CHAN CHAN, DOUGLAS ADAMS Y PILARES DE JONBUR
por Luis Bolaños de la Cruz

La siguiente reflexión surge de combinar lo que cavile entre los restos arqueológicos de Chan Chan con la devastadora e incitante ironía desencadenada en GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO, y tal mixtura simultáneamente espoleada por la agenda propuesta para la última reunión de la Asociación Qoyllur de CF y la conversación que acometimos, acontecimientos todos acaecidos en julio y ofrecidos en Agosto, aún frescos…o tibios, como ven Todo es relativo.

GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO
GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO

La ciencia-ficción trata, parodiando a Douglas Adams, de la vida, el universo y todo lo demás, sólo que enmarcado en una clave especulativa muy peculiar que alude al manejo del tiempo, a la superposición de espacios y dimensiones y a la inevitable pregunta de Bob Dylan en su canción Blowin´ in the Wind: ¿Cuántos caminos debe recorrer un ser humano? respuesta que debe arrojar el superordenador del film y la novela, e interrogante que recupera Ken Wilber en su prólogo de BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS para poner de relieve lo compleja que deviene la realidad y que no hay soluciones fáciles. Al espectar el filme, la planificación de sus escenas me ayudaron a reverdecer en la mente las maquinaciones que tracé al deambular por las ruinas de Chan Chan, referidas a cuáles podrían ser algunos de los pilares de Jonbur de la historia peruana o como preguntó Zavalita, personaje de CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL (de Mario Vargas Llosa) hace ya un lapso de varios quinquenios: ¿Cuándo se jodió Perú?

Mi caminata bajo un cielo mortecino, mezcla de vientre de rata y espuma sucia (invierno del hemisferio sur), estaba penetrada de una impresión de desconsuelo y pérdida, rubricado por el hecho de que en esa inmensa urbe de adobes secos (según los datos, la mayor del globo), sobre la cual flota un velo de tristeza y remembranza, se observan profusas deyecciones de aves sobre y en lo alto de los murallones de ladrillos arcillosos que se desmoronan, anunciando la victoria de un proceso químico-ambiental erosionador y destructivo, e indicadores que aluden a la imprescindible protección y cuidado que requieren las ruinas y sin los cuales se desintegrarán y desaparecerán; por más que en África gracias a las reparaciones exitosas del palacio Tsuchudi nos hayan otorgado la exención de lugar en peligro, no está de más recalcar que la mencionada mansión es sólo una de las muchas docenas existentes en el sitio, y que para conseguir reproducir aproximadamente parte de la grandeza de Chan Chan habría que reparar y rehabilitar un buen porcentaje de las restantes.

Podía imaginar a las multitudes cobrizas que recorrían los pasillos umbrosos y la gama de funciones y tareas que ejecutaban, sincrónicamente el rugido de las rompientes llegaba en sordina a la zona de montículos e insólitos diseños arquitectónicos que atravesaba recordándome que el sonido del mar y el viento era una constante también para los desaparecidos chimúes; además transitaba entre los túmulos con la emergente conciencia de que Chan Chan era el lugar donde más alienígena me había sentido, me preguntaba qué conceptos, que motivos, que razonamientos, que pasiones los movían a realizar acciones, a organizar su vida de la manera como intentan explicarnos los investigadores… ¿y si están equivocados? ¿y si los sacrificios y la estratificación social tenían otro sentido, donde lo ambiental los forjaba y consolidaba? donde la aparente aceptación y resignación se originan en un sentido cronológico que debe más a los aspectos ecológicos que a los sociales y por ende vivían en aquel tiempo de acuerdo a principios biológico-culturales (herencia que quizás aún está presente en chiclayanos y trujillanos)

En cierta forma esquiva, y al mismo momento estimulante, se convertían para mi en mejores exponentes del pasado que los quechuas, y cavilaba ¿qué hubiera sucedido si el reino chimú hubiera resistido y detenido la oleada invasora quechua y entonces, a su llegada, los conquistadores hispanos encontraban a una nación aguerrida en la costa con la cual combatirían hasta el agotamiento y probando probablemente, incluso la derrota, con un giro histórico interesante a expandir.

