LA TORRE DE CRISTAL
LA TORRE DE CRISTAL Robert Silverberg
Título original: Tower Of Glass
Año de publicación: 1970
Editorial: Martínez Roca
Colección: SuperFicción nº 115
Traducción: Cristina Macía
Edición: 1990
Páginas: 225
ISBN:
Precio: Descatalogado

Una constante en la obra de Silverberg es la megalomanía, desde la búsqueda obsesiva de la inmortalidad en EL LIBRO DE LOS CRÁNEOS, hasta el Khan omnipotente y también casi inmortal de SADRAC EN EL HORNO, pasando por el arquetípico Valentine de La Saga de Majipur, que llega de mendigo a príncipe a través de un fantástico viaje iniciático.

Esa obsesión por el poder absoluto, por el desprecio por lo que no sea la pura y simple voluntad, marca a muchos de los personajes de Silverberg. En LA TORRE DE CRISTAL va más allá, porque Simeón Krug, un hombre rico hasta la náusea, creador de vida y al borde de la tiranía, es objeto además de un muy particular culto.

Krug es todopoderoso, Krug hace y deshace a su voluntad, Krug ha creado vida, pero Krug no es Dios, ni quiere serlo, aunque actúe como tal. Incluso tiene un hijo que le sucederá al frente de su inmenso emporio.

La novela arranca cuando se recibe una señal extraterrestre. A Krug le importan muy poco el sentido de la señal ni su desconcertante origen. Sólo sabe que hay otras inteligencias allá, en el espacio, y se impone la tarea de contestar. Para eso ordena construir una torre de comunicaciones de un tamaño delirante en la tundra siberiana. No es sólo la magnitud de la construcción, sino el terreno sobre el que está levantada, turba congelada, lo que dificulta hasta extremos increíbles la obra. Pero Krug cuenta con una mano de obra barata, muy cualificada, voluntariosa y que, literalmente, le adora: los androides. Estos son el producto de una de sus industrias. Indistinguibles de los humanos excepto por algunas características inducidas de forma deliberada, como la total ausencia de pelo o su piel púrpura, se dividen en tres castas los alfa, inteligentes, más que muchos humanos, eficientes, responsables, los betas, no tan inteligentes pero igualmente eficientes y responsables, y la fuerza de trabajo, los gamma, no muy listos, pero tanto o más eficientes y responsables que los primeros.

Obviamente los androides no son considerados humanos, son simples máquinas inteligentes que salen de las factorías Krug. El conflicto está servido, son máquinas, pero tienen autoconsciencia, y se saben, al menos los alfa, superiores a sus creadores. Eso provoca que se lancen a lograr la igualdad con sus creadores, ya sea por medios políticos, ya sea mediante la oración dentro de la peculiar religión elaborada alrededor de la figura de su creador: Simeón Krug, al que se le ha sublimado su esencia humana para transfigurarlo en un Dios benévolo que redimirá a los androides. La analogía cristiana está servida: Krug Padre, Krug Hijo y Krug Espíritu Santo.

Sorprende la habilidad de Silverberg para sintetizar en poco más de doscientas páginas una historia tan sumamente compleja en la que intervienen múltiples factores como son la detección de la señal extraterrestre, la construcción de la torre, las intrigas internas de la familia Krug, la desavenencia entre los propios empleados (humanos y androides) de Krug y la forma de vida de los androides, entreverándolo todo con la teología creado alrededor de Krug. Sorprende y admira. Otro autor hubiera necesitado una trilogía, una trilogía secuela, otra trilogía precuela y además un buen montón de libros sobre la vida secreta de los androides, pero Silverberg se conforma con doscientas páginas, densas, sintéticas, en las que no falta ni sobra nada.

Comparando novelas como ésta, breves pero llenas de intrigas, pasiones y personajes notables, con tochos inmensos en los que ya es un triunfo que ocurra algo en el primer tercio del libro, admiro cada vez más a los clásicos del género. Demostraron que era posible retratar el alma humana en pocas páginas, que no necesitaban extenderse para llegar a lo más hondo y describirlo con precisión.

Con todo, es posible que haya quien este tipo de concisión le parezca fría y demasiado sintética, pero ir más allá es sencillamente desviar la atención del objetivo principal y únicamente servir de medio para el lucimiento del autor.

© Francisco José Súñer Iglesias, (666 palabras) Créditos