Apolo XI: cuadragésimo aniversario, 2
Y el sueño se hizo realidad
por Antonio Quintana Carrandi
La Tierra desde la luna
La Tierra desde la luna

El programa Gemini había servido para verificar tres técnicas imprescindibles para llevar a feliz término la promesa de Kennedy: el acoplamiento de dos naves en el espacio, la capacidad de sus tripulantes para abandonarlas y moverse en el vacío, y las reacciones del cuerpo humano ante largos periodos de ingravidez. Los programas Mercury y Gemini resultaron un éxito. Para lanzar estas naves, se emplearon cohetes militares del tipo Titan II para las Gemini, y Atlas y Redstones para las Mercury. Pero para el programa Apolo, cuyo objetivo era llevar tres hombres a la Luna, haría falta un lanzador más potente, un cohete de dimensiones nunca vistas hasta entonces. El ya legendario Saturno-V.

La cuestión que más preocupaba en la NASA era qué sistema se emplearía para el viaje. Había tres propuestas básicas: a) una nave-cohete; b) una nave dividida en dos secciones, que serían lanzadas por separado, se unirían en órbita y partirían hacia la Luna; c) una sola nave que, una vez puesta en órbita, se dirigiría a su destino y, al entrar en órbita lunar, se dividiría en dos, permaneciendo una sección orbitando el satélite mientras la otra descendía. Von Braun, apoyado por el mismísimo Kennedy, apostaba por la segunda opción, pero los expertos de la Agencia acabaron seleccionando la tercera, mucho más arriesgada pero más fácil de llevar a cabo.

Alunizando
Alunizando

El proyecto Apolo no empezó con muy buen pie. El 27 de enero de 1967, durante un entrenamiento, la cápsula Apolo-I se incendió en su base de lanzamiento, causando la muerte de Ed White, Guss Grissom y Roger Chaffee. Los rusos también tuvieron sus bajas mortales durante la carrera espacial. El 24 de abril de ese mismo año, Vladimir Komarov murió al estrellarse contra el suelo la cápsula Soyuz-I que tripulaba, a la que le fallaron los paracaídas. A pesar de estas tragedias, la carrera espacial proseguía, y a comienzos de la segunda mitad de la década, quedó claro que EE UU estaba consiguiendo superar a su contrincante soviético.

Lo cierto era que los rusos habían diseñado, en respuesta al desafío de JFK, hasta tres programas lunares paralelos. Uno de los más ambiciosos era el L-1, que no contemplaba el alunizaje, sino sólo un vuelo alrededor de Selene para regresar después a la Tierra. Para esta misión, los soviets desarrollaron el cohete Protón, posteriormente utilizado para el lanzamiento de sondas y satélites. En cuanto a la nave propiamente dicha, se asemejaba bastante a las cápsulas Soyuz que se emplearon, años más tarde, en los vuelos a la estación espacial Mir. En diciembre de 1968, los rusos estaban casi preparados para lanzar esta nave hacia la Luna, tripulada por dos cosmonautas. Pero se produjo un fallo grave en un vuelo de prueba anterior, lo que obligó a los soviéticos a posponer la misión durante un mes. La todopoderosa CIA, que estaba al tanto del asunto a través de sus agentes tras el Telón de Acero, puso en alerta a la NASA, que de inmediato preparó la misión Apolo-VIII. El módulo lunar aún no estaba listo, pero eso carecía de importancia, ya que no se trataba de alunizar, sino de superar a los rusos, orbitando la Luna primero que ellos para evitar que su triunfo debilitara la moral americana. Jim Lowell, Frank Borman y William Anders fueron los primeros seres humanos que alcanzaron la Luna y vieron con sus propios ojos su cara oculta. Esa Nochebuena, enviaron un mensaje especial de Navidad al mundo, y sus palabras son capaces de ponernos la carne de gallina incluso hoy día, treinta y nueve años después de su gesta. El vuelo del Apolo-VIII provocó la cancelación definitiva del programa de vuelos circunlunares soviéticos, que ya no tenían sentido, puesto que el objetivo último ya no podía ser otro que poner un hombre sobre la superficie de Selene.

