FLASH GORDON
FLASH GORDON Reino Unido, 1980
Título original: Flash Gordon
Dirección: Mike Hodges
Guión: Lorenzo Semple Jr.
Producción: Dino De Laurentiis
Música: Howard Blake, Queen
Fotografía: Gilbert Taylor
Duración: 111 min.
IMDb:
Reparto: Sam J. Jones (Flash Gordon); Melody Anderson (Dale Arden); Max von Sydow (Emperador Ming); Topol (Doctor Hans Zarkov); Ornella Muti (Princess Aura); Timothy Dalton (Prince Barin); Brian Blessed (Prince Vultan); Peter Wyngarde (Klytus)
Comentarios de: Antonio Santos

Debieron advertirnos que esta película no pretendía rendir homenaje al personaje que Alex Raymond tan meticulosamente dibujó, troquelándolo en el acervo cultural como el paladín terrestre que gana otros mundos a punta de espada, y nos hubiéramos ahorrado disgustos y polémicas. No creo tan descabellado opinar que esta cinta, pagada con dólares de Dino De Laurentiis, está hecha con despojos de SUPERMAN, que los hermanos Salkind querían que fuese una comedia y presionaron para salirse con la suya. De otro modo, no se explica la falta de respeto general que despide el filme sobre El hombre de acero, repleto de gracietas lamentables, apenas divertidas.

Y este FLASH GORDON sigue esa línea. ¡Caramba! Hasta la pava que hace de la novia eterna, Dale Arden, parece un descarte de Lois Lane (Margot Kidder): su carácter, la forma como actúa, sus diálogos... Si pretendían dar una imagen de la mujer de los ochenta, firme, segura e independiente, lo que les salió fue un estereotipo estresante de una fulana que aspiraba a ser un hombre para así tutearles, en falsa igualdad de condiciones, imitándoles en sus expresiones más desagradables y las resacas tras unas épicas borracheras. (El sexo va aparte).

Y luego está el actor que encarna al ario jugador de polo, Sam Jones, que en esta recreación de las cuidadas historietas es un cachas de ésos del fútbol americano, cosa que tiene oportunidad de demostrar en la corte, ante Ming El Despiadado, o el incombustible Max Von Sydow, últimamente visto en Solomon Kane (¡que tiene más años que un nudo ese hombre y sigue en la brecha, sin envejecer al parecer! ¿Será inmortal de veras?), y que en algunas partes de este desafortunado FLASH GORDON sugiere estar aún pegado a las pieles ostentosas del Rey Osric, como apareció en CONAN EL BÁRBARO. Su palacio de Mongo traslada esa impresión, en verdad (la de ser un set de CONAN EL DESTRUCTOR); casi apenas han cambiado de decorado, aunque sí de vestuario, mucho más barroco que el del monarca de la Era Hyborea.

FLASH GORDON tiene algunos aspectos positivos, pero se encuentran enterrados bajo demasiados desaciertos como para que al menos compensen los fallos. No brindan equilibrio. El primero, el monumental, el que tira de espaldas, es la misma puesta en escena, esa zafia frivolidad americana de que nosotros somos los amos dentro y fuera del planeta Tierra y joderos si nos comportamos así. Luego, el recargado, bizarro vestuario de los paisanos de Mongo (con esos adornos de latón dorado, las pesadas túnicas rojas y las máscaras antigás que les hacen parecer extraños cerdos obscenos) y las concubinas, retales del harén de algún enfermizo emperador chino. Después podemos criticar el desacertado aire retro de las naves (en plena efusión de EL IMPERIO CONTRAATACA, ¡sacan eso!) y el maquillaje de algunos secundarios. Y, casi rematando el conjunto, la presentación de Flash, Dale (Melody Anderson) y Hans Zarkov (Topol) en la corte del hierático Ming, que lo mira todo ausente, sin pasión ni interés: la exhibición deportiva con los forzudos rojos. ¡Ah, casi lo olvido: el Darth Vader de trajín para estar en la onda del éxito! El mano derecha de Ming, que lanzaba presuntas miradas de obsceno celo a Ornella Muti, alias Aura, la princesa de Mongo, hija de Ming, fingiendo oprimir al Universo, entre tanto.

Tal sucesión de payasadas, que son las que imprimen la sensación de que estaban tirando de desechos de SUPERMAN, nos sitúan lejos del icono heroico que Raymond dibujó y que podemos considerar la más directa encarnación de John Carter, y no hay que andar lejos para comprobar esta apreciación. Apenas Flash y Dale son secuestrados y embarcados a punta de pistola en el cohete de Zarkov, con el que pretendía impedir que Mongo se estrellase contra la Tierra, son atacados por los feroces nativos, trivialidad habitual para John Carter. La historia sigue discurriendo paralelamente hasta llegar ante Ming, que, en ese momento, y en obediencia a los criterios del King Features Syndcate de William Randolph Hearts (el hombre que nos costó Cuba y las Filipinas), representa al peligro amarillo que América debe combatir, y parecieran entonces divergir.

Pero los continuos enfrentamientos en coliseos, las hermosas embrujadoras locales, las pruebas de honor y sangre, los compañeros extraños (el hombre león, Vultan) nos devuelven a Barsoom y a las correrías del sudista virginiano.

Todo eso desperdicia esta película que sólo tiene una cosa que desentona con su aire de comedia alocada: Arboria. Esa parte, poderosamente influida por el Dagobah de EL IMPERIO CONTRAATACA, parece incluso de otro filme, dirigido por alguien que sí es consciente del material que tiene entre manos y qué respeto debe darle. Falla en el exceso de celo como Jones caracteriza a Flash, pero lo compensa la fría aristocracia de Timothy Dalton, alias el Príncipe Baring. Pero esos son pocos minutos y se quedan casi al filo de lo anecdótico.

Lo mejor de la BSO de Queen acaso sea el tema principal, pero como sucede con la mayoría de las películas del espacio, sus productores creen que deben sazonarla con fanfarrias electrónicas de sintetizador y agudos sonidos enervantes (cuyo origen parece estar en PLANETA PROHIBIDO), algo acorde con las computadoras, los robots y las naves que surcan los oscuros años luz. Uno de los grandes valores de STAR WARS es su banda sonora. John Williams, al hacerla sinfónica, le prestó una relevancia de la que carecían otras cintas, merced al obtuso empeño de hacer ruiditos raros.

Este Flash Gordon está desnaturalizado con respecto a sus orígenes (imagino que hasta el más tirado episodio del serial interpretado por Buster Crabbe tendría momentos supremos) y es huérfano de la naturaleza heroica a la que respondía. No hubo intención de hacer algo digno, con vistas a explotar una franquicia, sino a tirotear los mitos porque era una opción fácil de hacer historia, una manera baja, y grosera, que desvirtúa a sus responsables y pone en peligro retomar el proyecto por otros autores, porque han sentado un lastre/precedente casi imposible de olvidar o soslayar.

(Claro, que siempre se puede hacer peor, y Canal SyFy lo demuestra emitiendo el moderno serial sobre Flash Gordon que logra hacer que la película costeada por De Laurentiis sea un hito de la fantasía, el vestuario y los efectos especiales, y repleto de actuaciones dignas de una carretada de Oscars. El mejor, el Ming de Von Sydow, irónico y altanero, triunfal; el de la serie parece un aristócrata de saldo sacado de DUNE, un noble además plenamente consciente de su insignificancia. En cuanto al héroe...).

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos, (1.091 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 16 de febrero de 2011