ULTIMATUM A LA TIERRA
ULTIMATUM A LA TIERRA EE.UU., 2008
Título original: The day the earth stood still
Dirección: Scott Derrickson
Guión: David Scarpa
Producción: Paul Harris Boardman
Música: Tyler Bates
Fotografía: David Tattersall
IMDb:
Reparto: Keanu Reeves (Klaatu); Jennifer Connelly (Helen); Jon Hamm (Dr. Granier); Kathy Bates (Regina Jackson); John Cleese (Dr. Barnhardt); Jaden Smith (Jacob); Lorena Gale (Científico); Patrick Sabongui (Soldado); Kyle Chandler (John Driscoll); Robert Knepper (Coronel); James Hong (Mr. Wu); John Rothman (Dr. Myron)

Sinopsis

La Dra. Helen Benson es sacada de su casa por la Agencia Nacional de Seguridad y llevada junto otros científicos a unas instalaciones gubernamentales, para tratar de hallar una explicación a un extraño objeto espacial que va a estrellarse en breve contra la isla de Manhattan. No obstante, la colisión no se produce, pues el objeto, un OVNI, frena su velocidad y aterriza en Central Park. A partir de ahí, se producirán una serie de extraordinarios acontecimientos que llevarán a Helen a entablar contacto con Klaatu, un humanoide que dice albergar intenciones pacíficas, pero que parece tener poder para destruir a toda la humanidad.

Nada más lejos de mi intención que se me acuse de purista; antes al contrario, soy un firme defensor de los remakes, práctica muy común en Hollywood desde siempre. Pero hay cintas que, por sus especiales características, resulta como poco problemático rodar de nuevo. Eso es lo que ocurre con ULTIMATUM A LA TIERRA (THE DAY THE EARTH STOOD STILL, Robert Wise, 1951), una joya irrepetible de la ciencia-ficción cinematográfica, que medio siglo después Scott Derrickson se ha atrevido a llevar de nuevo a la pantalla. La operación, llevada a cabo por la Fox en asociación con la Earth Canada Productions y el apoyo entusiasta de Keanu Reeves, que es su protagonista, pretende actualizar un clásico, y ahí es donde las cosas empiezan a torcerse. De entrada, y aun a riesgo de desatar las iras de los partidarios de las nuevas versiones, debo decir que el film de Wise es tan redondo, tan perfecto, que no necesitaba para nada una puesta al día. Pero admitiendo que los remakes son cosa normal en la industria del cine, y que éstos raras veces están a la altura del original, es de lamentar que Derrickson no haya tenido un poco más de cuidado al adaptar la obra maestra de Wise. La cinta hace gala de la perfección técnica del cine actual, pero el director se ha dejado llevar por las modas y ha sustituido el aliento casi negro del film original por una espectacularidad abrumadora pero fría como un témpano. Parte de culpa la tiene el productor, que invirtió mucho dinero en el proyecto, creyendo que los resultados eran una cuestión de pasta. Nada más lejos de la realidad. La película funcionó muy bien en taquilla, y en ese aspecto nada que objetar. Pero el film de Wise obtuvo resultados económicos similares, con una inversión infinitamente menor y mayores dosis de talento. Por otra parte, la película de 1951 es sencillamente genial, mientras que la de 2008 no funciona ni como simple remake.

Reeves no es mal actor, pero no da la talla como Klaatu, al contrario que el impagable Michael Rennie, cuyos rasgos angulosos y frialdad expresiva no forzada casaban tan bien con el carácter del mensajero extraterrestre. La chica y el niño están correctos, pero no muy convincentes. Del robot casi mejor no hablar, porque el del film de Wise era inquietante como pocos, mientras que el de Derrickson, a pesar del despliegue de efectos especiales, resulta del todo irrelevante. Como la costosa infografía que se supone representa la nave alienígena, mucho menos efectiva que el sencillo pero eficaz platillo volante de la cinta original.

