ESPACIO 1999: EL DOMINIO DEL DRAGÓN
ESPACIO 1999: EL DOMINIO DEL DRAGÓN Gran Bretaña, 1975
Título original: SPACE 1999: DRAGON´S DOMAIN.
Dirección: Charles Crichton
Guión: Christopher Penfold
Producción: Sylvia y Gerry Anderson
Música: Barry Gray
Fotografía: Frank Watts
Duración: 50 min.
IMDb:
Reparto: Matin Landau (John Koenig); Barbara Bain (Helena Russell); Barry Morse (profesor Victor Bergman); Nick Tate (Alan Carter); Zienia Merton (Sandra Benes); Prentiss Hancook (Paul Morrow); Clifton Jones (David Kano); Gianni Garko (Tony Cellini); Douglas Wilmer (Dixon); Barbara Kellerman (doctora Monique Bouchere); Susan Jameson (Juliet Mackie); Michael Sheard (doctor Darwin King)

EL DOMINIO DEL DRAGÓN se revela como la mejor historia de Espacio 1999, gracias, sobre todo, a su inequívoco sabor pulp. Es el penúltimo episodio de la primera temporada, la más lograda de las dos que se filmaron.

El episodio narra la fabulosa historia de Tony Cellini, el astronauta que comandó la primera misión tripulada a un planeta extrasolar. Este hombre vive obsesionado con lo ocurrido durante aquella misión, en la que murió toda su tripulación. Cellini sufre una pesadilla en la que es amenazado por una extraña luz blanca giratoria, a la que hace frente con un hacha (colecciona armas antiguas) pero la visión se desvanece y el arma queda clavada en una torre de comunicaciones. Como todos los alphanos, Cellini lleva un escáner de muñeca que registra y transmite sus constantes vitales a la enfermería de la base. La doctora Russel l se pone en contacto con él, preocupada por su estado, pero Cellini le asegura que no le ocurre nada en absoluto, que sólo se trataba de un mal sueño. Poco después, y en pijama todavía, se dirige a las pistas de despegue, con la intención de apoderarse de un águila. Por el camino se tropieza con el primer piloto, Alan Carter y le noquea, pues necesita su comunicador, que es también una llave de control remoto, para acceder a la nave. Pero cuando se dispone a partir en la navecilla, la secuencia de despegue es abortada desde el Centro de Mando y John Koenig penetra en el águila, paralizando a Cellini con un láser en posición de aturdir.

El comportamiento de Tony Cellini tiene preocupada a la doctora Russell­, que lo considera un peligro para la seguridad de la base. El comandante, por el contrario, está convencido que tiene que haber una buena razón para que su amigo actúe como lo hace . John piensa, acertadamente como veremos más adelante, que Tony sigue traumatizado por lo sucedido años atrás, y se niega a admitir que un hombre como él, que estaba considerado uno de los mejores astronautas del mundo, haya enloquecido. Todo esto da pie a que Helena nos relate lo acontecido en 1996, cuando Cellini tomó el mando de la primera nave que viajaría más allá de la órbita de Plutón.

En 1994, el profesor Victor Bergman descubrió un planeta extrasolar susceptible de ser colonizado por el hombre, al que bautizó con el nombre de Ultra. Inmediatamente se dispuso el envío de una nave tripulada que debería descender sobre ese mundo y comprobar si sus condiciones de habitabilidad eran tan prometedoras como parecían dar a entender los datos del profesor Bergman. Cellini y Koenig, que prestaban servicio en Alpha, eran los dos únicos astronautas preparados para tomar el mando de dicha expedición, y decidieron echarlo a suertes. Ganó Cellini, y la nave exploradora, bautizada con el mismo nombre que el planeta recién descubierto, enfiló su proa hacia el espacio profundo en una singladura cósmica que duraría siete meses.

La nave llegó a su destino sin novedad. Pero cuando se encontraba orbitando el planeta, buscando un lugar adecuado para tomar tierra, los sensores detectaron la presencia de varias masas metálicas en las cercanías, y Cellini decidió ir a investigar antes de descender en Ultra. La nave se dirigió hacia aquellas extrañas señales, quedando la masa del planeta interpuesta entre ella y la base lunar Alpha, con lo cual perdieron el contacto por radio con el control de la misión. A partir de ese momento, todo lo que se sabía sobre lo sucedido provenía del informe presentado por Cellini. Un informe que fue calificado por los jerifaltes del Programa Espacial Mundial como una falacia, una enrevesada fábula urdida por Cellini para ocultar su negligencia.

