LA GUERRA DE LOS MUNDOS
LA GUERRA DE LOS MUNDOS EE.UU., 2005
Título original: War of the worlds
Dirección: Steven Spielberg
Guión: Josh Friedman y David Koepp
Producción: Kathleen Kennedy y Colin Wilson.
Música: John Williams.
Fotografía: Janusz Kaminski.
Duración: 116 min.
IMDb:
Reparto: Tom Cruise (Ray Ferrier), Dakota Fanning (Rachel), Miranda Otto (Mary Ann), Justin Chatwin (Robbie), Tim Robbins (Ogilvy).

Esto es lo que yo llamo el síndrome del espectador condicionado. Y en este caso yo mismo lo he padecido.

Desde luego ni H. G. Wells (el escritor), ni Orson Welles (el del programa de radio), ni Byron Haskin (el director de la película de 1953) y ni siquiera Steven Spielberg tienen la culpa de esto. La culpa es solo mía y no es transferible a cualquier espectador que desconozca o conozca de pasada el fenómeno de LA GUERRA DE LOS MUNDOS.

El argumento de esta película es el que sigue:

Un padre norteamericano desastroso y divorciado se encuentra inmerso en pleno permiso de visita por custodia compartida de sus dos hijos: niña pequeña y adolescente ardiente.

En estas van los extraterrestres e invaden la tierra de manera violenta.

El padre, que corre más y mejor que el campeón de los 100 metros lisos, engancha a su progenie y se embarca en una peligrosa huida hacia la ciudad de Boston, en donde se cree que se encuentra la madre de los niños, siempre con los enormes trípodes extraterrestres pisándoles los talones.

En el viaje, las escenas de pánico, de impotencia y de muerte se suceden sin cesar y en las que el ser humano en circunstancias extremas da lo mejor y lo peor de sí mismo.

Para los que no conozcan el final de la novela, ni del programa de radio, ni de la peli del siglo pasado, no voy a revelar mucho más, por respeto a los que les haga ilusión.

Aunque parezca de perogrullo lo mejor son las escenas de efectos especiales de los extraterrestres atacando a la población indefensa. Están hechas de maravilla. Salvo la espantosa escena en que los pilotos de los trípodes salen de excursión a ver que encuentran en un sótano de una casa destruida por ellos mismos. Me asaltan las mismas preguntas: ¿por qué siempre son tan feos? ¿por qué siempre están en pelotas...?

Otra cosa curiosa es que observo un fenómeno más extraño que la invasión de la tierra por parte de una civilización alienígena: la simbiosis/fusión/metamorfosis de Spielberg/Cruise. Dos personas se funden a sí mismas sin que sea posible identificarlas como entes distintos. Las obsesiones de Spielberg del síndrome de Peter Pan se fusionan en Tom Cruise de manera pasmosa y casi parapsicóloga. Los tics argumentales y la megalomanía de Cruise se permutan en Spielberg de manera cienciológica.

De todos modos, se agradece la falta de comportamiento heroico de Cruise, la falta de imágenes de emblemas de ciudades famosas hechas añicos, la escasez de veces que se ven lo feos que son los extraterrestres y la economía de escenas lacrimógenas o edulcoradas americanizadas.

Por lo demás, una adaptación correcta de la novela de Wells (en mi opinión demasiado correcta) una historia con pocos personajes de relevancia (salvo el propio Cruise, que no admite competencia interpretativa) una fenomenal puesta en escena de efectos especiales y una película en definitiva para pasar dos horas de entretenimiento relativo.

Y me planteo: El final de la novela de Wells es genial en términos del siglo XIX. Pero en términos del siglo XXI, ¿una civilización que es capaz de viajar millones de años luz hasta la tierra no es capaz de prever todas las amenazas de un planeta foráneo? Y sobre todo: ¿Por qué no somos capaces de admitir que seguramente ganarían la batalla? ¿En circunstancias de invasión violenta seríamos totalmente exterminados?

