Apolo XI: cuadragésimo aniversario, 3
La luna en nuestro futuro
por Antonio Quintana Carrandi

Aquí, el hombre completó su primera exploración de la Luna. Diciembre de 1972, Después de Cristo. Que el espíritu de la paz, bajo la cual vinimos, se refleje en las vidas de toda la humanidad.

Este es el texto de la placa conmemorativa que la tripulación del Apolo XVII dejó en nuestro satélite natural. Está firmada por los tres tripulantes de la nave y por el entonces presidente de los EE. UU., Richard Nixon. Los dos hemisferios de la Tierra bordean esta inscripción. No puede haber duda al respecto, estuvimos allí. Y regresaremos, pero esto nos plantea tres interrogantes: ¿cuándo, cómo y por qué volveremos a la Luna?

¿Cuándo regresaremos?

Base Lunar
Base Lunar

La respuesta a esta cuestión es bastante sencilla. Es indudable que el hombre habrá de regresar a la Luna, pero no se puede aventurar una fecha aproximada para ese regreso. Sólo podemos esperar que nuestra ansiada vuelta a Selene se produzca en un plazo de tiempo lo más corto posible. Pero incluso así, el evento no tendrá lugar antes de, al menos, una década o más. Que sepamos, ni EE. UU., ni Europa, ni Rusia ni nadie tiene planeado un vuelo tripulado a la Luna en estos momentos. Existen, eso sí, un buen número de propuestas para el retorno, e incluso para la instalación allí de algún tipo de asentamiento más o menos permanente, pero se trata de planteamientos meramente especulativos, que seguramente tardarán bastante en cristalizar en un proyecto serio y concreto. Sin embargo, la Luna sigue siendo un objetivo astronáutico de primera magnitud, y es casi seguro que las Agencias Espaciales de las potencias citadas, y quizás algunas otras, estén trabajando en el diseño y planificación de una expedición tripulada a Selene. El tiempo lo dirá.

¿Cómo regresaremos?

El retorno del hombre a la Luna es, sin duda, un proyecto de tal envergadura que requerirá un gran esfuerzo tecnológico y financiero y bastante tiempo para planificarlo todo, hasta el último detalle. Aún así, aquellos que esperen presenciar un espectacular regreso del hombre a Selene, tripulando naves avanzadísimas, como surgidas de un film de ciencia-ficción, pueden llevarse una gran desilusión, ya que puede que el próximo hombre que pise la Luna lo haga en unas condiciones parecidas a las de Neil Armstrong.

A pesar de todo, la NASA nunca ha apartado su punto de mira de la Luna. A mediados de 1992, un grupo de especialistas de la agencia presentó el programa FLO (First Lunar Outpost) o Primer Asentamiento Lunar en español. Se trataba de un proyecto muy ambicioso, que reunía las ideas más avanzadas en este campo desarrolladas por la NASA a lo largo de su historia. El programa comprendía el empleo de sondas automáticas que cartografiarían la superficie lunar con todo detalle, a fin de localizar el mejor lugar para el establecimiento de una hipotética base permanente. Las siguientes sondas alunizarían, verificarían la idoneidad de los lugares seleccionados y regresarían a la Tierra con muestras de cada uno de ellos. Para la fase capital del programa, la nave tripulada, se recabaría la colaboración internacional, principalmente la de Europa y Japón, y se emplearía en ella la tecnología más avanzada disponible en ese momento, evitando los onerosos e inacabables desarrollos de antaño. En cuanto a la nave propiamente dicha, sería algo así como un paso adelante en el programa Apolo, con cápsulas muy similares a las utilizadas en los años sesenta y setenta, aunque mucho más grandes y dotadas de los últimos adelantos técnicos. La principal diferencia entre las Apolo clásicas y las FLO residiría en la forma de alunizar. En las misiones Apolo, la nave principal permanecía en órbita lunar, mientras un módulo descendía a la superficie. El programa FLO, por el contrario, fue diseñado para que toda la nave pudiera alunizar. El por qué de esto es muy fácil de explicar. La necesidad de realizar un acoplamiento antes de emprender el regreso a la Tierra limitaba muchísimo las oportunidades de despegar desde la Luna, y también los lugares de alunizaje, que siempre debían situarse sobre el ecuador lunar. Para evitar estas limitaciones, las especificaciones técnicas de las naves FLO señalaban que éstas debían poder alunizar en cualquier punto del satélite.

