EL HACEDOR DE UNIVERSOS
EL HACEDOR DE UNIVERSOS Philip José Farmer
Título original: The Maker of Universes
Año de publicación: 1965
Editorial: Edhasa
Colección: Nebulae, 2a. época, no. 8
Traducción: Edith Zilli
Edición: 1989
Páginas: 184
ISBN:
Precio: Descatalogado

Cuando se quiere contar una Gran Aventura sobran las excusas para poner en marcha escenarios y personajes. A Burroughs no le hizo falta demasiada parafernalia para enviar a John Carter a Marte, George Lucas tampoco necesitó de demasiados preámbulos a la hora de organizar las más recordadas ensaladas de tiros galácticas, incluso los arranques farragosos de Forward resultan anecdótico cuando cheelas y keraks se ponen en marcha.

Con EL HACEDOR DE UNIVERSOS a Farmer le ocurre otro tanto. Las primeras y últimas páginas parecen adosadas al resto de la novela por aquello de darle un inicio y un final que sitúen de alguna forma los fabulosos viajes de Robert Wolff. Éste es un viejo profesor de lenguas clásicas, a punto de jubilarse y deseoso de comprar una casa en la que retirarse junto a su irritante esposa Brenda. Visitando una de ellas sufre una experiencia asombrosa, una pared del sótano se abre mostrándole un mundo asombroso desde el que un individuo llamado Kickaha parece reconocerle, saludándole y entregándole un extraño cuerno. La aparición se esfuma y Wolff vuelve junto a su esposa y el vendedor. Esa misma noche, tras una fuerte discusión vuelve furtivamente a la casa, toca el cuerno y... se interna en un mundo en el que le esperan asombrosas aventuras.

La región que pisa es idílica, como la vieja Arcadia griega, y como ella llena de fabulosos seres, algunos propios de la tierra, como voluptuosas ninfas, sátiros, otros extrañamente gorilescos, y todos en general llenos de vida y una sana desinhibición. Allí pasa Wolff una plácida temporada, haciendo ejercicio, comiendo y bebiendo a modo. También se relaciona satisfactoriamente con Criseya, una bellísima ninfa que le informa sobre el origen de aquel mundo, una creación caprichosa de un misterioso Señor que dispone a su antojo y para su único disfrute en aquel paraíso. Pero no todo lo bueno dura, y tras una larga persecución a la carrera Criseya es raptada y el cuerno que Kickaha regalara a Wolff robado por unos gworl, seres contrahechos y repulsivos.

Una vez recuperado Wolff se lanza al rescate de Criseya (y el cuerno) y mientras sigue a los gworl empieza a conocer la extraña configuración de aquel mundo de locos, donde mesetas separadas por abismos de kilómetros se configuran al capricho del Señor o como acaba Wolff por descubrir, más bien de los Señores, seres poseedores de una tecnología fabulosa que ni ellos mismos comprenden y que, en combinación con una vida aburrida y un carácter extravagante, les permite toda clase de caprichos.

Cada meseta tiene sus propias características y habitantes, desde un remedo de indios norteamericanos en plena brutalidad neolítica, hasta largos ríos en los que medra una civilización de corte indostánico. Las vicisitudes por las que pasa Wolff es mejor leerlas. Farmer era un narrador muy capaz, admirablemente dotado para las escenas espectaculares y de una imaginación desbordante. En ese sentido el libro no aburre, no hay parones y el misterio que rodea el origen del propio Wolff (encontrado en el campo ya bastante mayorcito, pero con la memoria completamente en blanco) se va aclarando poco a poco hasta el espectacular, pero quizá algo confuso, desenlace final.

Llegados a este punto se hace necesario preguntarse sobre la inclusión o no de esta novela dentro del género. Todo lo referente a los seres de tecnología incomprensible y capacidades casi sobrenaturales no dejan de ser la excusa elegida por Farmer para ofrecer un marco medianamente coherente las correrías de Wolff. No obstante la excusa, el resto de la novela transcurre entre paisajes y gentes que van de lo idílico a lo desolado y de lo amable a lo brutal. Nada de tecnología, nada de ciencia, en ocasiones, incluso nada de inteligencia. La impresión final es que Farmer quería contar una serie de estampas aventureras a lo largo de escenarios exóticos, pero a la vez reconocibles, los Señores tampoco demuestran estar muy viajados ni tener gran imaginación, la vieja Ática, las praderas norteamericanas, los ríos indostánicos... todo creado y retocado al capricho de los señores, emocionante, pero muy a pie de tierra.

En todo caso, EL HACEDOR DE UNIVERSOS, como Gran Novela de Aventuras que es, no decepcionará en absoluto.

© Francisco José Súñer Iglesias, (697 palabras) Créditos