Sinopsis
Fecha estelar 5476.3. McCoy descubre que padece una enfermedad letal y que le queda apenas un año de vida. Mientras tanto, la Enterprise localiza lo que parece un asteroide errante, cuya trayectoria le llevará a chocar con un planeta densamente poblado. Pero los sensores indican que dicho asteroide está hueco, por lo que Kirk decide transportarse al mismo para investigar, no tardando en descubrir que está habitado por unos humanoides que desconocen la verdadera naturaleza de su mundo, una auténtica nave generacional.

El gruñón médico de pueblo de la Enterprise ha sido siempre mi personaje favorito de TOS, a pesar de que jamás me he sentido atraído lo más mínimo por la ciencia médica; más aún, me aterran los médicos. Pero McCoy es otra cosa. Es el juramento hipocrático hecho hombre, un tipo que te receta un martini triple como tratamiento contra una depresión, y que parece poseer un don especial para saber lo que piensa un paciente en cada momento. La clase de médico que a todos nos gustaría tener.
Es un hecho incuestionable que el galán por excelencia de Star Trek era Kirk. A lo largo de los 79 episodios de la serie clásica dio buenas muestras de ello, seduciendo a un buen número de mujeres. Spock también tuvo algún que otro devaneo. Pero McCoy parecía olvidado de la mano de Dios en lo que a amores se refiere. En la primera temporada, nuestro entrañable y gruñón doctor vivió un par de conatos de romance en los episodios LA TRAMPA HUMANA y EL PERMISO. Pero hasta el capítulo que nos ocupa, Bones no había vivido ninguna historia de amor seria, por así decirlo. Con este magnífico PUES EL MUNDO ES HUECO Y YO HE TOCADO EL CIELO, los creadores de Star Trek repararon una gran injusticia, haciendo vivir a nuestro admirado oficial médico una hermosa historia de amor con ciertos visos de tragedia.
Estamos en la fecha estelar 5476, 3. Una formación de misiles termonucleares se dirige hacia la Enterprise. Los proyectiles son fácilmente destruidos por los fásers de la nave. Poco después, los sensores detectan un asteroide que parece ser el lugar de procedencia de los proyectiles. La exploración con los sensores revela que dicho asteroide no sigue una órbita normal, pero lo más sorprendente de todo es que, a pesar de su apariencia, resulta ser un objeto artificial, dotado de potentes pero anticuados motores atómicos. Además, los escáneres revelan que ese falso cuerpo espacial está hueco y su interior acondicionado para el sostenimiento de la vida. Es decir, que el asteroide es, en realidad, una nave espacial.
Mientras el personal del puente investiga el misterioso vehículo cósmico, Kirk se presenta en la enfermería de la Enterprise a requerimiento de la enfermera jefe, Christine Chapel. Allí recibe una terrible noticia por boca del doctor McCoy. Uno de los miembros de la tripulación padece xenopoliticemia, una rara enfermedad para la que no existe cura. A ese tripulante le queda apenas un año de vida, ya que la extraña dolencia ha entrado en su fase terminal. Cuando el capitán, horrorizado, pregunta quién es el afectado, McCoy responde que se trata del oficial jefe médico de la nave. Kirk se muestra desolado ante semejante revelación, pero Bones le pide que mantenga en secreto el asunto, pues no quiere inspirar compasión a los demás y, por otra parte, considera que todavía puede desempeñar su trabajo con eficiencia. Al menos, hasta que llegue el relevo médico que Jim se ve obligado a solicitar a la Flota Estelar.
A pesar del dolor y la preocupación que embargan su ánimo por la suerte de su viejo amigo, Jim Kirk sigue siendo un oficial de la Flota con una misión que cumplir. Spock ha calculado que el rumbo actual de la nave asteroide la hará colisionar con un planeta de la Federación densamente poblado. Se impone buscar alguna solución al problema, y Jim decide transportarse al interior hueco del asteroide para tratar de averiguar por qué lleva ese rumbo. En principio, el equipo de misión lo formarán el capitán y el primer oficial, pero cuando éstos se presentan en la sala del transportador, se encuentran a McCoy, preparado para acompañarles. Jim trata de convencerle de que su presencia no es necesaria, pero McCoy hace valer su condición de oficial médico y el capitán tiene que ceder y permitir que vaya con ellos.

