ELOGIO Y DEFENSA DEL CUENTO COMO GÉNERO LITERARIO
por José Carlos Canalda

Si hay un hecho cierto dentro del ámbito de la literatura española, y no sólo en el más restringido de la ciencia-ficción, es que el cuento como género literario no goza de buena salud... ni, desengañémonos, la ha gozado nunca. La literatura española, dentro del ámbito narrativo, ha sido tradicionalmente una literatura de novelas, y aunque existen honrosas excepciones (Clarín, Unamuno o Baroja, por ejemplo, escribieron cuentos excelentes) incluso éstos fueron eclipsados por las novelas de los propios autores. Quizá tan sólo se pueda reseñar el caso de Bécquer y sus Leyendas, aunque es a éstas a lo que se reduce la totalidad de la obra narrativa del poeta sevillano.

Y, claro está, este desinterés generalizado del lector español hacia el cuento como género literario se ha trasladado, no podía ser de otra manera, al campo de la ciencia-ficción, donde todos los editores coinciden en afirmar que el cuento no vende, o que tiene mucha menos aceptación que la novela. Y es una pena, puesto que sin desmerecer a nadie, la ciencia-ficción a escala mundial (o al menos la anglosajona) ha sido, es y seguirá siendo uno de los más firmes baluartes de los relatos cortos, coexistiendo aparentemente sin problemas (salvo en nuestro país, claro está) con sus hermanas mayores, las novelas.

Aunque no soy en modo alguno el más indicado para analizar las raíces de este fenómeno, sí resulta bastante fácil obtener conclusiones. La ciencia-ficción literaria (los cómics son historia aparte) tuvo su origen en los Estados Unidos, allá por la década de los veinte del pasado siglo, en unas revistas pulp en las que básicamente se publicaban relatos cortos, y ésta fue la cantera de la que surgieron la mayor parte de los escritores de la Edad de Oro empezando por el mismísimo Asimov, al tiempo que otros como Frederic Brown o Robert Sheckley se convirtieron en auténticos maestros del género. Si nos ponemos a analizar la obra de estos escritores, descubriremos que todos ellos tienen una nutrida producción de cuentos, independientemente de que además escribieran novelas, e incluso obras tan afamadas como la trilogía original de Fundación (sus continuaciones, firmadas o no por Asimov, son ya otra historia) no son si no recopilaciones de relatos cortos, y no novelas.

Sin embargo, en España la cosa fue muy diferente ya desde un principio. Los precursores del género, como José de Elola o Jesús de Aragón, escribieron novelas, y así lo hicieron la mayor parte de los autores nacionales, incluso los de los modestos bolsilibros, mientras que las colecciones encargadas de publicar en español las obras clásicas de allende el Atlántico, empezando por la mítica Futuro y siguiendo por otras tan prestigiosas en su momento como Nebulae o Cénit, se volcaron en su mayor parte en las novelas. De hecho, habría que esperar hasta la llegada de las antologías de Acervo y Bruguera, o a la nunca suficientemente llorada Nueva Dimensión, para poder contar con una oferta razonable de cuentos de ciencia-ficción, nacionales o extranjeros. Sí, hubo más antologías, por supuesto, pero en su mayor parte, incluyendo la monumental de la editorial Labor, se trató de iniciativas efímeras o, como ocurrió con las lujosas (en todos los sentidos) antologías de Aguilar, su precio resultaba prohibitivo para el común de los mortales de entonces. Y desde luego, el volumen total de cuentos publicados, comparado con el de las novelas, resulta ser muy pequeño.

