UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CIENCIA FICCIÓN
por Mario Moreno Cortina

Y aprender a cantar una lengua que los hombres no conocen.

W. B. Yeats

Aquel que decide contar una historia de ciencia-ficción, ya sea a través de una película o de una narración escrita, se enfrenta a un grave problema muy similar al que plantea el género histórico: debe conseguir que el espectador/lector olvide sus prejuicios, sus conocimientos e incluso su capacidad de crítica y raciocinio para lograr esa completa catarsis que, muy deficientemente y a mi pesar, se suele denominar entretenimiento. Es cierto que todo autor debe encarar ese esfuerzo, pero el autor de ciencia-ficción en mayor medida que ninguno, ya que su propuesta requiere generalmente un gran salto conceptual y una actitud a priori por parte del espectador/lector de receptividad y amplitud de miras.

El problema viene planteado por la misma naturaleza del género. Para componer el paisaje de fondo sobre el que va a desarrollarse el drama, el autor de historias de ciencia-ficción utiliza principalmente las herramientas que le proporcionan la Ciencia y la Técnica, pero también la lógica y la extrapolación racional porque una buena historia de ciencia-ficción exige mundos imaginarios creíbles. Quizá no realistas, quizá ni siquiera posibles. Pero sí creíbles. Porque eso es lo que diferencia a la ciencia-ficción de otros subgéneros fantásticos: todo el fantástico tiene en común un nivel de extrañamiento literario que no tiene igual en toda la Literatura, pero en el caso de la ciencia-ficción, ese extrañamiento no está provocado por la surrealidad anárquica de los sueños o por la utilización de viejos arquetipos de la antigua literatura épica que ya no tienen nada que ver con nosotros. El autor de ciencia-ficción se convierte en un demiurgo que utiliza la materia de nuestra realidad para elaborar vastos escenarios para los que no tenemos referentes, porque son autosuficientes y autoreferenciales, en los que no se nos exigirá únicamente la contemplación estática sino un auténtico esfuerzo intelectual de comprensión y asimilación Si la fantasía está hecha de la materia de los sueños, la ciencia-ficción es el resultado de la capacidad creativa de la mente vigil.

Pero esto es sólo la teoría, ¿no es así? Al fin y al cabo, incluso la novela más hard sólo busca una apariencia de realidad, darnos el pego durante un buen rato, construir una tramoya que vaya más allá del cañón de luz verde y dos macetas para representar una jungla. Porque de lo que estamos hablando realmente es de lo que un profesor mío llamaba el tamaño del píxel, es decir: hasta donde estamos dispuestos a afinar para producir esa apariencia realista de la que hablábamos unas líneas más arriba. Y sobre esto, como ocurre siempre en Literatura, no hay normas y el autor debe guiarse únicamente por su intuición y su pericia

Ultimátum a la Tierra

El principal escollo con el que se encuentra el autor de ciencia-ficción es que el ojo del aficionado medio es mucho más penetrante que el del público general, y por lo tanto, los píxeles deben ser realmente pequeños para componer un cuadro que roce el hiperrealismo. La mayoría de aficionados que conozco (olvidémonos de Juanito Palomitas: hablo de los auténticos aficionados a la ciencia-ficción y no los devoradores de Espada y Gabardina) tienen una increíble cantidad de conocimientos sobre prácticamente cualquier cosa. Estamos hablando de tipos que escriben larguísimos y sesudos emails sobre las guerras civiles castellanas en el s. XIV, que podrían orientarse en el planeta Marte sin mapa, que se entregan en pleno Retiro madrileño a la discusión de si existe gravedad en el interior de un mundo hueco o no... tipos a los que normalmente no puedes distraer con cualquier cosa. En realidad el fenómeno no se reduce al fandom; las personas que vivimos en el siglo XXI tenemos un acceso sin precedentes a los principales focos de producción de información y conocimiento y, por lo tanto, el equipaje conceptual con el que abrimos un libro o acudimos a una sala de cine es el más pesado que el de cualquier otra época. Sólo durante los breves años de la infancia podemos recibir las historias con la misma inocencia con que los griegos escuchaban a los aedos cantar las gestas de Troya.