Cuando se materializan en el interior del asteroide descubren, asombrados, que parecen encontrarse en la superficie de un planeta con atmósfera, cielo, nubes, etcétera. Evidentemente, los constructores de ese meteoro artificial lo han diseñado de forma que sus tripulantes puedan hacerse la ilusión de hallarse en un verdadero planeta. Spock no acaba de comprender por qué hicieron tal cosa, pero, de súbito, aparecen unos humanoides que se abalanzan sobre ellos, reduciéndolos con facilidad. Nuestros héroes son conducidos a presencia de una bellísima mujer, llamada Natira, que se presenta a sí misma como la Suma Sacerdotisa del pueblo fabrini. Natira muestra un inusitado interés por el bueno de McCoy, lo que deja perplejos a sus dos compañeros. La mujer conduce a nuestros amigos ante el Oráculo, una fabulosa computadora que rige los destinos de los fabrini. Kirk y sus compañeros descubren muy pronto que esos seres ignoran que viven en un mundo artificial que es, en realidad, una nave generacional en rumbo de colisión con un lejano planeta. Consciente de la fascinación que Natira parece sentir por McCoy, Jim pide a éste que entretenga a la mujer mientras Spock y él, aprovechando que la Sacerdotisa les ha dado permiso para circular libremente por Yonada, nombre dado por los fabrini a su mundo artificial, buscan la sala de control del asteroide. Cuando se quedan solos, la bella Sacerdotisa confiesa a McCoy que se ha enamorado de él, y le propone que se quede a su lado, para gobernar juntos Yonada y, más tarde, el planeta hacia el que se dirigen y en el que piensan establecerse. Bones descubre, no sin cierto asombro, que también él siente algo especial por la hermosa Natira, y accede gustoso a la petición de ella, aunque dejándole claro que será un marido con fecha de caducidad debido al mal que corroe su salud.
En el ínterin, Kirk y Spock llegan a la sala del Oráculo, que ya habían visitado anteriormente escoltados por Natira y sus guardias. Nuestros amigos sospechan que la cámara de control de la gran cosmonave asteroide no debe estar muy lejos del Oráculo, y deciden comenzar sus pesquisas por ahí. Pero apenas tienen tiempo de indagar nada, ya que aparece Natira y tienen que ocultarse. La joven informa al Oráculo de su pretensión de unirse a McCoy, cosa que deja no poco sorprendidos al capitán y al vulcano. Pero en ese preciso instante son detectados por el Oráculo, que los apresa en un campo de fuerza. Una vez liberados, Natira, como Suma Sacerdotisa del Pueblo, debe aplicarles el castigo que, de acuerdo con las leyes de Yonada, se reserva para aquellos que cometen sacrilegio, y que no es otro que la muerte. Afortunadamente, McCoy logra convencer a la mujer de que Kirk y Spock no albergaban intenciones hostiles hacia los fabrini, y ella accede a dejarlos marchar. Cuando se disponen a abandonar la nave asteroide, Bones comunica a sus amigos su decisión de quedarse allí, con Natira y su pueblo. Kirk intenta convencerle para que vuelva a la Enterprise con ellos. El capitán sabe que, de no encontrar la manera de alterar el curso de Yonada, la Flota Estelar se verá obligada a destruirlo antes de que colisione con el mundo hacia el que se dirige. Pero McCoy no da su brazo a torcer, e insiste en quedarse. Jim y Spock regresan a la nave, mientras McCoy y Natira se unen en matrimonio según la costumbre Fabrini. Tras la sencilla ceremonia, el Oráculo ordena a Natira que enseñe a su flamante compañero todo lo que como fabrini debe saber, y esto pone al bueno de Bones sobre la pista para localizar la cámara de control de la nave asteroide. Esta información resultará vital para evitar que Yonada se estrelle contra un planeta habitado de la Federación, para el futuro del pueblo fabrini... y también para el de nuestro querido médico de pueblo.
PUES EL MUNDO ES HUECO... es la mejor historia que protagonizó Leonard McCoy en la serie clásica. El oficial jefe médico de la nave sabe que sólo le queda un año de vida, pero no por eso se derrumba. No sólo es doctor en medicina, si no también oficial de la Flota Estelar, y actúa como tal, insistiendo en seguir en su puesto hasta el final y en acompañar a Jim y Spock al asteroide, gracias a lo cual conocerá al que, sin duda, será el verdadero amor de su vida.
