La gran historia de las novelas de a duro
21. Las colecciones híbridas de ciencia-ficción
por José Carlos Canalda
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Hace ya algún tiempo, Igor Cantero y yo acuñamos el término colecciones híbridas para definir aquellas colecciones de bolsilibros en las que, a diferencia de lo habitual, había presencia parcial o total de autores extranjeros. He de reconocer que se trata de un término bastante poco afortunado, pero la verdad es que no se nos ocurrió otro mejor y, las cosas como son, a pesar a todo sirve perfectamente para definirlas.

Conviene, eso sí, no confundir las colecciones híbridas con las colecciones fronterizas, ya que se trata de dos conceptos completamente distintos. Las colecciones fronterizas, tal como se explicó en el artículo correspondiente, son aquellas que, pese a contar con elementos propios de la ciencia-ficción, presentan a la vez características de otros géneros diferentes, tales como por ejemplo el policíaco o el de espías. Las colecciones híbridas, por el contrario, son siempre de ciencia-ficción y normalmente suelen corresponder a los parámetros de la space ópera.

¿Por qué, entonces, este empeño en diferenciar entre las colecciones de bolsilibros de ciencia-ficción puras (llamémosle así) y las híbridas, cuando en el fondo se suele tratar de obras con argumentos muy similares y niveles de calidad semejantes? La respuesta está en las propias características de los bolsilibros, perfectamente definidas y que estas últimas vinieron a alterar. Los bolsilibros, y esto también ha sido convenientemente explicado, eran unas colecciones de novelitas de ciencia-ficción (en este artículo me voy a referir tan sólo a las de este género, aunque las del resto de ellos respondían también a parámetros similares) escritas siempre por autores españoles, por más que sus identidades permanecieran camufladas tras seudónimos más o menos anglosajones impuestos por las editoriales en un claro intento de realzarlas, dado el convencimiento (por desgracia en eso no hemos avanzado demasiado) de que la literatura procedente del otro lado del Atlántico, real o camuflada, siempre se vendería mejor que la de producción nacional. Claro está que las circunstancias particulares de la España de la posguerra, aislada y empobrecida, no favorecían precisamente la publicación en nuestro país de novelas extranjeras, en general, y norteamericanas en particular, pero es de suponer que la gente se lo creía pese a que le estaban dando gato por liebre.

Conforme pasaba el tiempo y la situación económica y social (no así la política, por desgracia) de nuestro país se iba normalizando, empezaron a llegar a España las obras de los clásicos norteamericanos, lo que motivó la aparición de las primeras colecciones serias que, a diferencia de las de bolsilibros, pretendían llevar al lector lo mejor del género, por más que en muchas ocasiones esta calidad tan sólo existiera en los textos de las contraportadas. Los nombres de estas colecciones pioneras son conocidos por todos: Nebulae, de Edhasa; Galaxia, de Vértice; Cénit, de Cénit; Ciencia-ficción, de Géminis; Infinitum, de Ferma o Joyas de bolsillo, de Novaro, a las que seguirían otras muchas.

En contraposición a lo que ocurría en los bolsilibros los autores españoles tenían vetada, o cuanto menos muy restringida, su presencia en estas colecciones, y sólo con el tiempo y a cuentagotas empezaron a ver publicadas sus novelas en las mismas. Eso sí, siempre se trataba bien de escritores ajenos al mundillo de los bolsilibros como Juan García Atienza, Antonio Ribera o Carlos Buiza, bien de escritores procedentes de éste pero redimidos, tales como el propio Domingo Santos. En cualquier caso, entre ambas categorías había una rígida e impermeable barrera que aparentemente ni uno ni otro bando tenían el menor interés en traspasar.

La situación vino a cambiar precisamente con estas colecciones híbridas, que en cierto modo supusieron un puente entre ambas orillas y normalmente fueron fruto de iniciativas de las editoriales de bolsilibros y no al contrario, pudiéndose considerarlas por ello como bolsilibros de lujo aunque en ocasiones, no siempre, lo único que las diferenciaba de los bolsilibros nacionales era la procedencia foránea de sus autores, y en modo alguno una calidad que a veces llegó a ser, incluso, inferior.

Aunque la característica común de las colecciones híbridas es la presencia en ellas de autores extranjeros, lo que ya varía mucho de unas a otras es la proporción de los mismos, ya que si bien algunas publicaron en su totalidad material de procedencia foránea, en otras sí intervinieron en mayor o menor medida los autores españoles, bien firmando con sus verdaderos nombres, bien con sus seudónimos habituales, lo que convierte a este apartado en un verdadero cajón de sastre tal como se podrá comprobar viendo las características de cada una de estas colecciones.