El dominio del dragón 1
El dominio del dragón 1

La historia de Cellini era realmente fantástica. Según su relato, la nave Ultra había llegado a una zona en la que flotaban a la deriva docenas de naves espaciales en torno a otra astronave de mayor tamaño. Esos eran los contactos metálicos registrados por los sensores. Fascinados ante aquel descubrimiento, y deseando saber más sobre aquellas espléndidas naves, mucho más avanzadas que la suya, Cellini y sus compañeros decidieron acoplar su nave al navío extraterrestre de mayor tamaño.

Una vez comprobado que la atmósfera de la otra nave era apta para los humanos, Cellini, desde el módulo de mando de la Ultra, abrió las escotillas... Y se desató el horror. Una pavorosa criatura, provista de docenas de tentáculos similares a los de los pulpos, un gigantesco ojo luminoso y una espantosa boca (por llamarla de algún modo) que parecía escupir fuego como la de los mitológicos dragones, se materializó dentro de la nave terrestre. Los compañeros de Cellini intentaron hacerle frente con sus pistolas láser, pero la monstruosa criatura resistía impávida las descargas energéticas. Cellini, al oír los gritos de terror de las dos mujeres de la tripulación, intentó acudir en su ayuda, pero los sistemas de la nave se habían averiado y no pudo abrir las puertas. Desesperado, trató de reactivar el sistema, y cuando lo consiguió y pudo acceder a la sección principal del navío, dos de sus tres compañeros ya habían sido devorados por la espeluznante alimaña espacial. Intentó ayudar a la doctora Bouchere (Barbara Kellerman) pero nada pudo hacer por ella. Presa del pánico, corrió hacía el módulo de mando, perseguido por la criatura. Consciente de que sólo podría salvarse huyendo cuanto antes de allí, separó el módulo de mando del cuerpo principal de la Ultra y emprendió el regreso a la Tierra. Durante siete largos meses, logró sobrevivir, completamente solo a bordo del módulo de mando. Cuando éste fue localizado por una nave terrestre y llevado a Alpha, Cellini estaba agonizante.

Cuando se recuperó y contó su historia, nadie le creyó. Cellini confiaba en que los datos registrados en la caja negra de la nave avalarían su informe, pero, inexplicablemente, la caja no había registrado nada en absoluto, sólo los iniciales contactos metálicos. Helena Russell­, que entonces era miembro de la Comisión Médica Espacial, certificó que Cellini había sufrido una especie de trastorno nervioso. Sólo John Koenig y el profesor Victor Bergman le apoyaron. Durante una reunión con el doctor Darwin King­ (Michael Sheard) uno de los directores del Programa Espacial Mundial, Cellini se reafirmó en su historia, mientras que Koenig y Bergman trataron de convencer a King­ para que se enviara una nueva nave al planeta Ultra. Pero todo fue en vano.

Cuando la Luna fue arrancada de su órbita y arrojada al espacio exterior, Cellini prestaba servicio en Alpha, al igual que Koenig, la doctora Russell­ y el profesor Bergman. El asunto del monstruo espacial parecía olvidado... Pero, de pronto, Cellini había sufrido una pesadilla en la que creía enfrentarse, por segunda vez, con su mortal enemigo. Desde que abandonaran la órbita terrestre, el comportamiento de Tony había sido completamente normal. ¿Por qué ha vuelto la vieja obsesión de Tony Cellini? ¿Por qué ahora? se pregunta John Koenig.

La respuesta a este interrogante llega cuando los sensores de la base descubren un grupo de naves varadas en mitad del espacio profundo. La imagen en la pantalla principal del Centro de Mando refleja lo mismo que años atrás relatara Cellini en su informe: docenas de naves, de distintos tamaños y configuraciones, rodeando a una mucho más grande. Pero el asombro de Koenig y su gente es mayor aún cuando la analista Sandra Benes (Zienia Merton) identifica la nave del proyecto Ultra, que sigue acoplada al navío extraterrestre. El comandante decide ir a investigar, y permite que les acompañe Cellini. Pero cuando se encuentran a bordo de un águila, éste golpea nuevamente a Carter, se encierra en el módulo de mando y parte con la navecilla, desprendiendo primero el módulo principal. Cellin i quiere enfrentarse solo a su antiguo enemigo.