Con todo, lo peor es esa manía ecológica que parece haberse desatado en Hollywood. Resulta que el Klaatu de Reeves llega la Tierra para destruir a la humanidad, habida cuenta de que ésta no se porta bien con el planeta. Decididamente, era mucho más creíble y aterradora la versión de los años cincuenta, en la que Klaatu advierte a la raza humana que debe poner fin a sus experimentos atómicos, que ponen en riesgo a otros mundos habitados, si no quiere que los habitantes de esos planetas se vean obligados a tomar una terrible resolución. La de 1951 encerraba un claro mensaje pacifista, incómodo para los distintos gobiernos; la de 2008 recurre al ecologismo facilón para no complicarse la vida. Un despropósito.

ULTIMATUM A LA TIERRA no pasa de ser, por tanto, un simple remake, y no muy bueno, de un clásico imprescindible de la ciencia-ficción fílmica. Una cinta que se olvida apenas aparece el The End. Una verdadera pena, pues la película de Wise daba para una nueva versión, inferior, pero mucho más lograda que la insulsa cinta que nos ocupa.

© Antonio Quintana Carrandi, (722 palabras) Créditos

Tal como he comentado en más de una ocasión, rara es la película de ciencia-ficción (me refiero, claro está, a las made in Hollywood), entre todas las rodadas en las últimas décadas, que me haya satisfecho mínimamente. Bueno, en realidad esto sería aplicable a la práctica totalidad de los géneros cinematográficos, y de hecho no soy yo el único que se queja de la banalización del cine actual, con unos guiones ramplones y unos argumentos que en muchas ocasiones parecen dirigidos a espectadores de encefalograma plano, o poco menos.

Pero en la ciencia-ficción me escuece bastante más, supongo que por el hecho de ser aficionado al género desde que tengo prácticamente uso de razón. Y si ya de por sí me enerva tenerme que tragar una de esas sosadas que se llevan ahora, en las que los efectos especiales y las escenas presuntamente trepidantes pretenden suplir al inexistente guión, todavía llevo peor contemplar cómo destrozan un clásico para, al rebufo de su merecida fama, intentar enchufarnos un truño infumable digno merecedor de la hoguera junto con todos sus promotores. Puede que sea cosa de la crisis de ideas que arrasa Hollywood, puede que sea el afán de dinero fácil de los responsables de las productoras... aunque en la época clásica el cine norteamericano también estaba pensado como negocio, lo que no impedía que todos los años regalara a los espectadores con varias obras maestras. Qué tiempos aquellos.

El caso es que este vulgar parasitismo —aunque quizá sería más correcto llamarlo carroñerismo, o vampirismo— de los mal llamado remakes, que yo traduzco al español como refritos por supuesto con todas las posibles connotaciones negativas del término, no sólo no suele alcanzar ni de lejos el nivel de los originales a los que plagia sino que, por lo habitual, suele acabar hundiéndolo. Y si alguien me sabe decir algún ejemplo dentro del género —me estoy refiriendo a los últimos 30 ó 40 años de la historia del cine de ciencia-ficción— que rebata mis argumentos, por favor que lo haga, porque le estará muy agradecido.

Así pues, tras este preámbulo supongo que se podrán imaginar ustedes el estado de ánimo con el que acostumbro a enfrentarme a cualquiera de estas películas; porque, como cabía suponer, sigo sin escarmentar. Y así me va. Esto es lo que ocurrió cuando hace unos días pusieron en televisión la nueva versión —por llamarla algo— de ULTIMÁTUM A LA TIERRA, el clásico del género dirigido en 1951 por Robert Wise sobre un guión de Edmund H. North, basado a su vez en el poco conocido relato corto EL AMO HA MUERTO (FAREWELL TO THE MASTER) de Harry Bates, publicado en España en el número 53 de Nueva Dimensión aunque se puede conseguir en internet.

El remake, por su parte, es de 2008, fue perpetrado —perdón, quería decir dirigido— por el para mí completamente desconocido Scott Derrikson y su ¿guión? está firmado por un no menos desconocido David Scarpa. Y, como ya he apuntado, se vendió como una nueva versión de la película homónima de 1951.

