SEÑALES DEL FUTURO
SEÑALES DEL FUTURO EE. UU., 2009
Título original: Knowing
Dirección: Alex Proyas
Guión: Ryne D. Pearson, Juliet Snowden, Stiles White
Producción: Todd Black, Jason Blumenthal, Alex Proyas
Música: Marco Beltrami
Fotografía: Simon Duggan
IMDb:
Reparto: Nicolas Cage (John Koestler); Chandler Canterbury (Caleb Koestler); Rose Byrne (Diana Wayland); Lara Robinson (Abby Wayland / Lucinda Embry); D.G. Maloney (El extranjero); Nadia Townsend (Grace Koestler)
Comentarios de: José Carlos Canalda

Me lo decía el instinto. Una película estrenada tan sólo hace un año —en 2009— que regalaban ya con un periódico, y que pocos días antes la habían echado por televisión —gratuita, se entiende—, no podía ser buena. Por supuesto que la inversa no garantizaba lo contrario, pero en estas condiciones había motivos sobrados para andar con la mosca detrás de la oreja.

Pese a todo, piqué. Y, como cabe suponer, mis negros augurios se vieron plenamente confirmados, si no incluso rebasados. Porque, hablando en plata, SEÑALES DEL FUTURO es más mala que la carne de pescuezo, por mucho que hayan pretendido adornarla.

Y el caso es que empezaba bien... en plan magufada de manual, pero pese a todo interesante; al fin y al cabo, lo malo de las magufadas no es lo que cuentan, sino que pretendan que nos lo tomemos en serio, por lo que tratándose de una película no existía ese problema.

Por esta razón, las magufadas como relatos —o películas— a mitad de camino entre la ciencia-ficción y la fantasía no me disgustan en absoluto. Y de hecho, SEÑALES DEL FUTURO empieza bastante bien, relatando como una niña, Lucinda, recibe cincuenta años atrás unos extraños mensajes mentales en forma de una larga secuencia de cifras aparentemente sin sentido. Este extraño códice es incluido, junto con los dibujos de sus compañeros, en una cápsula del tiempo, es decir, un recipiente hermético que es enterrado para ser abierto 50 años más tarde. Interesante, ¿no?

Volvemos al presente viendo como la cápsula es abierta y los dibujos repartidos entre los alumnos actuales, correspondiéndole el enigmático mensaje al hijo de John KoestlerNicholas Cage —, un profesor de astronomía, el cual, como es muy listo, consigue descifrarlo a poco de proponérselo: son fechas y coordenadas geográficas, todas correspondientes al futuro de 1959 —año en el que fue enterrada la cápsula del tiempo— pero la mayor parte de ellas ya transcurridas en 2009... y todas, sin excepción, coinciden con momentos y lugares en los que tuvo lugar algún desastre, incluyendo claro está el famoso 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Las restantes, pronto lo comprobará, predicen asimismo catástrofes que están por llegar y que efectivamente suceden, como constata el propio protagonista en persona al tiempo que los responsables de los efectos especiales aprovechan para lucirse con un espectacular accidente de avión y con otro de metro no menos exagerado.

El mensaje es, pues, profético, aunque en su mayor parte ha ocurrido ya. Lo curioso es que, no se sabe como, o al menos yo no me enteré, John deduce él solito que la última fecha corresponde al fin del mundo. Ahí es nada. Y como es astrónomo, descubre que el armagedón tendrá lugar a causa de una brusca erupción solar que abrasará a la Tierra. Por supuesto el reconfortante hecho de que falten aún varios miles de millones de años para que el Sol se convierta en nova es ignorado por exigencias del guión.

Mientras tanto, olvidaba decirlo, han ocurrido otras cosas. Da la casualidad de que el hijo de John también oye mensajes extraños, y su padre descubre con sorpresa que unos extraños individuos —sí, los famosos hombres de negro — rondan por los alrededores de su casa intentando contactar con el pequeño, algo que por supuesto intenta evitar a toda costa. Asimismo logra trabar conocimiento con Diana Wayland —Rose Byrne—, la hija de Lucinda, la cual ha fallecido años atrás completamente loca y víctima de las drogas. Ésta tiene a su vez una hija de edad parecida a la del chico, que, oportunamente, también oye voces.

