LA MASA DEVORADORA / LA MANCHA VORAZ
LA MASA DEVORADORA EE. UU., 1958
Título original: The Blob
Dirección: Irvin S. Yeaworth Jr.
Guión: Kay Linaker, Theodore Simonson
Producción: Jack H. Harris
Música: Ralph Carmichael
Fotografía: Thomas E. Spalding
IMDb:
Reparto: Steve McQueen (Steve Andrews); Aneta Corsaut (Jane Martin); Earl Rowe (Lt. Dave); Olin Howland (Old man); Alden `Stephen` Chase (Dr. T. Hallen); John Benson (Sgt. Jim Bert); George Karas (Officer Ritchie); Lee Paton (Kate, the nurse); Elbert Smith (Henry Martin)

Sinopsis

En una noche estrellada, mientras disfrutan de su amor, los jóvenes Steve y Jane ven caer del firmamento un objeto luminoso. Poco después, aparece en la región una criatura alienígena, una extraña masa amorfa, que pronto comenzará a atacar a los lugareños. La criatura, en principio pequeña, va aumentando de tamaño a medida que se alimenta de las personas que tienen la desgracia de cruzarse en su camino. Steve, Jane y sus amigos, que han sido testigos de algunos ataques de ese ser, tratan de alertar a las autoridades. Éstas se niegan a creerles, pero cuando el monstruo extraterrestre, convertido ya en una aterradora masa devoradora de carne humana, ataca la ciudad, todos han de hacer causa común para destruirlo.

LA MASA DEVORADORA, pequeño gran clásico del subgénero de las Monsters Movies, dirigido por el no muy conocido pero competente Irvin S. Yeaworth, ejemplifica como pocos los modos y usos del cine de bajo presupuesto característico de su tiempo. Film modesto pero muy digno, carente de pretensiones artísticas, aspira sólo a entretener, cosa que consigue con creces. El relato fluye por los cauces preestablecidos en este tipo de producciones, y aunque asume con convicción las más trilladas convenciones del género, logra mantener el interés del espectador durante todo el metraje, erigiéndose en uno de los títulos más agradables del Fantástico de los años cincuenta. Realizado con escasos medios técnicos y económicos, suple la falta de espectacularidad con el recurso a unas eficaces elipsis visuales, sabiamente dosificadas por Yeaworth, que hacen innecesario el despliegue sanguinolento tan común en otras producciones de similares características. El horror se sugiere, no se explicita visualmente, y aunque esto se deba más a penurias presupuestarias que a las aspiraciones estéticas del director, hay que reconocer que beneficia extraordinariamente al resultado final de la película.

El monstruo del espacio exterior es, como indica el título del film, una masa gelatinosa, de color frambuesa, que envuelve y absorbe a sus presas, que crece exponencialmente a medida que se alimenta, y que parece estar inspirada en la criatura que vimos en EL EXPERIMENTO DEL Dr. QUATERMASS[P] (THE QUATERMASS EXPERIMENT, Val Guest, 1956). A pesar de la falta de presupuesto, el ser está muy logrado, y las secuencias en las que aparece resultan moderadamente terroríficas, pero muy inquietantes. Como cualquier entidad monstruosa alienígena que se precie, tiene su talón de Aquiles, en este caso su nula resistencia al frío. Una vez descubierto su punto flaco, las fuerzas vivas del pequeño pueblecito, con el apoyo de la pandilla de díscolos jovenzuelos capitaneados por Steve McQueen, consiguen reducirla rociándola con extintores de incendios, ya que el anhídrido carbónico de los mismos es ideal para detener su crecimiento y dejarla en un estado de letargo, como criogenizada.

