PLUTÓN: ¿UN PLANETA MENOS?
por José Carlos Canalda

Menudo revuelo ha organizado la Unión Astronómica Internacional (UAI) con su decisión, en la asamblea general celebrada el mes de agosto de 2006 en Praga, de retirar a Plutón la condición de planeta que le había sido otorgada tras su descubrimiento en 1930... y lo curioso del caso es que, lo que en principio debería haber sido una simple controversia académica (había astrónomos a favor y en contra de la iniciativa) ha trascendido hasta el hombre de la calle, habiendo llegado a publicarse en los periódicos cartas auténticamente delirantes escritas por personas que, perdóneseme la expresión coloquial, no tenían ni pajolera idea de lo que estaban diciendo.

Lo cierto es que lo que la UAI ha hecho no ha sido sino recalificar los distintos tipos de astros que orbitan en el Sistema Solar para adecuarse a los nuevos descubrimientos astronómicos, que han sido muchos y muy numerosos en estos últimos años... algo por lo demás completamente lógico en el ámbito de cualquier disciplina científica, máxime si tenemos en cuenta que la definición de planeta viene heredada, cuanto menos, de tiempos de los griegos si no incluso de los babilonios, con lo cual cabría pensar que hubiera podido quedarse obsoleta.

Para entender las razones de la decisión de la UAI es preciso retroceder en el tiempo husmeando en la historia de la astronomía, quizá una de las más apasionantes dentro de la historia general de la ciencia. En los albores de la astronomía moderna, es decir, cuando se inventó el telescopio allá hacia principios del siglo XVII, la clasificación de los diferentes astros era muy sencilla: estaban el Sol, los planetas que giraban en torno suyo y los satélites que lo hacían en torno a los planetas; así de simple. A ellos había que añadir además los impredecibles cometas, los cuales, pese a su espectacularidad, no dejaban de ser la calderilla del Sistema Solar.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX se descubrieron dos planetas más, Urano y Neptuno, junto con un buen puñado de satélites de varios de los ocho planetas conocidos, todo lo cual reforzaba un esquema sólidamente establecido. El primer inconveniente, no obstante, surgió cuando, en aplicación de la ley de Titius-Bode, que predecía la existencia de un planeta desconocido entre Marte y Júpiter, los astrónomos se dedicaron a buscar con fruición a tan escurridizo astro. Nunca lo encontrarían porque, como hoy se sabe, las fuerzas gravitatorias de Júpiter impidieron que se formara, pero con lo que sí tropezaron, el 1 de enero de 1801, fue con un pequeño astro de apenas mil kilómetros de diámetro, es decir, mucho menor que la Luna e inferior también en tamaño a bastantes de los satélites de los planetas gigantes, al cual su descubridor, el astrónomo siciliano Giuseppe Piazzi, bautizó con el nombre de Ceres siguiendo la tradición de recurrir a nombres de la mitología greco-romana.

De inmediato hubo consenso entre los astrónomos de la época al considerar que Ceres era demasiado pequeño para ser catalogado como planeta, pese a lo cual tampoco podía ser considerado un satélite dado que orbitaba en torno al Sol. Puesto que inmediatamente después comenzaron a descubrirse otros pequeños astros similares, primero en número de decenas, luego centenares, millares y, al día de hoy, más de cien mil, quedó claro que había que crear una nueva categoría que fue denominada con el nombre de asteroides en alusión a su condición de astros pequeños. Salvo algunas excepciones la inmensa mayoría de los asteroides conocidos orbitaban en la región del espacio comprendida entre Marte y Júpiter, por lo que pronto se acuñó el término de cinturón de asteroides para definirla. Aunque la configuración del Sistema Solar había sido ampliada, el concepto de planeta había quedado intocable.