Aunque han pasado muchos años desde entonces, lo cierto es que la situación de estos últimos tiempos no se puede decir que haya mejorado demasiado salvo, claro está, en lo que respecta a internet, donde por sus propias características son las novelas las que suelen brillar por su ausencia. Pero en lo que se refiere a la edición clásica, es decir, en papel, la mayor parte de las revistas aparecidas en el mercado (y han sido bastantes: Gigamesh, Solaris, 2001, Galaxia, Asimov en sus distintas reencarnaciones, Artifex, Pulp Magazine, El Melocotón Mecánico...) han acabado desapareciendo tras breves períodos de vida, mientras que las antologías o recopilaciones tampoco se puede decir que sean demasiado boyantes: las dos anuales de la AEFCFT (Visiones y Fabricantes de sueños) las del concurso de relatos de El Melocotón Mecánico, alguna (más bien pocas) de Espiral, las de Libro Andrómeda... y que me disculpen los editores de aquellas a las que he olvidado, aunque en modo alguno pretendía hacer una relación exhaustiva de ellas, sino resaltar el hecho de que la publicación de cuentos sigue estando en minoría frente a la de novelas también hoy mismo.

En cualquier caso, por lo que yo sé el mecanismo que voy a explicar a continuación es el que se ha venido dando por lo general entre los editores independientes; otra cosa es el tema de las grandes editoriales, que necesitaría un estudio por separado. Muchos de ellos empezaron con un modesto fanzine que convirtieron en revista para, una vez asentados, iniciar la publicación de novelas y, tras un período de coexistencia más o menos largo, acabar abandonando la revista, condenada a languidecer o directamente a su desaparición. Comprendo sus motivos puesto que, como es sabido, publicar una revista o una antología da mucho más trabajo que publicar una novela y, por si fuera poco, se suele vender peor; pero aunque los respeto y los acepto, desde mi particular e intransferible postura de lector y escritor de cuentos no los comparto... aunque, claro está, yo no soy editor y dudo mucho de que lo pueda llegar a ser nunca.

Para empezar, me gustaría dejar bien clara mi convicción de que el cuento y la novela, por más que compartan ambos su condición narrativa, son dos géneros literarios distintos y diferenciados. Ni un cuento es una novela corta, ni la novela es un cuento alargado, ya que cada uno de ellos tiene sus propias reglas que no tienen por qué ser coincidentes, salvo en el hecho común de relatar una historia. Por esta razón, cualquier intento de estirar un cuento para convertirlo en novela, treta por cierto sumamente explotada en la ciencia-ficción norteamericana para exprimir los relatos de éxito, suele rendir pobres resultados, dado que el cuento y la novela tienen estructuras muy distintas que no pueden ser medidas únicamente en función de la extensión; ni mejores ni peores, sino simplemente distintas. Recurriendo a un símil deportivo, sería como comparar una carrera de cien metros libres con una maratón.

Sin embargo, parece estar bastante extendida la opinión de que el cuento es un género menor, una especie de aperitivo de la novela, y que la escritura de cuentos sería tan sólo una especie de fogueo previo antes de introducirte en las artes literarias mayores, algo que yo considero totalmente equivocado. Así, cuando algún amigo me incita con su mejor intención a que intente escribir novelas, procuro convencerle, no sé si con éxito, de que no es así, que yo me encuentro muy cómodo escribiendo cuentos (e incluso relatos ultracortos, que cada vez me entusiasman más) y que pienso seguir haciéndolo aun a costa de marchar contracorriente.

Siempre he escrito cuentos, jamás novelas (bueno, miento, con unos 13 ó 14 años perpetré una mala imitación de las novelas de a duro, pero ésta no cuenta) y los más largos de ellos podrían ser considerados, como mucho, novelas cortas... pero no son más de alrededor de media docena de un total de casi trescientos, ya que la extensión media de mis relatos suele ser muy inferior. Puede que todo se deba a cierto grado de inconfesable vaguería por mi parte, ya que escribir cosas largas me cansa bastante, pero también es cierto que, como buen seguidor que soy de la escuela de Baltasar Gracián, el de Lo bueno, si breve, dos veces bueno, cuando se me ocurre una idea me gusta expresarla con la mayor brevedad y concisión posible.