A partir de aquí la película, que dura más o menos dos horas, comienza a desbarrar convirtiéndose en una vulgar entrega de persecuciones y catástrofes sin el menor interés. Por supuesto nadie cree a John, ni tan siquiera Diana, pero él sabe que la catástrofe va a tener lugar y que las coordenadas marcadas —las últimas del mensaje, obviamente— corresponden a modo de cita con las de la casa perdida en mitad del campo donde falleciera Lucinda. Y por supuesto también, los hombres de negro tienen aparentemente mucho que ver con esto.

La situación se complica cuando los hombres de negro raptan a los niños y se los llevan... a la citada casa, a donde acude en su búsqueda JohnDiana, como ya estorbaba, ha muerto en un oportuno accidente de tráfico—, aunque a estas alturas ya es consciente del plan de sus aparentemente —sólo aparentemente— enemigos; éstos desean salvar una fracción mínima de la humanidad, es decir, a los dos chicos, de la catástrofe que arrasará el planeta. Lo que no se entiende es qué demonios pinta el mensaje cuando los alienígenas llevaban tiempo contactando telepáticamente con ellos y finalmente se los llevan. Pero bueno, la verdad es que queda bonito.

Y como es la única manera de salvarlos, John accede a que se los lleven en una astronave que ha aterrizado por allí. Los visitantes se marchan llevándose a sus huéspedes y poco después las llamaradas solares acaban con el planeta y con la totalidad de la humanidad. Punto casi final.

Y ahora viene el desbarre. Paso por alto las inevitables patadas a la ciencia, todo sea por el interés de la narración. Pero lo que no paso por alto, lo siento mucho, es que nos empapen de misticismo protestante, de ese que tiene a la Biblia —-y en especial al Antiguo Testamento— de omnipresente libro de cabecera. Vamos, que se trata nada menos que de una manifestación nada disimulada del fundamentalismo cristiano que tan fuera de lugar nos parece por estos pagos, pero que tanta fuerza tiene allende el Atlántico, ese mismo que se toma al pie de la letra el mito del Génesis y pretende prohibir que se enseñe en los colegios la Teoría de la Evolución. Casi nada. Hay quien llega todavía más allá acusando a la película de ser propaganda pura y dura de la Cienciología; sinceramente no lo sé, ya que jamás me he interesado lo más mínimo por esas comeduras de tarro, pero lo que sí puedo asegurar es que apesta a beatería puritana.

Por supuesto las referencias paleotestamentarias son continuas, desde una alusión directa a la famosa visión de Ezequiel —para los magufos uno de los primeros encuentros en la tercera fase de la historia— a unos extraterrestres que, quitándose su disfraz de hombres de negro, se transmutan en ¡ángeles! Sí, lo juro, eran traslúcidos, flotaban y hasta tenían algo parecido a unas alas en la espalda... y por supuesto, la alusión al fin del mundo —esta procedente del Apocalipsis — es digna de los testigos de Jehová. Mientras tanto, no se entiende que, pese al enorme despliegue de astronaves alienígenas que se ven flotando en torno a la Tierra —una película americana de ciencia-ficción que se precie tiene que tener al menos cuarto y mitad de efectos especiales, incluyendo astronaves—, éstos se limiten a recoger tan sólo a una pareja... amén de que poco trabajo les hubiera costado salvar a más gente, está el hecho evidente —al menos eso dicen los expertos— de que con una única pareja reproductiva es imposible salvar a una especie, a causa de la degeneración que provoca la consanguinidad.

Por si no fuera poca la beatería bíblica desplegada hasta este momento, a los guionistas se les antojó terminar la traca con una más que explícita alusión al mito de Adán y Eva, por lo cual ya se sabe eso de dos compañía, tres muchedumbre. Así pues tenía que ser tan sólo una pareja y además tenían que ser inocentes —nada de adultos resabiados—, por lo que no valía lo de hacer una selección de humanos altamente capacitados al estilo del clásico CUANDO LOS MUNDOS CHOCAN, una iniciativa sin duda mucho más lógica en esas circunstancias.

No es de extrañar, con estos mimbres, que la escena final sea antológica, con los dos chavales triscando felices, abandonados a su suerte en un mundo idílico —el jardín del Edén en versión alienígena— mientras la Tierra es achicharrada con todos sus habitantes dentro.

Moraleja: a no ser que ustedes comulguen con esos delirios fundamentalistas, pueden ahorrarse el esfuerzo de ver la película porque, pese a su aceptable inicio, el final les dejará más mosqueados que un inclusero el día del padre. Lo curioso del caso es que, al parecer, en Estados Unidos arrasó en taquilla.

© José Carlos Canalda, (1.400 palabras) Créditos