Apolo XI: cuadragésimo aniversario, 1
El mayor desafío de la historia
por Antonio Quintana Carrandi
Hacia el Infinito, y más allá.
Hacia el Infinito, y más allá.

El próximo martes 21 de julio se cumplen cuarenta años de la mayor gesta de la historia de las exploraciones humanas: la llegada del hombre a la Luna. Tres años y cinco meses más tarde, la NASA se vería obligada a suspender indefinidamente su programa de vuelos tripulados a Selene, y desde entonces, ningún otro ser humano ha hollado su árida superficie. Hoy, cuatro décadas después, la Luna continúa siendo un objetivo primordial en la exploración espacial, por lo que más pronto o más tarde el hombre deberá regresar a ella, esta vez para quedarse y explotar sus recursos. Sin embargo, nuestro nuevo desembarco en la Luna será algo distinto al primero. Esta vez volveremos por razones puramente científicas y exploratorias, más que por motivos políticos y militares, aunque éstos últimos, indudablemente, seguirán teniendo su peso en el proyecto. Pero lo más importante será que, en esta ocasión, los hombres y mujeres que pisen nuestro satélite natural no representarán a una sola nación, si no a muchas, a una parte muy considerable de la humanidad. Porque nuestra vuelta deberá ser una misión internacional, en la que participe el grueso de las naciones occidentales y, tal vez, alguna otra, como China o India. Representará un nuevo reto para el hombre, pero, por muy exitoso que resulte, nuestro retorno a la Luna no podrá minimizar la grandeza de la gesta protagonizada por Armstrong, Aldrin y Collins, pioneros en la más fabulosa aventura jamás vivida por la raza humana; aventura que había comenzado, en realidad, trece años antes. Hagamos, pues, un poco de historia.

Sputnik
Sputnik

El 4 de octubre de 1957, los soviéticos asombraron al mundo con el lanzamiento del primer ingenio espacial, el satélite artificialSputnik-1, un artefacto que pesaba 83 kilogramos y orbitó la Tierra durante 21 días transmitiendo señales de radio que alarmaron al Pentágono y a los Servicios de Inteligencia norteamericanos. La noticia corrió por todo el mundo como un reguero de pólvora. Los comunistas habían sido los primeros en poner en órbita un satélite artificial. El 3 de noviembre, estando el primer artefacto aún orbitando el planeta, los rusos lanzan el Sputnik-2, esta vez con un ser vivo a bordo, la perrita Laika. Al pobre animal le esperaba un triste final, pues murió de asfixia antes de que el aparato se desintegrara al caer a la Tierra el 14 de abril de 1958. Estos experimentos de los soviéticos fueron sendos éxitos, y convencieron a las autoridades norteamericanas de la necesidad de iniciar su propio programa espacial. El 31 de enero de 1958, EE UU lanza su primer satélite, el Explorer-1, diseñado por Wernher von Braun. La respuesta soviética no se hizo esperar. En 1959 los rusos lanzaron al espacio tres sondas lunares, denominadas Lunik y numeradas del uno al tres. La Lunik-1 fue la primera sonda terrestre en aproximarse al satélite; la Lunik-2 fue el primer vehículo construido en la Tierra que llegó a la superficie lunar, ya que se estrelló contra la misma; la Lunik-3 fue la más exitosa de todas, pues obtuvo las primeras fotografías de la cara oculta de Selene. Un año después, la primera de estas sondas, que se había desviado de su trayectoria, se convirtió en el primer satélite artificial del Sol. Los americanos contraatacaron ese mismo año de 1960 con tres misiones que obtuvieron buenos resultados. El 1 de abril lanzaron el Tiros-1, primer satélite meteorológico, que consiguió unas fotos sorprendentemente claras de la cobertura nubosa del planeta. Otro satélite americano lanzado poco antes, el Discoverer-13, expulsó una cápsula durante su decimoséptima órbita, artefacto que cayó en el océano Pacífico, siendo rescatado poco después por unidades de la U.S. Navy, y convirtiéndose, por tanto, en el primer objeto recuperado desde una órbita. Parecía que las cosas empezaban a irles bien a los estadounidenses, puesto que también lograron situar en órbita un satélite pasivo de comunicaciones, de forma esférica y treinta metros de diámetro, denominado Echo-2. Por su parte, los soviets recuperaron sanos y salvos a los perros Belka y Strelka, que habían sido lanzados al espacio a bordo del Sputnik-5. El mundo tenía la impresión de que la cosa estaba bastante igualada entre las dos superpotencias. Pero la aventura espacial no había hecho más que empezar, y nuevamente los comunistas tomaron la delantera.