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La primera en aparecer, allá por el año 1951, fue la colección Atómica de la editorial Mateu, con al menos trece títulos, todos ellos de autores extranjeros, en una extraña mezcolanza que reunía a conocidos autores norteamericanos como Robert Heinlein y Edmond Hamilton con franceses más bien cercanos a la literatura popular (Jimmy Guieu, F. Richard Bessiere) y con perfectos desconocidos tales como Jean Gaston Vandel o E. Salwke Wyliz. En cualquier caso, se trata de una colección fugaz que no tuvo demasiada trascendencia en el género.

Muy diferente fue la aparición, en 1953, de la colección Futuro, dirigida por José Mallorquí (salvo los últimos números) y publicada por una editorial homónima creada ad hoc, aunque detrás de ella estaba el editor Germán Plaza, propietario de Clíper y futuro cofundador de la famosa Plaza & Janés. Pese a su brevedad, ya que tan sólo fueron publicados 34 números, Futuro reúne unas características singulares que no se volvieron a dar en ninguna otra colección similar de nuestro país. Para empezar la mayoría de las novelas publicadas, veintiséis en total, fueron responsabilidad directa del propio Mallorquí, que las firmó con un surtido de diferentes seudónimos aunque tan sólo una parte de ellas, como las protagonizadas por Pablo Rido, eran obras originales suyas, siendo el resto simples traducciones más o menos libres, algunas drásticamente modificadas, de obras de autores norteamericanos. La razón para ello no era otra que el intento de eludir el pago de los derechos de autor en una España que a duras penas acababa de salir de la autarquía; eso sí, según Carlos Saiz Cidoncha varias de las novelas versionadas por Mallorquí, mejoraron ostensiblemente tras ver alterados sus argumentos. En cuanto a los ocho volúmenes restantes, cuatro de ellos aparecen firmados por S. Benet, dos por Miguel Nieto Sandoval y otros dos (los últimos de la colección) figuran como versiones españolas de León Ignacio respetándose los nombres de sus verdaderos autores extranjeros, algo que no ocurría con las anteriores versiones de Mallorquí.

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En el año 1958, en pleno auge de los bolsilibros españoles con las colecciones Luchadores del Espacio y Espacio en todo su apogeo, apareció la colección Kemlo, una iniciativa de la editorial Cedro que se diferenciaba de sus directas competidoras tanto por su formato algo mayor, más cercano al de los libros de bolsillo, como por tratarse de la traducción de unas novelas del autor inglés E. C. Elliot, todas ellas protagonizadas por un mismo personaje (el Kemlo que da nombre a la colección) y dirigidas más bien a un público infantil. Los resultados no debieron de ser demasiado buenos, puesto que tan sólo se llegaron a publicar siete títulos distintos.

Es preciso ir hasta principios de la década de los sesenta para encontrarnos con la colección Best Sellers del Espacio, una iniciativa de la entonces muy activa editorial Toray que durante esos años puso en el mercado, aunque no siempre coincidieran todas ellas de forma simultánea, nada menos que cuatro colecciones distintas de ciencia-ficción: una de las más típicas colecciones populares (Espacio) otra a mitad de camino entre la ciencia-ficción y el género policíaco (S. I. P.) una tercera a la que se podría considerar como de bolsilibros con pretensiones, por más que sus autores fueran los mismos que los de las anteriores (Espacio Extra) y la citada Best Sellers del Espacio, dedicada a autores extranjeros y la única de todas ellas que puede ser considerada, por ello, como una colección híbrida conforme a la definición dada de las mismas.

Best Sellers del Espacio, con un formato de libro de bolsillo algo mayor que el típico de los bolsilibros, probablemente debido a la intención de la editorial de diferenciarla de ellos, y también con un número de páginas superior, duró un total de veintiséis números entre 1961 y 1963. Al igual que ocurriera con Atómica, en la lista de títulos publicados nos encontramos con un batiburrillo de autores franceses y anglosajones de cierto renombre junto con otros completamente desconocidos; tan sólo al final de la misma, y de forma muy limitada, tendrían entrada en ella algunos escritores españoles, tanto los habituales de la casa (Luis García Lecha, Enrique Sánchez Pascual y Juan Gallardo Muñoz) como otros ajenos al mundo de los bolsilibros tales como Francisco Valverde Torné o José García Martínez Calín. Puesto que ninguno de ellos repitió, tan sólo cinco de los veintiséis títulos publicados fueron fruto de autores nacionales, aunque es de reseñar que a García Lecha, Sánchez Pascual y Juan Gallardo se les permitió excepcionalmente firmar con su propio nombre en vez de con sus seudónimos anglosajones. Por lo demás, la calidad media de la colección no se diferenciaba demasiado de la de los bolsilibros corrientes.

