LA MARCHA DE LOS IMBÉCILES, O LA TEORÍA DEL ICEBERG
por José Carlos Canalda
La marcha de los imbéciles

En 1951 el malogrado autor norteamericano Cyril M. Kornbluth (falleció en 1958, meses antes de cumplir los 35 años de edad) publicaba LA MARCHA DE LOS IMBÉCILES, un relato de ciencia-ficción en el que, de una manera mordaz y con muy mala uva, planteaba una cuestión que dista mucho de ser anecdótica y que, pese a su desenfadada envoltura, daba mucho que pensar: puesto que las personas inteligentes —razonaba Kornbluth — suelen tener pocos hijos y las poco inteligentes muchos, asumiendo que la inteligencia sea hasta cierto punto hereditaria nos encontraríamos, extrapolando estos dos factores, con un futuro en el que el número de imbéciles — morons en la versión original— se iría incrementando de forma inexorable en contraposición a una élite intelectual condenada poco a poco a la extinción, con el corolario de una humanidad hundiéndose cada vez más en el infantilismo.

Por supuesto —y por fortuna— esta premisa era falsa, ya que la naturaleza hereditaria de la inteligencia —conviene no confundirla con el factor congénito, que depende no tanto de los genes aportados por los padres, como de la combinación aleatoria de éstos en el embrión—, además de ser muy discutida por los investigadores, que ni tan siquiera han logrado ponerse de acuerdo estudiando a gemelos idénticos —verdaderos clones espontáneos— educados por separado y en circunstancias completamente dispares, demuestra que, si existe, en la práctica no acostumbra a resultar demasiado significativa, ya que suele ser habitual que unos padres inteligentes tengan hijos mediocres y viceversa, esto sin contar con algo tan habitual como son los hermanos de muy diferente talla intelectual.

Lo que sí puede influir bastante son los factores sociales y culturales, ya que lógicamente unos padres cultos dispondrán de más medios, así como de una mayor motivación, a la hora de dar a sus hijos una mejor educación que les permita sacar más partido a sus potencialidades; pero ni aun en este caso podemos hablar de un determinismo cierto, ya que como afirma el conocido adagio lo que Natura no da, Salamanca no lo presta.

La conclusión lógica de todo ello viene a ser que la sociedad, al menos en lo que a la inteligencia de sus miembros respecta, es razonablemente dinámica, y sólo cuando existe algún tipo de discriminación, desde las más explícitas como las castas indias, hasta las implícitas —pero no por ello menos efectivas— como la capacidad económica de cada familia, pasando por todo el arco de injusticias sociales intermedias, se acaba distorsionando en mayor o menor medida la ley básica de que la inteligencia —o la estupidez— en líneas generales no se hereda. Basta, por poner un ejemplo concreto y conocido, con comprobar cuantos reyes que fueron unos gobernantes magníficos dejaron sus reinos en manos de unos cretinos absolutos cuyo único mérito era el de ser hijos y herederos suyos... razón suficiente por sí sola para rechazar algo tan caduco como la institución monárquica. Pero ésta es otra historia, así que prefiero no desviarme demasiado del tema.

Kornbluth, evidentemente, tiró por el extremo opuesto, supongo que no porque estuviera convencido de ello —esto le habría supuesto una ideología cercana al nazismo, algo que me consta estaba en sus antípodas—, sino antes bien por el deseo de llamar la atención del lector mediante el socorrido recurso literario del esperpento. En su relato la minoría intelectual no sólo está marginada, e incluso perseguida, por los omnipresentes y omnipotentes imbéciles, sino que además soportan sobre sus hombros la pesada carga de hacer que la sociedad funcione, ya que obviamente los imbéciles son poco más que unos inútiles parásitos a los que hay que mantener ya que son incapaces de cuidar de sí mismos. Hartos de esta situación, y estimulados por la llegada de un personaje del siglo XX que había permanecido en estado cataléptico durante cinco siglos, deciden tramar un plan para librarse de tan molesta rémora: consiguen convencerlos —cuestión nada difícil, dado que son imbéciles— de que en el planeta Venus les espera un paraíso virgen, tras lo cual los embarcan en cohetes, los envían al infierno venusiano... y se acabó el problema ya que, como dice el refrán, cuanto menos bulto, más claridad. De paso se desembarazan también del desprevenido viajero del pasado una vez que ya no lo necesitan, que ya se sabe que Roma no paga a traidores; pero esto no deja de ser una mera anécdota, excepto claro está para el propio y chasqueado interesado.