En la gran mayoría de las Monsters Movies, los héroes de turno conseguían aniquilar al monstruo. En LA MASA DEVORADORA, por el contrario, se da a entender que no hay forma de matarla; al menos, no con los medios que la Humanidad tiene a su alcance, por lo que se impone buscar otra solución para deshacerse de ella. Esto da pie a un final abierto, magníficamente explicitado en la última escena, donde el tradicional The End es reemplazado por un signo de interrogación (?), dejando entrever, quizás, la posibilidad de una continuación del film. En todo caso, la cinta originó dos secuelas. La primera de ellas fue ¡CUIDADO! MASA MORTAL (BEWARE! THE BLOB, 1972), dirigida nada menos que por Larry Hagman (sí, J.R., el de Dallas). Parece ser que se trataba de una parodia poco afortunada del film de Yeaworth. La segunda, EL TERROR NO TIENE FORMA (THE BLOB, Chuck Russell, 1988), es un remake tan aparatoso como penoso, que figura, con razón, entre las peores producciones de corte fantástico realizadas en los años ochenta.

Uno de los grandes aciertos del film es su tono auto paródico, plasmado en las escenas que se desarrollan en el cine de la localidad, donde se exhibe una antigua película de terror de Bela Lugosi, que provoca hilaridad entre los jóvenes espectadores. La criatura se introduce en la cabina de proyección, devora al proyeccionista, provocando el corte de la película, y luego se desliza hacia el patio de butacas, sembrando un terror real entre los teenagers. Una secuencia memorable que inspiraría, muchos años después, a dos de los grandes realizadores del moderno cine fantástico, Joe Dante y John Landis.

La película cosechó un enorme éxito popular, principalmente entre el público adolescente, al que parecía ir dirigida, dado el protagonismo del grupo de jovenzuelos encabezados por Steve. LA MASA DEVORADORA fue también un film importante en la carrera del gran Steve McQueen, ya que fue uno de sus primeros papeles como protagonista, tras largos años de interpretar personajes secundarios. La actuación de McQueen en esta película, siempre teniendo en cuenta las limitaciones del personaje que le cayó en suerte, es modélica, aunque en algunos pasajes se muestre un tanto envarado.

LA MASA DEVORADORA ni es una obra maestra, ni aspiraba a serlo. Por otra parte, carece de cualquier intencionalidad crítica. Es, simplemente, un dignísimo film de entretenimiento, y cumple su función a las mil maravillas. Disfrutémoslo.

© Antonio Quintana Carrandi, (856 palabras) Créditos

¿De qué se trata?

Escena clásica cincuentera: es de noche, y hay una pareja, él vestido con su correspondiente chaqueta, ella de vestido, ambos montados... ¡déjenme terminar, no sean malpensados...! ambos montados sobre un automóvil descapotable. Como de costumbre, ella es pudorosa y recatada, porque ya se sabe que en ese tiempo los hombres sólo querían aquello (bueno, todavía, pero ahora también las chicas quieren, las de pro por lo menos) y él, por el contrario, emplea toda su labia para convencerla de que se deje hacer cositas (solamente besos, porque a pesar de ser un joven, él es también un caballero chapao a la antigua) De pronto, ambos ven pasar una estrella fugaz. Y como los chicos son los héroes de la peli, salen a investigar en vez de quedarse haciendo bebés. Lo que ha caído es un meteorito que, en vez de soltar energía cinética suficiente para cuatro Tunguskas y un Krakatoa en pack promocional, se limita a vomitar una substancia gelatinosa. Un vejete sale a mirar, y como todos los vejetes entrometidos de la peli, en vez de observar a respetuosa distancia, pues va y coge un palito para ver qué demonios es esa maldita gelatina. Por supuesto que, como es de rigor según las leyes de la física conocida, la gelatina no es tal, sino un asqueroso bichejo extraterrestre, que se le instala cómodamente en la mano y empieza a fagocitarla, porque después de recorrer chupetecientos kilómetros de abismo sideral, pues alguna hambre debe tener, ¿no? Los jóvenes encuentran al vejete, y como lo ven un poco a mal traer, lo llevan al médico de turno, en el pueblo (quizás, cuando creció, este adolescente se convirtió en el general del U. S. Army que en la peli de los Transformers tuvo la genial idea de llevarse el artefacto a la ciudad... ¡si es que estos yankis no aprenden!) Y luego, más o menos se despreocupan del asunto, porque misión cumplida. Si fuera la vida real, se habrían enterado de todo por los periódicos al día siguiente, pero pues no, son los héroes, así es que la criatura gelatinosa meteorítica extraterrestre tiene que joderla en tal forma, que nuestro heroico par de chicos estén metidos en todo el inicio, desarrollo y desenlace de la cruenta batalla contra este gelatinoso terrorista del espacio exterior. La guerra por nuestro planeta, y por provocarle una indigestión a la gelatina comegente, ha comenzado.