No se pierdan: Los trípodes emergiendo del asfalto de la ciudad. Los trípodes exterminando peña a mansalva. Los trípodes acabando con el ejército de EEUU. El aterrador sonido que emiten los trípodes. Las cavilaciones estúpidas de los norteamericanos sobre la invasión extraterrestre en Europa. El río transportando miles de cadáveres. Lo insoportable del personaje del hijo adolescente de Cruise. Lo poco que pinta el personaje interpretado por Tim Robbins. La familia que me tocó en gracia delante y que se llevó a sus 4 hijos de 2, 3, 4 y 5 años como mucho y que tendrán pesadillas sonoras y visuales el resto de sus días. Lo pasé peor por los pobres niños de la fila de delante que por los hijos de Cruise. ¿Es que la recomendación de mayores de 13 años en una película no les dice nada a sus padres?

© Manuel Nicolás Cuadrado, (712 palabras) Créditos

Spielberg vuelve al Cine Alienígena, asimilando su condición de autor mayúsculo pero también de último clavo al que nos agarramos aquellos que creemos que en el cine de consumo sigue habiendo lugar para el talento. Y lo hace adaptando una historia tantas veces acomodada, LA GUERRA DE LOS MUNDOS, en diferentes productos y proyectos narradores de esta invasión alienígena planificada con propósitos genocidas por cuenta de una horda de marcianos (o no) devotos de los rayos destructores...

Un entramado manido para un espectador contemporáneo, está claro, acostumbrado a cohabitar en las sobremesas con invasiones variadas que como MARS ATTACKS, INDEPENDENCE DAY o las series V o El día de los trífidos, comparten más de un punto en común con la novela de Wells (H. G.) que, sin embargo, conserva el aplaudible honor de haber sido la primera de asomarse al cielo (con recelo) y detectar en él mucho más que una (devastadora) amenaza.

Pues eso. Wells (H. G.) dicta el prólogo; ya saben: Nadie hubiera creído, en los ultimos años de este Siglo, que los asuntos humanos fueran vigilados de una forma atenta y detallada formada por inteligencias mayores que la del hombre y sin embargo tan mortales como la suya; que mientras los hombres se atareban en sus asuntos eran escrutados y estudiados, quizá casi tan estrechamente como un hombre con un microscopio puede escrutar a las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua... y Spielberg pone, al servicio de la causa, toda su maquinaria productiva: su incuestionable talento narrativo y el virtuosismo técnico que lo da soporte. Para empezar, altera el punto de vista de la historia y se olvida de generales con bigote, de armas de destrucción masiva de ascendencia controvertible, de científicos orates fabricantes de proyectiles atómicos y de Presidentes coleccionistas de aviones de combate. Aquí Tom Cruise protagoniza todos y cada uno de los planos que componen el film. Y su papel no es, precisamente, de ranger justiciero que se ha pasado media vida compilando armas en su bunker de Texas esperando una invasión similar, sino el de un padre de familia, en realidad, un desperfecto de padre: separado, haragán, desorganizado, mecánico sin serlo, estibador portuario de rudimentarias aptitudes incapaz de comprender ni uno sólo de los problemas que acucian a ese par de hijos que este día le está tocando cuidar.

Este día, digo, por alusiones, es el Día de la Invasión. Todo sucede de pronto. Resuenan ecos de rayos en el horizonte precedidos de un ruido devastador. El barrio se contagia de misterio (la atmósfera es sombría y turbadora) y expectación. Los vecinos se reúnen en torno a un pequeño cráter que parece haber centralizado todas las sacudidas. El Apocalipsis (están a punto de descubrirlo), se está concibiendo bajo el asfalto...