La rebelión de las masas

Alrededor de 20 años antes, en 1930 concretamente, el filósofo español José Ortega y Gasset ya había abordado esta misma cuestión, si bien con un enfoque totalmente distinto y en esta ocasión muy en serio, en su conocido ensayo La rebelión de las masas, donde se plantea la problemática del advenimiento de las masas al gobierno de la sociedad con unos argumentos que se podrían resumir en una simple frase: el triunfo de la cantidad sobre la calidad. Obviamente a Ortega le desagrada sobremanera este fenómeno entonces todavía incipiente, lo que le valió cargar con el sambenito de elitista.

En realidad más que de elitismo habría que hablar de aristocracia, por supuesto no en la acepción más común del término —sólo hay que hojear las páginas de las revistas de cotilleo para descubrir hasta qué extremos puede llegar la degeneración de una estirpe, por muy nobles que hubieran podido llegar a ser sus antepasados—, sino en el sentido que le daba originalmente Platón —que viene a coincidir con su etimología griega— de gobierno de los más aptos, los mejores o los mejor cualificados, como se prefiera... es decir, una meritocracia por supuesto no hereditaria. Éste es un planteamiento que, si bien sobre el papel resulta irreprochable, en la práctica no ha pasado de ser, salvo en situaciones muy concretas y puntuales, una utopía por completo irrealizable. Y a las pruebas me remito: ahí están los libros de historia para demostrarlo.

Sin embargo, algo que resulta evidente es que no sólo no todos somos iguales, sino que además solemos ser muy distintos, sea cual sea el criterio que sigamos para catalogarnos. Tanto da que sea algo tan evidente como la estatura, el peso o la resistencia a determinada enfermedad, como cualquier otra cosa tan sutil y tan difícil de evaluar como es la inteligencia. Quiero advertir, en aras de evitar posibles malentendidos, que no es en modo alguno mi intención sacar de aquí posibles conclusiones políticas ya que, al igual que dijera Winston Churchill en 1947, mientras no se demuestre lo contrario —y hasta el momento no se ha podido demostrar que yo sepa— la democracia sigue siendo, pese a todas sus limitaciones y carencias, que las tiene y grandes, el menos malo de todos los sistemas políticos posibles. De nuevo me remito a los libros de historia, y mejor no meneallo.

Partiendo de la base de que no todos somos igual de inteligentes —no creo que esté incurriendo en ningún tipo de herejía, ni científica ni social, al afirmar esto— y asumiendo la dificultad de cuantificar la inteligencia de cada uno de nosotros —los tan manidos test de inteligencia tan sólo sirven en realidad para evaluar la habilidad del sujeto para resolverlos—, ¿por dónde podríamos empezar el melón? La cuestión se complica todavía más cuando asumimos, de acuerdo con los entendidos en la materia, que en realidad no hay una única inteligencia, sino diversos tipos de inteligencias que no necesariamente tienen que estar repartidos de una manera homogénea en una persona dada. Dicho con otras palabras, alguien puede ser muy inteligente en un aspecto concreto —pongamos matemáticas, o ciencias— y al mismo tiempo ser un perfecto cretino en otras facetas no menos importantes, como por ejemplo la habilidad para la relación social. Estos desequilibrios suelen ser más frecuentes de lo que pudiera parecer, y sin duda cualquiera que piense un poco recordará algún caso conocido. No es, pues, de extrañar que se acuñara la expresión sabios idiotas para definir los casos extremos de esta problemática, pero sin llegar a tanto son muchos los que despuntan en unos aspectos a cambio de naufragar miserablemente en otros.

Por esta razón, más que de un nivel de inteligencia —el colmo del absurdo es esa inútil y dañina cuantificación de los cocientes de inteligencia, o C.I., que tan populares se hicieran hace años— habría que hablar, como situación óptima, de un equilibrio entre los distintos tipos de inteligencia, tanto mejor cuanto mayor sea su nivel medio... casos que, como cabe suponer, se suelen dar bastante de tarde en tarde.

