LA SERIE «LAS MÁQUINAS DE DIOS»
por Rafael Ontivero

La serie de la que voy a hablar está compuesta, de momento, por seis novelas que presentan una continuidad más o menos homogénea aunque a veces, por motivo del argumento, exhiban ciertas inconsistencias entre los diferentes volúmenes, inconsistencias que por cierto no desmerecen para nada la calidad general de la misma. Las obras tienen los títulos de LAS MÁQUINAS DE DIOS, DEEPSIX, CHINDI, OMEGA, ODYSSEY y CAULDRON, de las que al parecer están todas publicadas en castellano excepto la última. Los años de publicación de la edición original en inglés van desde el 2001 de la primera hasta el 2007 de la última, y como apreciación mía no creo que el autor escriba ninguna más, aunque deje una puerta abierta a ello.

No voy a hablar de los volúmenes en sí, sino que me voy a centrar en el universo de McDevitt y en lo que el autor nos quiere decir, que no es precisamente una serie de novelas tipo viaje iniciático de aventuras y descubrimiento de mundos y civilizaciones, efecto maravilla incluido. Evidentemente, una primera lectura nos lleva a eso: novelas de aventuras ambientadas en escenarios exóticos con misterios por resolver, pero entonces muchos de los elementos no esenciales a la serie sobrarían, como bien ha dicho José Enrique León Alcalde en sus análisis de las tres primeras novelas en esta misma web.

Nos encontramos en el siglo XXIII, y la raza humana posee el viaje más rápido que la luz mediante una especie de aprovechamiento de otras dimensiones. A lo largo de la serie veremos cómo avances científicos en este área hacen que esa velocidad aumente gradualmente hasta que en la última novela se produce un gran adelanto que permite viajar al centro de la galaxia en un tiempo razonable, mientras que con anterioridad el límite se reducía a unos (muy) pocos miles de años luz respecto al sistema solar.

También asistimos a otros adelantos, como el paso de las fuentes de alimentación basadas en generadores a las que toman directamente su potencia de la energía oscura del universo.

No obstante el centro de la serie no es ese. Más bien los adelantos se ajustan a lo que el autor nos quiere contar, aunque argumentalmente, una vez producido un avance que permite algo nuevo, esta novedad genera nuevos problemas e inquietudes. Pero creedme, es justo al contrario: el autor quiere contarnos algo, y ese algo es el que necesita que esos adelantos se produzcan. Una razón de ello es que no hay explicaciones de ningún tipo sobre la tecnología: esta simplemente se encuentra a disposición de los personajes para llevar a cabo sus trabajos, y cuando ya no tiene sentido que los generadores energéticos de un aparato se agoten, pasamos a obtener la alimentación de la energía oscura.

LAS MÁQUINAS DE DIOS

Otro motivo es que en la Tierra existen unos tremendos problemas ambientales, los casquetes polares se están derritiendo y existen conflictos muy serios de convivencia y en general de habitabilidad, pese a la existencia de un gobierno más o menos mundial que mantiene una ajustada paz, liderada por una nación que no es otra que una revisión de los actuales Estados Unidos. Pese a haber transcurrido más de doscientos años, en la Tierra existen exactamente los mismos problemas que hoy en día.

Desde mi punto de vista esto indica que el autor no quiere escribir una obra de ciencia-ficción espacial (pese a que las seis novelas se pasen la mayor parte del tiempo en mundos exóticos) sino más bien quiere que veamos con sus ojos ciertas cosas que nos están pasando ahora mismo y que el colocarlas en un futuro no sirve más que para reforzar el tono global de las mismas.

Tenemos también Inteligencias Artificiales, demasiado artificiales a mi modo de ver, ya que dependiendo del libro son más o menos inteligentes, llegando a dar en dos de las novelas cierta impresión de ser autoconscientes aunque esclavas de la humanidad. Es por ello que las IA son, de nuevo, un mero paisaje en el argumento: permiten que los personajes hagan lo que han venido a hacer y no tengan que entretenerse en guiar naves espaciales y orientar antenas.

La serie tiene dos puntos centrales: Priscilla Hutchins y las nubes omega, aunque si tuviera que elegir entre uno de los dos, diría que el central es el último de ellos porque la serie comienza y termina con ellas.

Veamos qué son estas nubes. Parece ser que parten de un punto situado muy cerca del centro galáctico y recorren de forma aleatoria toda la vía Láctea, desviándose cuando encuentran algún tipo de forma geométrica con ángulos y destruyéndola furiosamente. O en otras palabras: cuando ven un planeta con algún tipo de civilización cambian su rumbo, se acercan a él y lo destruyen todo como una especie de justicia divina. En todas las novelas de la serie aparecen y causan problemas. En OMEGA, como el nombre indica, se encuentra una forma de destruirlas, y en CAULDRON resuelven el misterio que las crea.

Pero este no es el tema central, como tampoco lo es Hutchins, o Hutch, como la llaman sus amigos. La chica comienza siendo piloto de una nave espacial, y en la cuarta novela pasa a ser la Directora de Operaciones, lo que sirve para que McDevitt cambie de registro: de lo local, del manejo y las aventuras en un solo planeta (o varios, uno detrás de otro) a una visión de amplio espectro con varias líneas argumentales entrelazadas que terminan en Priscilla. Y de nuevo tengo que hacer esta advertencia: no es una serie sobre el crecimiento emocional o interior de una persona, o como lo queramos llamar. Hutch es la misma en la primera novela y en la última.