Armstrong, Collins y Aldrin
Armstrong, Collins y Aldrin

Así pues, los comunistas se embarcaron en un proyecto de alunizaje, conocido como programa L-3. La idea era construir un cohete de potencia igual o mayor que el americano Saturno-V, el N-1, diseñado por Sergei Korolev (el von Braun del Este) un módulo de descenso y una cápsula de retorno. El L-3 era, ciertamente, un proyecto ambicioso. Demasiado para la URSS, cuyo desorbitado presupuesto militar devoraba el ochenta por ciento de todos los recursos del país. Sin una financiación adecuada, el equipo responsable del L-3 no pudo hacer frente al impresionante despliegue industrial americano, y aunque se construyeron y probaron todos lo elementos que lo componían, jamás pudo igualar, ni mucho menos superar, al proyecto Apolo. Una de las causas del fracaso de este fabuloso proyecto ruso fue, precisamente, el N-1, un cohete que jamás funcionó bien y que provocó no pocos accidentes.

Estados Unidos, mientras tanto, no perdía el tiempo. Su superioridad tecnológica, industrial y económica estaba dando sus frutos. Durante el primer semestre de 1969 se llevaron a cabo dos lanzamientos de prueba más, las misiones Apolo-IX y X. Por fin, el 16 de julio partió hacia la Luna el Apolo-XI, con Armstrong, Aldrin y Collins a bordo. Los soviéticos, heridos en su orgullo nacional, lanzaron una nueva sonda automática, denominada Luna-15, con la misión de alunizar y recoger muestras y traerlas a la Tierra antes de que los americanos, si finalmente conseguían su propósito, regresaran a casa. Fue otro fiasco. La sonda se estrelló contra la Luna poco antes de que Armstrong hollara el polvoriento suelo del Mar de la Tranquilidad.

Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.
Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

El viaje a la Luna duro tres días. El 21 de julio, a las 18 horas 30 minutos (hora española) el módulo Águila se posó sobre la superficie lunar, con Armstrong y Aldrin a bordo, mientras Collins les aguardaba en órbita, en el módulo de mando. Armstrong descendió por la corta escalerilla metálica y, tras una breve vacilación, puso su pie sobre nuestro satélite natural, un sueño largamente acariciado por la humanidad desde el principio de los tiempos. La frase que pronunció conmovió los corazones de los miles de millones de personas que, desde la vieja madre Tierra, a unos 400.000 km de distancia, presenciaban en directo el histórico evento en las pantallas de sus televisores. Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

La misión Apolo-XI fue muy corta, algo más de 21 horas. Los astronautas recogieron 22 kilos de muestras e instalaron algunos instrumentos científicos. Por supuesto, plantaron su bandera, la gran enseña de las barras y estrellas. Armstrong depositó junto a la bandera y la placa conmemorativa una caja que contenía la insignia del Apolo-I y un trozo del aeroplano de los hermanos Wrigt. A pesar de las diferencias políticas y militares entre sus dos naciones, los astronautas americanos y los cosmonautas soviéticos se admiraban y respetaban mutuamente. Por eso en aquella caja, además de lo ya mencionado, estaban también las medallas de dos cosmonautas rusos muertos en acto de servicio, el mejor homenaje que los vencedores de la carrera espacial podían hacer a sus colegas y contrincantes del otro lado del Muro de Berlín. Dado el peculiar carácter de los tiranos comunistas, cabe preguntarse si el gobierno soviético habría permitido a sus cosmonautas un gesto análogo al de Armstrong, caso de que hubieran sido ellos los primeros en pisar la Luna.