Instalaciones lunares
Instalaciones lunares

Cada misión FLO comprendería un cohete y una nave. La primera nave enviada a la Luna no llevaría tripulación, y su función sería la de depositar en la superficie un módulo de alunizaje y un módulo de sección cilíndrica, hueco y presurizado, y equipado como habitáculo para los astronautas que llegarían después. Controlado por ordenador, el módulo-hábitat desplegaría sus paneles solares y empezaría a funcionar, en espera de la llegada de una nave tripulada.

La primera dotación de esta modesta base lunar sería de cuatro hombres, que permanecerían cuarenta y cinco días en la Luna, realizando diversos trabajos científicos. En misiones posteriores, se enviarían las piezas para que los astronautas pudieran construir un radiotelescopio. Si este primer asentamiento tenía éxito, otras naves transportarían nuevos módulos-hábitat que, ensamblados al primero, formarían el embrión de una verdadera colonia lunar.

El fascinante programa FLO fue una víctima más de las limitaciones presupuestarias que afronta la Agencia Espacial Norteamericana desde mediados de los setenta. Técnicamente, era un proyecto perfectamente viable, a pesar de que habría requerido el desarrollo de un cohete mucho más potente que el poderoso Saturno V, ya que cada nave FLO pesaría cien toneladas. Toda la tecnología necesaria estaba disponible en los noventa, pero la recesión que sufrió EE UU en aquellos años (una fruslería, comparada con la de ahora) dio al traste con uno de los programas de colonización lunar más sugestivos que se hayan ideado.

No puede hablarse de una cancelación del proyecto FLO, puesto que éste ni siquiera había sido aprobado cuando el Congreso estadounidense recortó, por enésima vez, el presupuesto de la NASA, pero el archivo de tan interesante proyecto desmoralizó a más de uno dentro de la Agencia. Sin embargo, la atracción por la Luna no decayó un ápice. Como la mayoría de los programas que la NASA pone en marcha acaban contratados o sub-contratados por la industria privada, ésta ha mostrado siempre gran interés en todo lo relacionado con la conquista del espacio, especialmente con la posibilidad de un nuevo programa de vuelos tripulados a la Luna. Las más interesadas son, obviamente, las corporaciones aeroespaciales, ya que una operación semejante representaría una generosa inyección de fondos que ayudarían a sacar a flote sus maltrechas economías. Una vez comprobado que los proyectos faraónicos de la NASA no contaban con el respaldo financiero del Congreso, muchas de estas empresas comenzaron sus propios programas lunares, centrados sobre todo en misiones de bajo coste. El objetivo era crear proyectos que fueran lo bastante atractivos y viables económicamente como para seducir a quienes debían proveer los fondos necesarios para llevarlos a cabo. La propuesta más sugestiva de todas fue, a mi juicio, la de General Dynamics, que con una inversión de trece mil millones de dólares, se veía capaz de instalar una pequeña base lunar a principios del siglo XXI. La idea era utilizar el transbordador espacial para situar en órbita el módulo lunar y toda la carga útil. Al mismo tiempo, un cohete Ariane-5 europeo o Titán-IV americano, colocaría, en las proximidades de la lanzadera espacial, la etapa propulsora Centaur, fabricada por la propia GD, que se acoplaría al módulo lunar en la órbita terrestre. En su justo momento, el motor de la etapa propulsora se activaría y lanzaría la nave hacia la Luna. Primero se enviarían dos misiones no tripuladas, que depositarían en la Luna un módulo-hábitat y abundante material científico; posteriormente, cuando todo estuviera funcionando correctamente, llegarían dos astronautas. La vuelta a la Tierra se realizaría en el mismo módulo lunar, y la reentrada en la atmósfera terrestre se llevaría a cabo a bordo de una cápsula casi idéntica a las viejas Apolo. Como puede apreciarse, el proyecto de GD parecía bastante más viable financieramente que el FLO de la NASA, pero tampoco ha podido realizarse hasta la fecha. Y en vista de la actual situación económica, es muy probable que quizás nunca se convierta en realidad.

