BANG, BANG
BANG, BANG Brian W. Aldiss
Título original: Brothers of the head
Año de publicación: 1977
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia-ficción nº 29
Traducción: Víctor Conill
Edición: 1986
Páginas: 168
ISBN:
Precio: Descatalogado

Describir la locura no es un trabajo fácil. El problema fundamental que le he encontrado es que en demasiadas ocasiones se pretende partir del punto de vista del supuesto loco con lo que se consigue una sucesión de estampas caleidoscópicas sin sentido alguno, ni siquiera para el propio trastornado, que de algún modo debería guiarse por una lógica propia y particular. El recurso demasiado fácil de presentar a un personaje inmerso en un entorno que no entiende, es más propio de la descripción de alucinados que de locos. Se puede decir que son cosas similares, pero desde mi punto de vista no es así, no es lo mismo introducir elementos incomprensibles en un ambiente considerado generalmente como normal que interpretar los elementos de un ambiente considerado generalmente como normal con unas pautas que nada tienen que ver con esa normalidad, pero si con la lógica retorcida y extraña.

Por supuesto que pretender simplificar la locura hasta estos extremos es una causa pobre y sin futuro, pero me sirve para ilustrar de un modo sencillo lo que Aldiss cuenta en este libro compuesto por una novela corta que da título al volumen. BANG-BANG, y el relato DONDE LAS LÍNEAS CONVERGEN, en los que, por otro lado, las concesiones a la ciencia-ficción son mínimas, en forma de pequeñas pinceladas en lo que respecta a la ambientación.

BANG-BANG habla de lo que una circunstancia anormal puede hacer en la mente humana. Barry y Tom Howe son dos hermanos mellizos y siamenes, si esto no es ya escalofriante de por si, Barry tiene un gemelo vestigial del que apenas se ha desarrollado una diminuta cabeza durmiente. La visión de los hermanos es, como es lógico suponer, objeto de fascinación. Por ello son contratados (aunque la palabra vendidos se repite a lo largo del libro sin pudor) por un avispado empresario discográfico que pretende hacer de ellos una máquina de hacer dinero, no por sus cualidades musicales, que son inexistentes y que se palian gracias a la intervención de músicos profesionales, sino por su perturbador aspecto.

La normalidad de Barry y Tom ha sido siempre la de arrastrarse mutuamente de un lado a otro, unido a esta intimidad forzada está el carácter completamente distinto de ambos, violento y agresivo en el caso de Barry, plácido y razonable en el de Tom, pero también belicoso, simplemente para sobrevivir a las agresiones de su hermano.

La novela, estructurada a modo de informe con las declaraciones de la mayoría de los implicados en la operación comercial, ofrece una variedad considerable de puntos de vista, los cínicos de los promotores del negocio, abogados y empresarios sin el menor escrúpulo que tienen claro que el dinero es lo único que importa, el también cínico pero más apegado a la humanidad de los músicos que acompañan a los hermanos, los asépticos de los médicos que los trataron, y los cercanos y llenos de cariño y comprensión, en la medida que es posible comprender que puede pasar por esas cabezas, de familiares e incluso groupies.

El marco que dibuja la novela es, por un lado, el de la explotación inmisericorde de la debilidad ajena, de la falta de perspectivas y del morbo por el morbo. La música no importa, importa el carácter monstruoso de sus interpretes, no importa que las canciones, por si mismas y gracias al talento de sus creadores, tengan un valor intrínseco nada despreciable, pero no es lo mismo que sean interpretadas únicamente por Paul Day, el compositor, y el resto del grupo, a que lo sean con los hermanos Howe, o más bien, por la aberración que suponen los hermanos Howe.

El relato DONDE LAS LÍNEAS CONVERGEN hace otra lectura de la locura, empieza con un cambio radical de las condiciones de vida de Félix Macguire, que, por complacer a su esposa, rechaza la oferta que los promotores de un nuevo aeropuerto le hacen por su casa y el terreno donde está construida, y se encuentra casi sin darse cuenta viviendo en la cabecera de una pista donde aterrizan continuamente ruidosos reactores.

Casi al tiempo muere su mujer, y ambas circunstancias le impulsan a enfrascarse en las investigaciones que deberían llevarle a probar una teoría evolutiva que echaría por tierra todos los postulados construidos alrededor de las propuestas de Darwin. Macguire llena su casa de cámaras de vídeo con la intención de estudiarse a si mismo. Se graba una y otra vez mientras prepara el experimento y realiza las habituales labores domésticas, monta las cintas, las pasa obsesivamente vigilándose a si mismo, sólo el cartero le sacada de cuando en cuando de su aislamiento.

La visita de su hija, preocupada por la falta de noticias, desencadena la definitiva degradación de Macguire y toda una serie de escalofriantes sucesos.

En ambos relatos Aldiss profundiza en el entorno como desencadenante de transtornos mentales latentes. En el caso de los siameses Howe, vivir perpetuamente encadenados el uno al otro ha bastado para desquiciarlos desde niños pero, explotación mediante, la constatación del estado de las cosas termina de culminar su locura. Macguire, por el contrario, cree llevar una vida apacible, sin percatarse de la tormenta que se puede desencadenar, como así sucede, cuando los acontecimientos le superan.

Todo un toque de atención para hacer examen de conciencia y analizar la bondad de nuestro entorno.

© Francisco José Súñer Iglesias, (885 palabras) Créditos Créditos Créditos Créditos Créditos Créditos