Aunque no soy ni matemático ni estadístico, estimo bastante razonable suponer que la inteligencia, tanto si consideramos uno de los tipos por separado como su conjunto, tienda a seguir en el seno de la población, como otras muchas variables de la naturaleza, una distribución conocida con el nombre de campana de Gauss, llamada así por la forma campaniforme de la gráfica que recoge los datos y por el matemático alemán Carl Friedrich Gauss (1777-1855) que la descubrió. Dicho en pocas palabras, si calculamos el número de personas con un nivel de inteligencia determinado —vale, acabo de desautorizar los cocientes de inteligencia, pero de alguna manera tenemos que comparar, y en cualquier caso lo que yo criticaba era la asignación de un valor numérico a cada individuo, no el estudio conjunto de la totalidad de la población— y lo representamos en una gráfica en la cual el eje horizontal corresponda a cada valor de inteligencia y el vertical al número de individuos que la poseen, nos surgiría una curva en forma de campana, con unos valores máximos en torno a la media —el eje central de la campana— que van disminuyendo tanto por un lado como por otro, hasta contar con un escaso número de individuos en ambos extremos.

Cyril M. Kornbluth
Cyril M. Kornbluth

La conclusión es que la mayoría de las personas suelen tener una inteligencia normal —en torno a un valor 100 del cociente intelectual— mientras que sólo a una minoría se le podría considerar como superdotados, y a otra minoría cuantitativamente similar como infradotados o imbéciles según la terminología de Kornbluth, aunque en aras de lo políticamente correcto habría que hablar de personas con cierto nivel de discapacidad psíquica u otra floritura similar.

Puesto que a mí siempre me han gustado más los conceptos que las ecuaciones, prefiero recurrir a lo que yo he denominado la teoría del iceberg, aunque confieso que desconozco si a alguien más se le puede haber ocurrido algo similar antes que a mí. Resumiendo, consiste en comparar el conjunto de la sociedad con un iceberg, de los cuales es sabido que sólo una décima parte de su volumen, aproximadamente, flota por encima del agua, manteniéndose las nueve décimas partes restantes sumergidas. Así pues, tan sólo una de cada diez personas —el porcentaje es arbitrario, por supuesto, aunque no creo que el valor real se desvíe demasiado de él por arriba o por abajo— pertenecería a lo que podríamos denominar la parte útil o creativa de la humanidad, esa gracias a la cual todavía no seguimos viviendo en cavernas y cazando mamuts, o su equivalente cinegético. El resto, la parte sumergida, sería la constituida por esa inmensa mayoría constituida por todos aquellos que nacen crecen, se multiplican y mueren sin dejar más rastro de su paso por la vida que unos efímeros recuerdos entre sus más allegados.

Llegados a este punto conviene aclarar algunos conceptos. Mi criterio del iceberg no se basa —aunque presente evidentes analogías con la cola superdotada de la anteriormente citada campana de Gauss — en el parámetro de la inteligencia, sino en otro algo menos resbaladizo aunque no por ello demasiado más fácil de definir, el de la capacidad para aportar algo creativo o útil a la sociedad de la que formamos parte: sea la invención de la rueda, el descubrimiento de la penicilina o la construcción del primer motor de explosión, o bien la escritura de EL QUIJOTE, la composición de la Novena Sinfonía de Beethoven o haber pintado Las Meninas... todo vale, siempre que haya sido un aporte de cualquier tipo al acervo común de la humanidad.

Evito, eso sí, la tentación de añadir el criterio de haber pasado a la historia, dado que a la historia se puede pasar por muchos motivos no necesariamente loables; ahí están, por ejemplo, individuos tales como Calígula, Atila o Hitler, de los cuales no cabe la menor duda acerca de su condición de personajes históricos por méritos propios.

Otra necesaria advertencia: nada tienen que ver estas reflexiones con el denominado darwinismo social, que de darwinista sólo tiene el malhadado nombre y de canalla todo lo demás; en ningún momento he pretendido decir, ni tan siquiera insinuar, que haya personas de primera y de segunda categoría; todos somos necesarios en mayor o menor medida, aunque sea tan sólo en humildes y anónimas labores de mantenimiento; conviene no olvidar en ningún momento que, si la cúspide del iceberg campea orgullosa sobre las aguas, es porque se asienta sobre la firme base que permanece sumergida.

