La gran historia de las novelas de a duro
47. Las colecciones efímeras de ciencia-ficción
por José Carlos Canalda
op01649a.jpg

Dentro del conjunto de las colecciones populares de ciencia-ficción publicadas en nuestro país entre los años cincuenta y noventa del pasado siglo, unas cuarenta en total contando también aquéllas que incluyeron obras traducidas de otros idiomas, nos encontramos con un variado muestrario de longitudes muy dispares, desde las más longevas como La Conquista del Espacio, de la editorial Bruguera, que rozó las 750 novelas, o Espacio, de Toray, que alcanzó, casi, las 550, hasta otras colecciones efímeras que no pasaron de un reducido número de títulos, tan sólo uno en algunos casos.

Es precisamente de estas últimas colecciones de las que voy a hablar, las cuales, debido a su rareza, suelen ser muy poco conocidas, cuando no desconocidas por completo, no ya para los aficionados al género, sino incluso, por sorprendente que pueda parecer, para los propios investigadores, entendiendo como tales (y he de advertirles sobre la dificultad de establecer un límite objetivo entre las colecciones efímeras y las que no lo son) a aquéllas que no lograron rebasar la barrera de los 10 ó 15 títulos, siempre de forma aproximada.

Evidentemente, cabe pensar en toda colección truncada a poco de nacer como un fracaso, puesto que sus promotores pretenderían, lógicamente, conseguir que éstas se mantuvieran en el mercado tanto tiempo como fuera posible. ¿Cuáles fueron las causas de estos fracasos? Pues probablemente, resultaron ser diversas. Para empezar, hay que tener en cuenta que las editoriales especializadas en lo que se ha venido en llamar literatura popular (bolsilibros, tebeos, cuadernillos de historietas gráficas...) muy activas en las décadas posteriores a la guerra civil, mantenían entre ellas una competencia feroz que provocaba que todas ellas pusieran en el mercado multitud de novedades de todo tipo, de las cuales tan sólo una minoría conseguía asentarse y muy pocas de estas últimas lograban convertirse en verdaderos éxitos editoriales. La mortandad editorial era, pues, muy grande, y ni siquiera gigantes como Bruguera, tal como veremos posteriormente, estaban libres de estos fiascos.

Por otro lado, coexistiendo con las grandes editoriales como Bruguera, Toray, Valenciana o Rollán, había una multitud de pequeñas empresas que bastante tenían con sobrevivir, si es que sobrevivían. En ocasiones era un autor fogueado en colecciones ya asentadas el que afrontaba el reto de abordar una colección en solitario, a veces incluso fundando su propia editorial que, por lo general, solían ser de corta vida. En cualquier caso se trataba de un mundo muy difícil tanto para los empresarios como para los propios escritores y dibujantes, que vivían literalmente al día en la dura España de la posguerra.

Pero centrémonos en el estudio de las colecciones que nos interesan. Empezándolo de forma cronológica, nos encontramos con que en los años cincuenta (con anterioridad a esta fecha no existían sellos específicos de ciencia-ficción en nuestro país) el mercado estaba dominado por dos colecciones, Luchadores del Espacio, de Valenciana, y Espacio, de Toray. Pese a lo difícil que resultaba hacerse un hueco entre estos dos gigantes, hubo varias editoriales que lo intentaron con resultados, ciertamente, poco fructíferos. La primera de ellas fue la editorial Batería, que en 1955 tan sólo consiguió sacar adelante dos números, como mucho, de su colección Vida Futura. Estos ejemplares estaban firmados por Miguel Olivero Tovar bajo el seudónimo de Keith Luger, y supusieron una esporádica incursión en el género de este afamado escritor de novelas del oeste, el cual no volvería a escribir ciencia-ficción hasta muchos años más tarde, y de forma breve, en la colección La Conquista del Espacio.

op01649b.jpg

Entre 1955 y 1956 se extendió la vida de la colección Robot, que tuvo algo más de suerte que la anterior al alcanzar los quince títulos. El responsable de todos ellos fue el veterano Enrique Sánchez Pascual, uno de los más prolíficos escritores de ciencia-ficción españoles, que para diferenciarse de sus colaboraciones en Toray, firmadas como H. S. Thels y Law Space, recurrió al nuevo seudónimo de Alan Comet, que más tarde recuperaría en la colección S. I. P., también de Toray. La editorial responsable de la iniciativa era Mando, y al parecer se trató de una iniciativa personal de Sánchez Pascual que, evidentemente, no obtuvo el éxito buscado aunque la colección Robot, pese a su brevedad, se ha convertido con el tiempo en una de las más codiciadas por los coleccionistas y aficcionados.

