NO HABRÁ TREGUA PARA LOS REYES
NO HABRÁ TREGUA PARA LOS REYES Poul Anderson
Título original: No Truce With Kings
Año de publicación: 1963
Editorial: Río Henares Producciones Gráficas
Colección: Doble nº 2
Traducción: M. Blanco
Edición: 2003
Páginas: 155
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Antonio Santos

Tiene fuerza, y brío, esta novela corta de Poul Anderson premiada con el Premio Hugo en 1963. Es hasta desafiante contra una... hum... escuela a favor de una causa alienígena, un canto al individualismo y a la raza humana, que de tantas cosas tiene que avergonzarse.

Siendo muy sucintos, la ciencia-ficción desarrolla dos vertientes de este tema: la de que los aliens proceden de cultísimas razas cuya sabiduría suprema les permite mirarnos con paternalista condescendencia (como pasa en esta novela) o bien con fría arrogancia desdeñosa (ULTIMÁTUM A LA TIERRA), o nos ven ora como carnaza de cacería (PREDATOR) o bolsas cálidas y sanguinolentas de las que salir disparados por un boquete cavado en el pecho (ALIEN). Listos o brutales. Supongo que replican nuestras pasiones y dualidades a modo, cuando los ETs podrían ser totalmente diferentes a todo lo imaginable. ¿Y si ni siquiera piensan, o sienten?

Nuestras respuestas suelen estar condicionadas por factores internos (ajustes o desajustes químicos) o externos (educativos, ambientales) y cincelan nuestra leyenda allende los profundos océanos y brillantes mares, sean de la Tierra y, alguna vez, del Cosmos. Alienígenas cuya influencia química, física, ambiental, sea inimaginable, ¿cómo responden a ciertos eventos; podemos suponerlo siquiera? Lo mismo deciden exterminarnos porque saben que tras esta vida hay otra mejor y asesinar nuestra carne es librarnos de un lastre que nos permite evolucionar espiritualmente como nunca pudimos sospechar. Es inquietante pero una posibilidad, ¿verdad? (¡Eh: la idea es mía!).

Resulta sugerente NO HABRÁ TREGUA PARA LOS REYES porque desarrolla una historia que sucede cuatrocientos años después del día ídem, y los supervivientes, a trancas y barrancas, van extrayendo del légamo del cataclismo restos tecnológicos que les permitan recuperar nuestra cultura (barrenada por las Bombas Infernales. —La de nombres que les damos a estos artefactos para hacerlos aterradores: Armas T, Armas Teflón-Protón, Bombas Infernales...—), pero va más allá. Esto sucede en unos Estados Pacíficos de América (un eufemismo en un país con ocasionales y feroces guerras internas) cuarteados de modo que los viejos Estados se han transformado en feudos gobernados por nobles que tienen fuertes vínculos de clan con sus vasallos. Un nuevo movimiento unionista empieza a cobrar fuerza y espera reconstruir el país y así gestionar con mayor eficacia los recursos que aún posee la nación.

Pero muchos no ven en esta centralización virtud, sino amenaza, porque consideran que ataca su libertad. De momento, las cosas han funcionado razonablemente bien, así que ¿por qué cambiarlas? Bueno, aducen los centralistas: porque ahora se derrocha potencia y los distintos feudos cuentan con leyes y normas que ralentizan la prosperidad general. Los feudalistas, sin embargo, están dispuestos a sacrificar una sanidad mejor, una economía más razonable, un crecimiento tecnológico óptimo, por mor de mantener su actual estatus de país-dentro-del-país.

La novela la protagoniza el coronel Mackenzie, jefe de los Rolling Stones, secundado por el mayor Speyer, ambos feroces feudalistas-individualistas, y por el joven cuñado de Mackenzie, el capitán Danielis, un convencido centralista, que ve virtudes donde los otros peligro. Entre ambos, Mackenzie y Danielis, está Laura­, la hija del coronel, que asiste, un poco como un borrón al fondo del lienzo, a la lucha desencadenada y que estoicamente asume sus fatales consecuencias.

