EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS
EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS Haruki Murakami
Título original: Sekai no owari to Hadoboirudo Wandarando
Año de publicación: 1985
Editorial: Tusquets
Colección: Andanzas número 705
Traducción: Lourdes Porta Fuentes
Edición: 2009
Páginas: 484
ISBN:
Precio: 20 EUR

No tenia ni idea de quien era Haruki Murakami hasta que me regalaron este curioso libro. Investigando he descubierto que Murakami es japonés (casi, casi obvio) que siente adoración por la cultura occidental, hasta el punto de que, como he podido comprobar en esta obra, es necesario que cite explícitamente ciudades y lugares para situar al lector en su país de origen, que le encanta el jazz, sin que sea óbice para, como demuestra, tener un amplio conocimiento musical, y que además es un competente atleta amateur. Parece ser que también es un autor con una enorme influencia en un buen montón de círculos (literarios, cinematográficos, estudiantiles) Supongo que irá por países porque, como ya comentaba para mi era un completo desconocido. Por lo visto tampoco le gusta Yukio Mishima y es considerado por la crítica japonesa (ojo, la oficial, la académica, la institucional, no se vaya usté a creer) algo así como un traidor literario muy alejado de la tradición literaria japonesa.

Particularmente Murakami me ha parecido en la parte del libro que he leído un tipo que escribe por placer, que le gusta entretenerse en detalles nimios y que goza de un particular sentido del humor, que sin llegar a hacer reír a carcajadas al lector, si es capaz de arrancarle de cuando en cuando, en dosis muy medidas y astutamente espaciadas, una sonrisa que impulsa a leer las siguientes páginas, aunque éstas tengan tanto interés como el paso del Manzanares por Madrid.

Digo bien: la parte del libro que he leído. EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS es en realidad un libro con dos novelas. Por un lado, UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS cuenta las aventuras de un calculador (oficio que consiste en, sin ayuda de máquinas, hacer cuentas y buscar pautas numéricas a gran velocidad) contratado por un misterioso científico que le acaba embrollando en un asunto de lo más desquiciado. Por otro EL FIN DEL MUNDO, lugar no menos estrambótico al que llega un hombre sin sombra al que se le encomendará la tarea de leer sueños viejos.

Ambos relatos están narrados en primera persona, en ambos el cronista es anónimo y en ambos pasan cosas asombrosas, pero una vez leídos los cinco primeros capítulos de ambos, decidí que lo que Murakami me contaba en EL FIN DEL MUNDO no solo no me interesaba, sino que además me estaba empezando a resultar cargante, de modo que lo dejé, y saltándome los capítulos correspondientes, me enfrasque en la lectura continuada de UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS. No se si me he perdido algo, pero una vez acabado UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS se tienen mucho los indicios que sugieren que EL FIN DEL MUNDO es su continuación un tanto desconectada, así que si alguien con paciencia y ganas se embarca en la lectura de éste libro un interesante ejercicio sería empezar con UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS y seguir con EL FIN DEL MUNDO. En un principio no parece haber más comunicación que esa (desde luego, en el plano temporal de UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS, no) entre ambas narraciones, puede que incluso se conviertan en una especie de cinta de Moëbuis narrativa. Como digo, lo que leí de EL FIN DEL MUNDO me aburrió.

Con todo UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS no es que me haya despertado gran entusiasmo. Entre humoradas más o menos delicadas, las aventuras del calculador, el científico loco, la nieta del científico, unas cuantas y misteriosas organizaciones rivales que pugnan entre si, matones a sueldo de vaya usted a saber quien, alguna que otra invención ciertamente sorprendente y una tropilla apenas sugerida pero muy nombrada de monstruos lovecraftianos zascandileando por los subterráneos de Tokio transcurren, con un cierto regusto a vacuidad, las páginas de esta novela.

No es que no ocurra nada, que el bueno del calculador entre revelaciones, palizas, aventuras amorosas y correteos por las alcantarillas tokiotas, está bien entretenido, pero es la parsimonia con la que Murakami se toma la narración de todos estos sucesos lo que hace que acaba por dar la sensación de que aquello puede que no acabe nunca. Un ejemplo es el asalto que sufre el protagonista en su propia casa. Al desenlace final, digno de una aceptable obra de acción, se llega tras un largo y bastante insustancial diálogo, que si bien puede resultar divertido, no termina de ser concluyente. Murakami también es un obseso del detalle, no de cuidar la estructura narrativa, que también lo hace, sino de enumerar todas y cada una de las acciones de sus personajes, al menos los principales. Si la inspiración se le ha ido a tomar el fresco, Murakami se convierte en un escritor disciplinado y se empeña en terminar la ración palabras del día sea como sea, aunque beber un vaso de agua se convierta en: ir a la cocina, abrir el armario, coger el vaso, cerrar el armario, abrir el grifo, llenar el vaso hasta la mitad, enjuagarlo, volver a llenarlo hasta el borde, cerrar el grifo, beber, abrir el grifo, llenar el vaso hasta la mitad, enjuagarlo, abrir el cajón, coger un trapo, secar el vaso, abrir el cajón, dejar el trapo, cerrar el cajón, abrir el armario, dejar el vaso, cerrar el armario, salir de la cocina. ¿Exagero? No mucho.

UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS (de EL FIN DEL MUNDO poco puedo decir) no me ha emocionado, pero si arrancado alguna que otra sonrisa. Menos es nada.

© Francisco José Súñer Iglesias, (916 palabras) Créditos