Algo posterior, ya de la segunda mitad de los años sesenta, es la colección Infinitum de la editorial Ferma, que consiguió llegar hasta el número 44. Más alejada de los bolsilibros que la anterior, repitió no obstante el mismo esquema mezclando autores anglosajones, unos bastante conocidos y otros no tanto, con otros franceses, introduciendo incluso alguna antología de relatos. En lo que respecta a la participación española ésta suma un total de quince títulos, dándose la circunstancia curiosa de que, mientras los autores de bolsilibros firman aquí con sus tradicionales seudónimos anglosajones, los ajenos a ellos lo hacen con sus nombres propios o con sus seudónimos literarios, como es el caso de Domingo Santos, Francisco Valverde Torné, Frandanor (Francisco Daniel Ortusol) o José García Martínez Calín.

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Años más tarde, a principios de los ochenta, Producciones Editoriales (o sus alter egos Gaviota y Antalbe) sucesora de Ferma, utilizaría el nombre de Infinitum para varias colecciones que poco o nada tenían en común entre sí: Una edición de lujo en 1975, que sólo alcanzó los once números, tres de los cuales estuvieron dedicados a Domingo Santos; otra relativamente similar a la original, a mediados de los años ochenta, que llegó a los catorce títulos reeditando algunos de los anteriores (entre ellos el de Frandanor, única contribución española) y por último una colección de bolsilibros a principios de los años ochenta.

Sin embargo, la verdadera sucesora de la primitiva Infinitum de los años sesenta, también bajo la responsabilidad de Producciones Editoriales, fue la colección inicialmente llamada Superficción y rebautizada más tarde, a causa de la coincidencia de nombres con la colección homónima de Martínez Roca, como Extraficción. De sus veintisiete números, publicados entre 1976 y 1977, un total de diecinueve provienen de Infinitum, repartiéndose los ocho restantes entre los publicadas originalmente en Puerta a lo desconocido, una breve colección de Ferma de finales de los años sesenta con novelas de autores españoles bajo seudónimo, alguno rescatado de las colecciones de Toray y tan sólo dos inéditos, el clásico LA MÁQUINA DEL TIEMPO de H. G. Wells y otro firmado por un tal J. M. Reeds del que no tengo la menor noticia. Como puede comprobarse, se trata de un auténtico cajón de sastre.

Una vez comentadas las colecciones de Ferma, Producciones Editoriales y Gaviota / Altalbe, hemos de retroceder hasta la segunda mitad de los años sesenta, época bastante activa en lo que a este tipo de colecciones se refiere, para encontrarnos con la mítica Biblioteca Oro de la editorial Molino, una de las más activas durante décadas en el campo de la literatura popular aunque, paradójicamente, la atención que prestó a la ciencia-ficción fue mínima. De hecho ni tan siquiera llegó a contar con una colección propia, limitándose a abrir una sección dentro de la Biblioteca Oro a la que añadió el término Anticipación. Tengo reseñados un total de diez títulos pertenecientes a esta sección, todos los cuales siguen la numeración general de la Biblioteca Oro. De esos diez nueve son de autores anglosajones y la mitad de ellos antologías de relatos, algo completamente inusual en este tipo de colecciones. La única aportación española corresponde a la novela El fenómeno Barclay, del desconocido (dentro del mundillo de la ciencia-ficción hispana) Carlos Pol Torrella.

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Otro apartado importante dentro de este grupo de colecciones es el correspondiente a las traducciones españolas de la colección francesa Fleuve Noir, la cual según mi criterio no excede en calidad a los en teoría más modestos bolsilibros... pero supongo que aquí, como en todo, será cuestión de opiniones. En realidad ya habían sido publicadas algunas novelas de esta procedencia en colecciones tales como Best Sellers del Espacio, pero fue a partir de 1966 cuando empezaron a aparecer con mucha más frecuencia formando, incluso, colecciones propias.

