ALIENS, EL REGRESO (Spanish Version), 2
por Álvaro Carrión de Lezama

2ª Parte: tácticas erradas y tácticas acertadas

Insisto: paso de hablar más de la tropa marine, al menos de un modo directo. Pónganse en el lugar de Ripley, o de cualquiera que tenga que verse protegido por semejantes bufones, y entenderán los motivos. Me dedicaré, en esta segunda parte, a comentar lo equivocado de sus actos y, en contraposición, lo acertado de las sencillas y básicas tácticas españolas. Además, como soy yo quien escribe, pues esto lo que hay. De todos modos, como ya he advertido, reconozco que al final me liaré. Incluso, antes de llegar al final.

En la peli, —y es algo de agradecer a los guionistas y al director—, existe coherencia entre los chapuceros marines, las tácticas que usan, y el final que merecen por su incompetencia. No haberlo hecho así sería algo infinitamente más increíble que ver una noche a un grupo de nuestros alienígenas babosos cantando línea en el bingo de su barrio. Un consejo que les doy: si, por un casual, les ocurre algo parecido, abandonen los malos hábitos. Sobre todo el alcohol. Ya. De inmediato.

Retomemos el tema táctica, que me pierdo. Así que, como unas —las tácticas— son hijas de la capacidad de los otros —los marines—, pues van a la par, y los llevan al final predecible: la ruina más absoluta.

¿Se imaginan, en nuestro Grupo de la Muerte, que los soldados le vacilen al teniente Ruiz en una reunión táctica, delante de civiles? ¿Se imaginan que la tropa permaneciera recostada sobre cualquier cosa mientras el oficial habla? ¿Se imaginan que, además, un soldado le hace al teniente una broma ridícula cuando pregunta si hay alguna duda? ¿Se imaginan que el sargento Bocanegra asistiera impávido? ¿A que no? Eso sólo pasa en los marines coloniales. En nuestro caso, la tropa estaría en formación, el cabo daría novedades al sargento, el sargento al teniente, y éste mandaría descanso, lo que significa seguir estando en formación, de manera tan respetuosa como antes pero algo más relajada. No tumbarse sobre lo primero que haya a mano, ni rascarse los huevos. Punto principal: delante de civiles. Si una tropa hace lo que los marines coloniales, la ha cagado. ¿Qué pensarían los civiles con dos dedos de frente, que saben a qué se van a enfrentar? Pues que están rodeados de inútiles, chulos, y fanfarrones, que no van a ser capaces de salvar su propio pellejo. ¿Qué piensa Ripley en la peli? Lo que les estoy diciendo. Triste.

Ahora, pasemos a lo que ocurriría: si, por algún extraño designio de los cielos, o a la ingesta indiscriminada de sustancias tóxicas, un soldado, llámese Gutierrez, es capaz de cometer tal torpeza, dejando en evidencia delante de civiles la autoridad, la disciplina del ejército, la seriedad del uniforme... No, no puedo continuar. No me lo planteo. Al menda en cuestión le caería un puro de cagarse. Y, al sargento, también, por permitirlo. En nuestro Grupo de la Muerte todos estarían atentos y respetuosos. Por supuesto, habría quien se enterase a fondo de la misión y quien no se enterase ni papa, en función de la capacidad intelectiva de cada cual. Pero eso sí: todos al loro. O al menos que lo parezca, coño. Y tiesos como varas castellanas.

El planteamiento táctico, en la peli, es, en sí mismo, un desastre. O, mejor aún, inexistente. Y, para estropear aún más la cosa, el teniente Gorman no hace caso a Ripley. Nunca. Tampoco sabe nunca qué hacer. ¿Tiene órdenes concretas? A saber. Si las tiene, se las pasa por el arco del triunfo; si no las tiene, debería usar un poco más la mollera, demonios, que para eso es el oficial al mando. ¿Falta de carácter? ¿Estupidez congénita? Yo diría que es uno de los mayores tontos de baba del poblacho, antes mencionado, famoso por la consanguinidad de sus habitantes.

