LA CONJURA CONTRA AMÉRICA
LA CONJURA CONTRA AMÉRICA Philip Roth
Título original: The Plot against America
Año de publicación:
Editorial: Mondadori
Colección: Literatura Mondadori, nº 275
Traducción: Jordi Fibla
Edición: 2005
Páginas: 448
ISBN:
Precio: 21,00 EUR

Debo confesar, antes de entrar en materia, que no comparto el entusiasmo general por el género de la ucronía. Entiéndanme, no tengo nada en contra de ellas, me parece una gran labor creativa utilizar la Historia en lugar de la Astrofísica o la Mecánica Cuántica para especular. Creo, además, que se ha aportado al género fantástico un buen puñado de buenas novelas y, al fin y al cabo, eso es lo que importa.

Y sin embargo, aunque a un nivel conceptual acepto la Ucronía como forma de contar una historia, en la práctica, la sola lectura del texto de contracubierta me provoca rechazo e incomodidad. Intentaré explicarlo, si me lo permiten.

En general, hay dos tipos de ucronía:

1.- Las que pretenden revitalizar (virtualmente) el Viejo Imperio, llámese éste como se quiera. El autor inventa un Punto Jombar que le permita refocilarse con la grandeza y poderío de su nación. Por ejemplo, ANTIHIELO, de Stephen Baxter.

2.- Las que pretenden reflejar lo mal que le hubiera ido al mundo de no haber ganado el bando adecuado. Por ejemplo, PAVANA, de Keith Roberts.

O resumiendo, el imperialismo vencido que no asume su derrota, y el imperialismo rampante que pretende justificar su hegemonía, aunque esa no es la única razón por la que me incomodan las ucronías (que también) La principal de todas ellas es la forma ligera con que tratan la historia. Una derrota en el siglo X d. C. se convierte en victoria y de repente el mundo cambia por completo. A mí me parece un disparate. Creo que las corrientes de la Historia son profundas, sólidas y profundamente inerciales. Cuando una nación se queda en la periferia económica y cultural -como le ocurrió a la Monarquía Española en el siglo XVII- no hay victoria militar, por brillante que sea, que cambie eso. Y punto.

Desde luego, hay novelas que no encajan en este esquema simplista que les he trazado y responden a motivaciones más complejas, como la estupenda EL HOMBRE EN EL CASTILLO, de Philip K. Dick y PATRIA, de Robert Harris, una novela que Philip Roth debería haber leído antes de meterse donde no le había llamado nadie. Pero se trata de ejemplos minoritarios, en los que la Historia es tratada con respeto, como la complejísima disciplina que es. Por regla general, y salvando honrosísimas excepciones, las ucronías parecen escritas por autores para los que el curso de los acontecimientos no está regido más que por los hechos de armas. Un consejo, joven escritor que inicias tu carrera: si vas a escribir una ucronía tira a la basura tus libros de Osprey.

LA CONJURA CONTRA AMÉRICA pertenece, de forma muy sutil, al segundo de los dos tipos de ucronía de los que hablábamos más arriba. Philip Roth aprovecha su libro para volver a sacar al Coco Malo del armario. Y, al igual que esos pobres padres ancianos que vuelven a repetir sus viejas historias de la mili Navidad tras Navidad, no se dan cuenta de cuánto aburren, de lo insufrible que se hace volver a escuchar padecimientos pasados (en este caso imaginarios)

El Punto Jombar se ubica aquí en 1940, cuando F. D. Roosevelt, caso único en la historia de Estados Unidos, renovó su estancia en la Casa Blanca por un tercer mandato. En la realidad alternativa de Roth, no es Willkie quien se presenta por el Partido Republicano, sino Charles A. Lindbergh, aquel héroe de la aviación a quien vimos con el rostro bonachón de James Stewart en EL HÉROE SOLITARIO (Billy Wilder, 1957) La elección del aviador y la forma en que su figura legendaria galvaniza a la opinión pública norteamericana es el mayor acierto del libro. Poco conocido en nuestro país, Lindbergh es un mito en el suyo. No sólo por su sonora hazaña a bordo del Espíritu de San Luis, sino por la escabrosa historia del secuestro de su hijo, un hecho que conmocionó a la nación entera. Lindbergh, como muchos estúpidos hombres blancos de las décadas de los Treinta y los Cuarenta, sentía admiración por los movimientos nazi-fascistas en auge, y no sólo por su papel de bastión contra el comunismo. Con toda lógica, el Lindbergh presidente firma un pacto con la Alemania de Hitler que mantiene apartado a Estados Unidos de la contienda europea. Vence así la secular corriente aislacionista americana, hoy día dormida.