Creo que Laura­ aparece en el relato sólo como un intento de darle un relativo sesgo emotivo que poca más función tiene en un relato eminentemente bélico. (En esto, me defrauda un poco: la novela es de guerra, ¿no? ¡Pues se lucha! No se dice trabamos terrible combate y perdimos muchos y valientes paladines. Aunque admito que el combate descrito tiene fuerza.) Porque Anderson, más allá de refriegas y corazones rotos, lo que persigue es dignificar nuestra raza por encima de los estereotipos negativos que nos describen ante las listísimas razas allende las estrellas.

En NO HABRÁ TREGUA PARA LOS REYES son dos alienígenas que, a través de un movimiento pseudorreligioso, nos manipulan so pretexto de convertirnos en mejores. Han visto el extremo al que podemos llegar, ese considerable autodesprecio que supuso el empleo de las Bombas Infernales, y más que inquietos, se sienten aterrados por nuestro suicida salvajismo. Para salvarnos de nosotros mismos, pues, inventan esa fe y la defienden con unos míticos poderes mentales, de ésos de achicharrarte los sesos con un pensamiento, producto de una panoplia devastadora que guardan celosamente.

Los aliens ejecutan su plan a través de filósofos, los cuales aseguran poseer esos aterradores poderes merced a su fe. Han montado ágoras donde predican y Danielis ve en su credo factores positivos. Aun Mackenzie. Pero la sangre es más espesa que los sermones adanistas, y los individualistas intuyen que estos pacificadores son los que están detrás del nuevo Juez (que sustituye al Presidente de la Casa Blanca) y quienes conspiran para arrebatarles su apreciado medio de vida y gobernarles.

En el asalto a San Francisco, plaza crítica de los centralistas, y donde las sofisticadas armas alienígenas no pueden triunfar sobre la simple fuerza bruta humana, todo se descubre y Speyer captura a los extraterrestres, que se defienden apelando a una Gran Ciencia predictiva, que escandaliza al mayor porque, aún anticipando las catástrofes vividas y que podían haberse evitado, los aliens se limitaron a apuntar enmiendas a sus cálculos y afinarlos cara al futuro. Toda la médula de la novela, lo que Anderson quiere contarnos, está en este diálogo que empieza Speyer.

—¿Quién os autoriza a tratarnos como niños?

—¿Cómo sabéis vosotros que sois adultos?

—Emprendiendo trabajos de adultos y descubriendo si somos capaces de llevarlos a cabo. Sí, nosotros, los humanos, hemos cometido graves errores. Pero son nuestros errores. Y aprendemos de ellos. Vosotros en cambio no aprendéis, vosotros y vuestra condenada ciencia psicológica que quiere medir todas las mentes de acuerdo a un único criterio.

Tras una parrafada, Speyer (que adquiere un extraño carácter protagonista, cuando se espera que éste sea Mackenzie) apuntilla, cuando le reprochan que la Humanidad debe ser controlada, o se matará una vez tras otra.

A ver, ¿alguien me puede explicar cómo está esto relacionado? ¿De cuántas fuentes depende AVATAR?

—Eso es lo que pensáis vosotros. Nosotros pensamos otra cosa. No sabemos quién tiene razón, y el universo es demasiado grande para hacer predicciones. Habremos elegido libremente por lo menos. El hombre no será un animal domesticado.

Tras este alegato, queda claro que NO HABRÁ TREGUA PARA LOS REYES es una bofetada en plenos morros y un torero ¡Aquí estoy yo! para los que siempre andan alabando las vastas culturas extraterrestres y denostando la nuestra, tan prometedora pese a todo, un recurso del género fatigoso por recurrente, y que airea estancados y elitistas sótanos.

© Antonio Santos, (1.102 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 28 de febrero de 2011