Dicho lo cual, deducimos que Gorman carece de lo que usualmente podríamos denominar tener dos dedos de frente o mínimo sentido común. El menda en cuestión sigue los impulsos de su inútil coco rapado, mientras pone caritas de ¿Ufff... Y ahora qué hago yo? sembrando el desconcierto y la intranquilidad —o, directamente, el pavor— en el resto de los miembros de la misión. Miembros que, aunque él no lo sepa o le importe un bledo, están a su cargo. Por supuesto, pierde la autoridad a las primeras de cambio. Autoridad, que, jamás, por otra parte, debieron darle, y ahí entraríamos en un tema escabroso y digno de otro estudio: ¿Cómo conceden los títulos las academias militares y las universidades americanas a la gente? El teniente Gorman de la peli es patético y ridículo. Además, por si fuera poco, aparte de imbécil es un cagao de los que sólo se lesionan en la retaguardia. En este caso, un simple chichón producido por una caja. Menuda herida de guerra, campeón. Pero es tan tonto y pringao que, pese a tener su culo bien protegido en el carro blindado, no se libra de una pupa. ¿Qué se puede esperar de un memo así? Afortunadamente para él, en la peli, al menos, tiene una muerte digna, al lado de una guerrera con mayúsculas: nuestra querida Vasquez.

El teniente Ruiz sí le haría caso a Ripley. Es más, la tendría siempre a su lado, para ayudarle con decisiones acertadas cuando fuera oportuno. Eso sí, que no le viera la tropa. Es posible que el teniente Ruiz pueda ser muchas cosas, pero tonto al nivel de Gorman no, y no quiere que su gente vea en algún momento que se encuentra perdido o a merced de los consejos de una civil, lo que, llegado el momento, podría quitarle autoridad y peso. Por supuesto, más allá de los consejos de Ripley, sabría qué hacer y cuándo —ya conocemos las tajantes y explícitas órdenes que tiene, a saber: Ir a ver qué coño pasa allí — aunque fuera guiado por el natural instinto de supervivencia. Por ejemplo: si te metes en una encerrona con muchos bichos, aire. Coño, retirada a la voz de ya. Si eso, ya volveremos después. Así que, todos, de vuelta al carro de combate, que tenemos que cambiar las armas: nos hemos dado cuenta de que no se pueden pegar tiros ahí abajo —el teniente Ruiz jamás diría que ha sido a indicación de Ripley, pero lo que cuenta es el objetivo final—. De tal modo que nuestros chicos volverían al carro, intactos, cambiarían sus Cetmes por sopletes o navajas albaceteñas, y otra vez al tajo. Que quede claro que no habría ninguna broma chusca de ningún soldado tipo Hudson. Ya hemos decidido que no. Y, ahora, después de esta breve digresión, vuelta a empezar.

Antes de seguir: ¿es que alguien puede dudar de que el tal teniente Gorman es estúpido? Respuesta: no. Cuando descienden en la nave de desembarco, y todos notan que está cagado hasta las trancas, y le preguntan que cuántos saltos lleva, el muy gil del candil responde que dos mal contados. Lo dicho: tonto de baba. Si alguno de sus subordinados tuviera la peregrina ocurrencia de preguntarle tal cosa, el teniente Ruiz respondería, aunque estuviera tan cagado —bueno, tanto no— como Gorman, que a partir del centésimo dejó de llevar la cuenta. Lo cual tranquilizaría, y mucho, a su gente, que achacaría su careto a una mala digestión. Y, por supuesto, a los civiles, para quienes el salto de combate parece menos estimulante que una montaña rusa. Hay que joderse.

Una vez en la zona central de la colonia, el jefe de los marines se comporta como un auténtico idiota. ¿Acaso han visto a alguien, salvo a la niña? ¿Hay algún cadáver, aunque sólo sea eso? No han visto ni a un puñetero colono, ni a un sólo cadáver, y lo que es peor si me apuran: tampoco a los aliens. Pero allí ha habido una verdadera batalla, de la que quedan todo tipo de restos. Y, al tipo congénitamente estúpido, le parece lo más normal del mundo. De repente, un soldado encuentra, vía chip perruno, a los colonos, que parecen formar una gran reunión social, en una zona tan alejada que hay que ir en coche hasta allí. ¿El teniente Ruiz es tonto? No. Pero Gorman sí. Por eso la caga. Así que el nuestro pensaría: ya estamos en el centro de comunicaciones de la colonia. Punto número uno: establecer de nuevo los sistemas de comunicación con la Tierra. Punto número dos: echar un vistazo tipo a ver qué coño pasa allí —orden, como ya hemos demostrado, polivalente y rica en matices— donde, al parecer, se encuentran todos los colonos —salvo la niña autista que acaban de encontrar, y que está más sola que la una— junto a los alienígenas cabrones, dado que, hasta el momento, y en la zona principal de la colonia, no hemos visto ninguno. Eso sí, hemos visto salvajes señales de lucha, pero ningún cadáver. Acojona, ¿que no?

