PODEMOS CONSTRUIRLE
PODEMOS CONSTRUIRLE Philip K. Dick
Título original: We Can Build You
Año de publicación: 1972
Editorial: Martínez Roca
Colección: Super Ficción nº 111
Traducción: Rafael Marín Trechera
Edición: 1988
Páginas: 208
ISBN:
Precio: Descatalogado

Cuando Dick escribió esta novela estaba pasando por uno de los peores momentos de su vida. Abandonado por su mujer, que además se llevó a su hija, fuertemente enganchado a las drogas, acosado por episodios paranoides, no estaba precisamente en la mejor situación para dedicarse a una actividad concentrada como es la escritura.

Dick, que siempre se había caracterizado por ser un autor prolífico tardó dos año en publicar esta novela desde que en 1970 apareció UBIK, y se percibe de principio a fin la falta de pulso, concentración y rumbo en una obra dispersa y que salta de un argumento en principio interesante, como puede ser el de la interacción de las inteligencias artificiales con sus creadores, a la más que deslavazada descripción de la locura.

Todo parte cuando Louis Rosen y su socio Maury Rock comprenden que el negocio de fabricación y venta de órganos y espinetas o pianos electrónicos esta al borde del agotamiento comercial, y deciden dar un salto cualitativo en su catálogo. Por iniciativa de Pris, la hija de Maury, construyen un androide réplica (simulacro) de Edwin M. Stanton con la intención de crear una línea de simulacros capaces de representar una y otra vez los hechos más destacados de la Guerra Civil Norteamericana.

Edwin M. Stanton
Edwin M. Stanton

Aquí surge un vacío cultural e histórico muy importante. El trauma que supuso la Guerra Civil para los Estados Unidos fue de tal calibre que aún hoy se recuerda por los descendientes de ambos bandos con más fervor que cualquiera de las guerras posteriores en las que se vio envuelto el país. Sus protagonistas son estudiados, imitados y hasta parodiados de forma constante, en algunos lugares es prácticamente una religión. El problema está en que aparte de Lincoln, Grant y Lee­, el resto del mundo apenas tiene más conocimiento de la citada guerra que por las referencias en series, películas documentales, y así, con mucho esfuerzo se puede hablar de Gettysburg, Sherman, o el Monitor. Edwin Stanton es pues, un perfecto desconocido pese a la importancia que tuvo durante la guerra (precisamente fue ministro del ramo de Lincoln) y la importancia que le dedica Dick resulta extraña y distante.

El caso es que una vez construido el Stanton se deciden a construir un Lincoln, ambos resultan tan satisfactorios que el siguiente paso es producirlos en serie, pero para eso es necesario financiación, y se acude, por mediación de Pris, a Sam Barrows, un ambicioso multimillonario, para interesarlo por el proyecto.

Hasta aquí, y pese las dificultades mencionadas, se podría pensar que se está ante una novela que, además de los problemas filosóficos que plantean los simulacros, muestra como es la interacción entre la creatividad y el dinero que le da soporte. Pero finalmente no hay nada de eso. Las obsesiones de Dick eran muy distintas y todo esto desaparece cuando las pone en primer plano.

Pris está al final de una adolescencia difícil, ha pasado mucho tiempo internada en psiquiátricos estatales y aunque está en teoría curada de su esquizofrenia, es un ser analítico, frío y amoral. No le importa hacer daño, de hecho no parece darse cuenta de que hiere a las personas con las que habla con sus desapasionados análisis de su interlocutor. En un momento determinado, y sin venir muy bien a cuento Louis Rosen se enamora de ella, y se acabó la novela.

A partir de cierto momento a Dick le sobran los simulacros, la peculiar familia y el socio de Rosen y la fabrica de órganos eléctricos. Barrows y Pris se convierten en meros comparsas objeto de los delirios de Rosen, que acaban reducidos a una sucesión de actos sin sentido, sin objetivo y lo que es peor, sin consecuencias. Bien es cierto que Rosen acaba internado en un manicomio, pero igualmente podrían haberle enviado a una emisora de radio a tocar bluegrass, es todo tan inconsistente y desvaído que a pocas páginas del final se pueden pasar unas cuantas sin que la novela pierda sentido.

No es, ni de lejos, una de las mejores novelas de Dick, ni siquiera es una buena novela. Un buen argumento inicial y unas buenas ideas desastrosamente aprovechadas, no dan para compensar el desvarío final en el que se convierte.

© Francisco José Súñer Iglesias, (701 palabras) Créditos