La gran historia de las novelas de a duro
41. La conquista del espacio
por José Carlos Canalda
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Si se pregunta a cualquier aficionado cual fue la mejor colección de bolsilibros de ciencia-ficción, la respuesta dependerá obviamente del criterio personal de cada uno, e incluso yo no tengo nada clara mi respuesta, aunque sí sé la que fue mi favorita. Por el contrario, si queremos saber cual fue la más exitosa y aplicamos para ello el criterio de la longevidad, la duda se desvanece por completo: sin duda La Conquista del Espacio, de la editorial Bruguera, que durante quince años (entre 1970 y 1985) publicó un total de 746 títulos, la inmensa mayoría inéditos. No fue, no obstante, la que más tiempo estuvo en el mercado, ya que Espacio, pese a contar con doscientos números menos, se mantuvo durante nada menos que dieciocho años debido a que su cadencia de publicación era más pausada.

La Conquista del Espacio fue asimismo una de las pocas colecciones que no acabó cerrada por la editorial, sino que se extinguió al desaparecer ésta, por lo que cabe suponer que, de no haberse dado esta circunstancia, podría haber seguido existiendo durante más tiempo.

Estas cifras alcanzan todavía más relevancia si las analizamos con detenimiento. De todas las colecciones de bolsilibros del género de anticipación tan sólo siete lograron alcanzar los cien títulos, y sólo otra, Espacio, rebasó los quinientos, quedándose no obstante todavía doscientos por debajo de la colección de Bruguera. Si consideramos además que la frecuencia de publicación de La Conquista del Espacio era semanal en lugar de la más habitual quincenal, y que durante mucho tiempo coexistió con la colección hermana Héroes del Espacio, prácticamente intercambiable con ella —entre ambas rozaron los mil títulos—, habrá que convenir que esta colección fue, desde el punto de vista editorial, un rotundo éxito.

Lo curioso del caso es que, pese a su potencia editorial y lo variado de su oferta, Bruguera no se interesó hasta muy tarde por la ciencia-ficción, de modo que durante el período dorado del género, años 50 y 60, se mantuvo completamente al margen del mismo si exceptuamos el caso de Enviado secreto D. A. N. S., una colección que en realidad no era de ciencia-ficción propiamente dicha sino de espionaje aunque, al igual que ocurría con las películas de James Bond en las que estaba directamente inspirada, contaba con suficientes elementos tecnológicos como para ser considerada como una colección fronteriza con el género. En cualquier caso D. A. N. S. se publicó entre 1967 y 1970, es decir, al final del período considerado, por lo que en nada desdice lo anteriormente comentado.

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¿Por qué razón Bruguera se desentendió de la ciencia-ficción cuando sus bolsilibros eran hegemónicos en la mayoría -por no decir en todos- de los demás géneros? Lo ignoro, y resultaría interesante saberlo, ya que durante esas dos décadas en las que este gigante editorial estuvo ausente la ciencia-ficción rindió pingües beneficios a editoriales como Valenciana o Toray, sin contar con las colecciones menores. El caso es que, cuando por fin los responsables de Bruguera decidieron entrar en el mercado en mayo de 1970, probablemente después de haber dado carpetazo a D. A. N. S., la situación era ya muy distinta. Luchadores del Espacio, cerrada en 1963, era tan sólo un recuerdo, y las otrora pujantes colecciones de Toray —en esos momentos se seguían publicando Espacio y ciencia-ficción — languidecían a marchas forzadas recurriendo con frecuencia a reediciones de su propio fondo editorial, a y al parecer habían dejado de venderse en España distribuyéndose tan sólo en el mercado hispanoamericano. En cuanto a las colecciones pequeñas, también habían desaparecido hacía ya tiempo.