Yuri Gagarin
Yuri Gagarin

La fecha, el 12 de abril de 1961. John Fitzgerald Kennedy, trigésimo cuarto Presidente de los EE. UU., no lleva ni siquiera tres meses en la Casa Blanca. El asombro y la estupefacción más genuinos se abaten sobre Occidente. Los soviéticos han enviado un hombre al espacio. Yuri Gagarin describió una órbita alrededor de la tierra tripulando la nave Vostok-1. Esta vez el éxito del enemigo es, más que impresionante, anonadador. La impresión general, no sólo en EE. UU. si no en el mundo entero, es que la URSS acabará por imponerse en la recién inaugurada carrera espacial.

La situación política a la que se enfrentaba Kennedy era harto complicada. Tres días después del vuelo de Gagarin, el 15 de abril, se llevó a cabo un intento de invasión de Cuba mediante un desembarco de fuerzas anticastristas en bahía Cochinos. La operación, orquestada por la CIA con el beneplácito de la administración Eisenhower, no era del agrado del joven presidente, pero se había visto obligado a autorizarla a regañadientes. Fracasó estrepitosamente, y los EE. UU., como patrocinadores de la aventura, vieron considerablemente mermado su prestigio a nivel internacional. JFK se enfrentaba a un panorama descorazonador, que habría hundido a otro hombre menos carismático que él. Nikita Kruschev, el palurdo oso ruso, que apenas sabía leer y escribir y que bebía como una esponja, se jactaba continuamente del poderío nuclear del mundo socialista, que les permitiría reducir Occidente a cenizas si así se lo proponían. La CIA informaba del incesante crecimiento de la flota submarina soviética. Los logros en el espacio parecían proclamar a los cuatro vientos la superioridad tecnológica y militar de la cruel dictadura comunista. Por si esto fuera poco, en casa las cosas tampoco iban nada bien, pues los disturbios raciales eran el pan de cada día y el descontento afloraba en algunos sectores de la población. Y estaba, además, la crítica situación en el sudeste asiático, que acabaría degenerando en el sangriento avispero que fue la guerra de Vietnam. Semejante cuadro geopolítico habría desanimado al más plantado. Pero por suerte para EE. UU., y también para el resto del mundo democrático, JFK no era sólo un político, si no un Estadista; tal vez el último Gran Hombre de Estado que ha ocupado la Presidencia de la gran democracia americana. Un político vulgar y corriente, como los que padecemos en España desde la dimisión de Suárez, carece de visión de futuro; sólo se preocupa de los intereses a corto plazo de sus votantes y su partido, y su horizonte no llega más allá de las próximas elecciones; piensa en mañana o, como mucho, en los años que dure su legislatura. Un Estadista, por el contrario, se interesa por el futuro de su país a largo plazo, por el legado que dejará no a los que le votaron ayer, si no a las generaciones venideras. El malogrado JFK pertenecía a esta especie en vías de extinción, y le sobraron ocasiones para demostrarlo.

John Fitzgerald Kennedy
John Fitzgerald Kennedy

El joven presidente, que intuía el potencial popular de todo lo que se relacionara con el espacio, sabía que los EE. UU. tenían que hacer algo realmente impactante en ese campo, algo que demostrara al mundo que su país no sólo era capaz de igualar los logros de los rojos, sino de superarlos, e incluso de derrotar a la Unión Soviética en toda línea. En contra de lo que la mayoría de la gente cree, Kennedy jamás fue un romántico aficionado a las aventuras épicas. En realidad, nunca había mostrado demasiado interés por la conquista del espacio, ya que le preocupaban más las cuestiones de índole social. Pero los triunfos soviéticos habían menoscabado de tal forma la moral del pueblo estadounidense, que se imponía hacer algo para devolver a éste el optimismo, la confianza en el futuro y la fe en su país y en el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Los EE. UU. necesitaban casi desesperadamente vencer a los rusos en la carrera espacial, y Kennedy sabía que no lo conseguirían limitándose sólo a igualar sus logros. Tenían que hacer algo infinitamente superior a todo lo conseguido por ellos hasta entonces, que no era poco.

