RAY BRADBURY EL CRONISTA DE MARTE
por Alejandro Caveda
CRÓNICAS MARCIANAS

Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores a la del hombre y mortales, sin embargo, como la de este; que mientras los hombres se afanaban en sus asuntos fuesen examinados y estudiados casi tan de cerca como pueden serlo en el microscopio las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Desde que H. G. Wells escribió esas palabras en las primeras líneas de La guerra de los mundos, Marte y sus hipotéticos habitantes se han convertido en uno de los recursos favoritos del género que se ha sabido reciclar como pocos con el paso de los años. Desde Edgar Rice Burroughs hasta Kim Stanley Robinson, pasando por Edwin L. Arnold, Stanley G. Weinbaum o Isaac Asimov, muchos han sido los escritores que se han sentido atraídos por la magia y el misterio que encierran los desiertos arenosos del planeta rojo. Sin embargo, de entre toda esa lista de nombres ilustres destaca por méritos propios el de Ray Bradbury que consiguió crear con sus CRÓNICAS MARCIANAS uno de los hitos de la literatura universal, que cautivó incluso a un gourmet de lo fantástico como era Jorge Luis Borges: ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Los relatos que componen esta antología conforman un fascinante fresco que recrea la exploración, conquista y colonización del planeta Marte por parte de los colonos terráqueos. Sin embargo, aunque en ellos aparezcan marcianos, robots y cohetes, no es el aspecto científico lo que interesa a su autor, sino el humano. Bradbury no escribe sobre máquinas y tecnología, sino sobre personas y sentimientos: el espíritu aventurero, la capacidad de asombro ante lo desconocido, la indefensión del hombre ante un universo hostil que le supera, o el recelo ante un futuro gris, frío y deshumanizado que amenaza con extinguir la llama de la cultura, el arte y la libertad humanas. Curiosamente para un escritor de ciencia-ficción, en la obra de Bradbury alienta una profunda desconfianza hacia la ciencia y sus avances y frente a ella, el autor se refugia en el pasado, en la nostalgia, en el refugio seguro que conforma la esencia más auténtica del American way of life: los campos de trigo meciéndose bajo la fuerza del viento, el olor de la tarta de manzana, la risa de los niños, Poe y todos los clásicos, la sonrisa de una bella mujer mientras se aparta el flequillo del rostro para mirarte. Tal vez eso fue lo que el talento de Borges supo intuir bajo el aparentemente sencillo estilo del autor que nos ocupa: que bajo la luz de las estrellas, y reflejados en la superficie del agua de los canales, todos somos marcianos.

LAS CRÓNICAS MARCIANAS se convirtieron en un gran éxito de crítica y público desde su publicación allá por el lejano año 1946. Los responsables de la editorial EC Comics, grandes admiradores de la serie, comenzaron a adaptarla en sus comics de ciencia-ficción sin permiso de su autor. Sin embargo, Bradbury optó por una postura conciliadora y tras un amistoso acuerdo, autorizó la publicación de las historias restantes e incluso de otras no pertenecientes a las Crónicas. En 1983 la antología fue llevada a la pequeña pantalla en una miniserie de tres episodios protagonizada (entre otros) por el célebre actor Rock Hudson, y cuyo guión se nutría de las mejores historias incluidas en la misma. En España este fue uno de los títulos de referencia del exquisito sello Minotauro, que lo ha seguido reeditando hasta nuestros días, mientras que el triunvirato rector de la mítica revista Nueva Dimensión rescató y nos ofreció en sus páginas varios relatos inéditos que en su momento quedaron fuera de la serie principal.

Aun hoy, como entonces, estas historias se leen y disfrutan con la misma intensidad que el día que fueran escritas, aunque el Marte que describen no exista y nunca haya existido; pero como el propio Bradbury nos diría, sonriente, la fantasía siempre supera —y es más atractiva— que la mísera realidad. Por eso, aunque sepamos que todo es falso, que los marcianos no existieron (o, al menos, tal y como él los imaginó) y que por tanto no nos han dejado sus ciudades y demás restos para que los encontremos y, tal vez, aprendamos de sus errores, pese a todo ello, insisto, al igual que hizo Borges, seguimos releyendo y emocionándonos con estas historias que nos conmueven desde lo más profundo, porque no nos hablan de un futuro remoto, sino de lo que aquí y ahora nos hace humanos.