Como lector, como es fácil suponer, también suelo preferir por lo general los relatos cortos a las novelas, al tiempo que me horrorizan esos espantosos ladrillos de enecientas páginas por tomo en los que te puedes pasar capítulos enteros tragándote paja sin el menor sentido, como no sea el de proporcionar mayores ganancias al editor y al responsable del engendro a costa del bolsillo del sufrido lector... del bolsillo y de la paciencia.

Puede que yo no tenga demasiado de esta última, pero nunca he podido soportar algo que me resultara aburrido, fuera un libro, una película o cualquier otra cosa que me hiciera albergar la sospecha de estar perdiendo el tiempo con ello. Aunque, claro está, tampoco hace falta llegar a tanto para hacerse merecedor del calificativo de plúmbeo, ya que hay quien se las apaña perfectamente para serlo sin necesidad alguna de tamaña graforrea.

Y he aquí la clave de la cuestión. Por supuesto hay novelas que me han gustado mucho, al igual que hay cuentos que no me han gustado nada, pero no es lo mismo aguantar un tostón de veinte o treinta páginas, que tenerte que tragar uno de trescientas. Soy perfectamente capaz de soportar un cuento que no me guste, lo cual dicho sea de paso me sirve como piedra de toque para perfeccionar mi cultura literaria, pero confieso mi incapacidad para hacer lo mismo con una novela que no resulte de mi agrado.

Claro está que esta preferencia no se rige tan sólo por descartes, sino también por factores positivos. Así, aunque cuando yo leo una narración me gusta disfrutarla en su conjunto (no soporto, por ejemplo, algo que literariamente esté mal escrito, por muy interesante que pudiera ser) a lo que yo doy más importancia, con diferencia, es a lo que me están contando, razón por la que me fastidia mucho tropezar con esos estilistas del lenguaje capaces de pergeñar un hermoso y bellísimo cascarón completamente vacío. Y aunque tanto los cuentos como las novelas nos relatan (o al menos se les supone, como el valor en la mili) una historia, este peligro suele ser mayor en las segundas.

Todavía hay más. Pongamos, simplificando el caso, que un cuento de treinta páginas y una novela de trescientas nos transmiten una idea básica cada uno de ellos; ya sé que se trata de una aproximación bastante grosera, pero para lo que quiero decir nos vale. Así pues, si me leo diez cuentos de treinta páginas, con el mismo esfuerzo (lo siento, el tiempo es un bien muy escaso, al menos para mí) que me habría costado leerme la novela de trescientas, me encuentro con que he sido capaz de asimilar un total de diez ideas por el precio de una... con lo cual mi conocimiento en este campo se ha enriquecido notablemente al precio de un esfuerzo muy aceptable.

Por si fuera poco, pongamos que de esos diez cuentos tres no me han gustado... me siguen quedando siete, mientras que si la novela no me ha gustado no me puedo quedar con nada. Mi experiencia como lector me indica que resulta mucho más gratificante, por este motivo, leer una antología de cuentos (o una revista) que dedicar ese mismo tiempo a una novela con la que, si tengo suerte, estupendo, pero que si pincho en hueso habrá resultado un tiempo y un esfuerzo perdidos.

Además, esto me permite asimismo ser mucho más abierto a la hora de seleccionar nuevas lecturas, puesto que si empiezo a leer una antología de relatos sé que será muy difícil que ninguno de ellos me guste, mientras que mi experiencia con las novelas cuenta con bastante más arena que cal... y ya se sabe eso del gato escaldado. Aparte de que, incluso de forma consciente, puedo atreverme a leer un cuento de un autor que no resulte en general de mi agrado, cosa que muy difícilmente haré con una novela en el mismo caso.

En resumen, eso es todo. Para mi desgracia, la tendencia general no va por ahí, pero qué se le va a hacer; en lo que a mí respecta, pienso seguir leyendo, y por supuesto escribiendo, aquello que más me satisface, es decir, los cuentos y relatos cortos, con preferencia a las novelas.

© José Carlos Canalda, (2.012 palabras) Créditos