Pero una vez planteado el punto de partida en que la historia inventada se aparta de la real, la novela se vuelve aburrida y decepcionante. Y ello a pesar del impecable estilo del autor y del ritmo ágil que imprime a la narración (demostrando una vez más que el estilo, siendo importante, no lo es todo) LA CONJURA CONTRA AMÉRICA es aburrida porque no interesa en lo más mínimo lo que cuenta. Roth elige enseñarnos su mundo ucrónico a través de los ojos del hijo pequeño de una familia de judíos de Newark, Nueva Jersey. Un niño que es él mismo, por cierto. Pero Philip Roth no es Gunther Grass, y lo que el alemán hizo admirablemente en EL TAMBOR DE HOJALATA, al americano se le va de las manos porque no tiene nada que contar excepto una infancia anodina y vulgar. Claro que, el bueno de Gunther, cuando hablaba del ascenso del nazismo, lo hacía con conocimiento de causa, el muy pillín, y Philip Roth no reconocería a un fascista aunque le tosiera en la cara.

Porque la visión que da Roth de un movimiento fascista en ascenso es equívoca, ambigua y, sobre todo, falsa. Hay que tener un desconocimiento vastísimo sobre los mecanismos, perfectamente estudiados y descritos, que provocan la génesis de este tipo de movimientos para describirlo tan torpemente. Si es que es eso lo que Roth pretendía describir porque, para ser sinceros, el Lindbergh que se nos muestra en esta novela es un completo fracaso como nazi. Cuando compré la novela, pensé que se me iban a narrar los padecimientos de una familia judía bajo un régimen antisemita en Estados Unidos. Y lo cierto es que no es así. Salvo la escena en que la familia Roth es expulsada de un hotel, no vemos muchas muestras de antisemitismo. Y desde luego, nada comparable a la discriminación real que han sufrido y sufren otras etnias en los Estados Unidos reales. Llegado a este punto, uno está tentado a decir que quizá lo que pretendía criticar Roth es la paranoia de ghetto de los judíos que, acostumbrados a ser perseguidos y despreciados, ven enemigos incluso donde no los hay. Pero eso sería violentar el texto porque, si bien el autor parece tocar ese aspecto en alguna ocasión, no tenemos ninguna pista de que sea esa la motivación de la novela.

Pero si LA CONJURA CONTRA AMÉRICA resulta aburrida y deslavazada en su desarrollo, el desenlace merece un primer puesto entre los despropósitos literarios más insignes. No voy ser tan canalla de reventarles la novela, desde luego. Sólo diré que, llegado a cierto punto, Roth parece cansarse de su América ucrónica y, de un plumazo, todo vuelve a la normalidad y se retoma el hilo de los acontecimientos narrado en los libros de Historia. Y se hace de una forma tan chapucera que hasta la última página se queda el lector -en vano- esperando algún tipo de explicación, de giro argumental sorprendente que le de sentido a todo.

Ha pasado casi un mes desde que leí LA CONJURA CONTRA AMÉRICA, y la impresión que tengo ahora es que Roth ha creído descubrir la locomotora de vapor. Tengo la convicción de que ignora por completo que hay un género llamado Ucronía y que, por tanto, no ha leído a ninguno de sus predecesores. Cree que está abriéndose paso en un terreno nuevo, en el que él es el primer explorador, y sin duda eso le parecerá al gran público mainstream cuando lea la obra: posiblemente quede tan deslumbrado por la novedad del juego de quita y pon con la Historia, que no preste atención al sencillo hecho de que todo el mamotreto que han construido ante sus ojos no tiene cimiento alguno.

Me gustaría acabar con una pequeña nota puntillosa. Tan importante es lo que decimos como lo que callamos y lo que Roth calla dice muchísimo de él. En su historia alternativa, Roth aprovecha para saldar cuentas y señalar con el dedo a destacados antisemitas y filonazis de la época (quizá su verdadera intencionalidad, es posible) Pero, amigos, en ese retrato hay una ausencia que no puede ser casual: el embajador de Estados Unidos en Inglaterra desde 1939: un irlandés cuyo nombramiento provocó comentarios sarcásticos por su simpatía con los nazis y su idea, expresada en público, de que Estados Unidos debía dejar a Alemania solventar sus cosas en Europa: Joseph P. Kennedy, padre de John Fitzgerald y de Robert.

En los 60, los fontaneros de la Casa Blanca solían decir: No nos importan las amantes de Jack, si no los amigos de su padre. Si han leído PATRIA, de Robert Harris, una ucronía infinitamente mejor, bien construida y narrada, sitúa a Joseph Kennedy en la Casa Blanca en los 60, algo muy congruente en el escenario que plantea.

En 1938 -el real-, cuando vuelve de su famoso viaje a Alemania, un episodio del que da cuenta Roth en su novela, Lindbergh escribe a Joseph Kennedy una carta en la que le expresa su admiración por el poder militar alemán. No, no busquen esa carta entre los documentos históricos aportados por el autor al final de su novela, no la encontrarán. A pesar de que esa carta fue una entre muchas de las que cruzaron dos personas que compartían su admiración por Hitler.