El nicho ecológico, por usar un término científico, estaba vacío, y La Conquista del Espacio se apresuró a llenarlo. En un principio —pese a todo las colecciones de Toray seguían existiendo— Bruguera recurrió a autores de la casa, ninguno de los cuales había escrito hasta entonces ciencia-ficción o, como mucho, lo había hecho de forma ocasional: Keith Luger (Miguel Olivero Tovar) , Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode) o Silver Kane (Francisco González Ledesma), a los que se sumaron autores noveles como Ralph Barby (Rafael Barberán) y algunos fichajes procedentes de Toray tales como Marcus Sidéreo (María Victoria Rodoreda), que mantuvo su seudónimo, junto con otros que optaron por utilizar uno diferente, como fue el caso de Curtis Garland (Juan Gallardo) o Glenn Parrish (Luis García Lecha). Curiosamente dos de los principales pilares de las colecciones de Toray, Enrique Sánchez Pascual y Pedro Guirao, tan sólo llegaron a colaborar de forma muy esporádica y tardía.

De donde no hubo apenas trasvase fue de Luchadores del Espacio, quizá porque ya habían pasado bastantes años desde su cierre y sus escritores —que, salvo en contados casos, tampoco pasaron a Toray — es de suponer que ya se dedicaban a otras cosas. Aparte de los casos anecdóticos, por lo singulares, de Ángel Torres Quesada (Alex Towers) y Pedro Guirao (Peter Kapra), ambos con una única novela publicada en Luchadores del Espacio y el último de ellos con una contribución asimismo mínima en la colección de Bruguera, el único escritor procedente de Luchadores del Espacio que alcanzó una relativa importancia en La Conquista del Espacio fue Alfonso Arizmendi (Alf. Regaldie), que se incorporó a ella de forma tardía publicando un total de 5 títulos.

En cuanto al autor más importante de Luchadores del Espacio, Pascual Enguídanos, pese a que ya llevaba años colaborando con Bruguera en sus bolsilibros de diferentes géneros, probó suerte en una única ocasión en su colección de ciencia-ficción , firmando con su seudónimo habitual, que Bruguera había robado a Valenciana, de George H. White. Al parecer le llegaron a solicitar más originales, aunque salvo en este caso siempre rehusó entregarlos.

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Conforme se consolidaba la nueva colección, que pronto se habría de quedar sin competencia tras el cierre definitivo de las dos de Toray, se fueron incorporando a ella nuevos autores, de los cuales el más significado sería Ángel Torres Quesada, ahora firmando como A. Thorkent. Otros escritores de esta primera época, además de los ya citados, fueron Jesús Rodríguez Lázaro (Lucky Marty), José María Moreno García (Joe Mogar) o María Luisa Vidal Alfonso (J. Chandley). A modo de curiosidad, García Lecha recuperó su seudónimo Clark Carrados —es de suponer que a raíz de la desaparición de las colecciones de Toray — pero no el de Louis G. Milk, que falleció con éstas. En realidad ya lo había utilizado previamente en otras colecciones de Bruguera, aunque no en la de ciencia-ficción, y a partir de ese momento lo simultaneó con el de Glenn Parrish.

Como es natural, casi setecientos cincuenta títulos dieron para mucho. Con el tiempo se fueron incorporando nuevos autores, algunos de los cuales como José León Domínguez (Kelltom McIntire) o José Luis Bernabéu (Joseph Berna) llegaron a publicar un número considerable de novelas, rebasando cada uno la cincuentena. Otros autores de la casa, que se incorporaron de forma tardía sin llegar a publicar un número elevado de ejemplares, fueron José María Lliró Olivé (Burton Hare), Francisco Caudet Yarza (Frank Caudett) o Antonio Vera Ramírez (Lou Carrigan).

En total serían 28 seudónimos diferentes y un par menos de autores, ya que Luis García Lecha y Juan Gallardo llegaron a utilizar dos diferentes cada uno; un número llamativamente corto para el abultado catálogo de la colección en comparación con otras, ya que es prácticamente la misma cantidad de autores que los de Luchadores del Espacio, con ni tan siquiera un tercio de sus novelas, e inferior a los 33 seudónimos de Espacio, con doscientos títulos menos. Esto se debe a que entre tan sólo siete autores acapararon más de 600 novelas, quedando el resto muy atrás; sólo Luis García Lecha, entre sus dos seudónimos, fue el responsable de 177, casi la cuarta parte del total, seguido con más de cien por Juan Gallardo y Rafael Barberán. Entre cincuenta y cien se situaron Ángel Torres Quesada, José León Domínguez y José Luis Bernabéu, y muy cerca de este límite quedó María Victoria Rodoreda. Por el contrario, los diecinueve autores restantes contribuyeron con tan sólo 121 novelas, apenas el 16% del total.