Ya que, con buen criterio, lo único que quiere el teniente Ruiz es salvar el pellejo y volver a casa lo antes posible, decide mandar en el carro blindado a una patrulla de reconocimiento. Y, el resto, a conservar el puesto de mando. Que, cuando se trata de reconquistar, no debes abandonar. A no ser que sea estrictamente necesario. Que nos lo pregunten a los españoles.

Bueno, pues el teniente Ruiz, con Ripley por si acaso, la niña, el sargento, el cabo, y cuatro soldados más —entre los cuales, por supuesto, estaría Vasquez—, van en el carro blindado hacia los reactores donde se encuentran los chips de los colonos. Porque, ¿quién te dice que estén los propios colonos? ¿Y, de estar, estarán vivos? Ajá. El teniente Ruiz es malpensado, pero casi siempre acierta. Por supuesto, deja una guardia en el resto del complejo, complejo, por otra parte, con todas las puertas bien cerraditas, con las únicas órdenes de el que sepa, que ponga en marcha las comunicaciones cagando melodías, y que no me entre ningún bicharraco aquí.

Por cierto: como el carro de combate tiene un cañón y una ametralladora, y necesita un conductor, es el cabo quien lo lleva, y el propio teniente quien se encarga, llegado el momento, de la artillería.

Bueno, y va el teniente Ruiz en el carro blindado con su gente, llega, y, según bajan hasta el subnivel tres, Ripley le dice que no pueden pegar tiros, ya que ella es la única que se da cuenta —el teniente Ruiz, probablemente, también pasaría por alto este punto— de que es un puñetero reactor nuclear. Pues nada: chicos, media vuelta, de nuevo al carro, y a explicar el incidente. ¿Algún problema? Ninguno. Los tipos bajan de nuevo, armados con lo que sea, el sargento el primero —como ha de ser— y, cuando, caminando abuchanados por los pasillos con la típica decoración alien, que ya de por sí aterroriza al más pintado, se encuentran a la primera colona que les pide que la maten porque tiene bicho dentro. Ellos, misericordiosos, le dan cristiano matarile, y después de hacerlo, escuchan ruidos espeluznantes y sus sensores detectan movimiento, el sargento Bocanegra da novedades al teniente con único comentario: Hostias, Pedrín. Frase lapidaria que viene a significar en este contexto: Mi teniente, con el debido respeto: somos demasiado pocos para tanto lío. Mejor nos largamos. Mi teniente: ¿por qué no va pidiendo refuerzos?

Y, antes de esperar orden alguna del teniente, del que conocen su acendrada virtud de querer salvar el cuello a cualquier precio, vuelven al carro de combate.

El teniente Ruiz, que se percata de la magnitud del asunto al ver las imágenes de las cámaras de su gente, y sus caretos de acojone, decide, con buen criterio, ordenar retirada. Algo, de por sí, innecesario. Pues, cuando da la orden, su tropa se encuentra ya subiendo las escaleras del subnivel uno. La patrulla deshace el camino, más pendiente de sus culos que de otra cosa, corriendo como almas que lleva el diablo, se montan en el carro, y se largan. Mientras tanto, el teniente se encarga de la artillería del carro, por si es necesario utilizarla para cubrir la retirada de su gente. Algo, amigos/as, —utilizar la artillería del carro, me refiero— que no hacen los marines coloniales de las pelotas. Pero no es necesario hacer uso de ella, pues los bichos parecen tener querencia por el loft que se han montado en el subnivel tres. Tal vez, no persiguen a los soldados porque ni siquiera se han dado cuenta de que han entrado y han achicharrado a otra humana con uno de los suyos dentro, de lo rápidos que han sido los nuestros saliendo a escape.

Al regresar a la zona de comunicaciones y comprobar —mil perdones. Me faltó explicar antes que, en nuestro Grupo de la Muerte, varios soldados tendrían, al menos, la F. P., o los convenientes cursos de capacitación profesional de los que tanto alardea la publicidad de las Fuerzas Armadas— que ya se ha reestablecido la conexión con la Tierra, el teniente Ruiz decide hacer el primer informe, rápido y breve, donde va a detallar que, al menos, han salvado la vida de una colona, niña y rubia para más señas, con lo cual va a quedar como un señor, mientras continúa la guardia de urgencia para que ningún alien entre en el perímetro que están en disposición —de momento y por poco tiempo— de controlar.