Un tercer intento fue el de la colección Science & Fiction, de la editorial Mateu, que en 1956 consiguió llegar hasta el número 9. Todas las novelas aparecieron firmadas por Dick Conderoga, seudónimo al parecer de Julio V. Gimeno, que aparecía en los títulos de crédito como traductor de la versión española, una triquiñuela relativamente frecuente en este mundillo con la que se pretendía conciliar el obligatorio camuflaje bajo una firma presuntamente anglosajona con el legítimo deseo de los autores de ver su nombre impreso en sus obras. Diferente fue el caso de la colección Kemlo, de la editorial Cedro, de la cual fueron publicados siete ejemplares en 1958. Aunque al igual que en los casos anteriores los textos era responsabilidad de un único autor, E. C. Elliot, en esta ocasión se trataba de un extranjero de verdad especializado en literatura infantil y juvenil, inglés probablemente.

A principios de los años sesenta el mundo de la ciencia-ficción popular experimentó cambios muy notables. Mientras Luchadores del Espacio, que durante mucho tiempo había seguido estrechamente la estela de los añejos, y ya obsoletos, pulps americanos de los años treinta, agonizaba hasta acabar desapareciendo en los primeros meses de 1963, Espacio supo adaptarse mejor a los nuevos tiempos ya que no sólo sobrevivió durante toda la década, sino que alentó incluso varias colecciones menores (S. I. P., Espacio Extra, Best Sellers del Espacio y, más adelante, Ciencia Ficción) que vinieron a llenar mejor o peor el vacío dejado por la extinta colección de Valenciana. Aunque ninguna de ellas alcanzó una gran longevidad, no pueden ser consideradas como efímeras dado que todas rebasaron con creces los límites establecidos anteriormente. Dadas las circunstancias resultaba ciertamente arriesgado competir con el monopolio de Toray, al que ni siguiera la todopoderosa Bruguera amenazaba todavía en el género de anticipación, pero no obstante hubo dos intentos frustrados por conseguir abrirse camino en tan difícil terreno. El primero tuvo lugar en 1962 cuando la editorial Manhattan, que ya contaba con colecciones de otros géneros, sacó adelante Naviatom, que sobrevivió tan sólo durante cuatro números. Tres de estas novelas fueron responsabilidad de Pedro Guirao Hernández, otro de los grandes nombres del género, bajo los seudónimos de Peter Kapra y Walt G. Dovan, mientras la autoría de la restante, y de una quinta que fue anunciada sin que al parecer llegara a ser publicada, correspondió a Eric Börgens, un seudónimo sobre el que existen dudas acerca de si corresponde asimismo al propio Guirao o si, por el contrario, tras él se camuflaba Mariano Hispano Bañolas, propietario de Manhattan. Más adelante Pedro Guirao, que colaboró asiduamente en las colecciones de Toray pero no así en las de Bruguera, participaría asimismo en otras colecciones minoritarias, como veremos en su momento.

op01649c.jpg

Llamativa asimismo, por cuanto tiene de quijotada, fue la iniciativa del valenciano Luis Bayarri Lluch, un autor que, bajo el seudónimo de Archie Lowan, había publicado dos novelas en la etapa postrera de Luchadores del Espacio. Corría el año 1964 y el recuerdo de la mítica colección, desaparecida un año antes, estaba todavía reciente, por lo que no es de extrañar que ésta, promovida por Bayarri aunque acogida al sello de la desconocida editorial Delosa (la sede social era el propio domicilio del autor), buscara mimetizarse con Luchadores de forma tan evidente (el formato era idéntico, y el dibujante de la portada fue José Lanzón, responsable de las ilustraciones de la última etapa de ésta) como baldía, puesto que sólo tengo constancia de la publicación de un único número junto con un segundo que fue anunciado en la contraportada de éste sin que haya podido averiguar si llegó a ser editado. Su título era el de Tab Taylor en razón del nombre del protagonista principal, y con ella se pretendía rescatar la vieja tradición de los seriales por entregas, habitual en la primera etapa de Luchadores pero anticuada ya por entonces, lo cual, unido a la falta de apoyo de una editorial con suficiente solvencia, provocó previsiblemente el fracaso de la neonata colección. Es importante reseñar que Tab Taylor fue una colección completamente desconocida para los investigadores hasta hace tan sólo unos años, y de ella tuve conocimiento de forma fortuita gracias a los responsables de la página web Base Bibliográfica de Ciencia Ficción y Fantasía, que me comunicaron su descubrimiento.