En lo que a mí respecta, les puedo asegurar que no me decepcionó en absoluto; al contrario, confirmó hasta el último de mis peores temores, que no eran pocos. Pero no nos adelantemos. Para empezar, quede bien clara una cosa: la película de 2008 se parece a la de 1951 como un huevo a una castaña, por más que repita el título original de la que pretende imitar (THE DAY THE EARTH STOOD STILL, traducible como El día que la Tierra se detuvo), repitiéndose asimismo en la versión española el de ULTIMÁTUM A LA TIERRA con el que ésta fuera estrenada en nuestro país. También tenemos un protagonista que se llama Klaatu y que viene del espacio portando un mensaje para los terrestres, un robot humanoide que atiende por Gort, a la viuda Helen Benson como protagonista femenina y a su hijo/hijastro como niño más bien tirando a repelente... y pare usted de contar.

Porque por lo demás, los argumentos de ambas películas no es que varíen, es que son completamente distintos tanto en la forma como en el fondo. Esto, en sí mismo, no tendría por qué ser negativo; de hecho la película de 1951 es muy diferente del relato de Bates, sobre todo en el sorprendente final en el que el robot Gort, aquí llamado Gnut, revela ser el verdadero amo, resultando el malogrado Klaatu tan sólo un humilde siervo suyo. Pero tanto el cuento como la película son excelentes, manteniéndose en ambos idéntico mensaje original que, si bien hoy a través de una lectura superficial podría parecer un tanto ñoño y buenrollista, en el momento de la publicación del relato (1940, en plena II Guerra Mundial) y del estreno de la película (1951, con la Guerra Fría en su punto álgido) no podía ser más revolucionario, sobre todo en el segundo, con una histeria anticomunista generalizada en los Estados Unidos y la famosa caza de brujas del tristemente célebre senador McCarthy iniciada un año antes.

Si a ello sumamos que la ciencia-ficción de la época retrataba por lo general a los extraterrestres como unos seres monstruosos y malignos empeñados en conquistar la Tierra y en esclavizar o destruir a la humanidad, resulta evidente que el mensaje humanista traído por el visitante chocaba frontalmente no sólo con los tópicos habituales del género, sino también con la asfixiante atmósfera política y social de los Estados Unidos de la época.

Nada de esto aparece en la versión de 2008, una burda caricatura que desvirtúa por completo a la película a la que pretende imitar (algo muy distinto a versionarla, que es lo que hizo ésta con respecto al relato) quedándose tan sólo con la cáscara... y ni aun eso. Sí, ciertamente hay un vehículo espacial (esfera luminosa en vez de platillo volante) que aterriza en Central Park, y de ella sale un ser humanoide que es herido por los nerviosos soldados y llevado a un hospital, del cual logra escapar buscando refugio en el domicilio de la protagonista femenina; también coincide su empeño inicial, prontamente desaparecido, de dirigirse a los líderes mundiales para comunicarles su mensaje, y asimismo es perseguido y acosado por unos terrestres que no entienden que sus intenciones pudieran ser pacíficas... pero ahí quedan todas las posible similitudes.

Para empezar, y esto es lo más grave, mientras que en la película original el mensaje que un moribundo Klaatu podrá dirigir finalmente a los terrestres consiste en una advertencia acerca de un uso irresponsable de la energía atómica, ante el cual las civilizaciones galácticas se verían obligadas a intervenir, la nueva versión opta por el rollito ecológico mal digerido: ahora a quienes amenazamos los humanos es a la propia Tierra, y puesto que las civilizaciones extraterrestres la consideran algo así como una reserva de la biosfera, no están dispuestos en modo alguno a consentir que nos la carguemos. Así pues, o espabilamos o nos darán matarile, y muerto el perro se acabó la rabia.

El problema es que este segundo Klaatu jamás llegará a transmitir el mensaje urbi et orbe, primero porque le hieren y le mandan a un hospital, y segundo porque no tardará en olvidarse de él tras llegar a la conclusión de que los humanos no tenemos remedio (en esto le ayuda una versión beta de sí mismo llegada de incógnito en 1928 para investigar de que pie cojeábamos) y que, por lo tanto, lo único que procede es organizar una especie de arca de Noé, pero sin Noé, en forma de esferas que se llevan a no se sabe donde un completo muestrario de la vida animal y vegetal de la Tierra, como paso previo al consiguiente diluvio purificador.