Acto seguido, ordena a los pilotos —sin gafas de sol polarizadas, que puñetera falta que hacen— que pongan en marcha la nave de desembarco y que los vayan a buscar. Formando piña salen del complejo, montan en el carro, lo suben a la nave, y vuelven a la Sulaco. Así de simple.

Una vez en la nave, el teniente decide mandar —no se fía de que haya llegado el que ha mandado desde la colonia— otro informe, esta vez definitivo: De vuelta en la Sulaco, con el fin de proteger de las hostiles fuerzas ocupantes a la colona rescatada, y de que tenga los preceptivos reposo y atención. Hacen falta más efectivos. Aquí hay mucho lío. Espero instrucciones. Y, como refuerzo necesario a sus palabras, manda las grabaciones de sus soldados en el subnivel tres. Mientras lo hace, piensa: A ver qué me decís de esto, mamonazos del estado mayor. Esa noche, sueña con que le ascienden, nada más regresar, a capitán.

A todo esto, la tropa, los civiles, y la niña recién rescatada, a cubierto y tranquilitos, comiendo cocido calentito y durmiendo como lirones sin que ningún bicho les pueda joder. La tripulación de la Sulaco —sí, en nuestro ejército las naves tendrían pilotos y personal de mantenimiento, no como en los marines coloniales— se encargan de mimar en la medida de lo posible a la niña y a los otros dos civiles. Sobre todo a la niña, por descontado.

¿A alguien se le ocurre algo mejor? ¿No es, acaso, la táctica más lógica? Dadas las circunstancias, amigos y amigas, opino que sí.

Varios días después —eso lo dejo en mano de los entendidos, que no soy precisamente experto en navegación espacial— llega un pedazo de nave, enorme, llevando un Tercio de Combate al mando de un coronel, con todo lo necesario. Nada de patrullitas poco armadas, que más vale pasarse que quedarse cortos. Si no queda más remedio, se vuela el complejo. Y que salga el sol por Antequera.

El Tercio de combate está compuesto por tres compañías de fusiles, con secciones de artillería ligera de campaña y secciones avanzadas de desembarco, una compañía de plana mayor y servicios, con todo tipo de personal (fontaneros, pintores, chispas, mecánicos, escribientes, maestros armeros...) una unidad de cocina de campaña, que el buen yantar siempre refuerza la moral, personal sanitario, y unos cuantos suboficiales y oficiales en calidad de ayudantes-enlaces y consejeros-comparsas del coronel. Por supuesto, también vendría la mascota: la cabra.

Puesto al día ya sobre el terreno —después de la hibernación que le ha dejado un tanto gagá—, el coronel decide no jugarse el cuello y mandar a todos —con la excepción de las tripulaciones de las naves, la niña rubia, y el representante de la Sánchez-Yutani— a tomar la colonia.

¿Por qué no permitiría que bajase el representante de la Sánchez-Yutani? Por que es un tocapelotas, algo que barruntaba el coronel y que ha acabado de comprobar. Y no le gustaría tenerle como testigo en el caso de que haya que mandar todo el complejo al garete, bien porque no quede más remedio, bien a causa de uno de sus previsibles accesos de mala leche.

El teniente Ruiz sería requerido por el coronel para acompañarle en la campaña, por su experiencia previa. Ripley, por supuesto, también. Nuestro coronel no es tonto, y ha tenido tiempo de ver los videos del Grupo de la Muerte. No tiene ni la más remota idea de qué demonios es eso. En toda mi puñetera vida había visto algo así, comenta sorprendido cada vez que revisa los videos. Para terminar con un ¿Qué cojones es eso? que acompaña con estentóreos escalofríos y tiriteras. Así que, con buen criterio, y sin pensárselo demasiado, decide dar a su gente, en la reunión táctica previa al desembarco, la orden de Aquí no se me escaquea nadie. Todos p’abajo.