Hemos de dar ahora un salto en el tiempo de más de cien años, hasta el primer tercio del siglo XX. Como es sabido el descubrimiento de Neptuno, a mediados del siglo XIX, tuvo lugar tras unos brillantes cálculos matemáticos en los que se aplicó la hipótesis de que las perturbaciones detectadas en la órbita de Urano podrían ser causadas por la presencia de un planeta exterior al mismo... y así era, efectivamente. Sin embargo, décadas de estudio del nuevo planeta demostraron que su presencia no podía explicar por sí sola la totalidad de las citadas perturbaciones. Así pues, la conclusión de los astrónomos de la época fue inmediata: debía de existir otro planeta más exterior a Neptuno, con lo cual se inició la caza del desconocido astro.

Éste se mostró mucho más esquivo que su predecesor, algo por otro lado lógico dado que al estar mucho más lejano su detección telescópica debería de resultar mucho más dificultosa. Tras muchos esfuerzos de numerosos astrónomos, algunos de la talla de Percival Lowell, finalmente sería el norteamericano Clyde Tombaugh quien comunicó, en 1930 como ya he apuntado, el descubrimiento del noveno planeta, al que bautizó con el nombre de Plutón.

Dentro de las dificultades que la observación de Plutón presentaba para los telescopios de la época, pronto se supo que, a diferencia de Urano y Neptuno, no se trataba de un gigante gaseoso, sino de un astro de magnitudes mucho más modestas. Un problema añadido era que, al carecer de satélites conocidos, no se podía calcular con exactitud su masa, aunque ésta se estimó en función de las citadas perturbaciones de la órbita de Urano no provocadas por Neptuno. Si consultamos los manuales de astronomía de mediados del siglo XX, veremos que a Plutón se le atribuía un tamaño comprendido entre los de Mercurio y Marte y una densidad similar a la de nuestro planeta, lo cual le convertía en una extraña singularidad dadas las características de los planetas que le antecedían.

Las cosas cambiaron radicalmente cuando en 1978 se descubrió que Plutón contaba con un satélite (recientemente se han encontrado otros dos más, de pequeño tamaño) que fue bautizado con el nombre de Caronte. Esto permitió calcular por vez primera su masa con la suficiente exactitud, descubriéndose que en realidad era mucho menor que la estimada... y no sólo encogió Plutón de peso sino también de tamaño, puesto que observaciones más precisas determinaron que su diámetro no iba más allá de unos 2.300 kilómetros, aproximadamente dos terceras partes que el de la Luna. Vamos, que como planeta resultaba ser una auténtica birria.

Por si fuera poco, la relación de volúmenes entre Plutón y su satélite Caronte, de casi 1.200 kilómetros de diámetro, es de aproximadamente 7 a 1, una proporción desmesuradamente baja en el conjunto del Sistema Solar dado que la relación equivalente entre la Tierra y la Luna es de casi 50, mientras que en el resto de los planetas (considero en todos los casos el satélite de mayor tamaño) resulta ser todavía mucho más elevada: 6.000 entre Neptuno y Tritón, 11.600 entre Saturno y Titán, 18.800 entre Júpiter y Ganímedes, 33.200 entre Urano y Titania, o ¡más de 29 millones! entre Marte y Fobos. Dicho con otras palabras, muchos astrónomos consideran a Plutón y Caronte más como un sistema doble que como a un planeta con su correspondiente satélite.

No obstante, nadie osó cuestionar entonces su condición de planeta, ya que aunque sus dimensiones estaban más cercanas a las de Ceres que a las de Mercurio, el planeta más pequeño de los ocho restantes con sus casi 5.000 kilómetros de diámetro, y a pesar incluso de que Caronte se le subiera literalmente a las barbas, ¿qué pintaba un asteroide solitario en los confines del Sistema Solar?

Pero como mientras tanto los astrónomos no permanecían de brazos cruzados, no tardaría mucho tiempo en descubrirse que el Sistema Solar era mucho más complejo que lo que se había sospechado hasta entonces. En 1992 se descubrió que Plutón no estaba solo en esos remotos límites del Sistema Solar, a excepción claro está de Caronte, tal como se había creído hasta entonces, ya que un pequeño astro todavía sin nombre oficial inició una lista de descubrimientos de lo que años más tarde se consideraría como un segundo cinturón de asteroides, denominado con los nombres de asteroides transneptunianos o Cinturón de Kuiper, de los cuales conocemos ya varios centenares aunque su número se incrementa constantemente.