Natira es la otra gran protagonista del episodio, una de esas mujeres fuertes, tenaces, inteligentes y nada sumisas que poblaron los episodios de la tercera temporada. Cuando nuestros héroes son atacados por los guardias fabrini, las miradas de Bones y la Sacerdotisa se cruzan brevemente y el espectador percibe que acaba de establecerse un vínculo entre el médico y la mujer. Poco después, en una escena maravillosa, será ella quien le declare su amor a McCoy y le pida que se quede a su lado. Esta es la mejor prueba del espíritu progresista que Roddenberry imbuyó a su creación. Ahí es nada que, en plenos años sesenta, en EE UU y en una serie de TV apta para todos los públicos, sea la mujer la que dé el primer paso en una relación, confesándole abiertamente su amor al hombre. Algo así era impensable en otra producción que no fuera Star Trek. TOS fue pionera en muchas cosas, y ésta fue una de ellas. McCoy, por su parte, ve el hecho de lo más natural (será porque vive en el siglo XXIII) y acepta el amor que le ofrece Natira, aunque poniéndola al tanto de la mortal dolencia que padece. Tras la revelación de Leonard, Natira demuestra, una vez más, de que pasta está hecha. Ama a McCoy, y aunque le entristece terriblemente saber que su unión habrá de durar muy poco, no se echa atrás.
Kate Woodville supo dotar al personaje de Natira de la gran dignidad inherente al cargo que ocupa, y también de la dulzura propia de una mujer realmente enamorada. La Sacerdotisa es una chica de una pieza, con las ideas claras, y consciente de su responsabilidad como guía de su pueblo. Es también una persona de mente abierta, que no se cierra en banda cuando los extranjeros, incluido su amado, le dan a entender que es posible que todo aquello en lo que siempre creyó pueda estar equivocado. Cumple sus deberes como Sacerdotisa escrupulosamente, ayuda a su enamorado a integrarse en la comunidad fabrini, e incluso le implanta ella misma el instrumento de obediencia que todos los fabrini llevan. Pero cuando Kirk le hace ver que el Oráculo es una máquina, y que las leyes que éste ha dictado pueden haber sido alteradas por una avería, no rechaza la idea. Reflexiona sobre el asunto, a pesar del terrible dolor que le provocan los impulsos eléctricos que el Oráculo envía a su controlador. Al final del episodio, cuando todo se soluciona satisfactoriamente, como no podía ser menos, esta extraordinaria mujer se mostrará dispuesta a renunciar a su felicidad personal para cumplir la misión que le ha sido encomendada: conducir a su pueblo a un nuevo mundo.

McCoy, por su parte, tiene ocasión de apreciar el cariño y el respeto que inspira a bordo de la Enterprise. La dulce enfermera jefe, Christine Chapel, la primera en enterarse de la dolencia de su superior y amigo, no duda en pasar sobre éste para avisar al capitán de lo que ocurre. Jim apenas puede disimular su dolor por lo que le ocurre a su amigo, y aunque ha prometido no decir nada del asunto, acaba contándoselo todo al oficial científico. Y Spock... Bueno, en esta ocasión Spock no intenta reprimir sus reacciones medio humanas. Para mí, y a pesar de tratarse de una historia de amor, la escena más emotiva del capítulo es esa en la que el vulcano, conocedor del secreto de Bones, le toma del brazo para ayudarle a ponerse en pie. Ese sinvergüenza de sangre verde y orejas puntiagudas
trata de mantener cara de póker, como corresponde a un buen vulcano, pero su mirada le delata: está tan preocupado por Bones como el capitán, y su dolor no es menor que el de éste.
A lo largo de la serie, Kirk ejerció de eficiente destructor de máquinas perversas, pero en este caso se limita a realizar algunos cambios de programación en el Oráculo. Al fin y al cabo, éste no es una inteligencia artificial malvada, como el M-5 de EL MEJOR ORDENADOR. El Oráculo es un computador diseñado, en principio, para llevar a cabo una función beneficiosa para los fabrini, y lo que ha ocurrido es que, a consecuencia de una avería, parte de su programación ha resultado alterada. El capitán y Spock consiguen, mediante unos cuantos ajustes, reparar los desperfectos y redirigir la nave asteroide hacia su planeta de destino.