Plantando la banderita
Plantando la banderita

El 24 de julio, el Apolo-XI amerizó en el océano Pacífico, siendo recogido por unidades de la US Navy. El recibimiento de los héroes fue apoteósico. El éxito de la misión parecía augurar un gran futuro para la exploración espacial. La NASA vio incrementado su presupuesto, lo que permitió que se siguieran enviando misiones tripuladas a Selene. El segundo alunizaje, Apolo-XII, se produjo el 14 de noviembre. La nave la tripulaban Charles Conrad, Alan Bean y Richard Gordon. El módulo de descenso se posó en el Océano de las Tempestades y los astronautas realizaron varios paseos lunares, aparte de llevar a cabo algunos experimentos científicos. Pero la siguiente misión tripulada, el Apolo-XIII, estuvo a punto de terminar en tragedia y pudo haber costado la vida a sus tripulantes, Jim Lowell, John Swigert y Fred Haise. La nave, lanzada el 11 de abril de 1970, se encontraba ya a 320.000 km de la Tierra cuando se produjo un accidente, a consecuencia del cual se perdió el tanque de oxigeno número 2 mientras que el número 1 comenzaba a perder presión rápidamente (y de paso, permitió a John Swigert dejar otra frase memorable para la historia: Houston, tenemos un problema). Los técnicos pensaron que se trataba de un fallo de los instrumentos, no del sistema, ya que se pensaba que éste era seguro al cien por cien. Desde el Centro de Control de Houston se sugirió a los astronautas una serie de medidas para tratar de restablecer el funcionamiento del sistema, pero todo fue inútil. Más tarde se supo que el desastre lo había producido un cable roto al cortocircuitarse, provocando el estallido de uno de los tanques de oxigeno que alimentaban los generadores eléctricos, y causando gravísimos daños en el otro tanque y en dos generadores. La situación era crítica. Sin energía eléctrica, la nave estaba muerta, y sin oxigeno, la tripulación no tardaría en morir. La reserva del vital gas se reducía a marchas forzadas y había que tomar una decisión al respecto cuanto antes. El Apolo-XIII estaba equipado con un LEM (Lunar Excursión Module: Módulo de Excursión Lunar), y se decidió que la tripulación lo utilizara como bote salvavidas. Los astronautas bautizaron a este módulo lunar con el nombre de Aquarius y se apresuraron a conectar todos sus sistemas, ya que en el Módulo de Mando apenas les quedaba oxigeno para un cuarto de hora. Puesto que el Módulo de Mando era el único capaz de soportar la reentrada en la atmósfera terrestre, hubo que desconectar sus baterías para conservar la poca energía que les quedaba.

Dado que el Apolo-XIII estaba más cerca de la Luna que de la Tierra, si se le hacía retornar tardaría dos días en volver, pero consumiendo casi todo el combustible disponible. Habría que invertir el rumbo, con el consiguiente gasto de propelente, primero para frenar la nave, y luego para acelerarla en dirección a la Tierra. Esta opción ofrecía escasas, por no decir nulas posibilidades de salvación para los tres hombres, así que se decidió que la nave proseguiría su vuelo, orbitaría la Luna y aprovecharía su gravedad para acelerar y emprende el regreso a la madre Tierra. Los astronautas estuvieron de acuerdo, ya que de este modo la misión no sería un completo fracaso. Su objetivo había sido alunizar en el cráter Fra Mauro, en el ecuador lunar; no podrían hacerlo, pero al menos sobrevolarían la Luna, algo que Jim Lowell ya había hecho en diciembre del 68 a bordo del Apolo-VIII.

