrezzo compuesto por lo que podrían parecer materiales sobrantes de otra producción, unos actores de segunda fila y un guión de lo más esquemático. Un decorado que representa un pueblo con sólo dos calles, una docena de figurantes, un alienígena humanoide de frágil apariencia, una sencillísima maqueta de una nave espacial y cuatro personajes arquetípicos (el científico bueno, el malo, el héroe y la chica). Con tan parcos elementos, Ulmer construyó un relato salpicado de clichés, pero dotado de una extraordinaria fuerza visual, tan intensa como imaginativa. ciencia-ficción de serie B en estado puro.

El planteamiento argumental guarda cierta semejanza con el de ULTIMATUM A LA TIERRA[p] (THE DAY THE EARTH STOOD STILL, Robert Wise, 1951), pero su conclusión es más pesimista, en concordancia con el tono fatalista que impregna gran parte de la obra ulmeriana, empezando por la ya citada DETOUR. El pacífico X-iano es destruido junto con su nave por el ejército, lo que obliga a sus hermanos de raza a variar el rumbo de su curioso mundo automóvil, alejándose a su máxima velocidad de la Tierra y sus agresivos habitantes. Cinta adelantada a su tiempo, transmite una rotunda condena de la xenofobia, a la vez que ofrece una apasionada defensa de la tolerancia y el diálogo, y ahí reside su verdadero valor como obra cinematográfica.

Sorprende agradablemente la estética del film, deudora de la del noir y complementada con algunos elementos de marcado cariz gótico. Los personajes se mueven por decorados oscuros, nocturnos, velados por la niebla, lluviosos a ratos, inquietantes siempre, que Ulmer utiliza sabiamente para teñir la acción de una pátina de irrealidad, pero también para disimular eficazmente los defectos de producción.

En lo que al argumento propiamente dicho se refiere, Ulmer toma partido desde el minuto uno por el nada amenazador alienígena, un ser de aspecto débil, aquejado de una disfunción cardiaca, que apenas puede moverse y que está confinado en un claustrofóbico traje de vacío. El X-iano nos es presentado como una criatura pacífica y muy vulnerable, dotada de una enorme humanidad, que contrasta terriblemente con la irracional belicosidad de los terrestres.

Cinta poco conocida hoy día, EL SER DEL PLANETA X se revela como un modélico film de ciencia-ficción de serie B, que merece, como el resto de la obra del prolífico pero nunca suficientemente valorado Edgard G. Ulmer, tanto una revisión en profundidad como una reivindicación.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.132 palabras) Créditos