Arzach
Arzach

Podía conjeturar la adaptación al entorno y la extraña belleza de los rituales y las costumbres mientras me introducía a través de las brechas y tramontaba los lienzos para encontrar vastos anfiteatros en cuyo centro reposaban estanques. Luego en el Palacio Tsuchudi comprobaría que en algunos puntos de las paredes devueltas, se supone a su esplendor original, se observaban reiterados obsesivamente los fractales y en el diseño de su estructura los callejones dispuestos en laberintos, y brotaba con fuerza la convicción de que ese pudo ser uno de los pilares de Jonbur claves para Perú. Ya en ese derrotero incrementé el estilo gráfico y sentí que la mejor forma de dibujar su magnificencia era mediante la línea clara de Moebius (con guión de Alejandro Jodorowski, por supuesto).

En mi deambular por el borde de las murallas o por los campos eriazos flotaba esa leve sensación de peligro que predispone para la aventura, la cortante brisa silbaba alentadora y se mantenía el rumor de la resaca marina, todo parecía preñado de mensajes y no diferenciaba si era provocado por el paseo sin posibilidad de comunicación donde se aglomeraban sentires y pensares o por los residuos de grandeza que impregnaban la devastada metrópoli, casi intuía como si fuese a producirse una brecha espacio temporal y cruzándola iba a caer de bruces exactamente en el centro de una ceremonia, podía comprender en innegable modo elusivo (contemplando por el rabillo del ojo como quería Edgar A. Poe), mejor esa cultura costeña frente al mar y los espacios abiertos que la cultura de montaña ciclópea y cerrada del Inkario.

La soledad y el desamparo reemplazan ahora al bullicio y los intercambios que debían reinar, casi podía escucharlos, las suaves pisadas de los pescadores hollando la arena, las risas de los niños en los pasadizos umbrosos y entoldados, los murmullos de las conversaciones de los emplumados y enjoyados jerarcas, los chapoteos de peces y aves en los estanques, el susurro de las telas de sacerdotisas y mujeres en el mercado, daba la impresión que una auténtica muchedumbre fatigaba estos, ahora desolados, espacios citadinos. En pocas ocasiones he captado ese erizamiento de lo imaginado en las visitas a otros restos arqueológicos.

Quizás la peripecia de caminar por mi cuenta sin guía ni referente fue un ejercicio inspirador para avizorar ucronías y universos alternativos para una sociedad particular, ocasionalmente desbocado (cuando me implicaba personalmente) pero siempre conectado al paisaje, ya que veía emerger con potencia la profunda vinculación de su sociedad pretérita con los ecosistemas circundantes y con el entorno global de la región (abundantes huellas permanecen en los comportamientos campesinos) y en cualquier recodo retornaban las alusiones a los laberintos y los fractales como indicativos de apoyatura de su forma de pensar y significar en ciclos y reiteraciones. La gravedad de lo ocurrido reside en que las visiones americanas fueron destruidas sin ser cabalmente entendidas, como en algún párrafo lo señalaba Alvar Nuñez en su texto NAUFRAGIOS­ respecto a las culturas del Golfo de México y lo reitera Levy-Strauss cuando señala lo que Occidente ha destruido está perdido para siempre... y eso seguro que nos torna más pobres, más desvalidos a todos en el planeta.

