ESTACIÓN DE TRÁNSITO
ESTACIÓN DE TRÁNSITO Clifford D. Simak
Título original: Way Station
Año de publicación: 1963
Editorial: Martínez Roca
Colección: Super Ficción Nº 55
Traducción: J. Ribera
Edición: 1985
Páginas: 184
ISBN:
Precio: ---
Comentarios de: Javier Iglesias Plaza

En mitad de la bruma y la tiniebla después de la batalla, Enoch Wallace sobrevivió, y fue elegido por el Universo para una responsabilidad que ningún otro hombre en la tierra podría sobrellevar jamás. Enoch Wallace, el protagonista de ESTACIÓN DE TRÁNSITO, se erigirá en el nuevo redentor de la Humanidad, se convertirá, muy a su pesar, en un héroe viejo y cansado.

No cabe duda de que el mayor acierto de Simak en esta novela, aquello que la hace hermosa y, ante todo, inolvidable, es precisamente el conseguir hacernos partícipes del castigado espíritu de ese maravilloso personaje que es Enoch Wallace. Un hombre simple que camina solo contra el cosmos por el sendero de eternidad regalado por deidades extraterrestres que poco o nada quieren saber de los hombres. Que sabe más del Universo y de la vida de lo que jamás hombre alguno de ciencia ha sabido, pero se ve obligado a callar. Un hombre que, de repente, se ve en la tesitura de decidir el destino de toda la Tierra, defenderla del resto de Universo y de ella misma... para terminar siendo, una vez más, un solitario testigo mudo durante el resto de la eternidad.

El carácter que Simak imprime a su personaje, así como la sobriedad y la determinación con los que éste afronta sus actos y asume las consecuencias, sabiendo como sabemos los lectores todo lo que hay en juego, son sencillamente deslumbrantes y nos atrapan desde el principio. No en vano Simak, muy hábil, nos hace caer de lleno en la trampa; los lectores, simples mortales, somos sabedores a través de la historia de Wallace, de un secreto que no deberíamos conocer, y asistimos en directo y en asientos de primera fila al juicio del Cosmos contra la Humanidad. En él, Enoch Wallace, que se sabe el hombre con la mayor responsabilidad de la Tierra, es nuestro letrado... y en momento alguno su rectitud y honestidad para con la raza humana a la que él mismo pertenece nos defrauda.

Simak fue capaz de ilustrar a la perfección cómo se puede hacer excelente literatura, excelente ciencia-ficción, sin complicadas teorías ni términos científicos ininteligibles, tan solo mediante, eso sí, mucho talento y sentido de la maravilla.

Quizá la parte que peor ha envejecido sea la de la investigación por parte de la CIA, y la rápida resolución final de todos los problemas se podría antojar algo precaria y difícil de acatar para un lector más moderno, acostumbrado a que toda resolución debe optar siempre por la opción más compleja y morosa. No obstante, la novela sigue despidiendo hoy día una frescura en sus imágenes y se desarrolla de una manera tan sencilla a la vez que enigmática, que resulta difícil no experimentar una entrañable simpatía hacia el relato.

Tras la lectura, uno no puede evitar sonreír ante la inteligencia y la socarronería de Simak, quien parece observarnos divertido desde las páginas. Porque al probar a Enoch Wallace, Simak está probando también a la humanidad, a cada uno de nosotros, los lectores de su novela. Como Dios que es en los dominios de su narrativa, como si fuese uno de esos múltiples extraterrestres que pasaron alguna vez por la estación de tránsito de Wallace, Simak pone a examen a la raza humana sin esconder en ningún momento los vicios ni los defectos que casi la conducen al desastre... pero al final conseguimos aprobar... y todo gracias a Enoch Wallace; un hombre de campo, un soldado viejo... pero un hombre íntegro al fin y al cabo.

Podríamos cuestionarnos ¿y si otro hombre distinto de Wallace, menos recto, más asequible a la tentación y el desaliento, hubiera habitado la estación?. Bueno... ellos lo escogieron... Simak lo escogió... y no se equivocó... pues jugaba sobre seguro... De haber hecho una mala elección, la humanidad habría perdido, y la culpa no dejaría de ser imputable a nosotros, así que en cualquier caso (parece reír Simak) nuestro mérito en un universo donde la humanidad es apenas algo más que una carretera de paso más bien secundaria, será siempre ciertamente relativo.

© Javier Iglesias Plaza,
(678 palabras) Créditos Créditos