LA CAJA DE LAS ORQUÍDEAS
LA CAJA DE LAS ORQUÍDEAS Herbert W. Franke
Título original: Der Orchideenkäfig
Año de publicación: 1963
Editorial: Ediciones Martínez Roca, S. A.
Colección: Super-ficción.
Traducción: Mireia Bofill
Edición: 1978
Páginas: 174
ISBN:
Precio: Descatalogado

Texto de contraportada

El vienés Herbert Franke (no confundir con el americano Frank Herbert), nacido en 1927, licenciado en Exactas y en Psicología, es una de las locomotoras de la ciencia-ficción actual en lengua alemana. Dirige colecciones y está reconocido como el mejor autor de ciencia-ficción en su idioma, con un nivel comparable al de ingleses y norteamericanos.

En LA CAJA DE LAS ORQUÍDEAS propone una exploración interestelar extraordinariamente plausible. Los hombres no parten a la conquista de las estrellas porque ello se ha evidenciado impracticable. En su lugar envían informaciones capaces de crear en cualquier lugar las células robot que explorarán y enviarán a la tierra los datos deseados. Pero eta aventura conduce a uno de los infiernos racionalizados más implacables que haya concebido la literatura de ciencia-ficción. Franke mantiene la tradición de la utopía pesimista, característica de los escritores fantásticos alemanes.

Resulta sorprendente que este libro fuera escrito en los lejanos 1963, antes de los nuevos pasatiempos que trajo Internet. Franke se revela como un visionario, y la lectura de LA CAJA DE LAS ORQUÍDEAS está cada vez más justificada como toque de atención entre tantos Second Life, Facebook y juegos sociales por ordenador.

El autor hace honor a su condición de máximo exponente de la ciencia-ficción alemana ofreciéndonos una de las cosas que a los lectores de este género tanto nos gustan: la exploración de un mundo alienígena. Y la forma en que se desarrolla dicha exploración es también un acierto cargado de originalidad: una carrera por equipos. El equipo protagonista, compuesto por el dominante y altivo Don, el analítico Al, Katia —personaje que, personalmente, considero que no aporta gran cosa a la narración— y René, que se incorporará más tarde, deberá enfrentarse al equipo enemigo, liderado por el táctico Jak. El motivo de la carrera se va desvelando poco a poco, dejando al lector saborear el misterio oculto entre otros tantos misterios que el autor va dejando caer, como la ausencia de cualquier forma de vida en el planeta o las rocas de plástico.

Y es que LA CAJA DE LAS ORQUÍDEAS podría llamarse fácilmente la caja de los misterios, pues el libro está repleto de ellos. ¿Cómo llegan los protagonistas al planeta? ¿Cómo es que los personajes resultan muerto fuera de toda duda en una escena para, en la siguiente, regresar desde el principio como si tal cosa? Pero, sobre todo, ¿qué son las orquídeas?

El libro está cargado del pesimismo propio de una época inmersa en la guerra fría. La carrera que centra la historia y que, en principio, no tenía otro objeto que servir de entretenimiento a los personajes (como el propio Don deja bien claro al principio), se transforma en una búsqueda trascendental del destino que han seguido los habitantes de ese planeta. No es para menos: en el Universo que ambienta el relato, parece ley de vida que cuando las criaturas de un planeta alcanzan cierto grado de inteligencia, inevitablemente acaban aniquilándose, claro recuerdo de lo que supuso la segunda guerra mundial y del miedo al invierno nuclear.

Al parecer, se había comprobado esa ley en numerosos mundos, y la única especie que hasta el momento no había corrido esa suerte era la humana. De ahí que, cuando nuestros protagonistas se dan cuenta del nivel tecnológico que alcanzaron los alienígenas de ese mundo, decidieron que su deber era averiguar qué les deparó, para saber cómo evolucionan las especies que superan la fase de aniquilación: para saber, en última instancia, qué le deparaba a la humanidad.

Franke destaca también en la originalidad de la sociedad que propone. En ese mundo, la especie humana no explora el Universo para ir a donde nadie ha ido jamás, ni empleando altos motivos. Al contrario, la especie humana ha caído en una espiral de puerilidad, y la razón de que nuestros protagonistas se encuentren en ese planeta responde —al menos inicialmente— sólo a su afán de diversión.

La idea de que los personajes están viendo la evolución futura de la humanidad irá ganando fuerza en el transcurso de la historia y dará lugar a reflexiones de una agudeza y modernidad fuera de lo imaginable. Como muestra baste esta línea de diálogo de Al (nunca nos decepciona), respecto a las máquinas.

—[la máquina hace] lo que le indica su programa —le corrigió Al—. Pero, ¿qué ocurre si ella misma establece el programa?

Cabría añadir el interés que provoca la propia ciudad en la que se internan los personajes. Centrándose en la mejor intención del género, el autor se esfuerza en ofrecer una organización claramente alienígena, esto es, imposible de comparar con cualquier ciudad humana. La ausencia de calles es sólo la característica más evidente. Más sutilmente, Franke logra introducirnos magistralmente en la historia de la ciudad a través de sus fases de crecimiento, desde los barracones exteriores hasta el centro aparentemente medieval, y lo que esconde detrás.

Se trata de una aventura en la que la ciudad tiene el papel de maestro de ceremonias, administrando nuevos retos en cada capítulo. La superación de cada uno de estos obstáculos dará a los personajes más pistas sobre el desarrollo de las criaturas que la construyeron.

Franke logra encontrar la forma más sutil de informar al lector sobre la sociedad de la que vienen los protagonistas; nunca da información directamente —al contrario que muchos autores modernos—, evitando así deshacer la magia de la narración. Es tan sutil que nos oculta hasta el nombre del planeta alienígena. Un ejemplo es la frase la comisión genética había permitido a Don y Katia tener un hijo. Dice tanto en esa frase que no es necesario decir más. Esa pureza en la expresión, ese centrarse en lo importante —las peripecias de los protagonistas y sus intentos de alcanzar el centro de la ciudad—, impregna todo el relato. Es un estilo sencillo de leer pero muy eficaz y difícil de lograr.

Pero lo que realmente graba este libro en el recuerdo es su doble final. El primero es el final con el que la mayoría de autores se habrían conformado y, ciertamente, no habría sido un mal libro de acabar ahí. Se trata del clímax obvio, que resuelve gran parte de los misterios de forma harto perturbadora. Pero después llega el verdadero final con el auténtico clímax, y la sensación se recrudece hasta resultar agobiante, como ver una versión de nosotros mismos en un futuro distópico y saber que, pese a todo el afán que pongamos, no podremos evitarlo.

En conclusión, se trata de un libro que, si bien ya antiguo —y más teniendo en cuenta el mundo en que se mueve— no por ello ha sido superado por obras más modernas del género. Es actual, más ahora que cuando fue publicado y, al fin y al cabo, ¿no le pedimos eso a la buena ciencia-ficción? Su lectura es rápida: despacha toda la historia en unas escuetas ciento setenta y cinco páginas totalmente disfrutables —otro punto de discordancia con la mayoría de la narrativa moderna, que no suele necesitar menos de cuatrocientas—, y dejará una honda impresión en el lector.

© Carlos Vázquez Pérez-Íñigo, (1.177 palabras) Créditos