Son varias las colecciones españolas que se nutrieron de este material a lo largo de los últimos años de la década de los sesenta y los primeros setenta, a las cuales no siempre resulta fácil seguirles la pista debido a su brevedad y a que las editoriales responsables de su publicación, tal como sucediera con Ferma y Producciones Editoriales, en ocasiones acostumbraban a mutar con frecuencia. La más antigua de ellas es Marte XXI, de la editorial Picazo, que publicó entre 1966 y 1967 un total de 28 números en formato de libro de bolsillo, aunque con un número de páginas similar al de los bolsilibros, correspondientes en su totalidad a autores franceses. Apenas terminada ésta, Picazo volvió a intentarlo a finales de 1968 con una nueva colección llamada en esta ocasión Libro de Bolsillo ciencia-ficción, con formato similar pero mayor número de páginas, de la cual tan sólo llegarían a aparecer apenas tres números. Aunque los títulos no coinciden con la anterior los autores son los mismos, es decir, los habituales de Fleuve Noir.

Y ahora viene el gran lío. Entre 1979 y 1980 tengo reseñadas nada menos que cuatro colecciones filiales de Fleuve Noir que, aparentemente, debieron de salir publicadas de forma simultánea o prácticamente simultánea, hecho que se complica todavía más al corresponder algunas de ellas a una misma editorial; por cierto, las cuatro tenían idéntico formato, de 170 por 100, intermedio entre los bolsilibros y los libros de bolsillo. De ellas nada menos que tres compartían nombre, Anticipación Fleuve Noir, correspondiendo a las editoriales ATE Libroexpress, Nueva Situación y Geasa, aunque para complicar todavía más las cosas parte de las novelas de Nueva Situación figuraban bajo el sello de la editorial Mundis. No obstante, no sería de extrañar que alguna de estas editoriales, si no todas ellas, fueran distintos avatares de una sola, algo bastante habitual en este mundillo y que por cierto ha perdurado hasta hoy día.

La Anticipación Fleuve Noir de ATE Libroexpress fue de todas ellas la más longeva, ya que alcanzó los 31 números; lo cual tampoco es precisamente un prodigio de duración. Todos sus autores fueron franceses a excepción del ejemplar que cerró la colección, firmado por el español Pedro Guirao en una de las escasísimas ocasiones en las que éste utilizó su verdadero nombre en lugar de sus habituales seudónimos de Peter Kapra o Walt G. Dovan, entre otros. Su tocaya de Nueva Situación se quedó en los once, de autores franceses en su totalidad y uno de ellos coincidente con el publicado en ATE Libroexpress. De la colección de Geasa, por último, aunque al parecer alcanzó al menos los siete números, tan sólo he logrado identificar tres de ellos, todos ellos publicados asimismo en las dos colecciones de Nueva Situación.

Para rematar la faena nos encontramos con la cuarta en discordia (o la sexta, si contamos también a las dos colecciones de Picazo) Ciencia-ficción Fleuve Noir de Nueva Situación / Mundis, con al menos una docena de títulos reseñados diferentes de los de su colección hermana a excepción de uno, que aparece duplicado. Asimismo cada una de ellas, como quedó dicho en el párrafo anterior, compartieron un título con la colección de Geasa, mientras que al parecer ninguno de los correspondientes a las dos colecciones de Picazo llegó a ser reeditado. De cualquier modo, quien quiera que esté interesado en estas novelas va a tener bastante complicado organizarlas, ya que tampoco cabe la posibilidad de considerar que se tratase de las mismas al no coincidir en ningún caso los listados de los títulos.

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Fuera ya de la esfera de Fleuve Noir y de la prolífica Producciones Editoriales, fueron muy escasas, a la par que efímeras, las colecciones híbridas que salieron al mercado en la década de los setenta. En 1976 apareció Ciencia-ficción de la editorial Vergi, con un formato similar al de sus competidoras y un solo número firmado por Richard Saxon, seudónimo de Joseph L. Morrisey. Algo más, cuatro ejemplares, duró su homónima Ciencia-ficción de la editorial Mayler, aparecida un año más tarde; al parecer todos ellos pertenecen a escritores foráneos, uno de ellos un clásico (Ray Cummings) y el resto a autores más bien desconocidos.

Algo más tardía, de 1981, es la colección Ciencia-ficción (desde luego no se puede decir que los editores de la época fueran un prodigio de originalidad) de la editorial R. O., más cercana en formato y pretensiones a los bolsilibros, alternándose en sus cinco títulos un autor español (Juan Almirall Enciso, alias Robert Delaney) con otros cuatro presuntamente extranjeros y asimismo desconocidos. Y eso fue todo, puesto que no tardaría mucho en acaecer, a finales de esa década, la catástrofe que hundió el mercado de los bolsilibros, al menos en lo que a la ciencia-ficción respecta hasta el presente.

© José Carlos Canalda, (2.969 palabras) Créditos