ALIENS, EL REGRESO (Spanish Version), 1
por Álvaro Carrión de Lezama

O de cómo sería una intervención de tropas de las Fuerzas Armadas Españolas en una colonia supuestamente atacada por alienígenas bien cabrones. O, también, de lo ineptos que son los yanquis para algunas cosas, aunque parezca lo contrario. O, también de que, a cojones, no nos gana nadie y bien que lo hemos demostrado. O de cómo Ripley no tendría problemas para volver sana y salva a casita y no tendría que ser ella quien sacase las castañas del fuego.

ALIEN

Para no liarnos de principio, ya que el tema es largo y arduo, y, mucho me temo, al final acabaré liándome, sigamos un orden. Demos por hecho que todos hemos visto la peli, de la cual me declaro fan incondicional, y a la cual le pongo pocos o ningún pero. Después de esta sencilla y sincera declaración de amor, vayamos al tema, a nuestra Spanish Version, que, falsa modestia, no quedaría mal del todo, aunque perdería suspense con respecto al original. Qué se le va a hacer. Pero, por contra, nuestra Ripley no tendría que vérselas ella solita con tanto bicho y tanto torpe. Y los aliens tendrían que elegir entre los dos finales que sin duda merecen como estirpe: si eligen bien, se domestican, y pasan a ser elementos útiles; si eligen mal, la esclavitud —o la muerte, dependiendo del grado de cabezonería de tan siniestros seres.

Como la cosa está clara —un buen montón de bichos con mucha mala leche, que todos saben quiénes son, pero nadie quiere reconocerlo— han atacado una colonia española, pues se manda de estranjis a una unidad de elite a la susodicha colonia para Ver qué coño pasa allí —ésta sería, así, tal cual, la orden textual del Alto Estado Mayor de la Defensa—. ¿Orden breve? ¿Poco concisa? Todo lo contrario. Tal vez esté fuera del formalismo habitual de las órdenes militares anglosajonas, pero es que Ver qué coño pasa allí es toda una declaración de intenciones: si no pasa nada, dabuten, les decís a los colonos que arreglen la radio, y de vuelta a casa. Y si pasa algo... Para eso os hemos mandado, cojones, y leña al mono. Os cargáis a quien haga falta, y luego mandáis un informe completo.

Por supuesto, algo está claro: esto es así porque el Estado Mayor sabe que van a ganar... o palmar. Hasta la fecha no ha habido muerto que mandase informes. Después de esta sucinta explicación... ¿nos parece poco clara la orden? ¿A que no?

En la peli, los espacio-imperialistas yanquis mandan a una sección de sus marines coloniales con órdenes poco concisas, y en el mejor de los casos, dudosas, obteniendo el resultado que de sobra todos conocemos: estrepitoso fracaso. Por cierto, un dato a tener en cuenta: en la peli no aparece por ningún lado un soldado japonés. Bueno, lo que se dice un japonés, ni soldado ni de ninguna otra profesión, aunque la corporación Weyland-Yutani, la principal interesada en el caso, es mitad japonesa. ¿Curioso? Tal vez sí, tal vez no tanto. Porque los japos, que sólo pondrían en la empresa la mitad de la pasta, la organización empresarial, toda la disciplina, la inmensa mayoría de mano de obra cualificada, la tecnología puntera, y la solvencia, creyeron oportuno dejar este tipo de temas a los yanquis. Craso error, amigos japoneses. Si hubierais mandado algún guerrero con una pizca de espíritu samurai, sin ningún género de duda la misión habría salido beneficiada. Pero vamos a nuestra Spanish Version. Imaginemos que la corporación se llama Sánchez-Yutani, y que los japos dejan el tema seguridad en nuestras manos. ¿A quién mandaríamos nosotros a ver qué coño pasa? Dudo razonablemente entre varias unidades: La Legión, la Brigada Paracaidista, la Infantería de Marina, la Brigada Aerotransportada... tal vez podríamos hacer intervenir a los Goes, a las Tropas de Alta Montaña, o a la mismísima Benemérita. Qué más da. Cualquiera de ellas sirve. ¿Por qué no a los Regulares? Pues también. En este aspecto, se admite cualquier sugerencia.