Otra águila recoge el módulo en el que se hallan Koenig, Bergman, Russell­ y dos guardias de seguridad y parte en pos de Cellini. Éste ya ha acoplado el módulo del águila a su antigua nave y penetra en ella, dispuesto a enfrentarse con la criatura espacial. El láser no puede hacerle ningún daño al pavoroso ente, de forma que Tony emplea armas blancas, un tomahawk (una hacha de guerra de los pieles rojas) y un puñal. Cuando llegan Koenig y los demás, Cellini, atrapado por los tentáculos del ser, lucha desesperadamente, más que por salvar su vida, por quitarle la suya al asesino de sus compañeros de la nave Ultra. El monstruo acabará ganándole la partida a Tony, que perece sin remedio ante los horrorizados ojos de John Koenig y los otros. Pero el comandante cree descubrir cuál puede ser el talón de Aquiles de aquel ser de pesadilla, y recogiendo el tomahawk de Cellini, se lo clava a la criatura en su único y monstruoso ojo resplandeciente. En cuestión de segundos, aquella increíble forma de vida, que parecía surgida de las profundidades del Averno, deja de existir, y nuestros amigos regresan rápidamente a Alpha, satisfechos por haber acabado con aquel asesino galáctico, pero entristecidos por la muerte de su amigo.

Como puede verse, EL DOMINIO DEL DRAGÓN parece sacado de un relato de aquellas fascinantes revistas pulp de los años 30 y 40. Es mi episodio favorito de Espacio 1999. Cada vez que alguien mencionaba esta estupenda serie de los 70, la primera imagen que se me venía a la mente era la de Tony Cellini enfrentándose al dragón espacial. Y cuando pude conseguir la serie completa en DVD, fue el primer episodio que vi. A pesar del tiempo transcurrido desde aquel lejano 1977, en que TVE emitió la serie los miércoles a las siete de la tarde en un programa infantil titulado Un globo, dos globos, tres globos, disfruté con esta historia tanto como entonces.

Este es el episodio en el que mejor se aprecia el fabuloso diseño modulable de las portentosas Águilas diseñadas por Brian Johnson. La nave Ultra es una preciosa maqueta magníficamente realizada. Es más grande que un Águila, y dispone de un módulo de mando que también puede separarse de la estructura principal, aunque es de mayor tamaño que el módulo estándar de las naves de Alpha. El profesor Bergman nos informa que todas las naves construidas por el hombre son compatibles entre si, lo que queda demostrado cuando Cellini ensambla el módulo de su Águila a la Ultra. Esta idea, concebida por el equipo de FXs de la serie, es muy interesante, y es muy posible que en el futuro los vehículos espaciales se diseñen siguiendo estas premisas.

Vemos también una estación espacial cuya configuración guarda cierta similitud con la de la ISS actual, aunque desde luego parece mucho más grande. Esta estación aparecía en el primer episodio, titulado SEPARACIÓN, en el que resultaba destruida por la conmoción gravitatoria provocada por la brusca salida de la Luna de la órbita terrestre.

