ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR
ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR Ray Bradbury
Título original: Zen in the Art of Writing
Año de publicación: 1989
Editorial: Minotauro
Colección: Biblioteca Ray Bradbury
Traducción: Marcelo Cohen
Edición: 2005
Páginas: 146
ISBN:
Precio: 12 EUR
Comentarios de: Javier Iglesias Plaza

Empecé la lectura de ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR a instancias de un amigo, preguntándome cómo es que no me había dado por leerlo hasta entonces, y terminé, —tras devorar el estrecho volumen en dos madrugadas podridas de insomnio— diciéndome que este es un libro que debí haber leído mucho antes. Pero no se lleven a equívocos, que éste es un jardín con sendero que se bifurca; acabé la lectura concluyendo, como decía, que debí haberlo leído mucho antes, o de lo contrario no haberlo leído nunca... Disculparán los lectores que empiece este texto de un borgiano tan subido, pero recién salido como estoy de una larga siesta llena de imágenes indecibles —de las que por fortuna ya no retengo detalles— y desoyendo por completo las sabias palabras del maestro porteño, que aconsejaban desconfiar de mujeres y espejos, pues multiplican el número de los hombres, me acerqué al espejo del baño, viendo allí a un otro yo tan demacrado y carianochecido que si llega a tratarse, efectivamente, de un otro yo, en lugar de mi reflejo especular, el Universo entero no habría soportado semejante colapso —se entiende que por indigestión—; y ahora camino así —escribo así—, con la resaca de los minutos espantados, tras esa visión, cuasi ebrio de pavor... Y eso que en cuestión de anos me he tenido siempre más por «bukowski ano que por «borgi ano, pero ya les digo, me debí levantar con el pensamiento torcido... Y ahora sí, éste ha sido el último chiste que me permito. Fue nada más para ir entrando en letra, en calor.

Volvamos a Bradbury. ¿Por qué no había leído este libro antes lo tenía más o menos claro: el título; me costaba horrores imaginar al pequeño y afable Ray —nunca lo he visualizado de otra manera— ante su máquina de escribir o el papel en blanco, respirando hondamente, ejecutando al tiempo los típicos y tópicos movimientos que aquí, en esta nuestra piel de toro nos pusieron de moda Pat Morita y Ralph Macchio en esa infumable ochentada llamada KARATE KID... No hay que ser muy avispado para intuir que no me van demasiado las sabidurías orientales, como tampoco me van los libros de autoayuda, y ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR era un título que sonaba, no, mejor dicho, atufaba autoayuda por los cuatro costados, la verdad. Y uno, cuando es joven y quiere escribir, además de ganas y algo de talento, necesita sobre todo mucha ayuda, cierto, pero externa, porque al fin y al cabo no conoces el oficio, así que quién mejor para enseñártelo que los que lo ejercen, sobre todo si eres de los que, como yo, crees poco, más bien nada, en todas esas papanatadas espirituales y opinas que no ha vuelto a haber en el mundo un tío con mayor y más incontestable verdad en las manos que Copérnico. Desde que todo es relativo, como imaginarán, no hay palo al que agarrarse que no pueda a su vez acabar en garrote vil directo sobre tu cabeza.

Así las cosas, ¿por qué después de leído el librito llego a la conclusión de que mucho mejor si lo hubiese leído antes? Bien, tal y como yo lo veo, sólo puede haber dos potenciales lectores de un libro como ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR; aspirantes a escritores o incondicionales de Bradbury. Yo soy — ¿fui? — lo primero pero desde luego no lo segundo, por mucho que algunos cercanos más de una vez se empeñasen en convencerme de que la suya —de Bradbury — era un influencia del todo benigna, que debía seguir: Tendrías que escribir en plan Bradbury, creo que eso le vendría bien a ese estilo poético tuyo...; cambien ese estilo poético tuyo por esa mierda barroca y retorcida que escupes y se harán más o menos una idea del tamaño de los eufemismos a los que tuve que enfrentarme durante algún tiempo….