El espíritu de los tiempos

¡Ah, los 50s...! Las angustias de apalear nazis habían quedado atrás, y la nueva juventud estaba lista para enrolarse en la guerra contra toda clase de arañas atómicas, hormigas atómicas, cucarachas atómicas y otra clase de monstruos horripilantes que, por ser el átomo la rechifla del tiempo, solían ser atómicos. O extraterrestres, que en la concepción popular de la época venía a ser más o menos lo mismo (en ese tiempo nadie hablaba de energía eólica o de la fusión fría) Entre la marejada de pelis serie B sobre toda clase de bichos extraterrestres que vienen a la Tierra a destruir el pacífico american way of life de algunos puñados de pueblos de gente decente y bien, perdidos en la América profunda, LA MANCHA VORAZ estuvo destinado a convertirse en un clásico. Aunque un tanto por accidente. Nadie le tenía fe al proyecto. Ni el prota Steve McQueen, a quien le ofrecieron 2500 en cash, o 10% de las ganancias, y prefirió el money al contado (debió darse sus buenos cabezazos contra la pared cuando la película ganó cuatro millones de los verdes, con un costo de apenas 120 o 240 mil dólares, según la fuente) Ni los distribuidores, que la repartieron de manera discreta como carne de rotativo doble (después enmendaron su error, cuando los primeros testeos mercadotécnicos revelaron que la peli tenía futuro, después de todo) Después, Steve McQueen se hizo famoso, y ganó aún más estatus de culto, como la peli de sustos que hizo Steve McQueen cuando nadie tenía puñetera idea de quién diablos era Steve McQueen. Después hubo un remake en 1988, y con eso, toda una nueva generación pudo apreciar el apetito de Voracito. Así nos va.

¿Por qué verla?

:: La verdad, la peli tiene estatus de clásico, tanto por Steve McQueen como por haber presentado a un personaje insólito dentro del imaginario colectivo mutante extraterrestre del siglo XX, cual es la ameba hipertrofiada que se lo fagocita todo. Por ese lado, la peli gana muchos enteros. Pero por otra parte, para los estándares del siglo XXI, la peli es lenta como una pareja de zombis bailando bolero. Porque parte con una escena caramelo (vale, presentamos a los personajes) después aparece la mancha... y después de que han llevado al vejete al médico y uno espera que la mancha empiece a activar los jugos gástricos, resulta que nos muestran una serie de soporíferas secuencias de adolescentes cincuenteros, que a estas alturas tienen un valor puramente arqueológico. Vemos algunos clásicos lugares comunes del género, como por ejemplo los adolescentes que tratan de destruir a la mancha versus los preocupados y respetables padres que buscan imponer su autoridad y no le creen a los mocosos por principio, porque los mayores saben y los chicos a callar, pero tantas vueltas sobre el tema llegan a cansar. No por casualidad la traca final, cuando casi nos habíamos olvidado de que la peli se trata de una gelatina engullegente del espacio exterior y ésta reaparece gordita y lista para seguir asimilando personas, es la mejor parte, la más pura y genuinamente Sci-Fi, aquella por la cual nos sentamos a ver la peli en primer lugar. Pero bueno, sigue siendo la madre de las pelis de monstruos gelatinosos del espacio exterior, y a las madres hay que respetarlas, así es que...

:: La canción de créditos. Burt Bacharach, famoso en sus días y olvidado en los nuestros, y Hal David, grabaron un pegajoso tema muy 50s, que después cobró vida independiente por su cuenta. Eso, acompañando a una secuencia de créditos muy psicodélica, muy pre-A-Go-Go.

Ideal para: Amantes de la Arqueología Fílmica, Departamento de Pelis de Monstruos Bizarros, Sección de Extraterrestrología Culinaria.

© Félix Capitán, (1.010 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Cine 9009 el 31 de enero de 2008