Lowell, Swigert y Haise
Lowell, Swigert y Haise

El principal problema al que se enfrentaron los tripulantes del Apolo-XIII fue que el LEM no había sido diseñado para tres hombres, sino sólo para dos. Era imprescindible construir un mecanismo auxiliar para la renovación del aire. La necesidad agudiza el ingenio, como suele decirse, y la apurada situación por la que estaban pasando Lowell y sus compañeros agudizó el de los técnicos de la NASA, que diseñaron, en un tiempo récord, una especie de caja depuradora a base de hidróxido de litio, sustancia de la que había dieciséis latas en el Módulo de Mando. Los astronautas construyeron su propia caja, siguiendo las instrucciones del control de misión, y de este modo pudieron depurar el anhídrido carbónico de su interior. Mientras tanto, en Houston se trabajaba febrilmente, realizando los cálculos necesarios para corregir el rumbo y encender los motores. Poco después, Lowell activó el cohete de descenso, cuya función original habría sido la de posar el LEM sobre la superficie de la Luna. Y así, el Apolo-XIII emprendió el regreso al hogar. El motor de alunizaje fue encendido unos momentos más tarde para acelerar la nave todo lo posible. Durante los tres días siguientes, Lowell, Haise y Swigert permanecieron casi completamente a oscuras, porque no podía malgastarse electricidad en iluminación, y ateridos de frío, porque la temperatura en la nave no pasaba de cinco grados centígrados, llegando, en algunas zonas del módulo, al punto de congelación. Por no disponer de agua caliente, se vieron obligados a ingerir alimentos parcialmente hidratados, y durmieron a ratos. Por fin, cuando llegó el momento de la verdad, los astronautas abandonaron el LEM y se acomodaron en el Módulo de Mando. La energía de las baterías de éste, prevista para unos 45 minutos de funcionamiento, debía durar por lo menos cinco horas. Llegó entonces el momento de más peligro real, el de la reentrada en la atmósfera terrestre. No se sabía exactamente dónde iría a caer el Apolo-XIII. El porta-helicópteros Iwo-Jima patrullaba un sector del pacífico de cuatrocientos kilómetros de ancho por ochocientos de largo, escudriñando el cielo constantemente. La ventana de reentrada era un cono de cinco grados de ancho, así que si llegaban con un ángulo inferior, la nave rebotaría y sería arrojada de nuevo al espacio. Si, por el contrario, el Módulo llegaba con más incidencia, sencillamente se desintegraría, y millones de personas podrían admirar durante un breve instante una hermosa estrella fugaz en el cielo. Lo peor de todo era que no se sabía si el escudo anti-térmico había sufrido desperfectos. Por fortuna, no fue así, y poco después, un helicóptero de la US Navy depositaba a los tres héroes, sanos y salvos, en la cubierta de vuelo del USS Iwo-Jima. Gracias al trabajo en equipo de centenares de personas muy cualificadas, a la solidaridad y también a la suerte, lo que pudo haber sido la mayor tragedia de la historia de la NASA acabó felizmente. La magnífica operación de rescate organizada hizo subir el prestigio de la Agencia como la espuma, hasta el punto de que hay quien considera que el salvamento de Lowell, Haise y Swigert fue la mayor hazaña del programa espacial norteamericano, superior incluso a la gesta del Apolo-XI. Sea como fuere, el caso es que Lowell y sus compañeros no lograron llegar a la superficie lunar, pero si a los corazones de millones de personas de todo el mundo, incluido Su Santidad Pablo VI, que durante cinco interminables días rezaron por ellos.

Las misiones tripuladas continuaron. El tercer alunizaje, que debería haberlo realizado el Apolo-XIII, lo llevó a cabo el Apolo-XIV en 1971, tripulado por Alan Shepard, Stuart Roosa y Edgard Mitchell. En el verano de ese mismo año, el Apolo-XV realiza el cuarto alunizaje. Su tripulación, David Scott, James Irwin y Alfred Worden. Los dos primeros realizaron la exploración más larga, hasta entonces, de la superficie lunar, empleando en la misma dieciocho horas de tiempo y un fabuloso Jeep lunar. Por primera vez, se emitieron en directo a la Tierra las imágenes del módulo lunar abandonando la árida superficie de la Luna.

El rover lunar
El rover lunar

En 1972 llegó al satélite el Apolo-XVI. Charles Duke y John Young superaron la marca de la misión anterior, recorriendo la superficie lunar por espacio de veinte horas. Su compañero, Thomas Mattingly, no les fue a la zaga, ya que realizó un paseo espacial de una hora y veintitrés minutos de duración. Poco después se produce el alunizaje del Apolo-XVII, con Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt. Cernan y Schmitt, los que descendieron a la superficie, realizaron una estancia récord en la Luna, pues permanecieron allí más de setenta y cinco horas, recogiendo ciento diez kilos de muestras. El 19 de diciembre, el Apolo-XVII emprendió el regreso a la Tierra, y poco después, las misiones lunares tripuladas fueron canceladas. La crisis económica y el enquistamiento de la guerra de Vietnam obligaron al gobierno a recortar los fondos para la exploración espacial. Tras seis exitosas expediciones a la Luna, el proyecto Apolo llegó a su fin. El balance general es más que bueno. Los rusos han sido completamente derrotados en el espacio y las misiones lunares han aportado a EE UU grandes avances tecnológicos y un mejor conocimiento del espacio exterior.

Nadie sabe cuándo regresará el hombre a la Luna, pero una cosa es cierta: la historia de la humanidad no ha hecho más que empezar; nuestro destino final está allá arriba, entre las estrellas, y si hemos de llegar a ellas, antes tendremos que volver a la Luna, conquistarla y colonizarla. La pregunta es: ¿cómo será nuestro retorno a Selene?

© Antonio Quintana Carrandi, (2.748 palabras) Créditos