Dadas sus pequeñas dimensiones a estos objetos transneptunianos se les consideró en principio como asteroides, no como planetas, lo cual era bastante razonable. Sólo que, ¿qué pintaba Plutón en medio de ellos? Ciertamente su tamaño, pese a su pequeñez, era superior al de sus compañeros, pero su órbita no se diferenciaba gran cosa de las de ellos. Conforme pasaban los años y se seguían descubriendo nuevos transneptunianos (aunque en ocasiones se adentran hasta bastante más al interior del Sistema Solar, mientras que en otras se alejan todavía más que Plutón) cada vez era más cuestionable la condición planetaria de Plutón, al que tan sólo su superior tamaño le mantenía en su cada vez más cuestionada situación de primus inter pares, es decir, en la de un asteroide transneptuniano gigante, antes que en la del más pequeño de los planetas.

Por si fuera poco, en los primeros años del siglo XXI se descubrió que algunos de los transneptunianos venían a tener un tamaño similar, si no superior, al de Plutón... y entonces se planteó irremisiblemente la cuestión que durante décadas los astrónomos habían intentado soslayar: ¿era Plutón realmente un planeta, o se trataba tan sólo de un asteroide transneptuniano de tamaño superior a la media, al igual que Ceres, para el que nadie reivindicaba la condición de planeta, era mayor que el resto de sus compañeros del Cinturón de Asteroides?

Finalmente la UAI ha acabado por coger el toro por los cuernos, y lo ha hecho de la forma que a mí me parece más lógica: en lugar de degradar a Plutón a la condición de asteroide, lo cual hubiera sido probablemente exagerado, ha optado por crear una categoría nueva, intermedia entre la de planeta y la de asteroide, la de planetas enanos. En esta categoría entran cómodamente tanto Plutón como otros transneptunianos de gran tamaño tales como Eris (2.400 kilómetros de diámetro, es decir, ligeramente mayor que Plutón) y probablemente Quaoar (1.300 km.) Ixión (1.000 km.) o Varuna (800 km.) junto, claro está, con los nuevos que se vayan descubriendo. A esta categoría se ha sumado también Ceres (950 km.) aunque al parecer no está previsto incluir en ella a ningún otro asteroide clásico ya que los mayores de ellos, Palas y Vesta, apenas si rebasan los 500 km. de diámetro, demasiado poco para ser considerados como tales.

Así pues, y en sentido estricto, no se puede decir que Plutón haya dejado de ser un planeta ya que, simplemente, lo que ha ocurrido en realidad, es que ha pasado a formar parte de una de las dos categorías de planetas existentes a partir de ahora, lo cual se ajusta mucho mejor a la naturaleza real de nuestro Sistema Solar. De todos modos, si se me apura, diré que en mi opinión la UAI se ha quedado corta, ya que hubiera debido ir todavía más allá estableciendo no dos, sino tres categorías diferentes de planetas: los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) los planetas normales (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) y los nuevos planetas enanos, con Ceres y Plutón a la cabeza. Teniendo en cuenta que, pese a todas sus diferencias, Ceres y Plutón siguen siendo más afines a Marte y Mercurio que estos últimos a Júpiter o Urano, mi propuesta no me parece demasiado descabellada.

Claro está que en la ciencia no basta con establecer una división sino que además es preciso justificarla, máxime cuando entran dentro de lo previsible nuevos descubrimientos de astros desconocidos a los que habrá que catalogar de una manera u otra, procurando evitar en el futuro cualquier posible ambigüedad. Así pues, la UAI ha formulado nuevas definiciones tanto para los planetas como para los planetas enanos. A partir de ahora, un planeta es un cuerpo celeste que a) orbita alrededor del Sol. b) tiene masa suficiente para que su atracción gravitatoria le haya dotado de forma esférica, o cuasiesférica y c) ha despejado a otros cuerpos (excepto, claro está, a sus propios satélites) de las inmediaciones de su órbita. Dicho con otras palabras, amén del criterio original de orbitar en torno al Sol, se impone además un tamaño mínimo (en la práctica vendría a caer en torno a los 1.000 kilómetros de diámetro, o algo menos) que estaría relacionado con la forma esférica del astro en cuestión, ya que los de inferior tamaño suelen tener formas irregulares, así como la condición de que no existan astros similares en sus cercanías como garantía de que se trata del cuerpo más importante de todo su entorno, tras expulsar, capturar como satélites o atraer hacia su superficie a todos sus primitivos vecinos de inferior tamaño, merced en todos los casos a su mayor fuerza gravitatoria.