Yo, en todo caso, y en aras de darle un toque de casticismo al asunto, mandaría a La Legión. Pero no al grupo de operaciones especiales, ni mucho menos. Mandaría al típico grupo de lejías que, pese a estar en La Legión y todo eso, se dedican en exclusiva a hacer guardias, dormitar, y ponerse ciegos de alcohol y porros. Tipos y tipas destinados en una unidad que no fuera de intervención, una de logística o algo así. (Para los entendidos, de Apoyo a la Fuerza, no de Fuerza). Pero, como lo que importa es el espíritu, tampoco habría demasiadas diferencias. De acuerdo, ¿que están un poco fuera de forma? Eso se soluciona con mala leche. ¿Que no recuerdan a la perfección las lecciones de táctica de combate del período de instrucción? Más de lo mismo: mala leche y a darle caña al mono hasta que hable inglés. Y eso se lleva en la sangre, no te lo enseña nadie. ¿Lo tienen los nuestros? Por favor, que no les quepa la menor duda.

Bueno, a lo fundamental, que si no me voy por las ramas: nosotros, a diferencia de los yanquis, mandaríamos tropas en verdad resolutivas. Y no es ninguna fanfarronada, algo que intentaré explicar en el curso de este estúpido ensayo. ¿Que nos enfrentamos a una especie tan hideputa que tiene ácido como sangre? No importa. ¿Que puede que sean centenares de bichos los que han invadido la colonia? Tampoco. Mandaríamos a gente competente que, por mor de una mejor comprensión general, especificaré en comparación con los de la peli y a los que denominaremos, a partir de ahora, como Grupo de la Muerte. Así que, comencemos por enumerar a los principales mamarrachos de marines coloniales y a sus antagonistas entre los nuestros.

1ª Parte. Personal incompetente

Teniente Gorman

Nuestro Teniente español, —llámese como se prefiera, pero de apellido frecuente, digamos que Ruiz, para simplificar la cuestión—, a diferencia de Gorman, no sería un novato. Sería un tipo curtido, tirando a barrigón y algo chepudo, más quemado que la pipa de un indio a base de no ascender y pegar barrigazos por el campo, frisando ya la cincuentena, pero capaz de correr el muy cabrón veinte kilómetros —eso sí, a paso cochinero, pero correrlos al fin y al cabo—, o de cruzar el primero de su sección la pista americana con solvencia, o de darse de hostias con el recluta más joven y fuerte. Y ganar, por supuesto. ¿Cómo? Nadie lo sabe. No es, desde luego, el sargento de hierro Eastwood, pero, pese a su apariencia externa de oficinista con mala uva, lo consigue. Nadie que no le conociera apostaría un euro por él en una pelea. Pero, cualquier de los que ha tratado con él, se jugaría hasta las pelotas por una victoria suya, aunque se enfrentase al campeón del mundo de los pesos pesados. Viene a ser un tipo más bien alto, con cara de haberse tragado un cenicero lleno de colillas segundos antes de verle —siempre—, algo chepudo como he dicho, y que en su día pensó que llegaría, a su edad, como mínimo, a comandante. Creo que no es necesario indagar más en la personalidad del personaje. Pero advertencia: si no lo conoces, jamás apuestes en su contra. Perderás seguro. Por cierto: tiene mala leche de veras, no es sólo su careto. Utiliza gafas para leer sus lecturas habituales: los partes diarios de diana y retreta, y el Marca o el As —por el morro— en la cantina de oficiales. Algo —lo de las gafas, me refiero— que procura disimular y que le jode reconocer. Nadie sabe hasta dónde. Ah, por cierto también: recibió varios cursos de defensa personal, unos de judo, otros de karate, otros de no se sabe bien qué, de los que aprendió pocas y equívocas, pero jugosas, maniobras, que utiliza con profusión llegado el momento: a dar patadas en los huevos, cabezazos cuando el rival está distraído, y meter los dedos en los ojos, por ejemplo. No pidamos exquisiteces técnicas. Tiene un cacao mental en defensa personal, tan grande, que ya no sabe cuándo, ni dónde, aprendió a hacer las putadas que puede hacer. A veces cree que ya las sabía de chaval, de cuando se pegaba en la calle. No descartemos esta opción.