La primera hora es ejemplar, paradigmática, superando con nota alguno de los mejores comienzos de la historia del Cine de la que también forman parte dos películas del cineasta: INDIANA JONES Y EL TEMPLO MALDITO y SALVAD AL SOLDADO RYAN. En este fragmento introductorio, el despliegue de talento es incontenible, alcanzando su cenit en un plano-secuencia argumentativamente menor pero rotundamente reivindicable: la huida por la autopista que provoca la primera crisis de Rachel (Dakota Fanning insuperable, para variar), con el protagonista sorteando coches abandonados y tipos desorientados en busca de su identidad... La cámara vuela, se mete en el coche y sale con la misma facilidad con la que antes había entrado mientras la niña trata de recuperar su espacio proxémico y los dos adultos su capacidad analítica y cordura... No se puede hacer mejor. En el plano virtuoso Spielberg sigue sentando cátedra y es el único capaz de demostrarlo de año en año. Debería fundar una escuela pero no lo hace aun a sabiendas de que nadie sabría imitarlo. Si otro le escribiera los finales pasaría a la historia como uno de los mejores... pero no adelantemos los hechos. Seguimos en la autopista, huyendo hacia la nada. La película funciona de forma cabal durante unos minutos más hasta que la fatiga se apodera del cineasta (nunca del espectador) tras una brillante hora y media, coincidiendo con la aparición del personaje de Ogilvy (por cierto, ¿Por qué diantres recluta para su ejército partisano a un padre con su niña?), que preludia la parificación del universo spielbergiano con el de uno de sus seguidores más destacados: M. Night Shyamalan y, curiosamente, con su peor película, Señales, revirtiendo las reglas de la intertextualización maestro-seguidor, reubicando la película en el terreno del terror psicológico en su modalidad claustofóbica que emparenta también a este segmento del film, pues sí, con LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES de Romero del mismo modo que el segmento de la CIUDAD DEVASTADA le debía, y mucho, a Roy Ward Baker y a su QUATERMASS AND THE PIT (o a su actualización pro-explotation: LIFEFORCE)

La película se oscurece, se enroca, tomando formas y colores pre-apocalípticos, ritmo y textura de obra de consumo concebida con propósitos moralizantes... LA GUERRA DE LOS MUNDOS se transmuta, por lógica deducción, en una película melodramática, apoyando toda su fuerza en la relación existente entre el padre y sus hijos, dejando de lado (nunca se pretendió algo diferente) la acción y los alienígenas... En este sentido, la invasión es sólo un pretexto, aunque terrorífico, y queda siempre en segundo plano, contextualizando la huida de todos los personajes, en realidad, sirviendo de contorno ruidoso a la historia de este estibador que busca en su evasión los términos de una redención inexcusable.

La sensación que deja el visionado de LA GUERRA DE LOS MUNDOS es contradictoria. Su virtuoso comienzo la convierte de golpe en una de las películas más impactantes de lo que va de año y, sin duda, en el blockbuster de la temporada. Los temas con los que entronca su entramado son más que apasionantes: refugiados huyendo de lo inevitable, ambiente pre-apocalíptico teñido de rojo, redención familiar por cuenta de una amenaza maldita... Spielberg resuelve la mayoría de las situaciones que plantea de forma brillante (en especial, la del accidente de avión o la secuencia de la pistola) y otras de forma dudosa y reprochable (la familia todo lo justifica, parece insinuar): una relacionada con el personaje de Ogilvy y otra con el engolamiento que envuelve a su parte final. Nada nuevo a ese lado del Atlántico...

LA GUERRA DE LOS MUNDOS es, en fin, una propuesta multigenérica (terror, ciencia-ficción y drama) terriblemente disfrutable, sostenida por dos interpretaciones más que convincentes, y por un envoltorio técnico artístico de primera generación que oculta, sí, el carácter intrascendente y vacuo de su argumento (El Valor familiar enfrentado a cualquier dificultad por muy irresoluble que esta parezca: para sobrevivir ya tenemos el Deus ex machina) pero que devuelve, y en plena forma, a uno de los mejores cineastas de su generación al oficio que una vez sirvió para encumbrarle: el de prestidigitador visual.

Que la disfruten, amigos.

Lo más destacado: Varias secuencias imprescindibles.

Lo menos destacado: la mala interpretación de Tim Robbins en un papel que, definitivamente, debió recaer en un actor más comprometido con las servidumbres de la actuación.

Calificación: 8, 5

© J. P. Bango, (1.194 palabras) Créditos
Publicado originalmente el 2 de julio de 2005 en El Cronicón Cinéfilo