Sigamos con el símil. Imaginemos que pudiéramos cortar, con un cuchillo gigantesco, la parte sobresaliente del iceberg cercenándola del resto; si acto seguido depositáramos nuestro trofeo en las aguas —esto vendría a ser más o menos el equivalente a la drástica cirugía sociológica planteada por Kornbluth —, veríamos que las nueve décimas partes del bloque de hielo, hasta entonces orgullosamente enjutas, se hundían irremisiblemente en el agua, quedando tan sólo una décima parte de esa décima parte —es decir tan sólo una centésima parte del iceberg original— libre de ser engullida por las aguas.

En resumen, cometería un gravísimo error quien pretendiera realizar cualquier tipo de eugenesia social, ya que a priori ésta estaría condenada al fracaso, como ocurrió con la criminal aventura de los nazis o con la no menos demencial, y proporcionalmente más mortífera salvajada de los jemeres rojos camboyanos. Pongamos otro ejemplo, en este caso inocuo, procedente de la ciencia-ficción —he leído algún relato en el que se planteaba algo similar— y hasta cierto punto cercano a la historia de Kornbluth, aunque mucho menos canalla que ésta: un grupo de ciudadanos intelectualmente selectos deciden poner tierra por medio entre ellos y el mundanal ruido y, embarcándose en una astronave de última generación, se marchan a fundar su Arcadia feliz a un remoto e ignoto planeta cuya ubicación están seguros que jamás llegará a ser descubierta. La nueva sociedad comienza funcionando razonablemente bien —por motivos de simplicidad podemos suponer que todas las tareas mecánicas y desagradables son realizadas por máquinas y robots— mientras sus integrantes se dedican en exclusiva a practicar todo tipo de placeres intelectuales: algunos son músicos, otros escritores, otros artistas, otros científicos... idílico, ¿verdad?

Claro está que, conforme vaya pasando el tiempo, los colonos originales irán siendo reemplazados poco a poco por sus hijos, sus nietos, sus biznietos... ¿qué pasará con ellos? ¿serán tan selectos como lo fueran sus padres y abuelos? La lógica invita a pensar que no; al contrario, con el paso de las generaciones, cuando ya nadie quede de la población original, lo más probable será que los habitantes de la nueva colonia reproduzcan de una manera bastante parecida, la distribución social, cultural o intelectual de su lugar de partida, es decir, la Tierra... de nuevo volveríamos a encontrarnos con el omnipresente iceberg o, si se prefiere, con la conocida campana de Gauss, quizá de menor tamaño que el original, pero siempre de idéntica forma.

¿Quiere esto decir que, hagamos lo que hagamos, no nos queda otro remedio que el de resignarnos a la mediocridad congénita de una parte mayoritaria de la humanidad? En absoluto. Puede que esta distribución estadística sea tan inevitable como inmutable —aunque cambien los individuos la proporción se seguiría manteniendo—, pero eso no quiere decir que no se puedan hacer cosas. De hecho, si no se hubieran podido hacer, todavía seguiríamos en el Pleistoceno.

A la sociedad, dentro de ciertos límites, se le puede encauzar por un camino, y es responsabilidad de las élites hacerlo así. Volviendo al ejemplo de la campana de Gauss, más explícito en esta ocasión que el del iceberg, lo que nos dicen las leyes matemáticas es que no podemos cambiar su forma incrementando, pongo por ejemplo, el brazo privilegiado a costa de la parte central o del brazo torpe; dicho de otra manera, no es posible deformarla. Pero sí podríamos desplazar todo su conjunto hacia la derecha —el lado bueno— sin que cambiara su forma, pero consiguiendo que su valor medio —el máximo de la curva— alcanzara una magnitud superior a la inicial.

http://centros1.pntic.mec.es/sanfer2/paginas/historia%20colegio.html

Lo triste, a la vez que preocupante, es que no es éste precisamente el camino que se está siguiendo. Voy a poner un ejemplo histórico, el de nuestro propio país, para ilustrarlo. Hace cosa de cien años una mayoría de la población española era analfabeta, y una cantidad todavía mayor rozaba los límites de la pobreza. La clase media, auténtica espina dorsal de cualquier sociedad sana, era prácticamente inexistente, y tanto el poder político como el económico estaban en manos de una oligarquía —que distaba mucho de ser una élite— rapaz y miope, nada proclive a hacer la más mínima concesión incluso estando en juego su propia supervivencia.