EL HOMBRE ILUSTRADO

Ray Bradbury fue un autor que se manejó con especial soltura en el relato corto: escribió cientos de ellos, de las más variadas temáticas, que iban desde la ciencia-ficción al terror pasando por el suspense o el género negro, muchos de los cuales fueron posteriormente recopiladas en antologías como EL HOMBRE ILUSTRADO (1951) o CUENTOS ESPACIALES (1966) Por comparación, escribió muchas menos novelas y la mayoría de ellas nacieron de la reescritura de una historia más corta o de la fusión de varios relatos breves. Esa fue, más o menos, la génesis de FAHRENHEIT 451 (1953) tal vez la obra más famosa de Bradbury (CRÓNICAS MARCIANAS aparte)

FAHRENHEIT 451, en efecto, nace de la suma de varias ideas y conceptos desperdigados en al menos cinco relatos previos de su autor: BONFIRE, BRIGHT PHOENIX, THE EXILES, USHER H y EL PEATÓN, que cristalizaron en una novela corta titulada THE FIREMAN, donde ya se podía encontrar en buena medida la esencia de la obra. En 1953 la editorial Ballantine se ofreció a publicarla si el escritor añadía otras 25.000 palabras, siendo esta última la versión definitiva que conocemos hoy en día. Por el camino, la novela apareció publicada por entregas entre los números 2 a 4 de la revista Playboy (si, la misma de Hugh Hefner) lo que terminó de cimentar su popularidad.

Tradicionalmente FAHRENHEIT 451 se ha considerado una antiutopia, al estilo de otras obras clásicas como UN MUNDO FELIZ (1932) o 1984 (1949) Es cierto que describe una sociedad futura fría, aséptica y opresiva en la que un Estado todopoderoso supervisa hasta el último aspecto de la vida de los ciudadanos en nombre de la corrección política y su bienestar físico y mental (¿no les resulta esto siniestramente familiar?); un mundo en el que la lectura está censurada y los bomberos, en vez de extinguir incendios, queman libros y bibliotecas. El protagonista, Guy, es uno de esos incendiarios, hasta que conoce a alguien que cambia su forma de ver la vida y poco a poco empieza a replantearse su trabajo y muchas de las cosas en las que hasta entonces creía.

Sin embargo, al igual que ocurría en CRÓNICAS MARCIANAS, a Bradbury lo que le importa no es la crítica social o la denuncia política, sino el estudio de las personas, de sus sentimientos y emociones. En FAHRENHEIT 451 los rebeldes no ponen bombas ni cometen cualquier clase de actos violentos, sino que huyen de esa sociedad decadente y deshumanizadora para refugiarse en la naturaleza y, al igual que los antiguos rapsodas, deciden perpetuar la cultura a base de memorizar y recitar a los clásicos. Aquí reaparece nuevamente ese mensaje antitecnológico que alienta en la esencia misma de la obra bradburiana: el futuro es sombrío y amenazador y frente a él sus protagonistas huyen al pasado, a un estilo de vida más sencillo y natural, como el que preconizaba el Brad Pitt alter ego de Edward Norton en EL CLUB DE LA LUCHA (1999) la genial adaptación que el cineasta David Fincher hizo de la novela homónima de Chuck Palahniuk.

ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR

Hay algo entre romántico e ingenuo en la postura de Bradbury, en ese convencimiento férreo de que un mundo más sencillo es también un mundo más feliz. Y de hecho muchos de sus detractores, sin ir más allá, le acusan precisamente de eso: de simplismo y de ser un escritor conservador en exceso, cuando no abiertamente reaccionario. Para ser justos, Bradbury nunca ha escondido sus cartas. El nunca se ha considerado a sí mismo como un escritor de ciencia-ficción, sino como un autor de fantasía, a secas, y la única obra de entre toda su producción que reconoce adscrita a este género es precisamente está FAHRENHEIT 451, que cautivó sin embargo a buena parte de la progresía intelectual de su época, entre ellos al gran director François Truffaut que acabó adaptándola a la gran pantalla en 1963. Gracias a él una nueva generación de aficionados redescubrió esta genial obra y a su no menos interesante autor, logrando así que Bradbury sea aun hoy uno de los escritores más populares del género, junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, incluso entre aquellas personas que no leen ciencia-ficción de forma habitual. Quizás porque la literatura de Bradbury es atemporal y rehuye modas y clichés para convertir al ser humano, con sus defectos y virtudes, en protagonista absoluto de todas sus historias.

