CIUDAD SIN ESTRELLAS
CIUDAD SIN ESTRELLAS Montse de Paz
Título original: ---
Año de publicación: 2011
Editorial: Minotauro
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 2011
Páginas: 251
ISBN:
Precio: 19,50 EUR

No entiendo muy bien esa corriente de pensamiento que se orienta a considerar como buena literatura aquella en la que el retorcimiento y la casi inintegilibilidad campan a sus anchas, mientras que la literatura sencilla, de perfiles claros y líneas definidas, es literatura garbancera y de calidad cuestionable. Claro, luego vienen los malditismos, los autores de culto y la eterna queja del ínfimo nivel de lectura y lo poco cariñosos que son algunos críticos/comentaristas/opinadores. Pero es que oigan, no hay persona humana que se trague según que cosas.

El caso es que en esta ocasión el jurado del Premio Minotauro (concurso, más bien) ha premiado esta CIUDAD SIN ESTRELLAS, una novela de corte clásico, con personajes muy bien definidos, argumento limpio y cristalino, desarrollo lineal y sin quiebros, y estilo tan pulcro que, de puro eficaz, parece anodino. Montse de Paz no pretende reinventar la literatura, ni siquiera la ciencia-ficción, solo contar una historia tan comprensiblemente como sea posible. en CIUDAD SIN ESTRELLAS no encontraremos ni meandros sintácticos ni saltos palante y patras, ni personajes torturados más allá de la cordura. Línea clara e historias sencillas.

Ni siquiera hay grandes innovaciones en el escenario, Ziénaga, la ciudad sin estrellas es, literalmente, eso, una ciudad subterránea, integrada en una red de ciudades subterráneas, en la que la humanidad sobrevive mal que bien tras LA catástrofe definitiva, protegiendo a sus habitantes de la contaminación que envenena la superficie de la Tierra. En ella hay vertederos, barrios para ricos, barrios para pobres, barrios de artistas, hay militares, policías, genios de la informática, traficantes de drogas, drogadictos, televisión a malsalva, putas de todos los precios, gentes que trabajan y viven su vida, gentes que viven sin trabajar y, por supuesto, los mandamases que administran y, sobre todo, marcan las leyes y que se puede pensar, y que no.

Perseo, un inteligente adolescente, y su pandilla de amiguetes tiene montado en la red un boyante negocio de compraventa de activos y pasivos binarios. Le da para despreocuparse de todo lo que no sea divertirse, aunque su vida familiar es más bien triste, tras el internamiento de su madre, desequilibrada a causa de sus tendencias misticoides, vive con su tan adocenado como alcoholizado padre, con el que mantiene una relación insufrible. El recuerdo de su madre y el contacto en la red con los cazadores de antigüedades despiertan en Perseo la necesidad de saber que hay más allá de los muros de la ciudad, si tal y como dicen los mandamases solo queda desolación y muerte, o si lo que se rumorea a media voz es cierto, que existe.

La novela recurre a los tópicos de la ciencia-ficción de toda la vida (si, a estas alturas del partido el ciberpunk es tan tópico como las cúpulas de acero) para relatar con sencillez una aventura de corte iniciático. Sin alardes estilísticos, aunque con un cierto envaramiento en los diálogos, la transición de Perseo queda perfectamente dibujada. Los personajes, aunque abundantes teniendo en cuenta la extensión de la novela (¡bien! ¡no es un tocho!) están perfectamente definidos, hasta los amigos de Perseo, de perfiles idénticos, demuestran personalidades bien distintas. El ritmo es constante, y aunque hay una notable sucesión de episodios, el equilibrio entre ellos está bien conseguido. El aliño también está bien dosificado, hay sexo, violencia, oportunas explicaciones, conversaciones tensas, y si bien la tensión y el suspense no van a matar a nadie de emoción, están presentes en su justa medida.

En resumen, este año el Minotauro se lo ha llevado una novela muy normalita, correcta, de corte clásico, que no va a revolucionar el género, desde luego, pero que se lee con agrado y hace recordar aquellas obras con los que la mayor parte de los aficionados nos enganchamos al género.

© Francisco José Súñer Iglesias, (631 palabras) Créditos