Las consecuencias de este cóctel explosivo son conocidas por todos: las convulsiones de la II República —un descomunal y bienintencionado esfuerzo de la verdadera élite por modernizar el país que tropezó, haciéndose jirones, con una realidad despiadada que lo ahogó sin contemplaciones—, una salvaje guerra civil y una no menos salvaje dictadura que condenó a España a un retraso de varias décadas respecto a sus vecinos europeos. Y sin embargo, en el seno de esta sociedad tan triste y deprimida, donde la mayor parte de sus miembros apenas si podían dedicar todos sus esfuerzos a intentar comer día a día, surgió una esplendorosa pléyade de intelectuales —las llamadas generaciones del 98 y del 27, con todos los personajes intermedios que hicieron de puente entre ambas— sin parangón en varios siglos y, huelga decirlo, muy superior a su raquítico equivalente actual.

Hace años yo pensaba ingenuamente que, cuando España se consiguiera librar del doble dogal al que la tenían sometida la dictadura franquista y el atraso económico, si no todo el monte, al menos buena parte de él, volvería a estar sembrado de orégano; para mi sorpresa, las cosas no evolucionaron así. Ciertamente España es hoy mucho más próspera —incluso sumida en la actual crisis— que la de Unamuno, Galdós, Baroja, Ramón y Cajal o Azaña; el analfabetismo se ha reducido a límites poco menos que testimoniales y, al menos sobre el papel, la inmensa mayoría de los españoles no sólo saben leer y escribir, sino que además tienen estudios o, cuanto menos, títulos. Sin embargo, he aquí la cruel paradoja, no sólo la élite intelectual y cultural actual no le llega, salvo honrosas excepciones, ni a la altura de la suela del zapato a la de nuestros abuelos y bisabuelos, sino que además el nivel cultural del españolito medio no es ya que sea siquiera igual al de entonces, es que mucho es de temer que pueda ser, al menos en determinadas facetas, incluso inferior... con el agravante de que el zoquete actual no tiene la disculpa del zoquete de entonces, ya que ni suele ser pobre (de hecho lo normal es que viva bastante bien), ni tampoco se ha visto privado de la posibilidad de estudiar, ya que si no lo ha hecho ha sido lisa y llanamente porque no ha querido...

Por si fuera poco, herramientas potencialmente tan valiosas como la televisión, lejos de ejercer una labor educativa a la par que entretenida y atractiva —en contra de lo que muchos creen no se trata de elementos antagónicos, y ejemplos hubo de ello en la denostada televisión franquista—, cada vez se hunde más en la mezquindad y la miseria del más repugnante morbo, eso sin contar con que la inmensa mayoría de los programas que no caen directamente dentro del pozo de la telebasura, no suelen pasar de bobos e intrascendentes... la cultura en su sentido más amplio en estos momentos es, por desgracia, un valor en baja, precisamente cuando por vez primera en la historia se daban en España las condiciones adecuadas para que dejara de ser patrimonio de una exigua minoría.

Es triste, pero no por ello resulta menos real. Y aunque evite la tentación de culpar de ello a unos enigmáticos y malévolos poderes fácticos deseosos de controlar una sociedad de estómagos agradecidos y cerebros vacíos al estilo de Un mundo feliz, no lo hago porque no crea que esa siniestra conspiración no pueda existir, sino simplemente porque no estoy seguro de quienes pudieran ser sus verdaderos instigadores.

Claro está que puede que el Homo ludens no necesite que nadie le induzca a la molicie, sino que sea él solito quien se lo busque a poco que le dejen, que se trate en definitiva de algo intrínseco a la especie humana; al fin y al cabo sociedades otrora tan sólidas como el imperio romano se vinieron abajo no por los embates de los bárbaros, como erróneamente se cree, sino porque sus élites dirigentes habían perdido el ímpetu original sumiéndose en la indolencia, sin que surgiera ningún otro grupo social capaz de tomar el testigo. A veces temo que la situación actual de la sociedad occidental —no sólo la española— pueda ser hasta cierto punto similar a la de la romana anterior a la hecatombe, con las temibles consecuencias que cabría imaginar, pero en otras ocasiones consigo que el pesimismo se bata parcialmente en retirada, llegando entonces a la conclusión de que quizá las cosas no sean tan desesperadas...

En cualquier caso, cada vez que pongo la televisión, me cruzo con la gente en la calle o leo las noticias de los periódicos, no puedo evitar que me vuelvan a aflorar los temores de que el iceberg, en contra de todas las leyes físicas, pudiera acabar hundiéndose por completo.

© José Carlos Canalda, (3.647 palabras) Créditos