LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS
LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS EE. UU., 1956
Título original: Invasion Of The Body Snatchers
Dirección: Donald Siegel
Guión: Daniel Mainwaring, Jack Finney
Producción: Allen K. Wood
Música: Carmen Dragon
Fotografía: Ellsworth Fredericks
Duración: 80 min.
IMDb:
Reparto: Kevin McCarthy (doctor Miles Bennell); Dana Wynter (Becky Driscoll); Larry Gates (doctor Kaufman); King Donovan (Jack); Carolyn Jones (Teodora); Ralph Dumke (Nick Grivett); Virginia Christine (Wilma Lentz); Pat O´malley (el hombre del equipaje); Whit Bissell (doctor Hall); Kenneth Patterson (Driscoll); Sam Peckinpah (Charlie Buckholtz)

Sinopsis

Tras asistir a un congreso médico, el doctor Miles Bennell regresa a Santa Mira, California, ciudad en la que ejerce su profesión. Algunos de sus pacientes de toda la vida, que confían plenamente en él, le confiesan que, desde hace algún tiempo, muchos de sus amigos y parientes observan un comportamiento extraño, caracterizado por la ausencia de emotividad, como si no fueran las mismas personas. Bennell se muestra escéptico ante tales manifestaciones, pero poco después, durante una barbacoa con un grupo de amigos, descubre horrorizado dos extrañas vainas de gran tamaño, muy similares a las de las legumbres, que se abren soltando un líquido burbujeante y dos incompletas réplicas humanas... una de las cuales es un sosias suyo. Tras algunas averiguaciones, Miles llega a la conclusión de que esas vainas, sin duda de origen extraterrestre, son la avanzada de una invasión alienígena de la Tierra. Incapaces de enfrentarse a semejante horror, el doctor Bennell y su amada Becky (Dana Wynter) intentarán huir de Santa Mira, cuyos habitantes han sido suplantados por las réplicas surgidas de las vainas, con la intención de advertir al mundo de la amenaza que se cierne sobre él.

Un clásico inmortal

LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS, producción Allied Artists de 1956, es una de las cumbres del arte cinematográfico, un film de culto incluso para aquellos que no sienten especial atracción por la ciencia-ficción. Muy pocas películas han sido tan diseccionadas y analizadas como esta en apariencia sencilla historia de invasiones alienígenas, narrada con sorprendente brío por ese competente artesano que fue Don Siegel. Universalmente aceptada como una metáfora del siniestro maccarthysmo, la ambigüedad de su planteamiento permitió, no obstante, que ciertos sectores conservadores de la crítica vieran en ella lo contrario: una pesadilla cinematográfica sobre la potencial amenaza comunista. Lo cierto es que el film tolera ambas interpretaciones, de modo que cada espectador puede quedarse con la que mejor cuadre con sus ideas personales. Pero si algo no puede ponerse en duda, es que estamos ante un producto típico de su época.

¿Paranoia?
¿Paranoia?

Los años cincuenta del pasado siglo fueron muy turbulentos. Tras la II Guerra Mundial, el mundo se había fraccionado en dos bloques aparentemente irreconciliables: de un lado, el llamado Mundo Libre, liderado por los EE UU y básicamente democrático, aun cuando figuraran en el mismo varias dictaduras militares; del otro, el Mundo Socialista, férreamente controlado por la URSS, y en el que las libertades democráticas brillaban por su ausencia. Los choques entre ambos bloques fueron una constante desde el mismo momento de la rendición de Alemania, y a mediados de los cincuenta parecía que la Guerra Fría estaba a punto de entrar en su fase caliente. Siguiendo una estrategia perfectamente planificada por sus todopoderosos servicios secretos, la URSS impulsó la expansión del comunismo por todo el mundo, recurriendo para ello a todos los medios posibles, incluidos los asesinatos políticos, el terrorismo, el fomento de revoluciones y, sobre todo, la captación de simpatizantes en Occidente, con la intención de utilizarlos en labores de espionaje, sabotaje y agitación política. Desde 1945 fueron descubiertas, sólo en los EE. UU., docenas de redes de espías comunistas que habían logrado infiltrarse, por ejemplo, en sindicatos y universidades. La revelación de que un matrimonio de científicos de ideas izquierdistas, los Rosenberg, habían entregado secretos atómicos a la URSS, unida a otros escándalos similares aunque de menor importancia, disparó la alarma, creando un estado de paranoia colectiva que fue sabiamente aprovechado por los elementos más radicales del conservadurismo americano, que vieron la ocasión de afianzarse en el poder y eliminar a sus oponentes políticos, recurriendo a la temible amenaza roja como excusa para saltarse a la torera la Constitución. Liderada por Joseph McCarthy (1908-1957) veterano de la guerra, antiguo juez y senador por su estado natal, Wisconsin, la extrema derecha americana desató la histeria anti comunista por toda la Unión, cebándose especialmente con la comunidad hollywoodense, considerada por el fanático político un vivero de rojos. El coste del macarthysmo fue brutal para la sociedad estadounidense, y la industria cinematográfica, objetivo prioritario de los sabuesos macarthystas, jamás se recuperó del todo de aquella infamia, que todavía hoy levanta ampollas en la Meca del cine.