El 20 de abril de 1961, JFK envió un memorándum a Lyndon B. Johnson, su vice-presidente. En dicho documento, el inquilino de la Casa Blanca preguntaba a Johnson si era posible vencer a los rusos situando un laboratorio espacial en órbita, enviando una nave tripulada a la Luna o algo así. También le interesaba conocer cualquier proyecto espacial, por descabellado que pareciera, que pudiera ofrecer resultados espectaculares que permitieran a EE. UU. aventajar a la URSS.

Lyndon Johnson, al contrario que Kennedy, era un entusiasta de los proyectos espaciales, y estaba firmemente convencido de que su país debía emprender la conquista del espacio al coste que fuera. Tras recibir el memorándum del presidente, Lyndon desarrolló una febril actividad. Consultó a congresistas y senadores, a los directivos de la NASA, a las corporaciones aeroespaciales, a las universidades y a los grandes capitanes de la industria americana. Todos estuvieron de acuerdo en que era factible vencer a los soviets poniendo un hombre en la Luna antes que ellos. Pero el coste económico sería, nunca mejor empleado el término, astronómico: más de 30.000 millones de dólares de la época. Werner von Braun, la mayor autoridad mundial en cohetes, estaba convencido de que podía hacerse, pero no antes de 1968.

Johnson transmitió las conclusiones de sus consultas al presidente el 26 de abril, una semana justa después de que éste le enviase el memorándum, lo que demuestra el interés puesto por el político tejano en el asunto. El documento que recibió Kennedy se centraba en el proyecto de la misión tripulada a la Luna, incluyendo también un amplio abanico de programas para desarrollar sondas automáticas de exploración, propulsores de gran potencia, etcétera. El presidente, visiblemente complacido por la labor de Johnson, ordenó la inmediata puesta en marcha del programa.

Alan Shepard
Alan Shepard

Mientras esto sucedía, la NASA no perdía el tiempo. El 15 de mayo, el primer astronauta americano, Alan Shepard, realizó un vuelo sub-orbital, a unos 187 kilómetros de altura, a bordo de la nave Mercury. Aunque el vuelo de Shepard contribuyó a elevar la moral de los norteamericanos, no fue gran cosa comparado con el de Gagarin. Shepard voló durante 15 minutos, y sólo pasó cinco minutos en estado de ingravidez; Gagarin había cubierto una órbita completa en torno al planeta en 90 minutos; el Mercury pesaba una tonelada; el Vostok ruso seis. Las hazañas americanas todavía resultaban poco espectaculares.

Este era el panorama cuando Kennedy, en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, celebrada el 25 de mayo del 61, anunció que había dado luz verde a un ambicioso proyecto destinado a llevar un hombre a la superficie de la Luna antes de que terminara la década, insistiendo en que no sólo se conseguiría poner a un americano en nuestro satélite, sino también en que se lograría recuperarlo sano y salvo. Poco tiempo después, en un espléndido discurso que pronunció en el campus de la Universidad William Marsh Rice de Houston, Texas, JFK volvió a insistir sobre el asunto, añadiendo que había escogido la Luna como objetivo no porque fuera fácil, si no porque era difícil, la clase de reto que podía galvanizar a toda la nación en un esfuerzo común.

La decisión de Kennedy fue la más acertada. El viaje a la Luna era la meta ideal; lo bastante alejada en el tiempo como para permitir a las industrias americanas una lenta pero progresiva aceleración, y lo bastante difícil como para que los rusos pudieran sacar provecho de su ventaja inicial.

A partir de ese momento, todo el increíble potencial económico, industrial, humano y tecnológico de EE. UU. empezó a trabajar como una máquina bien engrasada. La Agencia Espacial recibió un diluvio de recursos financieros que, para 1965, suponían más del 5% del presupuesto del gobierno federal. Algo así como el 10% del PIB de España actualmente. Y sólo para cubrir las operaciones y programas de ese año que fue, por otra parte, el de mayor actividad de la NASA en la década de los sesenta. No obstante, una parte considerable de estos fondos fueron desviados a la industria privada, principalmente a laboratorios científicos, corporaciones aeroespaciales y universidades. En el programa trabajaron, directamente para la agencia, 500 grandes empresas del sector privado, que a su vez subcontrataron algunos trabajos a otras empresas más pequeñas. Más de medio millón de personas, entre ingenieros, técnicos y científicos de todas las ramas, participaron en el proyecto. La NASA, en realidad, no se ocupó de construir las naves y equipos de alta tecnología necesarios para llevar a cabo la misión, si no de definir especificaciones y verificar que los productos finales se ajustaban perfectamente a las mismas.