LÁMPARA DE NOCHE
LÁMPARA DE NOCHE

Diversos relatos, aunque creados con horizontes culturales y motivaciones distintas acudieron a mi memoria: Mike Resnick (LA 57ª DINASTÍA DE ANTARES por la agudeza de sus observaciones socioculturales y la honda congoja del narrador nativo); Connie Willis (TERRITORIO INEXPLORADO por la relación entre paradigmas con bases angustiantes disímiles y la reinterpretación de la memoria); George R. R. Martin (LA CIUDAD DE PIEDRA por sus infinitas puertas a otros mundos y la plástica multiplicidad de su añoranza), para acompañarme en mi caminata y ampliar mis marcos. Comprendí que uno pueda quedar turulato o alucinado ante una escoria arqueológica al igual que consumiendo un psicotrópico, ambos son poderosos motores del magín, por eso Jack Vance nos es tan grato, es capaz de captar el alucinante latido del pasado en el extraño futuro obsoleto que nos ofrece pleno de melancolías imposibles (desde LÁMPARA DE NOCHE hasta la Saga de Cadwal) y preñar con tal sensación sus propios orbes elucubrados con detalle para proyectarla como nostalgia y deseo frustrado de algo que nunca ocurrió…pero pudo haber ocurrido en otra dimensión, en otro mundo (desde la Trilogía del Anomo hasta LA TIERRA MORIBUNDA) No fueron los únicos que alumbraron mi recorrido entre los escombros, pero los elegí, a cada cual por ser emblemático a su manera de la rebeldía, el romanticismo, la polivalencia multidisciplinar y la fantasía.

Estaba acostumbrado a desplazarme en la selva donde el calor agobia o en la sierra donde la altura agobia, pero no en estas arenas repentinamente solitarias (bastante transitadas por la cantidad de huellas de de perros, zorros o personas) con el rumor de la marejada al fondo, sin apenas cansancio y una ligera pátina de sudor enfriado de inmediato por la omnipresente brisa me estimulaba a continuar explorando e imaginando. Parecía que la ciudad de barro durmiera y en sus restos estuviesen enterrados los sueños de sus moradores dispuestos a convertirse en hechos reales en cualquier fractura del espacio-tiempo, lo cual era de por si el tema de un relato de ciencia-ficción, que surgía embebido en ese instante de éxtasis, ya que cuando retornaba tras recorrer Chan Chan a un futuro próximo con la misma edad del ingreso, encontraba en la cartelera un reseco, amarillento recorte periodístico donde daban cuenta de mi desaparición, lo que para mi fueron un par de horas para el mundo fue un lustro y ahora estaban a mi alcance los avances tecnológicos que ahora se anuncian.

Casi de inmediato examiné otros pilares de Jonbur: ¿Qué hubiera sucedido si los cazadores recolectores en lugar de eliminar a la megafauna del pleistoceno la domesticaban y cuando los europeos arribaban encontraban tecnologías superiores a las suyas basadas en otros animales? ¿Cómo habría desplegado sus encantos la intelectualidad latinoamericana si un José Carlos Mariátegui con salud mantenía contactos con Argentina y otros países apoyando la creación de una corriente de pensamiento de izquierda propio, de tal manera que cuando Janio Cuadros, Marmaduke Grove o Perón llegasen al gobierno los nutrieran con programas adecuados? ¿Qué sucedería en el panorama sociopolítico del Tahuantinsuyo si Huáscar eludía a Atahualpa y vencía en el enfrentamiento fratricida? Traumatizado por su derrota en la Guerra del Salitre contra Chile, frecuentemente muchos peruanos parecen encubrirse tras esos escombros y repiten una y otra vez la letanía del cercenamiento territorial, escondiendo o escamoteándose algunos de sus mejores y fidedignos desarrollos, tierra fértil para relatos ucrónicos o de universos alternativos.

Creo que si apuntáramos a esos pilares de Jonbur, eventualmente la ciencia-ficción peruana tendría la posibilidad de ayudar a recrear los sueños da la nación a través de un gimnasia de rememoración que nos permita recuperar grandeza y autoestima. Por lo menos, que así queden registradas otras rutas para los escritores.

© Luis Bolaños de la Cruz, (1.815 palabras) Créditos