Los fabrini llevan una vida muy sencilla, ya que el Oráculo se ocupa de proporcionarles todo lo que necesitan. No saben que viven en una gran nave generacional disfrazada de planeta. Consideran al Oráculo casi una divinidad religiosa y viven de acuerdo con las normas que la máquina ha dictado. Como se ha dicho, en algún momento del pasado el Oráculo sufrió importantes averías, que dañaron su matriz de inteligencia artificial y le convirtieron en una suerte de déspota mecánico. Fue entonces, sin duda, cuando apareció el instrumento de obediencia que todo fabrini lleva implantado en la sien desde que nace. Este aparato es en realidad una especie de microchip subcutáneo, que conecta la mente de su portador con el Oráculo, de manera que la computadora sabe en todo momento lo que hace, dice o piensa la persona; y si es algo que contradice las normas dictadas, emite dolorosos impulsos eléctricos para castigar el sacrilegio. Por suerte, la avanzada tecnología de la Federación permite que esos microchips puedan ser retirados con facilidad, devolviendo así la libertad de acción y pensamiento a sus portadores.
El encuentro de la Enterprise con Yonada resulta muy beneficioso no sólo para los fabrini, sino también para la Federación, ya que en la cámara de control de la nave asteroide Spock encuentra unos extensos bancos de memoria, que contienen todo el saber de esa raza. El pueblo fabrini estaba muy avanzado en medicina, y habían logrado desarrollar una cura para muchas enfermedades, entre ellas la xenopoliticemia. McCoy consigue así no sólo el amor sincero y desinteresado de una mujer extraordinaria, sino también la curación para él y para otras personas que sufren el mismo mal.
Kirk no es un capitán como los demás de la Flota. La relación que mantiene con su tripulación es muy estrecha, y al final del episodio lo demuestra por enésima vez. Una vez cumplida la misión, cualquier otro comandante habría pasado página, dedicándose a otra cosa. Pero Jim, que conoce los sentimientos del doctor, comunica a éste que los fabrini llegarán a su mundo de destino en trescientos noventa días, y que él tiene intención de acercar su nave por allí para que el bueno de Bones pueda darle las gracias a ese pueblo... y de paso, se reencuentre con su inteligente, hermosa y carismática líder.

Una pregunta que siempre me hago cuando veo este episodio es: ¿qué fue de Natira? El matrimonio de la líder fabrini y el médico de la Enterprise, con arreglo a las leyes de la Federación, es perfectamente válido. Por tanto, la hermosa Sacerdotisa del Oráculo es la legítima esposa de Leonard Bones McCoy. Pero nunca más vuelve a mencionársela, lo que resulta un tremendo fallo de continuidad en una serie en la que se preocupaban bastante por la misma. Francamente, como trekkie, me habría gustado volver a ver al personaje, o al menos, saber qué fue de ella después de esta aventura. Es posible que exista alguna novela franquicia en la que aparezca, pero hasta la fecha no he podido encontrarla.
El episodio adolece, como casi todos los de la tercera temporada, de grandes carencias presupuestarias. Se rodó en estudio y las escenas del asteroide y la Enterprise navegando junto a él pertenecen, en realidad, al episodio SÍNDROME DEL PARAÍSO. En el apartado del vestuario destacan los curiosos uniformes de los guardias fabrini, unos multicolores albornoces acolchados, completados con un gorro a juego que les da una apariencia rarísima. Lo mejor, el estupendo vestido esmeralda, calculadoramente provocativo, que luce Natira, y que realza la ya de por sí fabulosa belleza de Kate Woodville.
El largo y poético título del episodio es la frase que pronuncia un anciano fabrini antes de morir. Este anciano les cuenta a Kirk y sus compañeros que, cuando era joven, escaló las montañas, a pesar de que las leyes de Yonada lo prohibían. Tras pronunciar la frase del título, el viejo muere al recibir una descarga masiva del instrumento de obediencia. Jim y los demás captan enseguida el sentido de la frase, comprendiendo que ese hombre era, posiblemente, el único fabrini que había descubierto la verdad de su mundo de Yonada. Al anciano le da vida John Lormer, que ya había intervenido en LA JAULA, primer episodio piloto de la serie, y también en EL RETORNO DE LOS ARCONTES.
PUES EL MUNDO ES HUECO Y YO HE TOCADO EL CIELO fue uno de los episodios más logrados de la tercera temporada, una de las historias más emotivas que nos regaló TOS. A estas alturas, a la gran creación de Gene Roddenberry le quedaban sólo catorce episodios más por delante, antes de que los inteligentes ejecutivos de la Paramount decidieran cargársela. Posteriormente, cuando la serie fue distribuida entre las pequeñas cadenas locales de EE UU, esta sencilla historia protagonizada por el bueno de McCoy sería de las más aplaudidas por los fans. Disfrutemos una vez más de uno de los mejores guiones escritos para una serie de televisión de ciencia-ficción.
EE. UU., 1966