DIOS EN LA CIENCIA-FICCIÓN
por Mario Moreno Cortina

Y es la fe de mis mayores

Antonio Machado

No hace mucho, en medio de un intercambio de mensajes a propósito del final de Galáctica, expresé el desagrado que me provocaba el que apareciera Dios en las historias de ciencia-ficción. Como mis amigos y conocidos saben que, no solo soy ateo, sino que fui criado como tal (hijo, nieto y bisnieto de ateos) hubo quien interpretó mis palabras como una especie de alergia jacobina hacia la Religión y apuntó que al otro lado del Atlántico, la gente es más creyente y por lo tanto es perfectamente normal que sus historias de ciencia-ficción estén llenas de una religiosidad que aquí no entendemos ni compartimos. Voy a intentar ampliar aquí la explicación que les di entonces a ellos porque creo que les puede resultar interesante.

Creo que en otra vida debí ser Jack el Destripador, porque tengo la compulsión de trocear y diseccionar. Me gusta separar los problemas en partes y analizarlas por separado. Y como el asunto lo merece, voy a intentarlo para ustedes.

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Comenzando por lo menos importante, como he dicho, jamás fui creyente. No soy un apóstata: soy un ateo nato. Jamás he sentido, en absoluto, esa necesidad morbosa que sienten algunas personas que perdieron la fe de restregar por el barro imágenes que ayer besaban con devoción, ignorantes de que así demuestran lo mucho que siguen significando para ellos. No sentí el menor rechazo al leer SIVAINVI o LA TRANSMIGRACIÓN DE TIMOTHY ARCHER, de Philip K. Dick, dos novelas que tratan la Religión, aunque de formas bien diferentes. Ambas tratan de personas que buscan la verdad detrás del velo de la realidad. La inmersión catártica en la angustia y la soledad de ese viaje espiritual, que también significa una muy real travesía del desierto en el caso del obispo Archer, no están únicamente destinadas a los creyentes. Por el mismo motivo que no es necesario ser marxista para disfrutar NOVECENTO, porque las emociones humanas son comunes a todos nosotros, son básicas. La Religión da respuestas a inquietudes y problemas humanos. No comparto esas respuestas, pero con seguridad que sus preguntas son las mismas que las que me hago yo.

Sin embargo, en otras ocasiones, la ciencia-ficción no se ocupa de la búsqueda espiritual de la Religión, sino que usa a Dios como personaje, igual que esos tramposillos que crackean los juegos para tener munición infinita e invulnerabilidad. Cuando Dios aparece de esa forma en una historia de ciencia-ficción y por tanto, una historia racional es cuando me irrito. Y mucho.

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Quizá el ejemplo más famoso sea el de las secuelas de CITA CON RAMA de Arthur C. Clarke. RAMA II, EL JARDÍN DE RAMA y RAMA REVELADA fueron escritas en colaboración con Gentry Lee, y aunque en su día sucumbí a la tentación facilona de echarle toda la culpa del desaguisado al americano, la lectura reciente de EL FIN DE LA INFANCIA me han convencido de que Clarke era perfectamente capaz de altas dosis de ingenuidad y falso misticismo por si mismo antes de conocer a Gentry Lee.

CITA CON RAMA, para muchos su mejor obra, deja en el aire el enigma de la procedencia de la inmensa astronave abandonada que cruza el sistema solar. Aquel final sugería vagos enigmas cósmicos y apenas nos permitía asomarnos por un agujerito a la grandeza de una civilización milenaria desaparecida. Es decir, la novela es redonda precisamente porque está incompleta, porque no explica más de la cuenta.

Pero cuando el propio Clarke y Lee decidieron continuar lo que jamás debió ser continuado, no podían hacer otra cosa que dar una explicación a las naves Rama. Y después de retrasar el enigma durante cuatro novelas, debía ser lo bastante gordo para deslumbrar. Y los anglosajones, siempre que beben demasiado o se ponen trascendentes, hablan de Dios.

Leí las tres secuelas de un tirón, un verano en Denia, sedado por la caliente brisa marina y las cervezas frías que me bebía una tras otra en el bar del camping. Y aún recuerdo la ira asesina que me provocó el final de RAMA REVELADA. Hace más de diez años de aquello y hasta hace un mes no he podido volver a tocar un libro de Clarke debido al asco que provocaba la sola mención de su apellido.