Con semejante panorama político y social, LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS fue interpretada, en principio, como un film marcadamente anticomunista, en el que los replicantes desprovistos de emociones representaban la progresiva deshumanización de las sociedades controladas por el socialismo real. Hoy puede parecernos una interpretación maniquea del argumento, pero en el momento de su estreno, y para amplios sectores de la sociedad norteamericana, éste fue el mensaje de la película, y hasta cierto punto, resulta lógico que buena parte del público pensara así. Con Stalin y sus sucesores, el comunismo persiguió y consiguió la dictadura perfecta, eliminando cualquier atisbo de sociedad civil y colocando al Estado por encima de los individuos. Los regímenes del otro lado del Telón de Acero fueron infinitamente más represivos que los de cualquier dictadura occidental de su tiempo, y en ellos el individualismo fue perseguido con saña hasta límites increíbles. Así pues, la cinta de Siegel podía entenderse perfectamente como una advertencia contra el terror rojo, y ese fue el mensaje que creyeron captar muchos espectadores.

Sin embargo, esta percepción del film cambió al saberse que el guionista principal del mismo, Daniel Mainwaring, era en realidad un seudónimo bajo el que se ocultaba el novelista Geoffrey Homes, que había sido encausado por el siniestro Comité de Actividades Anti Americanas por su supuesta filiación izquierdista. Este detalle provocó que la visión que se tenía hasta entonces de la película cambiase radicalmente. De ser admirada como una cinta anti roja, por su descarnado retrato de la alienación inherente a las tiranías comunistas y su exaltación de la fuerza individual de su protagonista, pasó a ser considerada como una burla de la histeria y el pánico que se adueñó del pueblo americano ante la posibilidad de un ataque soviético. En este caso, los insensibles replicantes del relato se identificarían con los estultos ciudadanos americanos, dispuestos a sacrificar sus libertades políticas y su libre albedrío, secundando la actuación de su gobierno contra una amenaza inconcreta. La objetividad que proporciona el paso del tiempo ha confirmado que éste era el verdadero mensaje que pretendía transmitir la película.

Digresiones ideológicas aparte, LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS nos ofrece uno de los relatos más logrados de la ciencia-ficción de serie B. Su mayor acierto reside en situar la acción en una pequeña población californiana en la que todos se conocen, lo que contribuye considerablemente a aumentar la tensión del film. Dado lo ajustado de su presupuesto, que imposibilitaba acceder a determinadas cotas de espectacularidad visual, Siegel optó por concentrar el suspense alrededor de los personajes, centrándose en el pánico que se va apoderando del ánimo de Bennell, quien comprueba horrorizado que hasta su amada Becky acaba siendo suplantada por una réplica que semeja un robot de carne y hueso. Quizá lo más original de la cinta sea su pesimista final, en el que un enloquecido Bennell vaga por una autopista y grita directamente a la cámara: ¡Tú eres el próximo!

Tu dale con el palito, dale...
Tu dale con el palito, dale...

La película está basada en el serial THE NIGHTMARE THAT THREATENS THE WORLD, que fue publicado en el Collier´s Magazine en 1954, siendo editado en formato de libro en 1955 con el título de THE BODY SNATCHERS. Mainwaring y Peckinpah se inspiraron también en el cuento THE FATHER-THING, de Phillip Strick, que apareció en el número de diciembre de la revista The Magazine of Fantasy and Science-Fiction.

El rodaje del film se inició en septiembre de 1955, bajo el título provisional de NO DORMIRÁS MÁS (SLEEP NO MORE!) y Siegel consiguió terminarlo en un tiempo récord incluso para una producción de bajo presupuesto. El productor, Walter Wanger, insistió en minimizar la crudeza y el realismo del relato, proponiendo la inclusión de un prólogo, en el que Miles Bennell conseguía huir sano y salvo de Santa Mira, y un epílogo en el que el FBI tomaba cartas en el asunto, eliminado la amenaza alienígena. Ambas ideas fueron categóricamente rechazadas por Siegel.

Sam Peckinpah, que por aquel entonces pasaba por una mala racha económica, consiguió trabajar en la película gracias a Siegel, con quien le unía una gran amistad. Además de colaborar en el guión, tarea que no se le reconoció en los títulos de crédito, interpretó un pequeño papel del reparto, gracias a lo cual pudo sanear un poco sus cuentas, en espera de tiempos mejores que no tardarían en llegar.

El final abierto posibilitó la realización de dos secuelas, una de Philip Kaufman y otra de Abel Ferrara, de la que sólo es destacable la primera de ellas, titulada LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS. Aunque se alejaba bastante de la idea del film original, contó con la participación de Kevin McCarthy en una breve escena como Miles Bennell, y el mismísimo Don Siegel como un actor de reparto más.

Independientemente del mensaje que cada cual quiera ver en ella, LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS ha pasado a la historia como uno de los films más tensos, absorbentes y geniales de la historia. Una prueba más de que, para hacer buena ciencia-ficción, no son imprescindibles los trucajes fabulosos ni los presupuestos faraónicos.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.544 palabras) Créditos