El Sargento

Apone, el de la peli es más blandito que la mierda de pavo. Mucho tipo negrazo, alto, fortachón, y resulta que todos se ríen de él. Mucho puro en la boca, mucha risotada de taberna, y hasta el más tonto de todos sus soldados se cachondea cuando quiere, no sólo de él, si no de todo lo que pueda. ¡Y delante del teniente, en una reunión táctica! —Recordemos la escena de la famosa pregunta del soldado Hudson: ¿Dónde hay una cabina para llamar a mi madre?. Incomprensible. El sargento Apone no vale un pimiento, ni como sargento, ni como cabo de cocina. Es más, si me apuran, ni como turuta. Un menda así no tiene cabida en nuestro Grupo de la Muerte. No obstante, descarguemos de toda responsabilidad al actor, Al Matthews, que como persona humana si fue sargento de marines, de hecho fue el primer negro que alcanzó ese rango, que se ganó nada menos que partiéndose el pecho contra los charlies en las selvas de Vietnam. Vaya mi respeto para don Al y líbrenos Dios de guionistas con tan poco seso como sapiencia de las cosas de la vida.

Nuestro sargento, llamémosle Bocanegra, sería más bajito, moreno también pero sin llegar a tanto, menos esbelto, pero no por ello menos fuerte. Otro cabronazo barrigón que deja tirados a sus soldados veinteañeros en las carreras diarias, en el gimnasio, o en la pista americana. ¿Cómo? Otro misterio. Pero se puede apreciar que tiene los brazos como jamones ibéricos y unas piernacas de aúpa bajo la barriga, más prominente que la del teniente, ya que su alimentación se compone, básicamente, del rancho cuartelero: legumbres de baja calidad, tocino, vinazo, y alcoholes baratos. En algo se tiene que notar la diferencia de sueldo entre clases. El traje de gala le sienta como a un Cristo dos pistolas: siempre se lo tiene que arreglar su mujer, y le hace unos apaños de lo más antiestéticos: se ve paticorto, y con la barriga más picuda aún. Por eso, siempre prefiere vestir de faena. Y si es con uniforme de camuflaje, mejor, en la abstrusa idea de que las manchas no sólo sirven para camuflarse con el entorno, si no también para disimular su poca agraciada silueta. A veces mira fotos del pasado, que lleva en su cartera, de cuando entró en el ejército, y se encuentra casi tan feo y fondón como ahora: nunca destacó por su galanura. En el fondo, muy en el fondo, está contento consigo mismo: sin pretensiones absurdas, sin sueños inconquistables, siempre quiso ser sargento, y ahora lo es. Le gusta mandar y ser respetado. Y lo ha conseguido, qué coño. Bebe como un cosaco cualquier bebida —alcohólica, eso sí, que mariconadas las justas— y fuma como fumaría un fumador condenado a muerte. Es camarada de sus soldados, por supuesto, pero sólo al encontrarse ocasionalmente en algún garito a horas intempestivas, cuando el alcohol le da el puntito amistoso y un tanto llorón que le lleva a realizar actos de los que al día siguiente se arrepiente.

El resto del tiempo de nuestra misión que no ocupara matando bichos, lo dedicaría a repartir hostias como panes en cuanto viera algún desmán, o algo que a él le pareciera que lo fuera. Si el teniente Ruiz tiene mala leche, el sargento Bocanegra el doble: no es necesario recordar que uno, al menos, llegó a oficial, y éste se quedó en un simple sardo, tras, también, veintitantos años de servicio. Tiene todos los cursos militares habidos y por haber, pero sólo le sirve para sacarse un plus cada mes en la nómina. Su mujer le tiene hasta los huevos con sus constantes recriminaciones sobre lo inútil que es, y lo bien que les va al resto de sus compañeros de promoción —uno de ellos ha llegado a subteniente, ni más ni menos, y varios estudian para oficial—. Eso sí, el personal a su mando le respeta más que a un huracán. No desean, por nada del mundo, verle más enfadado aún de lo que habitualmente lo está. Es capaz de arrestar a alguien por llevar una mota de polvo en un zapato un día de revista, y de darle, además, un par de hostias. Por cierto: el teniente Ruiz, aunque nunca ha hecho buenas —ni malas— migas con él, le respeta y le admira, sobre todo cuando le ve en dos ocasiones: una, junto a su mujer; y otra, frente a la tropa. Cuando supo que iba a ser el suboficial a su cargo, respiró aliviado. En el fondo, nuestro sargento es un gran tipo, y tiene un corazón de oro. Si es necesario, y si no lo es también, se dejará la piel por sus chicos. Quiero apuntar que sus chicos también se la dejarían por él.