Y sin embargo, siendo cierto todo esto, no es el único factor a tener en cuenta. El arte es comunicación y es cosa de dos. El autor propone una historia y usted y yo la recibimos a través de un medio, en unas determinadas circunstancias y con un estado de ánimo concreto. La actitud con la que recibes la historia es algo a tener muy en cuenta, y esto es particularmente cierto cuanto te enfrentas a novelas o películas de ciencia-ficción realizadas antes de tu época. Porque una de las curiosas características del género que lo hacen tan diferente a otros es que tiene fecha de caducidad, especialmente en lo que toca al Cine. Las películas de ciencia-ficción de los años 50 han envejecido mucho más rápido que sus contemporáneas, debido a la imparable evolución de los efectos especiales, pero sobre todo al sorprendente candor y simplismo con que fueron concebidas la mayoría.

¿Qué sucedió entonces?

Cuando nos enfrentamos hoy en día a films como ¿QUÉ SUCEDIÓ ENTONCES? (QUATTERMASS AND THE PIT, Roy Ward Baker, 1967) o ULTIMÁTUM A LA TIERRA (THE DAY THE EARTH STOOD STILL, Robert Wise, 1951) nos cuesta un grandísimo esfuerzo alcanzar ese estado de ánimo que suele llamar suspensión de la credulidad, algo que no nos ocurre cuando vemos LA REINA DE ÁFRICA (THE AFRICAN QUEEN, John Huston, 1951) o CASABLANCA (Michael Curtiz, 1942) El problema, por tanto, no parece ser la evolución de las mentalidades, quizá ni siquiera la propia naturaleza de las historias de ciencia-ficción, puesto que sus hermanas literarias pueden funcionar bastante bien después de cincuenta años o más. El problema (o uno de los problemas) es quizá que el cine es un arte muy, muy joven que está posiblemente aún en su adolescencia y que ha sufrido una evolución exponencial en sólo unas décadas, y la ciencia-ficción pone a prueba todas las capacidades del medio al completo. Otro problema añadido es que, mientras que la ciencia-ficción literaria cuenta con artistas de primera línea entre sus filas y algunos títulos que figurarán para siempre en los manuales, las películas del género están realizadas, casi sin excepción, por artesanos de segunda fila. Con muy pocas excepciones.

No olvidemos, sin embargo, lo que hemos dicho antes: el estado de ánimo del lector/espectador y las condiciones en que recibe la historia también son muy importantes. De ver el KING KONG de Peter Jackson en la sala 25 de Kinépolis a ver el KING KONG clásico (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) en una televisión de 14 pulgadas, interrumpida a cada momento para los anuncios publicitarios, va todo un mundo, oigan. Porque TODAS las películas han sido creadas para ser vistas en una gran sala oscura, con un sonido perfecto y envolvente y sin teléfonos cerca que puedan perturbarte.

Por otro lado, y esto es cierto, cada persona es capaz de una determinada capacidad de catarsis. Confieso que yo he perdido gran parte de la mía y no tengo razones para explicar eso. Cada vez me cuesta más trabajo no saltar párrafos enteros en las novelas, cada vez me doy menos prisa en volver a la sala de cine cuando voy al baño. Cada vez es menos frecuente que una historia llegue a absorberme hasta el punto de olvidarme de todo lo demás. Supongo que es parte del proceso.


Notas

Tal y como me propongo demostrar algún día, el autor de ciencia-ficción maneja con frecuencia una definición de ciencia muy amplia que incluye también eso que Robert L. Park denomina Ciencia Vudú, es decir, todas esas hipótesis que nacen en los mismos límites de lo aceptado por la comunidad académica y que con frecuencia caen más fuera de ella (cuyo ejemplo más famoso quizá sea el famoso bluf de la fusión fría) y el amplio campo de los Esoterismos.

Espero que nadie se sienta ofendido por este comentario mío, porque no estoy intentando decir que la ciencia-ficción es mejor género que la fantasía heroica o la espada y brujería. Simplemente me estoy refiriendo a la forma en que los autores crean los escenarios para sus historias.

Con seguridad estoy diciendo una burrada desde el punto de vista de la Informática y debería estar hablando de la cantidad de puntos por pulgada, pero así es como lo expresó Gerardo Vega en clase de Arqueología del Cuaternario.

El recurso facilón al que se suele recurrir es tomarse las menos molestias posibles para construir el mundo literario en el que se va a construir la historia, añadiendo algunos elementos cienciaficciónescos a una vieja historia de cine negro, del oeste o de samurais (cambiando Rancho X por planeta X, que decía Harlan Ellison) Eso produce historias fácilmente digeribles para el gran público que no está capacitado para realizar el salto conceptual que requiere una auténtica historia de ciencia-ficción. Pero es hacer trampa, ¿no es así?

© Mario Moreno Cortina
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