¿Qué pasaría con nuestro Grupo de la Muerte? El teniente, requerido como consejero por el coronel, lo tiene claro. Al menos, eso piensa él. Pero, nuestro sargento no tanto. Cree que ésta es una oportunidad de oro para ascender de una vez por todas. Y no piensa consentir dejarla pasar. Más temeroso de los comentarios infamantes de su mujer a la vuelta —en el caso de que quede fuera de la acción triunfante— que de los bichos asquerosos, revela a sus hombres que, después del esfuerzo sobrehumano y del valor demostrados en su intervención, ahora pretenden dejarles a un lado, para barrer la nave o limpiar las letrinas de la colonia. Los soldados, con razón, ya que tienen en las venas algo que se llama sangre, y el ánimo envalentonado, pues llevan varios días dándole al porro y al alcohol, se enfurecen. Así que, una noche, después de retreta, se va a ver al coronel y le dice que se presentan voluntarios, tanto él como su gente, para acompañar el desembarco. Que, al fin y al cabo, conocen mejor que los demás el terreno. Que, ya que va el teniente, bien podrían ir también ellos. El coronel le tranquiliza recordándole su orden de que no se va a escaquear nadie. Alegre y confiado, el sargento Bocanegra da la noticia a su gente, noticia que es acogida con entusiasmo. Hasta el más tonto del Grupo de la Muerte sabe que no es lo mismo bajar ellos solitos que acompañados por tres compañías de fusileros. Y, en el fondo, aunque son conscientes de que en su momento hicieron lo correcto saliendo por patas, desean darle lo suyo a los bichos, que no es lo mismo contar la aventura en la cantina del Tercio Don Juan de Austria sacando pecho y fardando de bichos abatidos, que estar casi obligado a negar haber estado allí para no caer en la vergüenza de admitir que se había ejecutado un impecable repliege táctico, acción como digo procedente y juiciosa, pero con un desagradable tufo infamante.

Bien, las tropas desembarcan en la colonia. ¡Qué grandioso espectáculo! ¡Tantas naves de desembarco juntas! La principal, donde va el coronel, lleva escrito en el fuselaje el lema: Nunca más otro Annual. ¡Ay del alien que tenga pelotas de enfrentarse a los nuestros!

Una vez en tierra, en primer lugar retoman el centro de comunicaciones, que pasa, desde ese momento, a ser el cuartel general del coronel y sus adláteres. Entre los chispas y los soldados con conocimientos de electrónica e informática ponen al día todos los sistemas que no lograron reparar los especialistas del Grupo de la Muerte. ¿Que hay que arreglar una antena? Pues se repara, aunque sea con papel de aluminio y cinta aislante. Dejemos claro que, para la improvisación de soluciones prácticas con escaso material, somos los mejores.

El perímetro de la zona controlada es cerrado y custodiado, a base de guardias de dos horas de duración, por el personal de la plana mayor que no tenga oficio, o cuyo oficio no sea necesario en ese momento. Como a nadie se le pasa por alto que, sobre sus cabezas, existen pasillos que comunican todas las estancias del complejo —basta ver que los techos no son de obra—, los albañiles de la plana mayor levantan tabiques sobre las puertas que se vayan a cerrar de manera definitiva.

Después de estos necesarios preliminares, el coronel se pregunta, Bueno, ¿cuál es el número de nuestros enemigos? Ripley, feliz al fin en su papel de asesora, basándose en su experiencia propone una operación matemática muy simple: si los colonos eran algo más de doscientos, y los bichos necesitan un colono por barba, hagan el cálculo. El coronel calcula que tocan, más o menos, a un alien por cada dos legionarios. Pan comido.

Estudiando los planos de los reactores, el coronel ordena a las tres compañías de fusiles un asalto simultáneo por todas las entradas, para no dejar escapatoria a los aliens y acorralarles en la almendra central, donde les darán matarile por todos los frentes y con todo el armamento posibles. El teniente le recuerda el peligro inherente de realizar disparos en la zona, y el coronel, con buen criterio, pregunta: ¿Se pueden apagar los reactores? Al no recibir contestación alguna, pues ninguno de los nuestros es experto en física nuclear, decide cambiar el armamento, no vaya a ser que la liemos. Aunque no le importa en absoluto hacer saltar todo por los aires, piensa acertadamente que, tal vez, sea un borrón en su inmaculada hoja de servicios. Así que ordena que los Cetmes se queden en el cuartel general. Los nuestros, pues, llevan lanzallamas, cuchillos de monte, palos, cachiporras, navajas, cualquier tipo de armamento personal. Incluso la alabarda del banderín participa en la misión, gallardamente blandida por el sargento abanderado del estado mayor. ¡Ah! Y, por su fuera útil, varias bombonas de gas butano. Tal vez a los bichos en cuestión le guste tan poco inhalar ese gas como a los humanos. O, tal vez, sea necesario volar el complejo. ¡Qué útil, y polivalente, es una bombona de butano!

