ROMA ETERNA
ROMA ETERNA Robert Silverberg
Título original: Roma Eterna
Año de publicación: 2003
Editorial: Minotauro
Colección: ---
Traducción: Emilio Mayorga
Edición: 2006
ISBN:
Precio: 18 EUR

Hay algo de apasionante en las ucronías; lo que pudo ser y no fue, los derroteros que pudo tomar la historia si tal o cual suceso no se hubiera producido, tal otro hubiera acabado en fracaso o los elementos no hubieran estado en contra. Con todo, las ucronías siempre tienen algo que no termina de hacerlas universalmente convincentes. Los anhelos personales de los autores no siempre van de la mano de aquello que los propios lectores hubieran deseado, y basta conocer un poco de historia para que muchas de las propuestas realizadas resulten, cuando menos, poco sólidas.

Es el caso de ROMA ETERNA, junto a pasajes apasionantes y verdaderamente consistentes, hay otros que no terminan en absoluto de ser creíbles, sean ucronía sean simple aventura, sean anhelos del propio Silverberg.

El libro está estructurado como una serie de relatos que describen un momento concreto de la historia de éste Imperio Romano alternativo. Desde el 450 hasta 1970. En ocasiones Silverberg relata un suceso, otras deja que sea uno de los personajes quien lo haga por él, y tampoco faltan los socorridos historiadores que desgranan los años transcurridos entre uno y otro relato.

Silverberg introduce varios puntos Jombar (el momento de alteración del flujo histórico) Uno lo remonta al intento de huida de los judíos de Egipto. La aventura sale mal y los judíos no pueden volver a Palestina, de modo que no surge el cristianismo. Por otro lado, Caracalla no es sucedido por Macrino, sino por un tal Tito Galio, que en vez de gobernar escasamente un año se mantiene en el trono hasta el 241 (nada menos que nueve emperadores hubo en ese periodo) consolida el Imperio y evita su inminente agonía.

Estos dos sucesos marcan lógicamente el libro, por un lado al permanecer el Imperio y no haber era cristiana todas las fechas están referidas a la fundación de Roma (753 años AC), es decir, que Tito Galio llega al trono en el 970 AUC (ab urbe condita, desde la fundación de la ciudad) y el episodio que cierra el libro sucede en el 2723 AUC. Por otro, resulta si no imposible (dentro de la lógica del libro), si difícil que entre los sucesores de Tito Galio, se encontraran Diocleciano y Constantino, los promotores de la división del Imperio, que si bien sigue teniendo su razón de ser (la inmensidad del territorio no permitía una administración adecuada) desde luego no debería ser idéntica a la que históricamente conocemos.

Detalles como éste vuelven incómoda la lectura de según que pasajes, otros, sin embargo, están resueltos con maestría, como el asalto (literal) al Nuevo Mundo y los primeros enfrentamientos con el Imperio Maya (si, Maya) La propuesta es que el Emperador de turno envía una potente fuerza militar a conquistar el Nuevo Mundo, y ciertamente las batallas y la resolución de la aventura destilan épica por todos los lados. Pero también hay algo que se hace incómodo ¿Por qué los expedicionarios se saltan todas las islas del Caribe como si prácticamente no existieran? ¿Por qué los romanos no intentan una penetración por capilaridad y no por inundación? Épica aparte (que se disfruta) son demasiadas cuestiones dejadas en el aire, como si no tuvieran mayor importancia.

Otra cuestión a tener en cuenta es que Silverberg apenas se molesta en ambientar los episodios. Algunos detalles aquí y allá dejan clara la evolución de la tecnología, pero en esencia, los propios romanos no cambian para nada en mil quinientos años. Las mismas conspiraciones que se producen en 1200 AUC se repiten sin solución de continuidad hasta el 2700 AUC. Las mismas túnicas, las mismas actitudes, hasta resulta complicado imaginar a la soldadesca de otra forma que no sea vistiendo casco con cimera emplumada, grebas y peto, por mucho que porten fusiles y desbaraten murallas a cañonazos. Se podría aducir que Silverberg, más que la evolución de modas y tecnologías le interesaba más la evolución del propio Imperio y sus habitantes, pero sencillamente tampoco es así, y cuando se embarca en ello, no resulta convincente. Propone, por ejemplo, el surgimiento de multitud de lenguas locales derivadas de la evolución y mezcla con las lenguas autóctonas del latín y el griego (en la parte oriental del imperio); el hispano, el lusitano, el romano, el germano, etc., etc., y a la vez la caída en picado del uso y conocimiento del latín, obviando aparatosamente la necesidad de una lingua franca que facilite la comunicación fluida entre los ciudadanos del imperio.

Tampoco, aparte de citarlos, parece importarle la interacción del Imperio Romano con el resto de los Imperios mundiales. Habla continuamente de Catay, de Cipango, de los imperios del Nuevo Mundo, pero obvia Africa a excepción de Egipto y por supuesto ni se le ocurre la posibilidad de un imperio Zulú. Pasa sobre todo ello de puntillas argumentando que la expansión del Imperio acabó cuando se hizo evidente la imposibilidad de administrar y mantener unido un territorio tan inmenso, pero tampoco menciona otra posibilidad, como decía antes, la invasión por capilaridad, el establecimiento de factorías comerciales, etc. Parece como si las mercancías fluyeran a Roma por gravedad, no porque alguien se preocupara de ir a por ellas. No parece interesarle las invasiones cataclísmica de los nómadas asiáticos, excepto Atila, no se menciona a un Genjis Khan o un Tamerlán, sólo vagas referencias a los problemas en la frontera más oriental del Imperio.

En definitiva, un libro que tiene pasajes apasionantes, otros no tanto, que presenta una propuesta de historia alternativa de Occidente, pese a mis objeciones, tan válida como otra cualquiera, y que permite al lector jugar a elaborar su propia extrapolación de lo que podría haber sucedido y no sucedió.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.098 palabras) Créditos