LA REBELIÓN DE ATLAS
LA REBELIÓN DE ATLAS Ayn Rand
Título original: Atlas Shrugged
Año de publicación: 1957
Editorial: Grito Sagrado
Colección: Ayn Rand
Traducción: Hernán Alberro; Luis Kofman; Alfredo Kofman
Edición: 2003
ISBN:
Precio: 20 EUR (España)

Siempre me ha resultado un misterio porqué esta novela nunca es citada entre las más destacadas ucronías, utopías y distopías del mundo mundial. Tuve la ocasión de leerla hace casi treinta años, con apenas dieciocho, gracias a una amiga algo mayor que yo que tenía la evidente intención de adoctrinarme y, tras esta relectura, sospecho que algo más. En aquel momento solo me quedé con la aventura intrínseca de la narración, pero para nada con el credo subyacente, ni por consiguiente con las sugerencias implícitas al modo de vida hedonista de los protagonistas.

Después de aquella lectura nunca más supe de LA REBELIÓN DE ATLAS. Nunca la vi mencionar en los mentideros y, como ya digo, su presencia en las relaciones y estudios sobre las ucronías, utopías y distopías es poco menos que anecdótica por no decir que inexistente. Porque LA REBELIÓN DE ATLAS es todo ello en grado superlativo, casi tanto como la miriada de páginas que componen el libro y que ya de por si son causa más que suficiente como para disuadir de una lectura rápida. Otra de las causas puede ser esa siempre rumoreada pero nunca confirmada tendencia de los amantes del género hacia posiciones izquierdistas y progresistas con las que chocan las enseñanzas ultraliberales de la novela, y que por tanto aleja a muchos de ella por cuestiones puramente ideológicas. O simplemente, y como explicación más sencilla, que pese al tonelaje (más que peso) específico de libro, el runrun del boca a boca no haya llegado lo suficientemente lejos, y eso que en Estados Unidos se ha vendido, y supongo que leído, por millones.

El caso es que ideologías aparte LA REBELIÓN DE ATLAS es una novela de aventuras con todas las de la ley, es más, es una novela de superhéroes, una de esas narraciones del bien contra el mal intensas y apasionadas. Narra las cuitas, principalmente, de Dagny Taggart y Hank Rearden. Ella, resuelta, dinámica, clarividente, es la rica heredera de una parte de la Taggart Transcontinental la más eficiente y rentable compañía de ferrocarriles de Estados Unidos. Heredera en parte porque a su hermano Jim, cobarde, pusilánime, incompetente, solo por ser hombre (no obstante, mayor que ella) le corresponde la presidencia de la compañía, mientras que a Dagny solo le queda ser, y pese a las reticencias de todos los altos directivos, directora de operaciones, lo que resumido quiere decir que ella es realmente quien dirige y potencia el ferrocarril mientras Jim se dedica a destruirlo atolondradamente.

Hank Rearden es por el contrario un rico fundidor de acero hecho a si mismo. Desde lo más hondo de las minas de hierro llegó, gracias a su solo esfuerzo y talento, a poseer una de las más, si no la más, importante acería del mundo, pero no solo eso, en sus ratos libres se dedicaba a amalgamar metales hasta conseguir la aleación de acero perfecta, el metal Rearden, ligero, resistente, y barato, lo que le proporciona más fama y más fortuna pero le granjea las envidias de mediocres y envidiosos.

Tenemos además a Francisco D'Anconia, otro rico minero chileno de ascendencia española (si, extraño apellido) que pese a su talento prefiere corretear de fiesta en fiesta detrás del mujerío sin atender, o eso parece, los negocios de la familia.

Por otro lado están los malos. Además del torpe de Jim, que no se entera de nada, y otros muchos abyectos secundarios, está el malvado Orren Boyle, competidor de Rearden en el tema del acero, pero un chapucero bastante importante en lo que a su negocio respecta, quizá por perder demasiado el tiempo haciendo pasillo en Washington para medrar más allá de lo que la calidad de sus productos recomienda, a lo que le ayuda Wesley Mouch, un tipejo trepa y desafecto, de hecho era el hombre en Washington de Rearden hasta que decidió traicionarle. Amigo de nadie, que a base de conspirar y medrar consigue una influencia política notable. También tenemos a Floyd Ferris, otro trepa mascachapas y lameculos que diciendo servilmente que si a las más estrambóticas propuestas consigue, al igual que Mouch, un poder considerable.

El caso es que Dagny y Hank son la cabeza visible de una super-raza de empresarios capaces de todo lo que se proponen gracias a un talento más allá de cualquier capacidad humana. Lo son todo: buenos gestores, planificadores brillantes, administradores sobresalientes, su habilidad manual solo tiene parangón con sus inagotables conocimientos técnicos y científicos y encima son guapos y follan como leones. Por si todo esto fuera poco, tienen la desfachatez de sentirse muy cómodos con su adicción al trabajo y no se les cae la cara de vergüenza por amasar hasta el último centavo que les queda del neto del ingreso en caja tras amortizaciones, gastos, inversiones y reparto de dividendos.