El coronel organiza una última reunión con los oficiales, donde, en la medida de lo posible, quedan claros todos los temas, y, hala, al tajo, que estamos perdiendo el tiempo.

Acto seguido, montados en los carros blindados, se dirigen a la zona de conflicto. No quiero extenderme en detalles de estrategia, si tal sección entraría por determinada puerta, o si tal otra bajaría por determinada escalera. El caso es que, una vez con todas las tropas esperando en lo alto de las escaleras para descender al subnivel tres, el coronel da la orden de ¡Ahora! y todos bajan en tropel, chillando y dando golpes en las paredes, haciendo vomitar fuego a los lanzallamas. Pero no todos lo soldados utilizan el lanzallamas a la vez, no vayan a quemar a un compañero. Así que, antes de que se le agote la carga al que está usándolo, por supuesto, en primera línea, otro soldado toma su puesto. El caso es que el fuego preceda a la tropa, sin excusa ni interrupción. Total, que montan una traca en el subnivel tres que ríete de las fallas de Valencia.

Los aliens, que por algún extraño motivo parecen estar siempre adormilados como leones machos, son pillados en bragas. No les da tiempo ni a desperezarse y estirarse, acción ésta que realizan con asiduidad, y con la que parecen disfrutar sobremanera. Van palmando o retrocediendo, ante el empuje de nuestros chicos, hasta juntarse en número de unos cincuenta en la zona central. Allí, los nuestros les dan bambú como se merecen: son achicharrados vivos.

Una patrulla encuentra a la reina alien y la huevera que ha montado. Después de freír a los escurridizos bichos que montan guardia en la entrada, dan el debido matarile a la reina y aplastan los huevos a palazos, que al fin y al cabo, son sólo eso: huevos. Y, para huevos, los españoles.

¿Bajas entre los nuestros? Alguna habría, qué duda cabe. Pongamos, por ejemplo, que, en el momento de aplastar huevos, los aliens chupacaras pillaran a traición a unos cuantos de los nuestros, a los más impulsivos o a los más imprudentes. Siempre hay gente de ánimo alocado, dada al ensañamiento, que se emociona a las primeras de cambio, sobre todo si de repartir estopa se trata. Y que descuida, víctima de su exceso de celo, su propia protección. Nada que objetar: serían los mismos compañeros quienes, al percatarse de que el bicho no se puede quitar de las caras, y de que a los pobres desgraciados les espera el mismo fin que han visto por los pasillos, es decir, acabar envueltos en telarañas y con las tripas reventadas, les darían pasaporte. Más que nada porque, según les han contado, el bicho que salga de las tripas de los infortunados bien podría merendárselos a ellos.

Total, que se cargarían a todos los bichos con los que se han ido encontrando. Pero, como los aliens son una especie escurridiza y muy dotada para camuflarse, sobre todo donde hay poca luz y mucho hueco —vaya mérito, por cierto—, los nuestros no se fiarían. Así que, lo primero, encender las luces del complejo. Todas. Y, si es necesario, se traen focos portátiles. Encuentran a unos cuantos bichos más, escondidos cobardemente entre los tubos que, por algún extraña razón, jamás van empotrados en la pared. Cagándose en la madre que parió al ingeniero jefe del proyecto, nuestros chicos, utilizando palos con una navaja atada con cinta aislante en la punta, los sacan de allí. Se producen escenas en verdad heroicas, pero un tanto desagradables. Y se cargan a todos. ¿A todos? No, queda uno.

Pero, lo importante, es que el tema marcharía como debe ser: recuperando, en un plis plas, la colonia para la causa. Y salvando a la única colona que podía ser salvada.

Por cierto: ¿qué fue de nuestro Grupo de la Muerte? Pues nuestro valeroso sargento y sus chicos tuvieron el honor de capturar al último de los bichos, que fue acorralado en un pasillo forrado de tubos entre los que se quería esconder. Éste es el bicho al que me refería antes. Como el sargento Bocanegra, ansioso por distinguirse, ve una oportunidad dorada de quedar como un tipo listo, decide no cargárselo, refrena las ansias de Vasquez de darle chicharrón, y, tras reducirlo a base de hostias, se lo presenta directamente al coronel —saltándose todo el conducto reglamentario, no vaya a ser que algún oficial se acabe poniendo la medalla—, diciéndole: A la orden de Usía, le traigo un ejemplar en buen estado. ¿No cree que debería conservarlo para un estudio posterior?