Mientras tanto, por un lado la protagonista y su repelente hijastro, del que hablaré más adelante, mantienen una ambigua relación con el visitante, al tiempo que la mala oficial encarnada por la secretaria de Defensa de los Estados Unidos hace todo lo posible por capturarlo vivo o muerto, preferiblemente lo segundo. Klaatu, bastante mosqueado y no sin razón, argumenta a la chica y a sus amigos que el exterminio de la raza humana está bastante más que justificado, y además, añade, el proceso ya ha sido puesto en marcha y ni siquiera él sería capaz de detenerlo.

Así pues, comienza la fase que pudiéramos llamar, recurriendo al título original, de paralización de la Tierra; aunque ahora es cuando las dos versiones acaban de divergir por completo. Mientras en la película de Wise Klaatu se limita a paralizar durante media hora todos los artilugios eléctricos de la Tierra con objeto de convencer a nuestros recalcitrantes gobernantes de que realmente habla en serio y no es ningún loco disfrazado de extraterrestre, en la de Derrikson se trata nada más y nada menos de la aniquilación de la especie humana, sin que se llegue a saber si con efectos colaterales o no para el resto de las especies con las que compartimos el planeta.

Y como toda película de ciencia-ficción moderna que se precie ha de tener efectos especiales hasta para aburrir, no contento su guionista con toda la parafernalia estilo ALIEN montada a la llegada de Klaatu, organizará ahora un Armagedón hig-tech con el gigantesco robot Gort (en la película de 1951 sólo medía tres metros) transmutado en una nube de nanobichos que se dedicarán a zamparse todo lo que encuentran por el camino, incluyendo metales, edificios, personas... y como estos nanobichos son además autorreplicantes y se multiplican en progresión geométrica, pronto una nube de ominoso color gris comenzará a extenderse por los Estados Unidos dejando tras su paso la devastación más absoluta.

Claro está que las cosas no pueden acabar así, por lo que Klaatu, convencido finalmente de que los terrestres necesitan verse al borde del precipicio para escarmentar, y que no es de buen rollo cargárselos a todos sin dejar ni la muestra, acepta paralizar el desaguisado no sin antes librar a la chica y al repelente infante de la infección mortal que les habían provocado los nanobichos, mediante el expeditivo método de absorber en su cuerpo todos los que pululaban por los suyos. En una escena final que pretende ser dramática Klaatu deja a sus amigos al resguardo de un puente (que alguien me explique, por favor, por qué los nanobichos lo respetan, cuando se acaban de zampar un estadio entero sin tomar bicarbonato) y atraviesa la densa nube letal que le va corroyendo el cuerpo hasta que, recurriendo a sus últimas fuerzas, consigue llegar hasta la esfera y, antes de morir, provoca un pulso electromagnético que causará la destrucción de la plaga y, de paso, un colapso total de los sistemas eléctricos e informáticos del planeta (era cuestión de justificar el título), sin que lleguemos a saber si éste será definitivo o no puesto que la película termina aquí.

Y eso es todo, con el mensajito implícito final (o al menos eso me pareció) de seeed bueenos y un cierto regustillo rancio al típico puritanismo protestante yanqui que nos enchufan a poco que nos descuidemos, como ocurriría de forma mucho más descarada con la infumable SEÑALES DEL FUTURO, estrenada un año después. Aunque aquí la identificación implícita del hierático Klaatu con un mesías redentor llegado de allende los cielos que se sacrifica por salvar a la humanidad tampoco es moco de pavo.

Poco más es lo que puedo añadir del guión, pero sí algún que otro comentario acerca de otros detalles. Para empezar sobre los protagonistas o, mejor dicho, sobre un par de ellos empezando por el propio Klaatu, encarnado por el cara de palo Keanu Reeves. Porque, qué quieren que les diga, hasta el propio Gort resulta más expresivo, incluso asumiendo que, por muy extraterrestre que sea, su personaje resulta tener menos matices que un palo de escoba.

Justo lo contrario es lo que ocurre con el repelente hijastro de Helen Benson, encarnado por el (me temo que asimismo repelente) Jaden Smith, hijísimo del todavía más repelente Will Smith. Y no es ya que dé y por buena la conocida afirmación de Alfred Hitchcock de que nunca hay que rodar una película ni con animales ni con niños, es que el tierno infante ciertamente promete... y, aunque no sé a ciencia cierta si se trata tan sólo de su papel o de que el muchacho es realmente así de repulsivo, lo cierto es que me resultó vomitivo, con rastas incluidas.