Aunque en general la política de la colección fue la de publicar textos inéditos, hacia la mitad de la misma comenzaron a reeditarse algunos, siempre pertenecientes a su propio fondo editorial y con numeración nueva. No fueron muchos, tan sólo poco más de una veintena, espaciados de forma pausada aunque concentrados en su mayor parte en la etapa final, quizá debido a las dificultades que comenzaban a azotar a la editorial.

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En cuanto a las portadas, aunque ya Antonio Quintana realizó un estudio detallado de las mismas cabe reseñar que, por lo general, éstas no fueron demasiado afortunadas, destacando por su fealdad las de la primera etapa, en las cuales la ilustración quedaba reducida a un círculo inscrito en un marco de color negro en el que aparecían el logotipo de la colección, el título, el autor y el dibujo de un cohete de la NASA obviamente anacrónico en comparación con los relatos que presumiblemente aparecían en su interior. Aunque posteriormente el diseño mejoró, nunca se llegarían a alcanzar los espléndidos niveles de colecciones anteriores como Luchadores del Espacio o Espacio, con portadas infinitamente más atractivas. Si bien en un principio se utilizaron dibujos encargados ex profeso, más adelante se acabaría recurriendo a ilustraciones compradas a agencias especializadas, con lo cual su relación con el argumento de la novela era evidentemente nula, llegándose incluso a repetir una misma portada en diferentes novelas... una auténtica chapuza.

Poco más es lo que queda por decir, salvo reseñar que, a diferencia de otras colecciones anteriores, Bruguera introdujo un método digamos más industrial de publicar novelas, a la par que su nivel de exigencia fue posiblemente inferior al de éstas. En consecuencia, y aunque ésta es una opinión personal compartida, eso sí, con otros, el nivel medio de la colección siempre estuvo por debajo del de las colecciones de la época clásica, es decir, las de los años 50 y 60, salvando claro está los lógicos altibajos; y no es porque no contaran con autores de calidad, sino porque, como Ángel Torres ha relatado en más de una ocasión, las pautas marcadas por los responsables de la colección dejaban muy poco margen de maniobra a quienes, como el autor gaditano, pretendían escribir ciencia-ficción de más altos vuelos. Bruguera tenía claro que ofrecía un producto de consumo inmediato sin mayores complicaciones, y a ello se atenía.

En cuanto al final de la colección, éste tuvo lugar con ocasión del colapso de la editorial Bruguera en 1985, aunque ya desde algún tiempo antes las dificultades financieras de la empresa habían llevado a una situación difícil a sus colaboradores, a los cuales comenzó a adeudar dinero. En cualquier caso cuando desapareció se creó un hueco que ninguna otra colección pudo llenar, ni siquiera la reedición parcial de la misma que, con el mismo título, intentara sacar adelante Ediciones B algunos años más tarde.

Puesto que la relación completa de títulos es demasiado larga para poderla reseñar en este artículo, incluyo la lista de autores o, por hablar con mayor propiedad, de seudónimos de la colección.

Glenn Parrish: 114
Curtis Garland: 109
Ralph Barby: 108
A. Thorkent: 78
Clark Carrados: 63
Kelltom McIntire: 55
Joseph Berna: 51
Marcus Sidéreo: 46
Adam Surray: 16
Lou Carrigan: 16
J. Chandley: 15
Keith Luger: 14
Burton Hare: 9
Peter Debry: 8
Ray Lester: 8
Lucky Marty: 7
Alf. Regaldie: 5
Frank Caudett: 4
Joe Mogar: 4
Silver Kane: 4
Law Space: 3
Cliff Bradley: 2
Peter Kapra: 2
Donald Curtis: 1
George H. White: 1
Joseph Lewis: 1
Lem Ryan: 1
Rocco Sarto: 1
© José Carlos Canalda, (1.944 palabras) Créditos