¿Y por qué Roth no menciona al bueno de Joseph, cuando era casi obligado hablar de uno de los filonazis más conocidos, y se muestra tan minucioso a la hora de hacer inventario de ellos? Si lees la novela está claro: Roth es demócrata, o parece demócrata, o simpatizante de los demócratas. La forma en que habla de F. D. Roosevelt demuestra una cuasi adoración que a mí me recuerda al culto imperial romano. Y aunque señala a algunos demócratas colaboradores con los republicanos, destapar la mierda de la sacrosanta familia Kennedy ya es demasiado.

Phil, Phil, Phil ... se te ve el plumero.


Notas

Después de haber escrito el artículo, y antes de releerlo para enviarlo a Francisco José, tuve oportunidad de leer una entrevista a Philip Roth (disponible en El lamento de Portnoy) que me ha hecho reafirmarme en esta tesis: Roth desconoce por completo el género de la ucronía y cree estar haciendo algo original. Me interesa sobre todo el siguiente párrafo:

No disponía de modelos literarios para recrear el pasado. Estaba familiarizado con títulos que imaginaban el futuro, sobre todo con 1984, pero, por mucho que lo admire, no me tomé la molestia de releerlo.

Y sin embargo, la cosa puede ser aún peor, porque unas líneas más abajo, dice:

Orwell divisó un enorme cambio en el futuro con consecuencias horrendas para todos; yo intenté tabular sobre un pequeño cambio en el pasado con consecuencias horrendas para unos pocos. Él imaginó una distopía; yo, una ucronía.

Es decir, que primero dice no disponía de modelos literarios y después dice que ha escrito una ucronía. Pongámonos malos: yo pensaba que cuando no sabes que existe una cosa, no tienes una palabra para designarla. A no ser que pretenda dárselas de gran precursor ante un público mainstream al que sabes ignorante de estas.

© Mario Moreno Cortina
(1.911 palabras) Créditos Créditos

Cuando el renombrado héroe de la aviación y fanático aislacionista Charles A. Lindbergh obtuvo una victoria aplastante sobre Franklin Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940, el miedo invadió todos los hogares judíos de Norteamérica. Lindbergh no sólo había culpado públicamente a los judíos de empujar al país hacia una guerra absurda con la Alemania nazi, en un discurso transmitido por radio a toda la nación, sino que, tras acceder al cargo como trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, negoció un acuerdo cordial con Adolf Hitler, cuyas conquistas de Europa y virulenta política antisemita pareció aceptar sin dificultad. Lo que entonces sucedió en Norteamérica es el marco histórico de este nuevo y sorprendente libro de Philip Roth, ganador del Premio Pulitzer, quien nos cuenta cómo le fue a su familia en Newark, así como a un millón de familias similares en todo el país, durante los amenazantes años de la presidencia de Lindbergh, cuando los ciudadanos norteamericanos que eran judíos tenían todas las razones para esperar lo peor.

Hace años se edito un tebeo del sello Marvel (era un what if titulado ¿Y SI EL CAPITÁN AMÉRICA HUBIESE FUNDADO LOS VENGADORES?) en el que una conjura nazi hacía que USA se convirtiera en una dictadura racista y antisemita. LA CONJURA CONTRA AMÉRICA trata exactamente la misma historia que el tebeo antes nombrado, aunque arropado por una sólida construcción literaria. Roth centra la historia en las vicisitudes de la comunidad judía de Newark durante una etapa en la que los Estados Unidos de América se convierten en una nación fascista, racista y profundamente antisemita. Alrededor del protagonista, un chaval de diez años —trasunto de Roth —, se desarrolla un interesante guión que muestra las fobias del autor acerca de su propia nación —el temor a un progromo— y simultáneamente su amor hacia la democracia norteamericana. La ucronía parece servir de vehículo para alertar a sus compatriotas acerca de los cantos de sirenas de líderes carismáticos pero como poco que ofrecer. Aunque la premisa puede ser creíble —la victoria del líder populachero (Lindbergh) sobre un Roosevelt incapaz de agrupar a la nación— la explicación final se antoja una salida demasiado correcta, ya que la odisea personal justifica las acciones sobre toda una nación. En definitiva; el líder no es culpable del todo sino que se ve abocado por fuerzas que no controla y que lo dominan.

Pero a pesar de estas discutibles justificaciones, la novela transcurre en la mas pura de las interpretaciones contrafactuales de la historia. De este trance no sale mal parado el autor, ya que, en torno a una excelente ambientación, la trama fluye en un cauce organizado y coherente.

Sería destacable la potencia del personaje del padre. El autor parece describir a su padre —indiscutiblemente lo es— como un modelo a seguir ya que su integridad moral se mantiene incólume durante toda la novela. Esta actitud de rectitud moral contrasta con la de su cuñada, a través de un rabino colaboracionista, que se pliega a las condiciones que obliga el gobierno antisemita. La crítica a ciertas actitudes judías se mantiene como en otras de sus obras. Roth es uno de los representantes de la escuela judía de escritores norteamericanos, ganador del Premio Pulitzer en 1997 por su novela PASTORAL AMERICANA.

© Alfonso Merelo, (542 palabras) Créditos Créditos
Publicado originalmente en Desde Tartessos el 11 de julio de 2006