UNOS CARDAN LA LANA...
por José Carlos Canalda

...y otros se llevan la fama. Como es sabido, el término coloquial friki —no se molesten en buscarlo en el Diccionario de la RAE, porque no viene, aunque sí en la Wikipedia— proviene del inglés freak, que literalmente significa extraño, extravagante o estrafalario. Sin embargo, una acepción más ajustada en español sería más bien la de zumbado o pasado de rosca, entendiendo como tal a todo aquel que lleva su afición hasta unos extremos tan obsesivos que acaba condicionándole sus pautas de comportamiento hasta convertirlo en un fanático.

Pese a que este concepto podría abarcar —y de hecho abarca— a cualquier campo social, se da la circunstancia de que en la práctica se suele aplicar casi siempre a un ámbito relativamente reducido que vendría a coincidir, grosso modo, con lo que podríamos denominar en un sentido amplio el mundo del fantástico. Así, cuando nos dicen que Fulano es un friki, automáticamente tendemos a pensar en un fanático de la ciencia-ficción —preferiblemente de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS o de Star Trek —, de la magia —léase EL SEÑOR DE LOS ANILLOS o Harry Potter —, de los cómics de superhéroes —curiosamente no conozco frikis de los muy hispanos Capitán Trueno o Mortadelo y Filemón —, de los mangas japoneses, de los juegos de rol.

Como se ve, todos entran en el mismo saco, o al menos en sacos muy similares. Sin embargo, y pese a que es cierto que a esta gente le gusta dar la nota disfrazándose de Darth Vader, de vulcanianos o de elfos, me sorprende mucho que otros colectivos, con pautas de comportamiento no menos estrambóticas desde mi punto de vista, sean considerados como normales, pese a que poco o nada tienen que envidiarlos.

Así, por poner un ejemplo reciente, no he tenido por menos que pasmarme por el fenómeno Chiki Chiki, no ya por la payasada en sí —al fin y al cabo cuesta trabajo creer que el caduco festival de Eurovisión se merezca otra cosa— sino por el próspero negocio en que se ha convertido para sus promotores, gracias al considerable número de frikis que se han apresurado a dejarse los cuartos comprando toda la parafernalia asociada al mismo... sin olvidarnos tampoco de los otros frikis que, desde la orilla opuesta, resucitarían si pudieran a la Inquisición con tal de dar su merecido a tamaños herejes.

Y no es lo peor. Para frikis con mayúsculas los forofos deportivos, los hinchas, en especial los del fútbol aunque los otros deportes tampoco estén libres de ellos. Vaya por delante que la afición al fútbol o a cualquier otro deporte, independientemente de que no la comparta, me parece respetable por completo... siempre y cuando no se pase de rosca. El problema es que suelen pasarse, de modo que sectores cuantitativamente importantes de estos aficionados acostumbran a rebasar los límites no ya de lo que podríamos denominar sensatez, sino incluso del inalienable respeto a los demás. A mí me parece aberrante que el fervor no ya a un deporte o a un espectáculo, sino a los colores de un club concreto, prive a estas personas de la cordura suficiente como para hacerles caer en el ridículo, pero la realidad está ahí y es tozuda.

Por supuesto que esto no afecta a la totalidad de los aficionados sino tan sólo a una parte de ellos, tal como ocurre en cualquier otro ámbito, pero en el caso concreto del fútbol es donde se observan los comportamientos de este tipo más aberrantes, con gente que parece basar su felicidad —o su infelicidad— en factores tan peregrinos como los resultados de su equipo, sin que otras circunstancias tales como su relación familiar, su trabajo, su salud o la maldita hipoteca parezcan afectarles en similar magnitud... gente que, cuando la veo gritar enfervorizada y ataviada con sus disfraces, sus pinturas de guerra y toda la parafernalia ritual, no me inspiran sino vergüenza ajena, a la par que indignación cuando las hordas desatadas asaltan impunemente la fuente de la Cibeles, o a sus equivalentes en otras ciudades, cada ver que los campeones de su tribu consiguen derrotar a los contrarios.

Y sin embargo casi todo el mundo lo ve tan normal, mientras los perspicaces gerentes de los equipos de fútbol han encontrado un auténtico filón a base de exprimirlos como limones con toda suerte de baratijas bendecidas por el agua milagrosa del escudo o los colores del club; eso sin olvidar que en ocasiones, por fortuna infrecuentes pero no por ello menos reales, todo este frikismo futbolero puede acabar adquiriendo tintes dramáticos e incluso trágicos, como ocurrió el 29 de mayo de 1985 en el estadio Heysel de Bruselas, donde una avalancha humana provocada por los hinchas del Liverpool, durante la final de la Copa de Europa entre este equipo británico y la Juventus italiana se saldó con 39 muertos (la inmensa mayoría italianos) y 600 heridos.