El alien es arrestado inmediatamente por orden del coronel, que, al verlo, dice: Tiene razón, sargento. Vamos a llevarnos a este cabrón a casa, por si los científicos pueden sacar algo. Pero de ascensos o de honores no le comenta nada al sargento, para su desencanto.

Desde el centro de operaciones, el coronel manda, sin poder ni querer disimular su orgullo, el siguiente mensaje a la Tierra: Sin novedad en la colonia. Recuperada para la corona.

Como el coronel no se fía del todo —creo que ha quedado claro que, en esta misión, y con el mejor de los criterios, nadie se fía del todo—, decide no bajar la guardia, y manda patrullas para que sigan buscando bichos. Y, con respecto al que ha capturado nuestro Grupo de la Muerte, decide encerrarle y drogarle con lo que tiene a mano. Primero, prueba con el butano. Pero al alien parece traerle al fresco respirar oxigeno, butano o miasmas letrineras, así que prueba con otra cosa. A instancias de un soldado que estudió primero de medicina, hace un cóctel mortífero con la morfina del servicio médico, vodka, whisky, vino barato, cerveza, marihuana, y costo culero, algo que siempre se encontrará en abundancia en un grupo de legionarios. Se lo hacen ingerir, utilizando para ello varios extintores fuera de servicio. El bicho, a pesar de algunos estertores agónicos, logra sobrevivir. Pero se da cuenta, perfectamente, de lo precario de su situación.

Dada la imposibilidad o el desconocimiento por parte de nuestra gente de cómo hibernar al alien —a pesar de lo que le metieron para el cuerpo y que casi le cuesta la vida, y a pesar de que a algún oficial se le ocurrió aumentar la dosis de cóctel por si acaso—, el coronel ordena que unos cuantos voluntarios, a ser posible elegidos de los que estén más quemados por los años de servicio, y entre los que se encuentra nuestro sargento, se queden a su custodia, vigilándole día y noche y, en un momento dado, si es necesario, dándole pasaporte. Los diez legionarios que se quedan con el bicho deciden, para matar el tiempo, enseñarle lo mínimo imprescindible para comportarse con decencia. Como el bicho no es tonto, y sabe sobrevivir en el medio más hostil posible, aprende rápido. Decide que es mejor darles cuerda a esos locos, que hacer el memo y liarse a dentelladas, algo que, sin duda, le costaría la vida. Para ser sinceros, el pobre alien tampoco las tiene todas consigo: es consciente de que su mente drogada y obnubilada no piensa con la claridad suficiente. Duda, razonablemente, si es capaz de hacer algún mal a esos tipos chungos que no hacen más que echarle humo oloroso al rostro —humo que le molesta mucho más que el que le dieron a respirar de prueba—, y que nunca abandonan sus fusiles de asalto, con los que, de vez en cuando, tras ingerir esos líquidos de colores que llevan en botellas, le dan unos culatazos de aúpa.

Días después, y antes de que comiencen a llegar las naves del estado mayor para tomar posesión oficial del complejo, el bicho ha sufrido una transformación considerable. El bueno de nuestro sargento, que ha acabado por encariñarse o solidarizarse con él —ya que piensa que, de un modo u otro, ambos son víctimas del sistema—, le ha enseñado los rudimentos de disciplina legionaria. Cuando le castiga duramente durante el período de aprendizaje, siempre acaba diciendo, en tono lastimero: Si es por tu bien, tonto. Si a mi me duele más que a ti. Le saca de vez en cuando de la celda y, eso sí, bien atado con cadenas y vigilado, el alien aprende lo básico: a desfilar a paso legionario, erguido y sin tambalearse, a ponerse en posición de firmes y de descanso. ¿Que le cuesta unos cuantos palos? Todos sabemos que la letra con sangre entra. El bicho acaba llegando a la misma conclusión. Aunque tenga ácido como sangre, es, al fin y al cabo, su sangre, y no le gusta perderla a base de dolorosos varazos de picha de toro. Por cierto: hay que ver cómo queda el suelo de la improvisada celda. Destrozadito. Tienen que estar cambiándole de celda cada día.

Orgulloso, el sargento decide comentárselo al coronel. Cuando éste lo ve, se queda boquiabierto y anima vivamente al sargento a que continúe con su instrucción. Pero tiene una brillante idea.