El dominio del dragón 2
El dominio del dragón 2

La criatura está muy lograda. Es un bicho espeluznante, con un solo ojo luminoso y múltiples tentáculos con los que apresa a sus víctimas. Su boca está situada en lo que debería ser su panza, y está provista de unos pequeños tentáculos. Es una criatura sorprendente, ya que parece tener el poder de teletransportarse, aunque sólo a cortas distancias. Cuando la escotilla de la nave Ultra, ensamblada a la alienígena, se abre, los compañeros de Cellini ven unas luces giratorias acompañadas de un ruido insoportable y un viento cálido, casi fétido. Segundos después, cuando Dixon (Douglas Wilmer) cierra manualmente la compuerta, la misma luz giratoria aparece en el interior de la Ultra, y al instante se materializa la espantosa alimaña. Su forma de atacar es muy peculiar. Proyecta una de esas luces giratorias sobre su víctima, y ésta queda momentáneamente aturdida, como hipnotizada, momento que aprovecha la criatura para atraparla con sus tentáculos y arrastrarla hacia sus ardientes fauces. La víctima cae al suelo y es literalmente absorbida hacia la boca del ser, que la devora en apenas unos segundos, y escupe después su esqueleto carbonizado. No me avergüenza reconocer que cuando vi el episodio por vez primera, con trece años mal cumplidos, me provocó pesadillas por lo menos tan horrorosas como las que debió sufrir el pobre Cellini. Otra característica de esta extraña forma de vida es que no puede ser detectada por los biosensores de la doctora Russell­, lo que la hace más aterradora aún, pues, como muy bien dice Helena al final del episodio: si según nuestros instrumentos no tiene vida, ¿cómo estar seguros de que ha muerto?

A Tony Cellini le da vida Gianni Garko, un actor nacido en Yugoslavia, pero que vivió desde niño en Italia. La primera temporada de la serie se filmó en coproducción con la RAI, por lo que era habitual la presencia de actores italianos. Garko era muy popular en ese país, sobre todo por la serie de spaghetti-western en la que interpretó al frío pistolero Sartana, la mayoría de los cuales, por cierto, se rodaron en Almería.

Mención especial merece el apartado musical. El tema de la serie y las partituras complementarias son obra de Barry Gray. Pero para las escenas del trágico viaje de la nave Ultra se utilizó música clásica, tal vez como un velado homenaje a la incomparable 2001. Si en la obra maestra de Kubrik se utilizó El Danubio Azul, de Strauss, en EL DOMINIO DEL DRAGÓN se recurrió a un hermoso adagio de Tomasso Albinoni. De este violinista y compositor italiano, amigo personal de Antonio Vivaldi y nacido y muerto en Venecia en 1671-1751, se sabe muy poco. Compuso cincuenta óperas, entre otras doscientas obras, y es muy conocido por su música de tipo instrumental y sus sonatas y conciertos, que suponen un considerable adelanto en el desarrollo de lo que se ha dado en llamar concerto grosso. Según parece, fue muy apreciado por Bach, que utilizó algunos de sus temas. Lo que es innegable, como ya demostró Kubrick en los años sesenta, es que la ciencia-ficción y la música clásica se complementan a las mil maravillas.

Hay una pequeña pifia en este episodio. La Luna se encuentra a enorme distancia del planeta Ultra, en las cercanías del cual se hallaba el siniestro cementerio de naves que era el dominio del dragón espacial. El guionista no se devanó los sesos tratando de justificar cómo demonios han recorrido esas naves muertas esa gran distancia, adelantando incluso a la Luna. La solución nos la da el profesor Bergman, afirmando que si nosotros nos hemos desplazado por el espacio, esas naves también han podido hacerlo. No tiene mucho sentido, pero la verdad es que tampoco estropea tanto la historia.

El dominio del dragón 3
El dominio del dragón 3

Espacio 1999 goza de gran fama en Italia, donde se han publicado numerosas novelas-franquicia sobre la serie. EL DOMINIO DEL DRAGÓN fue novelizado por el escritor Gianni Pardoan, aunque con algunos pequeños cambios. En España esta historia también tuvo mucho éxito, y buena prueba de ello es que los novelistas Joseph Berna y Curtis Garland, conocidos autores de novelas de a duro, publicaron sendos relatos claramente inspirados en este episodio.

Para concluir, una curiosidad. Para redactar el informe sobre Cellini, la doctora Russell­ usa una máquina de escribir portátil de las de toda la vida, algo que resulta ciertamente chocante en un ambiente tan futurista como el de la base lunar Alpha. Evidentemente, a medidos de los 70 aún no existía nada parecido al procesador de textos actual. Pero podrían haber utilizado un modelo de máquina más avanzado. En el episodio siguiente, EL TESTAMENTO DE ARCADIA, último de la primera temporada, el comandante redacta su informe con bolígrafo. Por fortuna, en la segunda temporada la doctora Russell­ grabará sus informes orales en la computadora al comienzo de cada episodio. Algo es algo.

© Antonio Quintana Carrandi, (2.616 palabras) Créditos