Obviamente tanto ellos como otros empresarios de su cuerda son blanco de envidias, suspicacias y desconfianza. Ciertos elementos entre los que se encuentran los malos; Boyle, Mouch, Ferris, se empeñan en dinamitar todas sus iniciativas promulgando leyes a favor del bien común que lo único que hacen es dificultar la actividad industrial y el comercio. Eso no arredra a nuestros superhéroes que pueden con todo pero... no, parece que no. Algunos, empresarios más pequeños o con menos determinación, simples héroes sin el super, empiezan a desaparecer misteriosamente, nadie sabe donde han ido ni que ha sido de ellos, pero su ausencia empieza a provocar trastornos menores, piezas que no llegan, reparaciones que no se hacen, materias primas que escasean. La situación se va haciendo progresivamente más difícil, entre los burócratas, los cretinos, los resentidos y malintencionados, que les rodean, además de la progresiva desertización industrial, Dagny y Hank luchan indomables por mantener vivos sus altos hornos y su ferrocarril, pero la situación es cada vez peor. No hay ya casi mineral que fundir ni mercancías que transportar, ante la desaparición de sus mejores elementos y las cada vez más represivas imposiciones legales, la corrupción, incompetencia y cobardía se hacen dueñas del tejido productivo. Las nacionalizaciones que los amigos de Mouch proponen y disponen solo consiguen empeorar más la situación al no basarse más que en demagogia vacía. Finalmente, llega el colapso. Y el discurso de John Galt.

¿Quién es John Galt? Esa es la pregunta que durante todo el libro se repite en un a modo de máxima para expresar el desánimo que poco a poco se extiende por el país. Cuanto todo deja de funcionar y se pregunta por que, se responde a la gallega. Pero John Galt es la clave de todo, el iniciador de todo y finalmente en boca de quien Ayn Rand pone todo su ideario en un largo, farragoso, y a veces contradictorio discurso.

En resumen, John Galt viene a decir que al pan, pan y al vino, vino; que el que no corre vuela; que más vale pájaro en mano que ciento volando; que la caridad bien entendida empieza por uno mismo; que a quien madruga Dios le ayuda; que ande yo caliente y ríase la gente; que el que venga detrás que arré; que no todo el monte es orégano; que el que trabaja no come paja.

En resumen, esquemáticamente, por acotar.

En definitiva, que solo el trabajo obsesivo, el comercio sin trabas y la inventiva desatada hacen libre al hombre. La filosofía de Ayn Rand puede ser discutible desde el momento en el que cae en curiosas contradicciones, por ejemplo; por un lado niega cualquier obligación hacia los demás que no tenga que ver con las transacciones comerciales puras y duras, pero a la vez exige que esa transacción se haga desde la honestidad más absoluta. Parece lógico, y hasta natural si se habla de la buena fe y la confianza mutua en los negocios, pero esa imposición hace dudar. No es que yo, particularmente, tenga intención de incitar a, ni estafar a nadie, o lo considere ético, pero pequeñas cosas como estas resultan curiosas dentro de la rígida filosofía randiana, que por un lado parece postular que cada hombre es una isla pero al poco se desdice imponiéndole reglas de comportamiento, con lo que admite que más que isla es archipiélago.

Para comprender la ideología radical de Ayn Rand hay recordar que era de ascendencia judía, lo que, tópicos aparte, ya es suficiente para explicar su actitud hacia el trabajo, que su padre, un pequeño comerciante en la época zarista, lo perdió todo tras la revolución de octubre, que tras la revolución su familia pasó auténticas penurias, que la propia Ayn pudo salir de la ya URSS con bastante dificultades. No es extraño pues que alguien con tales antecedentes renegara fervientemente de todo lo que oliera a socialismo y glorifica el individualismo a ultranza, el esfuerzo personal y el orgullo por la riqueza conseguida gracias a ese esfuerzo.

En el plano estrictamente literario hay que reconocerle a Ayn Rand un notable dominio del pulso narrativo. Era una habilidosa narradora con gran capacidad para mantener el ritmo, recrear escenas llenas de intriga y manejar las emociones de sus personajes con notable competencia. No obstante, LA REBELIÓN DE ATLAS es literariamente mediocre, está muy lastrada por su carga doctrinal, y los pasajes trepidantes se entreveran con plomizos discursos objetivistas. Sus personajes también están sólidamente dibujados, tanto los buenos como los malos. Antes que minuciosas descripciones prefiere hacerlos actuar, que se les conozca por sus actos, y en ese sentido, y excepto por algún secundario intercambiable, quedan todos perfectamente perfilados.

En cualquier caso, no es una lectura ligera. Es más que una novela un tratado filosófico ilustrado, tiene su interés, y a los partidarios del liberalismo les encantará (de hecho es la Biblia liberal) pero puede hacerse pesada, (literalmente) muy pesada cuando Rand se suelta la melena y se deja llevar por el tono panfletario, lo que ocurre en no pocas ocasiones.

Por cierto, en breve adaptación cinematográfica con Ángelina Jolie como la indomable Dagny Taggart, permanezcan atentos a sus pantallas.


Notas

En España responder a la gallega significa responder con evasivas, normalmente, con otra pregunta.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.961 palabras) Créditos