HÉCTOR SERVADAC
HÉCTOR SERVADAC Julio Verne
Título original: Héctor Servadac
Año de publicación: 1877
Editorial: Ramón Sopena
Colección: Biblioteca Sopena
Traducción: F. Cabañas Ventura
Edición: 1972
Páginas: 374
ISBN:
Precio: Descatalogado

La discusión acerca de si Julio Verne escribía o no ciencia-ficción, era un precursor del género o un visionario iluminado es algo que siempre está latente, aunque ciertamente no es un debate en el que se invierta demasiado tiempo ni se aplique gran ardor. Verne es una figura demasiado venerable como para que aficionados y estudiosos del género la quieran tener siempre de su lado.

Particularmente no creo que a Verne se le pueda poner de ejemplo de autor de género. Las obras de su extensísima producción que se pueden encuadrar dentro del mismo son pocas, y en algunos casos algo traídas por los pelos. DE LA TIERRA A LA LUNA, ALREDEDOR DE LA LUNA, AMIENS EN EL AÑO 2000, la controvertida PARÍS EN EL SIGLO XX (conmovedoramente oportunos estos descubrimientos de manuscritos del abuelo casi un siglo después de muerto) LOS QUINIENTOS MILLONES DE LA BEGUN y esta, HÉCTOR SERVADAC. Verne en realidad era un divulgador. Toda su obra gira alrededor de los descubrimientos e invenciones de su época y, en lo que respecta a la tecnología, siempre desde el punto de vista de su aplicación práctica. Pocas veces especula Verne con las implicaciones futuras, no parecía interesarle especialmente como parte argumental de sus escritos, prefiere su aplicación real y, pese al protagonismo más que notable, siempre de una forma secundaria. Solo hace falta recordar unas de sus máximas instruir deleitando, para comprender que la ciencia y tecnología que interesaba a Verne era más del Muy Interesante que de Investigación y ciencia.

La peripecia de HÉCTOR SERVADAC sirve pues como vehículo para llevar a la práctica este espíritu educativo. Si Verne quería dar una amplia visión del Sistema Solar y difundir los rudimentos de la astronomía y la astrofísica no tenía más remedio que dar al lector un paseo por el propio Sistema Solar, el problema era cómo. Posiblemente ya le habrían advertido de lo poco recomendable que era encerrar a nadie en una bala de cañón, por no hablar del tamaño que debería tener el proyectil simplemente desde el punto de vista logístico. Huelga explicar qué método empleó Verne para poner al esforzado Héctor Servadac y sus fieles compañeros en órbita, no deja de ser parte del misterio que rodea la primera parte de la novela. Solo que tres franceses, una decena de ingleses, otros tantos rusos y un número similar de españoles, además de una niña italiana y un judío alemán, se ven proyectados a los confines del Sistema Solar en unas condiciones francamente precarias.

Pese a ser pura aventura, la novela también tiene sus pasajes en los que el fárrago es el santo y seña. Cuando Verne quería ser farragoso, lo era hasta la nausea. Páginas llenas de enumeraciones, didactismo en bruto y personajes abandonados a parlamentos descriptivos impropios de cualquier persona humana, independientemente de su edad y condición, dejan bastante perplejo al lector poco avisado. Pero ese era el espíritu que movía a Verne y a Hetzel, su editor. Pero esos pasajes son curiosos, dan una idea bastante exacta de los conocimientos al respecto durante la época, las vacilaciones y absoluta ignorancia en según que áreas y la gran experiencia acumulada en otras.

Verne no se caracterizaba por dar una especial profundidad a sus personajes, todos, protagonistas incluidos, son meros comparsas. A efectos prácticos, un buen tópico dice más que un detallado estudios psicológico. Así, los rusos son retratados como leales, sumisos y fatalistas, los ingleses como desdeñosos y afectados, amén de ciegos ante la realidad, los españoles como vagos y cuasi maleantes, si bien alegres, festivos y buenos trabajadores cuando son bien dirigidos. La pequeña italiana como dulce y graciosa. Respecto a los franceses Verne aprovecha para desgranar las virtudes y defectos de sus compatriotas de una forma más detallada. Comparten la impulsividad y el espíritu inquieto, pero mientras el profesor Palmirano Roseta, pese a toda su sabiduría, es un perfecto cretino, Héctor Servadac es el exponente más alto de la grandeur francesa . Ben-Zuf, su asistente, es el francés sencillo y voluntarioso, pero más bien paleto e ignorante, y el payaso de la expedición. Capítulo aparte merece Isaac Hakhabut: judió y alemán. Verne no esconde ni por asomo la animadversión que sentía por unos y otros, cualquier calificativo despectivo que se busque encaja en la personalidad del judío, blanco de las puyas de Roseta y Ben-Zuf, pero gozando, no obstante, de la protección de Servadac, en una de demostración más de lo que era un caballero francés, siempre protector, pese a la bajeza de sus protegidos.

La novela se lee con agrado. Ni la prosa ni la técnica narrativa de Verne eran destacadas en su época, de hecho, HÉCTOR SERVADAC es rematada de forma apresurada y chapucera. Su virtud reside en la sencillez, pero a la vez en su capacidad de imaginar grandes aventuras, grandes viajes que aún hoy, encandilan al lector más resabiado.

© Francisco José Súñer Iglesias, (813 palabras) Créditos