Ciencia-ficción: principales sub-géneros, 10
La máquina descontrolada (Tecnofobia)
por Iván Fernández Balbuena

Me desperté aterrorizado, el sudor frío mojaba mi frente, mis dientes castañeteaban y movimientos convulsivos sacudían mis miembros. A la pálida luz de los rayos lunares que se filtraban entre los postigos vi, de pronto, al monstruo que había creado. Mantenía levantado el cobertor y sus ojos me miraban fijamente. Entreabrió los labios emitiendo algunos sonidos inarticulados; una mueca odiosa arrugaba sus mejillas. Quizás habló, pero tanto era mi horror que no entendí lo que decía. Una de sus manos se tendía hacia mi como si intentara asirme pero, esquivándola, salté del lecho y bajé de cuatro en cuatro las escaleras para refugiarme en el patio de la casa, donde esperé que transcurriera toda la noche, mientras andaba de un lado a otro, profundamente agitado, con el oído atento a cualquier rumor que pudiera anunciarme la proximidad del cadáver demoníaco al que en mala hora había dado vida.

Mary Shelley, FRANKENSTEIN (1818)
FRANKENSTEIN

Uno supondría que dado que la ciencia-ficción habla de las posibilidades de la ciencia debería de hacerlo con un cierto optimismo. A fin de cuentas, la ciencia ha permitido al ser humanos situarse en una posición bastante ventajosa en los dos últimos siglos. Bien, esto ocurre a veces pero, curiosamente, no siempre. La tecnofobia, el miedo a los avances científicos, es otra de las constantes de nuestro género. Y resulta muy llamativo que éste sea uno de los temas de su obra fundacional: FRANKENSTEIN de Mary Shelley.

Este libro plantea las bases de todas las historias futuras de máquinas descontroladas: el científico loco y la premisa de que hay cosas que el hombre no debe de saber. Obviamente, la base de toda esta teoría es, esencialmente, religiosa. A lo largo del siglo XIX, el cristianismo vio como sus bases doctrinales iban cayendo uno a una socavadas por los nuevos avances científicos. No es raro que, por tanto, las diferentes iglesias cristianas (con la católica a la cabeza) fuesen decididas adversarias de la ciencia y sus creadores. Y dado que la mayor parte de la gente de esta época era profundamente creyente (y esto también incluye a Mary Shelley a pesar de su libertaria forma de vida) resulta lógico que muchos de los escritores del XIX se uniesen a esta cruzada eclesiástica.

La postura tecnfóbica de la obra de Shelley es tan notoria que cuando Isaac Asimov (contrario a ella) quiso definirla la bautizó como Complejo de Frankenstein. Otros notables escritores fantásticos del XIX imitaron a la autora inglesa como Nathaniel Hawthorne, Ambrose Bierce o Herman Melville creando casi un estereotipo: el científico que con su orgullo ofende a Dios y es castigado por ello. Una idea muy romántica y que recuerda a la más antigua temática del pacto fáustico, en cierta forma modernizándola.

El hecho de que E.E. U.U. haya sido siempre un país bastante conservador en lo religioso (por decirlo suavemente) y que la mayor parte de la ciencia-ficción se escriba allí, explica el por qué del éxito de esta temática.

Así, ante cualquier nuevo avance científico aparecía en contrapartida el relato o la novela donde se advertía de sus riesgos. Con el final de la Segunda Guerra Mundial y el uso del armamento nuclear en Hiroshima y Nagasaki la cosa, si cabe, empeoró. Fue en este momento cuando también los autores europeos (que habían sufrido más los efectos de la guerra) se unieron a esta tendencia (aunque ya Wells con EL HOMBRE INVISIBLE y LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU habían practicado este sub-género) situación que se acentuó cuando el ecologismo empezó a hacerse popular a mediados de los años 70.

Ahora bien, la tecnofobia ¿es o no es un tema válido? Depende de la respuesta de cada uno. Personalmente soy bastante partidario de la ciencia y, por lo tanto, reconozco que es una temática que me repele un tanto. No creo que haya ningún dios al que tengamos que vigilar para evitar ofenderle con nuestros avances intelectuales. Las historias en las que simplemente se critica a la ciencia por existir me parecen poco interesantes.

Sin embargo, existe otra variedad de la tecnofobía que si que creo que tiene un interés mayor. Son las historias de aviso, de advertencia, lo que se ha venido a llamar si esto continua... La ciencia, en si, no es buena ni mala, todo depende de lo que los seres humanos hagamos con ella y ya se sabe lo que esto significa. Los avances en física nuclear han provocado catástrofes como Chernobyl o matanzas como Hiroshima pero también han salvado miles de vidas gracias a la radioterapia, radiografías, etc.

Creo que esa literatura que advierte del mal uso de la ciencia (y que generalmente solo la ciencia-ficción suele escribir) es fundamental en nuestros días. Lo ha sido a lo largo del siglo XX y lo será más aún en este siglo XXI. Probablemente, todas esas novelas que pintaban unos panoramas tan horribles sobre las condiciones de una guerra nuclear contribuyeron bastante a que ésta nunca tuviese lugar. Obviamente, hoy este tipo de relatos son igual de necesarios o más.

Por resumirlo en dos libros del mismo autor (H. G. Wells) no me gusta EL HOMBRE INVISIBLE ya que solo nos cuenta las hazañas de un científico loco sin más pero me fascina LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU donde la reflexión ética y moral ocupa un papel predominante.

© Iván Fernández Balbuena, (887 palabras) Créditos
Publicado originalmente el 12 de septiembre de 2005 en Memorias de un friki