CUENTOS COMPLETOS IV
CUENTOS COMPLETOS IV Philip K. Dick
Título original: ---
Año de publicación:
Editorial: Minotauro
Colección: Biblioteca de autor Dick
Traducción: Eduardo G. Murillo
Edición: 2006
ISBN:
Precio: 22 EUR
Comentarios de: Luisfer Romero Calero

Es curiosa la dosificación con la que la editorial Minotauro está distribuyendo gran parte de la obra del novelista estadounidense Philip K. Dick (1928-1982) Además de haber publicado más de diez de sus más famosas novelas (aunque se echa de menos la reedición de TIEMPO DESARTICULADO o FLUYAN MIS LÁGRIMAS, DIJO EL POLICÍA) está recopilando sus antologías de cuentos tal como lo hubiera hecho el propio Dick. En este volumen, CUENTOS COMPLETOS IV, se encuentran 18 cuentos que vuelven a poner en relieve la gran maestría de este autor para el cuento y para poner al lector rápidamente en envolventes atmósferas propias de la ciencia-ficción futurista, y de expresarle sus más íntimas obsesiones, como la confusión de la realidad aparente, la identidad, el ser humano como un ente místico, o la importancia del destino en la conducta cotidiana.

Tenía muchas ganas de leer ¡OH, SER UN BLOBEL! y por tanto, es el primero al que me dirigí y el primero que quiero reseñar, a pesar de ser el último en el orden impuesto por el tomo de cuentos. Enseguida Dick muestra a una persona traumatizada por la participación en la guerra, un tal George Munster al que el conflicto bélico dejó una marca imposible de solucionar. En la guerra contra los blobels, unos asquerosos seres unicelulares que se resisten a ser invadidos por los terrícolas, Munster tomó la forma de un blobel de forma artificial para realizar una misión espía. El problema es que, una vez acabada la guerra, Munster vuelve a convertirse en un blobel varias horas al día, y eso le impide llevar su vida con normalidad. Al acudir al doctor Jones, un psicólogo frío pero eficiente, éste le propone que conozca a Georgia Arrasmith, una blobel que revierte a la forma humana varias horas al día tras hacer un servicio de contraespionaje para su raza. Así, al unirse en matrimonio pueden sentirse menos solos y más comprendidos.

Dick lleva a cabo uno de sus más duros relatos con un pulso narrativo envidiable, que anticipa un glorioso pero deprimente final, cargado de cinismo, con reminiscencias de la participación de EEUU en Vietnam. Muestra el autor la crueldad de una sociedad que, lejos de ver a Munster y sus compañeros como héroes, éstos son unos parias a los que les da vergüenza revelar su molesta situación, se reúnen en una asociación de veteranos como si de un centro de rehabilitación se tratase, y que están destinados a ser infelices. La paranoia por la guerra se hace aquí latente, en un intento de hacer una sátira social, un alegato antibelicista que pone en entredicho la moral humana, sobretodo por la última página, donde se expresa que cada uno busca la felicidad (o por lo menos, la paz interior) de una forma diferente, con un egoísmo ininteligible para el resto. ¡OH, SER UN BLOBEL! es una historia, como dice el propio Dick en las notas del apéndice, en la que destacan la futilidad, el humor negro y la estupidez. El ser humano se convierte en un blobel, y viceversa, y ese es el triunfo de las potencias, de la guerra en sí. Como anécdota, citar que el doctor Jones cobra sus honorarios en una ranura para habilitar conversaciones telefónicas, de una forma análoga a los aparatos con ranura de la novela UBIK.

SERVICIO TÉCNICO es un relato mucho menos complejo en cuanto a estructura, de una profundidad más tenue, pero no en vano encierra una de esas paradojas temporales que tanto gustaban al autor. Dick va a tiro hecho, muestra una escena puramente teatral como eje para el magno acontecimiento que se prevé desde las primeras líneas. Un comercial-técnico llama a la puerta del director David Courtland diciendo que viene a arreglarle un sible. Courtland, sin demasiada educación, le informa de su equivocación, sin tener ni idea de qué es eso de un sible. Pero rápidamente le pica la curiosidad, y consciente de que el técnico volverá a llamar a su casa, llama a sus compañeros de trabajo y subordinados, para hacer conjeturas sobre el susodicho sible y de paso, divertirse un rato (de nuevo unas pizcas de humor negro que tanto caracterizan a su autor) El técnico efectivamente vuelve, y Courtland pide que les explique a sus amigos qué es eso del sible, explicando que son forasteros. Tras una serie de forcejeos verbales, condicionados sobre todo por el asombro del eficiente técnico, se enteran de la terrible verdad: el técnico ha viajado accidentalmente en el tiempo, hacia una época pasada, donde los sibles todavía no existen. Los sibles son unas máquinas que controlan absolutamente todos los aspectos de un ser humano, y el gobierno obliga a los ciudadanos a que los tengan en sus casas como la fornitura doméstica principal y omnipresente, a modo de Gran Hermano particular.

Ni que decir tiene que el relato, aunque no lo desvele, termina en un auténtico jaque mate, que diría Cortázar, y que aúna el círculo temporal con la predestinación más terrorífica que pueda imaginarse. Es un relato muy de Dick, con los típicos elementos que triunfaron en sus novelas. Sorprende, porque por la naturaleza del relato parece pedirlo a gritos, la inexistencia de macguffins, ese concepto narrativo bautizado por el cineasta Alfred Hitchcock que sin embargo fue muy empleado por Philip K. Dick. Se echa en falta una mayor profundización en el personaje de Courtland, que pasa de ser un apático maleducado a un cínico curioso y con ingenio. Las irregularidades estilísticas, que las hay, se ven compensadas por ese apabullante final, digno de maestros del relato como Roald Dahl, Anton Chejov o Guy de Maupassant. A destacar el hecho de que SERVICIO TÉCNICO no sea un relato futurista, sino una historia ambientada en el mismo año en que se escribió. Año, por cierto, perteneciente a la década de los 50, en la que la Guerra Fría y en concreto la carrera espacial le sirvieron de especial inspiración para la paranoia social fomentada por los avances tecnológicos. No insistan en buscar una explicación al viaje en el tiempo del técnico, porque no la van a encontrar. La reflexión única es más abstracta que eso: es el éxito del Apocalipsis mundial, desde una perspectiva teórica y especulativa.

Esta es la grandeza de Philip K. Dick, su conocimiento innato de las virtudes literarias aplicado a la más lúcida ambientación de ciencia-ficción. Sus cuentos no sólo no merman el talento demostrado por el autor en sus novelas más famosas, sino que consolidan su figura literaria más allá de su condición de inspirador y profeta de algunas de las realidades sociales y tecnológicas del siglo XXI. Nada menos.

© Luisfer Romero Calero, (1.106 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Papel en blanco el 24 de junio de 2008
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