En realidad este último apartado está introducido para diferenciar a los ocho planetas verdaderos de los antiguos asteroides elevados a la condición de planetas enanos, ya que estos últimos suelen orbitar en el seno de sendos cinturones de asteroides, sean el principal situado entre Marte y Júpiter, o el de Kuiper, es decir, el de los trasneptunianos... aunque pudiera darse el caso de que este apartado, metido quizá un tanto con calzador, pudiera volverse en contra suya, ya que se conocen algunos asteroides, como Hidalgo o Quirón, empeñados en ir de por libre.

Veamos ahora la nueva definición acuñada para los planetas enanos. Aunque los dos primeros apartados a) y b) son idénticos a los de los planetas (en realidad el b) sobraría para los planetas, puesto que como es sabido todos ellos son esféricos) el c) se convierte ahora en negativo: no ha despejado a otros cuerpos (excepto, claro está a sus propios satélites) de las inmediaciones de su órbita por las razones anteriormente explicadas, mientras que se añade un nuevo apartado d) no es un satélite en realidad innecesario, puesto que la condición de orbitar en torno al Sol y no en torno a cualquier otro astro venía ya determinada en el apartado a)

Para terminar, la UAI concluye que el resto de los cuerpos del Sistema Solar, es decir, los que no son ni planetas, ni planetas enanos, ni satélites, caen dentro del apartado de cuerpos menores, definición un tanto ambigua puesto que agrupa tanto a los diferentes tipos de asteroides, en ocasiones muy dispares entre sí, como a los cometas, complicándose todavía más la cosa si tenemos en cuenta que la línea divisoria entre los asteroides transneptunianos en sus diferentes categorías y los cometas no está tampoco nada clara.

En cualquier caso, la nueva clasificación ha servido para clarificar bastante el berenjenal en el que se estaba convirtiendo el Sistema Solar, aunque ojo, tan sólo sirve para nuestro Sistema Solar y seguramente tendrá que ser revisada tarde o temprano si se quiere que también resulte válida para todos los sistemas extrasolares (y los conocidos son ya un buen puñado) que se han venido descubriendo en estos últimos años. Teniendo en cuenta que en ellos, según todas las apariencias, no sólo las distinciones entre los distintos tipos de planetas, sino incluso entre estrellas y planetas, no quedan nada claras al seguir esquemas totalmente diferentes al que nos resulta familiar, es fácil concluir que, tarde o temprano, se tendrá que hacer algo parecido a lo que se ha hecho ahora, aunque en lo que respecta al Sistema Solar las cosas parecen haber quedado de momento bastante claras.

Eso sí lo siento por los astrólogos, que tras tantas décadas intentando convencernos de que Plutón influía en nuestras vidas tanto como Marte, Mercurio o Júpiter, ahora van a tener que replantearse todos sus tinglados si es que quieren estar al día... aunque tratándose de una aberración tan patente, capaz de convencer tan sólo a quienes estén dispuestos a dejarse embaucar por sus burdas mixtificaciones, no me extrañaría lo más mínimo que prefirieran no darse por aludidos y seguir tal como estaban con sus chapuzas. Al fin y al cabo, ya puestos a decir que la Tierra es plana, poco importa que añadamos que además está soportada por cuatro elefantes colosales que se apoyan a su vez en la concha de una tortuga... ¿o era al contrario?

© José Carlos Canalda, (2.719 palabras) Créditos