Ahora, haremos un pequeño repaso al resto de la —casi en su totalidad— desastrosa e inútil tropilla yanqui.

Cabo Hicks

Sobre este personaje no tengo ninguna pega. Al menos, ninguna evidente. Bien podría ser el cabo de nuestro Grupo de la Muerte. Aunque le pediría que tuviera algo más de sangre: a veces en la vida hay que imponerse. Sobre todo, cuando Ripley le tira los tejos, y él parece pasar del tema, comportándose como un dandy acostumbrando a los requiebros femeninos. Error: nuestro cabo, al percatarse del detalle, atacaría con interés a Ripley, como no podía ser de otro modo. Una pregunta que lanzo al aire, para que la respondan los amigos —o amigas, si son chicas con tendencias sáficas—: ¿Quién no atacaría a un mujerón como Ripley si te das cuenta de que te tira los trastos? Yo, amigos y amigas, sí. Siempre hay tiempo para una alegría, aunque estés rodeado de aliens. Y más siendo un legionario español. ¿Quién dijo miedo? Casi, reconozco, me da más miedo Ripley que los bichos. Como lo leen.

Vasquez

¡Ah, amigos y amigas! ¡Por fin alguien competente! La única que se salva en la peli —obviando en momentos al cabo Hicks —de todo el nefasto grupo de marines coloniales. Vasquez no sólo tendría un puesto de honor en nuestro Grupo de la Muerte, si no que sería la favorita, tanto del cabo, como del teniente, del sargento, y de la madre que los parió a todos, incluida la mía propia. Vasquez los tiene bien puestos, a fe mía que sí. Como no es posible ascenderla en este nuestro ensayo, propongo que, al menos, fuera aspirante a entrar en la academia de oficiales el curso próximo. Qué menos. Impagable su respuesta a cuando le pregunta el bobo de Hudson: Vasquez, ¿nunca te han confundido con un hombre? y rotunda y afilada como un hacha contesta: No. ¿Y a ti? De hecho, es tan competente que parece desentonar —es más, desentona—, entre el grupo de imbéciles junto a los cuales se tiene que jugar el tipo. No sé cómo pueden vestir el mismo uniforme de marine colonial los mamarrachos que la acompañan sin que se les caigan las caras de vergüenza al puto suelo. A nuestra Vasquez —sí, es nuestra ya, para siempre—, le quedaría un millón de veces mejor el uniforme de legionaria, con mangas arremangadas, chapiri y borla. Imaginémosla. Es para acojonarse si te mira de frente, aunque no vaya armada. Permítanme un momento de debilidad: me encanta esta chica. Y si hay que batirse el cobre con alienígenas, la elijo como compañera. Vamos, que si me dan a elegir dos de entre todos los pavisosos de la peli, que me dejen con ella y Ripley, y que el resto se dedique al fanfarroneo o al macramé. Me la suda. Dato a tener en cuenta: es hispana. ¿Tendrá algo que ver? Dejo la pregunta en el aire. Pero todos sabemos la respuesta.

Del resto de tropa, mejor ni hablar. Son tan lerdos que parecen recién reclutados en un pueblo famoso por la consanguinidad de sus habitantes. Son todos tontos de baba. Los nuestros serían soldados varias veces reenganchados, capaces de liarse un petardo con una mano y desmontar y volver a montar un Cetme con la otra. Porque esa es otra: el fusil de asalto de nuestra tropa sería el Cetme-C, sin duda. Un fusil de asalto de verdad, que sirve para todo: cuando se agota la munición, con él se pueden abrir cabezas, por muy duras que sean, cascar nueces, usarlo de aparejo para una tienda de campaña, o matar conejos. O búfalos a golpes, depende de lo que tengas a mano. Omito hablar de cuando se le inserta la bayoneta: aunque es probable que lo llegasen a usar nuestras tropas, no es del todo aconsejable, basta recordar lo del ácido como sangre. Un Cetme-C, sí señor, y no esas mierdas sofisticadas que llevan los marines coloniales que sólo parecen hacer pupita a los aliens. El nuestro es un fusil de los que tiro que mete bicho que despedaza, aunque, por mala puntería o falta de vista, solamente se le roce. Al bicho, me refiero, ya que al fusil, con sólo rozarlo, no le haces nada, ni hace nada. Seguro y fiable. Como nuestra querida Vasquez.