EL HOMBRE ILUSTRADO (1951) parece la elección adecuada para cerrar este breve repaso por la obra de uno de los escritores más populares del género. En parte porque es su título más conocido junto a CRÓNICAS MARCIANAS y FAHRENHEIT 451 y en parte porque recopila lo mejor de la producción breve del propio Bradbury. Sin embargo, lejos de ser una antología convencional, de esas que se limitan a recoger varios relatos dispersos de su autor y editarlos sin mucho orden ni concierto, Bradbury decidió escribir una nueva historia que sirviese a modo de prólogo, epílogo y columna vertebral de toda la obra y le confierese una armonía pocas veces encontrada en un trabajo de estas características.

Efectivamente, en esta colección de historias entrelazadas el narrador conoce al misterioso Hombre Ilustrado, un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes. Sin embargo, lo más significativo e inquietante es que esas ilustraciones están mágicamente vivas y cada una de ellas empieza a contar su propia historia, como en LA PRADERA, donde unos niños llevan un juego de realidad virtual más allá de sus límites. O en el mítico CALEIDOSCOPIO, el cual narra el sobrecogedor relato de un astronauta que se dispone a entrar —y quemarse— en la atmósfera terrestre sin la protección de una nave espacial. O en LA HORA CERO, en el que los invasores extraterrestres han encontrado unos aliados lógicos y sorprendentes: los niños terrícolas. Como dice el propio Bradbury en la introducción a la obra, Un cuento tras otro, EL HOMBRE ILUSTRADO esconde metáforas a punto de estallar. Cada uno de los 18 relatos que componen esta colección es una muestra del talento de su autor y pese al tiempo que ha pasado desde su publicación original, no han perdido un ápice de fuerza ni de vigor narrativo.

LAS DORADAS MANZANAS DEL SOL

Con posterioridad Bradbury publicó otras recopilaciones de relatos como CUENTOS DEL FUTURO (1960) o CUENTOS ESPACIALES (1966) todas ellas de gran valor literario pero que no han tenido la misma repercusión que la que ahora nos ocupa, acaso porque EL HOMBRE ILUSTRADO condensa en sus páginas la esencia del mejor Bradbury: historias adictivas, que te enganchan desde el primer párrafo, y que exhiben una notable variedad de registros que van desde la ciencia-ficción al suspense pasando por el terror más descarnado, pero siempre sin perder de vista ese espíritu nostálgico y antitecnológico que empapa todas y cada una de sus páginas. Asimismo, el recurso de escribir un relato para vertebrar a todos los demás y darles así una nueva dimensión ha creado escuela, y su influencia es perceptible en otros autores como Bob Shaw y su ciclo del Cristal Lento, o las antologías de relatos del joven Isaac Asimov. Algunas de estas historias, por último, sirvieron de banco de pruebas para otras, tal y como es el caso de LOS DESTERRADOS, que sirvió como inspiración parcial para FAHRENHEIT 451.

Releer a Bradbury a estas alturas, cuando llevamos diez años recorridos del siglo XXI, resulta una experiencia refrescante frente a tanto best-seller pretencioso de los que pueblan los estantes de nuestras librerías. Curiosamente, muchas de las novedades que el autor apuntaba en su obra en su momento son moneda de uso corriente hoy en día: las pantallas de televisión ocupan paredes y exhiben folletines interactivos, unos auriculares wi-fi transmiten a todas horas una insípida corriente de música y noticias, en las carreteras los coches circulan a más de 150 kilómetros por hora y los lectores de libros en formato electrónico empiezan a desplazar al papel impreso. Sin embargo, no es esa capacidad premonitoria lo que más nos atrae de su producción, sino la magia que destilan todas sus historias y que ahora, como en 1951, conserva toda su capacidad para fascinarnos; quizás porque dentro de todos nosotros aun acecha, escondido, aquel niño que tenía miedo de la oscuridad y de todas las cosas siniestras que acechan en ella. Y es que, citando de nuevo a este gran maestro del género, Mis melodías y números están aquí. Han llenado mis años, los años en qué rehusé morirme. Y para eso mismo escribo, escribo, escribo, al mediodía o a las tres de la mañana. Para no estar muerto.

© Alejandro Caveda, (2.232 palabras) Créditos
Publicado originalmente en El zoco de Lakkmanda el 25 de abril de 2009