De modo que en lo que a ser santo de mi devoción, Bradbury nunca tuvo ni tendrá nada que hacer; y en lo que a lecciones de escritura respecta, la verdad, llega tarde —a eso me refería cuando decía que o antes o nunca —, porque es cierto que sigo siendo aspirante a escritor, pero lo soy desde hace añísimos, casi casi eterno, de modo que llevo ya a mis espaldas mis buenas dosis de lecturas pedagógicas al respecto, y es precisamente por eso, por ésas —lecturas— que Bradbury no ha podido enseñarme nada que no me enseñasen en su día, por poner algunos ejemplos, Bukowski en su diario póstumo, Jack London con su autobiografía novelada, MARTIN EDEN, o Patricia Highsmith en su pequeño librito, SUSPENSE. Me hubiesen venido de perlas tus consejos, Ray, qué duda cabe, hace años, cuando andaba —más— en pañales, pero ahora mismo —al menos a mí—, teniendo en cuenta la cantidad de libros que siempre habrá por leer, tu librillo me vino estrecho, pequeño, como un calcetín de bebé... Aunque éste, es mi caso particular, subjetivo, por supuesto.

De modo que ahora intentemos objetivar, si es que es eso posible: ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR, objetivamente hablando, ni siquiera es un libro escrito a propósito; es una selección de pequeños prólogos y artículos en los que Bradbury explora los sótanos de su experiencia creadora en general, y a veces, en particular, los pormenores de la gestación de alguno de sus más populares libros. Es todo lo contrario, por ejemplo, que lo que Stephen King hizo en MIENTRAS ESCRIBO, en el que desde un buen principio se puso ante el ordenador con una clara consigna: Y ahora, chicos, prestad atención, porque os voy a explicar cómo lo hago... No; Bradbury, o mejor malpensado, su editor, coleccionó los textos, sacándolos de estos y aquellos libros anteriores y le dijo a Ray: Oye, ¿por qué no hacer un libro con esto? Por lo visto Ray dijo que de acuerdo y aquí lo tenemos: ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR, título de uno de los trece textos que componen el libro y en el cual el mismo Bradbury reconoce: Yo no sabía nada del zen hasta hace unas semanas. Para que se vayan haciendo una idea.

Trece textos —fechado en 1965 el más antiguo y en 1990 el más reciente— que, es cierto, rebosan de sabios consejos y amor hacia el acto creador, pero que sirven más para saber cómo un joven escritor lleno de energía y talento llegó a ser conocido —y leído— como Ray Bradbury, que para que Fulanito de tal o Menganito de cual, que también estamos llenos de energía y talento y queremos escribir, dispongamos de una buena hoja de ruta que seguir si es que queremos ser los nuevos y futuros —y siempre diferentes— Bradbury. No me voy a extender en cada uno de los textos, sería demasiado prolijo y ya he cometido suficiente pecado con las líneas que hasta ahora le llevo dedicadas —no conformándome con leer un libro que debí leer hace años o no leer en absoluto, voy encima y escribo sobre él—; me limitaré a apuntar el par de detalles que más llamaron mi atención.