Durante algunos años el mundo de la ciencia-ficción popular se mantuvo tranquilo con Toray como líder indiscutido, e indiscutible, del género, siendo reseñables, ya a finales de la década de los sesenta, dos efímeros intentos de sendas editoriales por conquistar el mercado de la novela popular no en el tradicional formato de bolsilibro sino en el de libro de bolsillo, de mayor empaque, abandonado tiempo atrás por Toray tras el cierre de sus colecciones Espacio Extra y Best Sellers del Espacio. En 1967 la editorial Ferma, que mantenía con aceptable éxito su colección Infinitum, a mitad de camino entre la ciencia-ficción popular y la de calidad, probó fortuna con Puerta a lo Desconocido, que fracasó tras ocho números de autores españoles camuflados tras los consabidos seudónimos. Un año más tarde la editorial Picazo, que había cosechado un éxito similar al de Ferma con la colección Marte XXI, un primer intento (posteriormente seguirían varios más) de dar a conocer en nuestro país a los autores franceses de la colección Fleuve Noir, lo intentó de nuevo creando una sección de ciencia-ficción dentro de su colección Libro de Bolsillo, también con traducciones de Fleuve Noir pero esta vez sin éxito, puesto que no consiguió pasar de los tres ejemplares.

Rebasando ligeramente el límite que yo mismo he impuesto a las colecciones efímeras, puesto que alcanzó las veinte entregas, se encontraría la colección Nova Club de Rollán, una de las grandes editoriales españolas y la única de ellas asentada en Madrid, la cual a pesar de contar con colecciones de gran éxito jamás había prestado atención al género de anticipación. Pese a que Nova Club contaba asimismo con formato de libro de bolsillo, en ella colaboraron exclusivamente autores españoles de bolsilibros ocultos tras los pertinentes seudónimos, lo que indica su condición de colección popular pese al camuflaje habitual en esos años.

La situación no cambió demasiado al iniciarse la década de los setenta, marcada por la desaparición en 1972 de la editorial Toray y, con ella, la de las dos colecciones que entonces publicaba, la veterana Espacio y su hermana Ciencia Ficción, ya que ambas (en la práctica eras como si se tratase de una sola, ya que la única diferencia entre ellas estribaba en el logotipo) fueron reemplazadas por la nueva colección La Conquista del Espacio, alentada por Bruguera tras muchos años de desinterés de esta editorial por el género de la ciencia-ficción, que complementó su desembarco en el mundo del bolsilibro con unas excelentes y cuidadas ediciones de ciencia-ficción de calidad dentro de su añorada colección de libros de bolsillo Libro Amigo.

op01649d.jpg

Pese a la solidez que desde el primer momento mostró La Conquista del Espacio, que con el tiempo se convertiría en la más longeva de todas las colecciones españolas, dos editoriales osaron competir, no obstante, con el gigante barcelonés en unos años marcados por una crisis económica galopante que no invitaba precisamente a abordar nuevas empresas: Valenciana, con la reedición primero de la afamada Saga de los Aznar, y la continuación de la misma más tarde con novelas inéditas, hasta alcanzar aproximadamente los sesenta números, y Andina, heredera de Rollán, que logró sacar adelante su longeva colección Galaxia 2001 recurriendo fundamentalmente a reediciones, sobre todo de las colecciones de Toray, sin aportar apenas títulos nuevos. Junto a ellas cabe reseñar otra nueva colección, Ciencia Ficción de la editorial Maysal, que en 1974 logró poner en la calle cuatro volúmenes escritos por Pedro José Peyrona Puente (Gene Buchanan) Juan Álvarez Recio (Xandra Gilmar) y Juan Losada (John L. Martyn) firmas infrecuentes dentro el género. Ya a finales de la década un conglomerado de sellos editoriales, probablemente relacionados entre sí, (ATE, Geasa y Nueva Situación) pusieron de nuevo en los quioscos diferentes ediciones de las novelas francesas procedentes de la editorial Fleuve Noir con la minoritaria inclusión de algún autor español, bajo los títulos de Anticipación Fleuve Noir y Ciencia Ficción Fleuve Noir, la mayoría de las cuales (resulta extremadamente difícil seguirlas en su totalidad) no alcanzaron, o rebasaron a duras penas, la docena de ejemplares.