Haré, como salvedad y pese al asco, mención especial a los payasos que pilotan la nave de desembarco, aunque es mejor ni hablar de ellos: son tan estúpidos que dejan entrar un bicho dentro de la nave mientras descargan material y esperan a que sean requeridos sus servicios. Inadmisible. Nuestros pilotos mantendrían la nave bien cerradita, controlarían los alrededores e, incluso, montarían guardia para que no se acercara ningún alien. ¿Por qué? Por que es necesario. ¿Quién haría guardia? Si es un problema de competencias, siempre hay alguno de menor graduación o menos veterano, ¿verdad? Pues te jodes, que para eso eres el más recluta, y montas guardia. ¿Es que los bobos de la peli no se han enterado de lo que ocurre? ¿Cómo pueden ser tan incompetentes, cuando tienen a su cargo el único medio de salir pitando del planeta? Al menos, los pilotos, en la peli, tienen el final que merecen: morir cruelmente despedazados por un alien. A todo esto... ¿qué coño hace la piloto con gafas de sol polarizadas en la noche espacial, y en un planeta sempiternamente lluvioso? Respuesta: el memo. Insisto: merecen, por idiotas y dejados, lo que les pasa.

Bishop

Nuestro grupo de legionarios no necesita robots. Hasta ahí podíamos llegar. Menos tecnología y más huevos.

Del resto de la tropa, que son unos cuantos aunque parezcan pocos por lo mal y poco que hicieron, paso de hablar. Que se vayan donde fueron y donde merecen: al carajo.

Pero, en comparación con el nefando grupo de la peli, me veo obligado a decir que nuestros chicos/chicas no tendrían nada que ver con ellos. Serían tan disciplinados —sobre todo ante el sargento y, por supuesto, delante de civiles— como chungos, tan válidos como malencarados ante un enemigo común. ¿Por qué? Joder, por que están en La Legión, y eso crea mella —y un respeto a tus superiores que raya en lo sicótico—. Ya puedes ser un triunfador hecho a lo blando, un niño de papá y mamá, un gil del candil, o el mayor hideputa acostumbrado a lo peor del mundo, da lo mismo de dónde vengas y quién seas, que entras en el Tercio y te entra una mala hostia acorde al cuerpo del cual formas parte, del cual aprendes verdadera disciplina, necesaria para las misiones que supuestamente tienes que realizar. Las que sean. Estás a punto para lo malo. Y, mientras tanto, a hacer caso de las órdenes de tus superiores. Como tiene que ser en un ejército que se llame como tal. Olvidemos, pues, a los marines coloniales, tan dados a cuestionar órdenes dadas para un fin que desconocen y que no les importa desconocer, aunque se estén encaminado al mismísimo infierno, algo de lo que —aunque sutilmente— les están advirtiendo.

A veces, las misiones de los nuestros se concretan en controlar un infame peñasco en mitad del mar. En este caso, matar bichos. Pues bueno. Pues vale. Pero todos juntos, como mosqueteros, defendiendo al compañero. Parece cosa de broma, pero sólo Vasquez lo dijo en la peli: Nosotros nunca abandonamos a los nuestros. Ni Dios la hizo caso. ¿Por qué? Por que estaba en un grupo de mierdas. Ole por Vasquez, la única con espíritu legionario español. Nuestro Grupo de la Muerte jamás abandona a un miembro. Aunque esté hasta las narices de él.

Bueno, ya que he terminado el resumen general de los elementos de la tropa, vayamos al resto: la acción. Los civiles, en este caso, y salvo Ripley, carecen de importancia. Al menos para mí, y en este ensayo.

Son tantos los errores u omisiones del deber que cometen los marines coloniales que, por sí mismos, podrían constituir un decálogo de cómo no hacer las cosas, que sería válido para cualquier ejército. Hasta para el del país más insignificante, donde un cabo primero hubiera dado un golpe de estado.

© Álvaro Carrión de Lezama, (3.525 palabras) Créditos