Tanto las naves diseñadas como los cohetes que habrían de propulsarlas al espacio, incluían millones de piezas que eran fabricadas por industrias de todo el país. Era imprescindible que estas piezas ajustaran perfectamente unas con otras y funcionaran sin el menor fallo. Uno de los problemas más peliagudos con los que se encontraron los responsables del programa espacial americano fue, sin duda, el de lograr una perfecta sincronización entre las empresas contratistas, a fin de evitar que se interfiriesen entre ellas, y de que el posible retraso de algunas afectase al trabajo de las otras. Para lograr esto, no quedó otra solución que crear de la nada una auténtica ciencia ideada para gestionar grandes proyectos y coordinar, con matemática precisión, los esfuerzos de todos los centros de la NASA, desde Cabo Cañaveral, donde se encontraban las plataformas de lanzamiento, hasta el Centro de Control de Houston.

Pero era necesario saber más sobre la Luna, de modo que se iniciaron tres programas de naves automáticas y uno de módulos con mayor autonomía y capaces de transportar más de un pasajero. Los Ranger, Surveyor y Lunar Orbiter fueron diseñados para fotografiar detalladamente las posibles zonas de alunizaje y verificar las características del suelo lunar.

Vostok
Vostok

A todo esto, la feroz competencia espacial entre rusos y americanos proseguía. El 20 de febrero de 1962, John Glenn describió tres órbitas a bordo del Friendship, una nave del tipo Mercury. El 26 de abril de ese mismo año, la sonda Ranger-4 fue la primera nave espacial estadounidense en llegar a la Luna. El 10 de julio, EE. UU. lanzó el Telstar-1, primer satélite de comunicaciones, que comenzó a emitir los programas de televisión a través del Atlántico. Los rusos también tuvieron éxitos ese año. Las naves Vostok-3 y Vostok-4, lanzadas el 11 y el 12 de agosto respectivamente, se aproximaron a unos 6, 5 kilómetros una de otra, pilotadas por los cosmonautas Andriyan Nicolaiev y Pavel Popovitch. La URSS también lanzó ese año una sonda hacia Marte, pero perdieron todo contacto con ella. Por su parte, la sonda americana Mariner-2, lanzada el 22 de agosto, recogió valiosa información sobre Venus

Los dos años siguientes fueron excelentes para los soviets. El 16 de junio de 1963, Valentina Terechkova se convirtió en la primera mujer en el espacio. El 12 de octubre de 1964, la URSS lanza la primera nave espacial con más de un tripulante, la Voshkod-1, con Vladimir Komarov, Boris Yegorov y Constantin Feoktistov a bordo. El ingenio orbitó diecisiete veces la Tierra. En 1965, concretamente el 18 de marzo, es también un ruso el primero en salir de una nave y flotar en el espacio. Se trataba de Alexei Leonov, uno de los más grandes cosmonautas de la historia y gran amigo del novelista británico Arthur C. Clarke. Los norteamericanos Guss Grissom y John Young orbitan tres veces la Tierra a bordo del Gemini-3, y el 3 de junio, Ed White igualó la proeza de Leonov, realizando el primer paseo americano por el espacio, tras abandonar la nave Gemini-4. También son los estadounidenses los primeros en conseguir acoplar dos naves en el espacio, maniobra realizada el 16 de diciembre por las cápsulas Gemini-6 y Gemini-7. El 31 de enero de 1966, una sonda rusa, la Luna-9, descendió sobre Selene y transmitió a la Tierra imágenes de televisión desde el Mar de las Tempestades. Otra sonda rusa, la Venera-3, llegó a Venus el 1 de marzo. El 16 de ese mes, Neil Amstrong y Dave Scott, a bordo del Gemini-8, logran el primer contacto en el espacio, aproximándose al cohete no tripulado Agena. El 30 de mayo, la sonda americana Surveyor-1 se posa en la superficie lunar, transmitiendo al Centro de Control más de once mil fotografías.

Los logros de rusos y americanos parecían estar bastante igualados, pero ésa era una impresión errónea, porque los EE. UU. estaban dejando atrás, lenta pero inexorablemente, a sus contrincantes soviéticos. Tras el Gemini, la NASA se disponía a iniciar el programa Apolo, cuyo punto culminante sería la arribada de dos norteamericanos a la Luna. Los soviéticos, mientras tanto, trataban de crear su propio programa lunar de naves tripuladas, denominado Zond/L-3, pero sus esfuerzos estaban llamados a fracasar.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.903 palabras) Créditos