Sin llegar por fortuna a esos extremos en España tampoco estamos inmunes al problema, como lo demuestran los al menos 8 fallecidos, entre víctimas de imprudencias y asesinados, en los campos de fútbol de nuestro país en los últimos veintitantos años, ello sin considerar la violencia menor, mucho más frecuente, saldada con apaleos, apedreamientos de vehículos, amenazas y similares.

El fútbol cuenta en su haber incluso con una guerra, la denominada precisamente Guerra del Fútbol, que estalló en julio de 1969 entre las repúblicas centroamericanas de Honduras y El Salvador a raíz de una eliminatoria disputada entre ambas selecciones, durante la fase clasificatoria para el campeonato mundial de fútbol de 1970, en junio de 1969. Cierto es que los motivos reales que provocaron el conflicto armado fueron ajenos al fútbol, ya que la tensión entre estos dos países vecinos había ido incrementándose desde tiempo atrás por cuestiones políticas y económicas, pero no menos cierto es también que la citada eliminatoria actuó de espoleta para el mismo exacerbando los respectivos nacionalismos al tiempo que los responsables políticos y los medios de comunicación de ambos países empujaban irresponsablemente a sus conciudadanos hacia la catástrofe. La guerra, que duró tan sólo 6 días y provocó unos 4.000 muertos, no sólo no solucionó ningún problema, sino que los acrecentó en los dos países, que entraron en una espiral de violencia de la que no pudieron salir en muchos años.

Aunque probablemente sea éste el caso más llamativo de frikismo asumido por la sociedad, dista mucho de ser el único. Las carreras de motos arrastran también su peculiar circo, y es habitual que cada carrera celebrada en los diferentes circuitos de nuestro país se salde con varias muertes por accidente de los aficionados, parte de los cuales no se puede decir que acostumbren a ser demasiado respetuosos con las normas de tráfico. Y si del deporte pasamos al campo musical, nos encontraremos desde el caso patético de las fans adolescentes —como si no tuvieran cosas mejores que hacer— hasta la histeria colectiva, que tiene mucho de ritual seudorreligioso, que arrastran los recitales multitudinarios de ciertos tipos de música, como por ejemplo los festivales de rock.

Si miramos hacia el pasado descubrimos que no se trata en modo alguno de un fenómeno nuevo, ya que sus equivalentes históricos nos aparecen por doquier, desde las luchas de gladiadores romanos hasta las carreras de cuadrigas de los hipódromos bizantinos, algunas de cuyas disputas se acabaron saldando en disturbios que llegaron a llevarse por delante incluso a los mismísimos emperadores. Más cercanas en el tiempo y en el espacio, sin salir de España y remontándonos tan sólo a un par de siglos escasos, tenemos las broncas entre los aficionados a diferentes toreros o bien a diferentes tonadilleras, muy vivas en el pasado hasta el punto de quedar reflejadas al menos en dos zarzuelas... claro está que entonces todavía no existía el fútbol.

Y sin embargo, insisto en ello, la gente ve mucho más normal que alguien se disfrace con el uniforme de un equipo de fútbol y se vaya a berrear como un poseso a un estadio, a que otro prefiera hacerlo de elfo o de Supermán y se reúna tranquilamente y sin meterse con nadie con otros que comparten su misma compulsión. Todavía peor, bastó con que un descerebrado adicto a los juegos de rol asesinara a una persona, para que en los medios de comunicación aflorara una campaña de prensa intentando identificar a los adictos a su práctica con psicópatas en potencia.

Me contaba Francisco José Suñer, hace algún tiempo, una anécdota referida a la fiesta de celebración del décimo aniversario del Sitio de Ciencia-ficción. Contactado por unos periodistas interesados en cubrir la noticia, éstos le preguntaron si iba a ir gente disfrazada; al responder que no, que pese a ser aficionados a la ciencia-ficción éramos personas bastante normales y comedidas, perdieron todo interés por el evento y, por supuesto, no aparecieron.

Así, pues, concluyo con esta pregunta final: ¿De todos ellos, quiénes son, objetivamente, los más raritos?

© José Carlos Canalda, (1.487 palabras) Créditos