No obstante, debemos ser optimistas, porque el hombre volverá a caminar por la árida superficie de Selene. Tal vez nuestro regreso se efectúe de forma algo distinta a como hemos explicado en los párrafos anteriores, pero se producirá. Es muy posible que ni usted, que lee esto, ni yo que lo escribo, podamos esperar presenciar el tan ansiado retorno del hombre a la Luna, pero ese momento llegará indefectiblemente, y representará un nuevo hito heroico en la historia de la humanidad.

¿Por qué volveremos?

Vistas de la Luna
Vistas de la Luna

Porque nuestro destino como especie inteligente está allá arriba, en las inmensidades del espacio, entre las rutilantes estrellas que, desde el principio de los tiempos, han fascinado al hombre. Porque los humanos somos, ante todo, y por encima de nuestras miserias y bajezas, exploradores natos. Exploramos nuestro entorno en busca de respuestas a nuestras preguntas, y también de nuevas preguntas, cuyas respuestas, si las hallamos, nos harán avanzar un paso más en nuestra evolución como especie inteligente. Hemos explorado casi la totalidad de nuestro pequeño mundo, y se aproxima el momento en que deberemos lanzarnos a la aventura de explorar el inmenso océano cósmico que nos rodea. Y en esta nueva Odisea de la humanidad, que apenas acaba de comenzar, la Luna ocupará una posición privilegiada como base avanzada del hombre en su futura expansión por el Sistema Solar.

El concepto que contempla grandes bases lunares superpobladas explotando los recursos de Selene queda aún demasiado lejano en el tiempo, pero algún día será una hermosa realidad. La ISS (Estación Espacial Internacional) sólo es el comienzo de la gran aventura. El establecimiento de una base permanente en la Luna es algo que la NASA considera prioritario. La motivación científica para retornar a Selene es muy importante ya que, de hecho, y a pesar de todos los descubrimientos realizados en las últimas décadas, sabemos todavía bastante poco sobre nuestra eterna compañera, y resultaría tremendamente interesante descubrir qué otras sorpresas nos reserva.

Nuestra vuelta a la vieja Luna podría proporcionarnos increíbles avances en el campo de la astronomía. Su cara oculta, esa que permanece siempre invisible para los habitantes de la Tierra, es la más fabulosa atalaya para la observación del universo en todas las frecuencias. Un observatorio astronómico situado allí tendría literalmente el cosmos a sus pies. El mismo cuerpo de la Luna ejercería de eficaz escudo contra la contaminación electromagnética generada en la Tierra, por lo que los telescopios y radiotelescopios instalados en la cara oculta del satélite verían aumentadas considerablemente sus prestaciones al estar protegidos de cualquier interferencia producida por la actividad humana en su viejo planeta-madre. Los descubrimientos astronómicos que se podrían realizar al aprovechar esta ventaja que nos ofrece la Luna serían, como poco, superiores a los obtenidos por el telescopio espacial Hubble.

Nuestro regreso podría estar motivado también por causas económicas. Sabemos que la Luna posee recursos que pueden ser explotados. El polvo que cubre su superficie contiene, entre otros elementos, silicio, hierro y aluminio, y todo indica que también pueden abundar el titanio y los materiales piroclásticos. Pero quizás el recurso lunar más interesante, el que más puede influir en la reanudación de las misiones lunares tripuladas, sea el Helio-3, un isótopo que prácticamente no existe en la Tierra, pero que es muy abundante en la Luna. Este isótopo, generado en el Sol, es proyectado al espacio en el llamado viento solar. El campo magnético de la Tierra lo repele, pero como la Luna carece de campo magnético, gran parte del Helio-3 se deposita suavemente sobre su superficie. Esta sustancia parece tener todas las papeletas para convertirse en nuestra principal fuente de energía en el futuro. A pesar de la machacona insistencia de los ecologistas, casi ninguna de las llamadas energías renovables ofrece la extraordinaria flexibilidad del petróleo, y sustituir éste no resultará nada fácil. Las tradicionales centrales nucleares de fisión generan gran cantidad de sub-productos radiactivos altamente contaminantes. La fusión nuclear, que sería, lógicamente, el paso siguiente en la escala energética, aún se halla en proceso de desarrollo, y por muy efectiva que pudiera llegar a ser, todavía tendríamos que resolver el problema de los residuos. El Helio-3 puede ser nuestra alternativa energética para el inmediato futuro, ya que no produce ningún tipo de contaminación. Los costes de ir a buscarlo a la Luna y traerlo a casa pueden parecer, en principio, desorbitados; pero a la larga resultaría muy rentable desde el punto de vista económico, ya que en nuestro satélite hay suficiente para proporcionar energía a toda la Tierra durante siglos; y también desde el ecológico, pues, como se ha dicho, no genera ninguna clase de sub-producto contaminante. Las inversiones previas para planificar y llevar a cabo la extracción y transporte a la Tierra de este maravilloso isótopo habrían de ser, necesariamente, astronómicas; pero los beneficios que obtendría de ellas el conjunto de la humanidad serían colosales.