Así que, días después, al tomar tierra las naves del estado mayor, de donde descienden varios generales y la ministra de defensa, nos encontramos con la siguiente escena: el Tercio formado, perfectamente, como no puede ser de otra manera, con un bicho extraño en primera fila, delante de nuestro sargento, pues el coronel le ha concedido ese honor, un bicharraco horroroso y baboso que lleva el reglamentario chapiri en su cabezón. Chapiri, todo sea dicho, atado con cuerdas de tender la ropa a su prominente mentón pero que, eso sí, el alien porta con chulesco donaire. El bicho, tras escuchar el cornetín de órdenes, y azuzado por la vara larga y silbante que hace mucha pupa, y que el sargento domina con maestría, eleva su rostro repugnante, abre la boca enorme llena de dientes, saca otra boca más pequeña, y comienza a desfilar ante las autoridades para asombro y estupefacción de éstas. El alien no pierde el paso al son de Banderita, pero, cuando el sargento intuye que puede llegar a hacerlo, le castiga con la vara, con lo que consigue que el alien no pierda el ritmo y la línea invisible que debe seguir. Al pasar frente a las autoridades, y a instancias de un salvaje varazo, el alien humilla, respetuosamente, la cabezota. Pero el bicho, que es consciente de que desfilar es lo menos malo que le puede suceder, está deseando demostrarle a nuestro sargento que no son necesarios tantos golpes, que lo puede hacer bien él solito.

¿Y nuestra querida Ripley? Pues tan a gusto, dándose ocasionales y gratificantes revolcones con el cabo de sus entretelas, sintiéndose válida pero no imprescindible en la misión, y, sobre todo, a salvo de esos putos bichos de mierda. Por cierto: recupera su categoría de oficial, faltaría más. Pero decide, con buen criterio, no volverse a montar en una nave espacial a no ser que sea estrictamente necesario. Por mucho que la paguen. Así que, al volver a casa, consigue una prejubilación pactada con la corporación Sánchez-Yutani, que le deja el sueldo de oficial íntegro más pluses. Un chollo, vamos.

¿Vasquez? Viva. Y pendiente de su próximo ingreso en la academia de oficiales con la mejor de las recomendaciones.

¿El cabo? Sin comentarios. Le ha tocado la lotería. Así que pide la baja del cuerpo y a vivir que son dos días.

Nuestro Grupo de la Muerte es recibido con honores al retornar a casa. Al teniente Ruiz le promocionan a capitán; y al sargento Bocanegra, a sargento primero, lo que consigue, al fin, soltarle una lagrimita en estado de perfecta sobriedad. Los pilotos de desembarco son destinados al transporte de autoridades. Los soldados son ascendidos a soldados de primera, rebajados de todo servicio, y destinados a oficinas, en compensación por sus esfuerzos, con lo que se pegan la vida padre. No es gran cosa, pero algo es algo.

Como se puede deducir, en ésta nuestra historia, y salvo los que palmaron al principio o por culpa de sus ansias, sólo habría un perdedor: los aliens.

Pero... hay una damnificada entre la tropa victoriosa en la que nadie pensó: la cabra. Francamente molesta por haber pasado a un segundo plano, decide tener paciencia, intuye que, tarde o temprano, a ese bicho asqueroso acabarán haciéndole rodajas los matasanos. Con rabia contenida rumia en su pesebre. Una tradición con tantísimos años no puede, ni debe, perderse así. De eso ya se encargará ella.

Pero no deseo terminar de esta manera, ni que nuestros amigos yanquis se mosqueen. Nunca lo pretendí, ni mucho menos lo deseo. La peli, una de mis preferidas, no lo merece. Ni tampoco la tradición de grandes guerreros que, desde sus inicios como país, ha tenido los Estados Unidos de América. Quiero hacer un llamamiento a la seriedad de los guionistas. Y, la próxima vez que manden tropas a hacer frente a alienígenas desaprensivos, que vaya el glorioso Séptimo de Caballería. Se iban a jiñar vivos los bichos. Y, cuando menos, yo iba a derramar lágrimas como puños al verlos intervenir al son de Garry Owen. Otra peli, MURIERON CON LAS BOTAS PUESTAS, que es de mis favoritas, de las que me ponen los pelos como escarpias. ¡Ay de los aliens si se tiene que enfrentar al arrojo y valentía de Custer y sus hombres!

El Séptimo de Caballería... inmortal. Su ejemplo no debe jamás olvidarse.

FIN.

© Álvaro Carrión de Lezama, (5.938 palabras) Créditos