Como anécdota cabe reseñar la forma en la que, quizá por eso de cubrir las cuotas étnicas, quizá porque su papá tenía mucha mano, le metieron de clavo en el reparto, algo chocante teniendo en cuenta que ni su color de piel ni sus rasgos son precisamente caucásicos: mientras en la película original Helen Benson era una respetable viuda con un hijo racialmente a juego, aquí se sacan de la manga que seguía siendo viuda, sí, pero de un viudo se supone que afroamericano (seamos políticamente correctos) que aportó a modo de dote matrimonial a esta joyita de criatura, la cual, al palmarla el papá, le habría quedado en herencia a la pobre. Y vaya herencia.

Un último detalle quiero resaltar ya que quizá le haya podido pasar desapercibido a más de uno. Cuando la monolítica secretaria de Defensa expone sus argumentos para justificar el empeño en destruir al visitante, alega que siempre que a lo largo de la historia han entrado en contacto dos civilizaciones con un nivel de desarrollo dispar siempre ha sido la débil la que ha acabado siendo aniquilada, De ello hay innumerables ejemplos, continúa explicando la señora, pero a la hora de la verdad tan sólo cita dos: el de Cristóbal Colón y el de Francisco Pizarro, con dos anglosajonas narices. Sin comentarios o, mejor dicho, con uno solo: Ignoro si esto es todo lo que daban de sí los conocimientos de historia los guionistas de la película o si se trata de una muestra más de ese secular empeño british, heredado por muchos yanquis wasp, de calumniar a todo lo que huela a español, como si ellos hubieran sido unas hermanitas de la caridad en vez de ir causando desmanes por medio mundo. En cualquier caso, mi conclusión es la misma: resulta deleznable. Pero en el conjunto de la película ni se nota, porque en realidad prácticamente toda ella lo es.

© José Carlos Canalda, Créditos

Acabo de ver el remake de ULTIMÁTUM A LA TIERRA y la verdad es que me ha decepcionado bastante. Y eso que fui a verlo sin grandes pretensiones y sin esperarme nada del otro mundo. Pero es que aún así, no me ha acabado de convencer.

Supongo que tengo muy reciente el visionado de la película original, que no pude disfrutar completa hasta hace unas semanas, por lo que la tenía fresca. El remake nos cuenta una historia parecida (que no igual) pero sin la ingenuidad de la película original.

Particularmente, creo que ha acabado siendo una simple película de efectos especiales, con personajes muy superficiales, nula empatía y demasiados autohomenajes cinematográficos.

Así, hay un par de escenas (el nacimiento del alien o su conexión a las redes informáticas) que parecen sacadas de MATRIX que, estando interpretada por el mismo actor, se tornan excesivamente repetitivas.

Por otro lado, la conversión de GORT en un enjambre de nanobichejos parece calcado de PRESA de Michael Crichton y más que miedo, da un cierto asco. Nada comparable a la mujer de la serie original diciéndole al robot que se le abalanza encima Klaatu barada nikto, frase que eché en falta.

Finalmente, la escena inicial del reclutamiento de los científicos, parece una copia barata del de Esfera, también de Michael Crichton y la escena de la pizarra con un John Cleese convertido en viejecito científico, es de las pocas que se han salvado de la película original.

En definitiva, si bien se conserva hasta cierto punto el mensaje original y aún se refuerza, dejando claro que la Tierra no es propiedad de los humanos y que es más valiosa que la raza humana en sí misma, la película no tiene la garra de la original que, además se vale del ambiente hostil y paranoico de la guerra fría.

Está visto que los buenos guiones de ciencia-ficción los encontramos cada vez más en las series de televisión más que en la gran pantalla, donde parece que lo único que cuenta es sacar unas cuantas caras conocidas y gastarse cantidades enormes en efectos especiales.

© Enric Quilez Castro, (349 palabras) Créditos
Publicado originalmente en El mundo de Yarhel el 23 de diciembre de 2008