Cada vez tenemos más razones lógicas para volver a la Luna. La empresa no es fácil, pues se trata de un mundo árido y hostil, en el que el hombre habrá de vivir en estructuras estancas y embutirse en complejos trajes presurizados cuando deba trabajar en el exterior. Además, tendrá que llevar desde la vieja Tierra todo lo necesario para su subsistencia. Sin embargo, hace once años se produjo un hallazgo que puede ser de inestimable valor a la hora de plantearse la construcción de una colonia permanente, por modesta que ésta sea. En 1998, la sonda Lunar Prospector, primera misión interplanetaria equipada con un sistema de espectrometría de neutrones, encontró agua, sin duda depositada allí por el remotísimo choque de un cometa contra nuestro satélite. El descubrimiento galvanizó a toda la comunidad científica internacional, por lo que esto podía significar de cara a la futura colonización selenita. El espectrómetro de neutrones con que estaba equipada la Lunar Prospector detectaba los neutrones que continuamente emanan de la superficie lunar. El aparato podía reconocer tres tipos de neutrones: de baja, media y alta energía. Cada una de estas partículas se comporta de distinto modo si procede de un suelo seco o húmedo. Al colisionar con los iones de hidrógeno que contiene el agua, los electrones de energía media pierden calor y, en consecuencia, viajan más despacio. Así se descubrió la existencia de agua en la Luna. Para saber en qué estado se encontraba dicha agua, el espectrómetro rastreó neutrones de alta energía, cuyo comportamiento depende de la concentración de líquido absorbido por el suelo. De este modo, se pudo verificar que la maravillosa combinación de H2O se encuentra en la Luna en forma de pequeños cristales de hielo, dispersos en una gran superficie de terreno.

Campamento lunar
Campamento lunar

El considerado como el hallazgo científico del siglo XX renovó y aumentó el interés por un pronto retorno del hombre a la Luna. La presencia de gran cantidad de agua, aunque sea en forma de cristales de hielo, facilitará extraordinariamente el asentamiento de humanos en Selene. El hielo lunar podría emplearse para generar agua potable directamente, o bien para crear invernaderos, en cuyo interior se produjesen altas concentraciones del preciado líquido de la vida. Pero sus aplicaciones prácticas no acaban ahí. El agua lunar podría ser también fuente de oxígeno para abastecer una colonia, y en cuanto al hidrógeno, podría utilizarse como combustible para cohetes, para generar suelos susceptibles de ser cultivados bajo cúpulas de presión, o para elaborar materiales de construcción.

Otro motivo para volver a Selene es el tan soñado viaje tripulado a Marte. La mayoría de los científicos están seguros de que tal empresa no podrá ser llevada a cabo si antes no regresamos a la Luna y establecemos colonias permanentes en ella, ya que la experiencia de la vida en dichos asentamientos tendría un valor incalculable a la hora de programar el vuelo tripulado al Planeta Rojo. En la Luna podría probarse toda la infraestructura necesaria para el viaje a Marte, y aclimatar a los astronautas a las largas permanencias en el espacio. Y todo a la vuelta de la esquina de la madre Tierra, que podría prestar rápida ayuda a los astronautas en caso de necesidad.

En los años sesenta del pasado siglo, las motivaciones para impulsar la llegada del hombre a la Luna fueron casi exclusivamente políticas y militares. La sociedad actual requiere otra motivación para aceptar el desafío que supone nuestra vuelta a Selene. Encontrémosla y sigamos adelante, hacia la última frontera. El espacio y los misterios y maravillas que encierra están esperándonos. Primero, la Luna. Luego, los planetas de nuestro Sistema Solar. Y después ¿Quién sabe? Realmente, la historia de la humanidad no ha hecho más que empezar.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.777 palabras) Créditos