Las circunstancias fueron muy distintas, no obstante, al inicio de los años ochenta pese a que Bruguera no sólo mantuvo a su veterana colección, sino que además lanzó una segunda, Héroes del Espacio, a través de su filial Ceres, e incluso una tercera, La Conquista del Espacio Extra, con variado éxito ambas puesto que, mientras Héroes se consolidó alcanzando los casi 250 números, La Conquista Extra a duras penas rebasó la treintena. La mejora de la economía española pudo ser la impulsora, probablemente, de nuevas aventuras editoriales, que surgieron como setas en contraste con el anémico panorama anterior, siendo varias las colecciones que salieron a los quioscos entre los años 1980 y 1982, la mayor parte de ellas con escasa fortuna. La editorial Helios lo hizo simultáneamente con dos, Anticipación Cósmica y Kapra Futuro, la primera de las cuales sólo alcanzó los cinco ejemplares mientras la segunda consiguió llegar hasta los once. Ambas colecciones fueron patrimonio casi exclusivo del veterano Pedro Guirao que, con diferentes seudónimos, fue el responsable de la mayor parte de las novelas tal como dejaba claro el título de la segunda, que formaba parte de un grupo de colecciones de diversos géneros tituladas Kapra Guerra, Kapra Oeste y Kapra Love, además de la ya citada. Pese a la importancia de su nombre o, mejor dicho, de sus seudónimos dentro del mundillo de la literatura popular, el experimento no cuajó.

Producciones Editoriales, otra editorial especializada en literatura popular heredera de la veterana Ferma, ya había sacado adelante a mediados de la década anterior Extraficción, una colección similar a la de su antecesora Infinitum que no llegó a alcanzar los treinta números. Probó suerte ahora con nada menos que tres colecciones, de las cuales tan sólo una de ellas, también llamada Infinitum aunque nada tenía que ver, salvo en el título, con la homónima de Ferma al tratarse de bolsilibros, consiguió un relativo éxito al rebasar los setenta volúmenes. Las otras dos, por el contrario, resultaron ser efímeras. Ciencia Ficción, en la que se reeditaron novelas publicadas en la colección anterior firmadas todas ellas por la polifacética María Victoria Rodoreda (una de las pocas mujeres que han escrito ciencia-ficción en España) bajo una nutrida batería de seudónimos, tan sólo alcanzó los dieciséis títulos. Peor suerte corrió Vagabundos del Espacio, publicada en formato de libro de bolsillo, con sus cuatro títulos (más otros dos que llegaron a ser anunciados, pero no publicados) obra de Carlos Echevarría Alonso, alias John Oxford.

op01649e.jpg

Un último intento, asimismo baldío puesto que sólo alcanzó, como mucho, las cinco entregas, fue el de la colección Ciencia Ficción (la originalidad no era el fuerte de los editores de la época a la hora de elegir los nombres) de la editorial madrileña R. O. La principal singularidad de esta colección estriba en el hecho de que, salvo una novela escrita por el veterano (aunque infrecuente dentro del género de la ciencia-ficción) Juan Almirall, bajo el seudónimo de Robert Delaney, las restantes son, al parecer, traducciones de autores norteamericanos. Esta colección pasó sin pena ni gloria, e incluso resulta difícil, pese a lo relativamente reciente de su publicación, encontrar alguno de estos ejemplares en el mercado de libros de ocasión.

Para terminar la relación de colecciones efímeras es preciso recordar el canto del cisne de Bruguera, la serie de Los basureros del espacio que tuvo la mala suerte de coincidir en su lanzamiento, en 1986, con el hundimiento de la editorial, lo que provocó que buena parte de los quince títulos anunciados no llegaran siquiera a ser editados. Su formato era de libro de bolsillo, y el responsable de la colección, el argentino afincado en España Eduardo Frers, fue también el principal colaborador de la misma bajo el seudónimo de Rick Solaris, acompañado por alguno de los autores habituales de la casa.

Y eso es todo en lo que a este tema respecta, ya que tras la desaparición de Bruguera tan sólo hubo un intento fallido, aunque no efímero ya que alcanzó los sesenta números, de sacar adelante una colección de ciencia-ficción popular, la recuperación de La Conquista del Espacio por parte de Ediciones B, que se nutrió exclusivamente de reediciones de la colección homónima sin aportar ni un solo título nuevo. Y luego... Nada.

He de advertir, para finalizar, que ni este artículo pretende ser una relación exhaustiva de las colecciones de ciencia-ficción publicadas en nuestro país, ni ha de ser considerada rígidamente la limitación autoimpuesta de quince números, que yo mismo he violado en alguna ocasión, para discriminar entre las colecciones efímeras y las que no lo son; es posible, pues, que algún lector eche en falta, o encuentre de más, alguna de las colecciones ignoradas o comentadas aquí. Evidentemente, los criterios de selección utilizados han sido los míos propios y, como tales, subjetivos cuando no arbitrarios.

© José Carlos Canalda, (2.920 palabras) Créditos