En ninguna de las tres novelas hay una sola palabra seria sobre religión, o búsqueda espiritual o angustia existencial. Dios aparece únicamente como recurso literario facilón, el más facilón de todos, para sacar a los autores del brete y dar un marchamo de seriedad a lo que no es más que un inmenso mamotreto lleno de despropósitos.

Eso es lo que me irrita.

Una sensación parecida me provocó la nueva versión de la serie Galáctica. Tras un arranque muy brillante con la miniserie y los primeros episodios de la primera temporada, el show comenzó a convertirse en una sucesión de diálogos incomprensibles entre Baltar y la androide rubia, en los que Dios era siempre protagonista. Especialmente en la segunda temporada la cosa pasó de castaño oscuro. Sólo que aquí hice caso de mi olfato y dejé aparcada la serie. Cuando leí en un blog de qué forma habían resuelto finalmente la historia los guionistas, me alegré muchísimo de no haber continuado. Prefiero quedarme con la imagen de Starbuck fumando puros y jugando al poker. Eso que hicieron con ella es obsceno, oigan.

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Además, hay otra cuestión relacionada con esto. La presencia de Dios en las historias de ciencia-ficción no sólo me desagrada porque rompe con la racionalidad del género y además es un todo vale que acaba con la creatividad. También hay un fuerte componente cultural en ello.

Porque, aunque ateo, he nacido y crecido en una cultura de tradición católica. Estoy plenamente convencido de que los católicos son los creyentes en todo el planeta que menos saben sobre su propia religión y que menos han leído su propio libro sagrado. Por lo tanto, me van a permitir hacerme un poco el listillo (aunque con respeto) y decirles que, en nuestra tradición religiosa, Dios no habla al género humano. Es posible que estén tan contaminados de cultura televisiva americana que lo hayan olvidado, pero es así. Consulten a su párroco o su guía espiritual y se lo confirmará. Si alguien dice que ha hablado con Dios, hasta el mismísimo Benedicto XVI le dirá que, o bien está loco de atar, o bien es un simple timador, o es el Vecino de Abajo el que susurra en su oído para confundirle. En otros tiempos, incluso, podías meterte en problemas muy serios si afirmabas que habías hablado con Dios.

En la religión católica, Dios no ha hablado a su pueblo desde tiempos paleotestamentarios. Ha sido la Virgen María o Jesucristo, en sus diversas advocaciones, los que se han dirigido a los creyentes para guiarlos. Pero Dios padre sigue en silencio. Y la Iglesia es la que interpreta la palabra de Dios.

Ni el más acérrimo de los creyentes niega que eso ha dado lugar en el pasado a todo tipo de abusos por parte de Roma. Esos abusos motivaron, en parte, la reforma protestante, que defendía una relación directa del creyente con su Dios. Me consta que al menos los mormones afirman hablar con el Padre Celestial —así lo denominan ellos para no tomar su nombre en vano—, lo que bajo su sistema de creencias no es ningún disparate en absoluto.

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Por lo tanto, no es anormal que un escritor anglosajón de ciencia-ficción, criado en una cultura de base tradicionalmente protestante, no sienta ningún rubor en introducir a Dios en sus historias. No porque sea más o menos creyente que un español —un vistazo rápido a las estadísticas demuestra que allí hay más o menos la misma proporción de ateos, agnósticos y creyentes que aquí—, sino porque está dentro de su horizonte conceptual.

Sólo que a mí, español, mediterráneo, de cultura profundamente católica, me provoca grima.

La ciencia-ficción no es un género temáticamente exclusivista. El maridaje con diversas áreas de la cultura humana, como la Religión, la Política, la Ciencia, la Historia, la Filosofía e incluso el Esoterismo, ha dado lugar a experimentos muy singulares y a novelas realmente notables. Pero cuando se introduce un elemento como Dios en una historia de ciencia-ficción, no como posibilidad, o creencia, o inspiración, o incluso realidad aceptada por todos, sino haciéndole participar en la trama como un personaje más, se traiciona la misma esencia del género y, sobre todo, se traiciona al lector, que desde ese punto y momento, ha de renunciar a toda posterior explicación racional a los hechos que se le narran.

© Mario Moreno Cortina, (1.441 palabras) Créditos