De estos trece capítulos, con diferencia los mejores —y aquí volvemos otra vez al más subjetivo de los terrenos— son Cómo alimentar a una musa y conservarla e Invirtiendo centavos: FAHRENHEIT 451. El primero, por razones a estas alturas más que obvias —y que ya abordé en su momento, en un artículo en las Firmas de este Sitio—, y porque además me sorprendió mucho coincidir con Bradbury en un punto sobre el que no todo el mundo suele estar de acuerdo; el de que el escritor también se hace a base de tantear la mala literatura: Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular hacia rumbos que quizá no tome en muchos años (...) Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricas en basura como en tesoros (...) y mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente. Y en cuanto al segundo de mis textos favoritos, el de Fahrenheit, de hecho justifica por sí solo que no tenga por malgastados ni el dinero ni el tiempo que invertí en este librito. Para empezar porque en él, por ejemplo, los lectores de FAHRENHEIT 451 se darán de bruces con una sorpresa, un secreto que tenía muy bien escondido, Beatty, el jefe de bomberos de la novela, y que sólo quienes hayan disfrutado de la obra de teatro que Bradbury escribió sobre el mundo de FAHRENHEIT 451 o lean el artículo de marras podrán conocer... Pero más importante que este maléfico apunte es el cómo. Cómo Bradbury escribió la mitad de esa novela... Recién casado y recién padre de dos niñas, no se podía decir que la recién inaugurada familia Bradbury nadase en la abundancia. De modo que Ray tenía que escribir; pero el ambiente en casa no era el ideal — todos sabemos el alboroto que pueden llegar a formar los críos, incluso algunos, ya talluditos, y el que no lo sepa que dé gracias al cielo y no ahorre en medios profilácticos—, de modo que no le quedó otra que irse a la biblioteca de la Universidad de California, en cuyos sótanos había, en ordenadas hileras, una docena o más de viejas Remington o Underwood que se alquilaban a diez centavos la media hora. Uno insertaba la moneda, el reloj soltaba su tictac loco y uno se ponía a escribir como un salvaje para terminar antes de que se agotara el tiempo. Esta es una imagen brutal, casi criminal, ¿no creen? me trae resabios de aquellos contables de Terry William, condenados a las galeras de los días fotocopiados. ¿A cuántos escritores no hemos oído hablar de lo importantísimo que es el lugar a la hora de escribir...? Sí, sin duda. Que me lo digan a mí, que no soy capaz de escribir algo digno si no es en el más ruidoso —tantas veces también el más mugriento— de los cafés. ¿Pero qué me dicen de la necesidad? El lugar sucumbe ante la necesidad: porque si tienes que escribir, lo harás, cuando sea y donde sea; alquilando máquinas de escribir a centavos la hora; en un café ruinoso; en el pico de una montaña; o en el rollo de papel de váter, porque en mitad de un apretón te vino la idea del siglo y no puedes dejarla volar... Y si no lo haces, amigo, es que lo tuyo no es escribir.

Así, por lo visto, acuciado por la necesidad es como Bradbury se convirtió en un maníaco de las letras, según sus propias palabras, descripción que concuerda no poco con la que el citado Stephen King también da de sí mismo. Hay varios pasajes a lo largo de ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR en los que Bradbury deja caer cosas muy similares a esta: Escribí el cuento sentado al aire libre, con mi máquina, en el jardín. Al cabo de una hora había concluido. Se me habían erizado los pelos de la nuca y estaba llorando. Sabía que había escrito el primer buen cuento de mi vida. Contrasta vivamente con mi propia experiencia y la de tantos otros escritores, que nos tenemos que sacar la letra de encima con muchísimo esfuerzo, poco menos que abriéndonos las venas y vertiendo nuestra sangre sobre el papel, y que una vez hemos acabado, después de meses, años de tortura, jamás estamos contentos con el resultado... De un extremo al otro. Todavía no he encontrado al escritor que no esté de uno u otro bando: o me cuesta horrores o las páginas me salen como churros; sangre, sudor y lágrimas en oposición a fluye como el agua... ¿Conclusión? La más fácil; unos y otros exageran —yo el primero y Bradbury a la zaga—. No dudo de la honestidad de sus palabras, pero me van a perdonar la insolencia: de cualquier cosa que te digan, cree siempre la mitad: por mucho talento que se tenga y muy maníaco de las teclas que uno se descubra, éste es un oficio muy cabrón —y aún más desagradecido—, y raro es el que no acaba, antes o después —o siempre— meando sangre por su causa.

Creo que lo voy a dejar aquí, no se puede decir que sea un reseñista al uso, nunca lo he sido; y no sólo por mi esencial naturaleza vaga e indolente; adolezco además de una total falta de ese sistema crítico —que, por otro lado, jamás me ha interesado adquirir— que te permitiría, es de suponer, ganarte la vida escribiendo críticas de libros para revistas literarias y suplementos culturales. Pero no me voy sin antes dejarles con la mejor frase de todo el libro, que ya es decir, pues tiene muchas, pero ésta es, para mí, la más luminosa, porque además apuntilla esa —para mí— vital cuestión de la que hemos hablado, la de la necesidad en la escritura; algo que yo ya sabía y que todo el que escribe conoce, pero que no está de más recordar: escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto. No escribir, para muchos de nosotros, es morir (...) Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, a desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.

Un verdadero Maestro Zen no lo habría dicho mejor... y si Bradbury —o su editor, para el caso es lo mismo— hubiesen titulado este libro como El arte de escribir como necesidad, hace diez años que lo tendría leído y releído —y a buen seguro que no hubiese sido el único.


Notas
© Javier Iglesias Plaza, (4 palabras) Créditos