Para entender qué nos quiere contar McDevitt tenemos que centrarnos no en lo que pasa, sino en cómo pasa.

DEEPSIX

Un aspecto esencial estriba en el hecho de que absolutamente todos los vehículos espaciales carecen de armamento, reduciéndose éste a meras armas de mano más o menos mortíferas, armas que sólo son utilizadas para la defensa ante la fauna salvaje. De hecho, si las naves hubieran llevado armamento el incidente del acelerador de partículas en ODYSSEY podría haberse resuelto de otra forma. Y no es algo necesario al argumento, ya que si McDevitt hubiera querido, las naves de rescate podrían haber sido armadas ex profeso. Personalmente, si yo hubiera sido el responsable de la exploración espacial, no habría dudado en poner unos cuantos misiles en cada nave aunque fueran sólo como cobertura para entretener a un supuesto alienígena mientras me doy la vuelta y pongo pies en polvorosa. Y si nos fijamos un momento, las naves actuales también carecen de armamento porque es completamente absurdo que lo lleven, que es el mismo motivo que McDevitt pone en boca de los personajes para justificar su ausencia en las obras, así que el paralelismo es evidentísimo ya que, en la serie, su necesidad es, a veces, evidente.

En el universo de la serie, los planetas de tipo terrestre son bastante escasos y los pocos que hay suelen estar indefectiblemente llenos de vida. Unas veces es sólo vida animal o vegetal y otras vida autoconsciente capaz de construir algún tipo de civilización.

Las que consiguen avanzar más allá de la lasca de pedernal son sociedades muy humanoides, muy paralelas a la nuestra propia, pero con suficientes variantes como para resultar creíbles.

Tenemos un segundo punto: la única vida en el universo es como la nuestra (nubes omega aparte)

Y el tercero: las sociedades tecnológicas son destruidas o bien por sí mismas o bien por las omega. Los Nok, con un nivel científico equiparable al de la primera guerra mundial, son incapaces de salir de su ciclo de combates continuos que está agotando todos los recursos de su planeta pese a los intentos de los humanos para que se detengan. También encuentran otro planeta completamente radiactivo, repleto de ruinas causadas por una guerra nuclear global.

La mayoría de las civilizaciones extraterrestres han desaparecido por completo, con las correspondientes razas completamente aniquiladas o devueltas a un estadio preconsciente o pretecnológico, pese a que hay evidencia de que, al igual que están haciendo los humanos, otras razas más avanzadas en ese momento han intentado ayudarlas, razas que después han desaparecido. Y excepto en una de las novelas, no existen rastros de seres más tecnológicamente avanzados que la humanidad, y cuando en la última novela encuentran una raza que ha conseguido sobrevivir, ha sido a costa de su propia humanidad. Sin olvidar a los Goompha, que pese a encontrarse en una sociedad completamente estable son incapaces de defenderse de los problemas externos, como las nubes omega, y se encuentran en un punto de civilización medieval sin posibilidad de avance alguno.

Creo que fue Carl Sagan quien dijo que debíamos salir a las estrellas y conquistarlas o moriríamos aquí. Existen muchas causas naturales que pueden destruirnos, como el impacto de un asteroide (o unas nubes omega, ya puestos) pero también podemos destruirnos a nosotros mismos, ya sea por que hayamos convertido nuestro planeta en inhabitable o por un suicidio bélico. En cuantos más planetas estemos, más probabilidades tendremos de sobrevivir como raza. Por otro lado, no sé quién fue el que dijo que si una forma de vida se encuentra muy fuera de nuestro dominio, da igual que sea autoconsciente o sentiente: ni ella será capaz de entendernos ni nosotros a ella, y poco importarán nuestras relaciones y motivos (y de nuevo, las omega)

CHINDI

Lo último que me centra en el mensaje de McDevitt es el hecho que, igual que ahora, el programa espacial siempre está bajo continuas restricciones de presupuesto, con buena parte de los políticos en contra de él por las enormes cantidades de dinero invertidas, que realmente no llegan al 4% del presupuesto armamentístico americano.

Por lo tanto, no nos encontramos en el siglo XXIII, sino en el XXI, con nuestros mismos problemas y nuestras mismas limitaciones sociales, educativas y ambientales. Y es por ello por lo que el mensaje es claro y contundente:

La raza humana es algo tremendamente débil, que tiene todos los huevos en un mismo cesto (la expresión no es mía) y que podemos vernos abocados al desastre por casi cualquier cosa que podamos imaginar. No importa si es un problema ecológico generado por nosotros, o una destrucción generada por alguien tan completamente diferente a nosotros que no se dé cuenta de que somos seres sentientes, o por el impacto de un asteroide, o por nuestra propia estulticia al vernos inmersos en un conflicto global y de exterminio, o por nuestra incapacidad de continuar fomentando nuestra creatividad y el avance científico, o simplemente porque hemos sido incapaces de entender que no debemos estancarnos nunca...

© Rafael Ontivero, (1.783 palabras) Créditos